Merkel y Papandreu: en el mismo barco

BERLÍN (apro).- El primer ministro de Grecia, Giorgos Papandreu, y la canciller alemana, Angela Merkel, pueden respirar tranquilos. Al menos, por el momento. La Cámara Baja del Parlamento alemán (Bundestag) aprobó el pasado jueves 29 –con el voto a favor de 523 de los 620 diputados– la ampliación del fondo de rescate para los países en crisis dentro de la Unión Europea (UE).

La reforma del Fondo Europeo de Estabilización Financiera (FEEF) eleva la contribución de Alemania de 123 mil millones a 211 mil millones de euros. Esta nueva tanda de avales del Estado germano, o sea, de los contribuyentes, genera gran incertidumbre entre la población alemana. Muchos culpan a países de la periferia de la UE, empezando por Grecia, por las turbulencias que atraviesan la UE y el euro.

Por su parte, en el país helénico la imagen alemana pasa por un pésimo momento. Su gobierno, sus bancos y su poder de decisión dentro del Banco Central Europeo son vistos como responsables de la aplicación de los recortes sociales. Hoy en Grecia se usa la palabra “Merkel” a modo de insulto.

Papandreu y Merkel se han convertido en protagonistas del mismo drama. La última escena que compartieron de cuerpo presente se desarrolló en Berlín, el pasado 27 de septiembre, en la sede de la Asociación de Industriales Alemanes. Frente a ambos mandatarios había un auditorio conformado por algunos de los hombres más poderosos de Europa, directores de los enormes consorcios germanos. Un tribunal con poder de veto, capaz de elevar el pulgar en caso de aprobar lo que sugieren los discursos, pero también de bajarlo, sellando la suerte del primer ministro griego e hiriendo de gravedad a la canciller alemana.

Finalmente el escenario resultó menos dramático de lo que se temía. El presidente de la Asociación de Industriales Alemanes, Hans-Peter Keitel, había preparado al auditorio, no ya para la clemencia o la absolución de los oradores, sino para darles su apoyo. Aún reconociendo que la situación del país helénico no está como para andar dilapidando alegremente sus millones, “hay que tener confianza en Grecia, nosotros, la Asociación de Industriales Alemanes, la apoyaremos”, declaró Keitel, como un general que ordena sus filas.

Desmemoria

“No somos un país pobre, somos un país que ha sido mal gobernado”, declaró Papandreu frente a los empresarios alemanes. No había en su declaración un tono irónico ni mucho menos de autocrítica. A pesar de que él, Giorgios Andreas Papandreu, su padre, Andreas Papandreu, y su abuelo, Georgios Papandreu, han sido primeros ministros de Grecia.

“Los puertos griegos son un punto estratégico y barato para las exportaciones a Europa del Este y Asia y el consorcio alemán SAP ya nos ayuda para hacer más eficiente la administración pública”, añadió el mandatario.

Eufórico, Papandreu sostuvo que su país cumplirá con “todos los compromisos que ha suscrito”. Dichos compromisos son enormes: recortar las pensiones, despedir cerca de 150 mil empleados públicos, aumentar las horas de trabajo, recortar sueldos, vender empresas públicas. El gobierno griego se propone así lograr que unos 100 mil millones de euros ingresen a sus arcas en los próximos 3 años.

La cifra de 78 mil millones de euros que el gobierno griego cree que recaudará de la venta de las empresas públicas, es considerada por muchos economistas como ilusoria, ya que apenas hay interesados.

“Con toda seguridad, Grecia no podrá cumplir los compromisos que ha firmado”, dice a Apro Martin Knapp, jefe de la Cámara de Industria y Comercio Greco-Alemana.

Knapp se pregunta además si es razonable cumplir con estos compromisos que, a su juicio, son en parte responsables de la recesión en que se sume Grecia. “Si un paciente muere después de cinco operaciones que han salido mal, cabe preguntarse si ha muerto por la enfermedad o por las operaciones que se le han hecho”, sostiene.

Protestas

Grandes sectores de la población creen saber que los planes impuestos por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, ejecutados por el gobierno de Papandreu, dejarán a cientos de miles al borde de la miseria. Las protestas se hacen oír en toda Grecia, aún antes de que las medidas sean aplicadas. Los miembros de la UE parecen seguir insatisfechos, aún después de anunciar estos enormes recortes como inevitables.

Knapp no ve un panorama auspicioso. “Es el despotismo de las arcas vacías: si no hay dinero, simplemente no lo hay”, dice a Apro. “La población no tiene más alternativa que resignarse y seguir las políticas, aunque muchos tienen la impresión de que los lleva a un callejón sin salida. Y con mucha razón –sostiene– ya que no puede haber una recuperación sin crecimiento y con estas políticas seguramente no lo habrá.”

La crisis griega ha provocado rispideces en la imagen que los griegos tienen de los alemanes y viceversa. La gran influencia germana entre los acreedores, y su poder de decisión dentro del Banco Central Europeo, juega en contra de los germanos. Los manifestantes y la prensa griega apelan a calificativos tales como “Los nazis del euro” o “Fascismo financiero”.

La imagen de la canciller germana concentra un enorme rechazo. “¡Merkel!”, le espetó la cajera de un supermercado en Atenas a una clienta alemana, a modo de insulto, al final de una discusión, según publicó el pasado 26 de septiembre el diario alemán Die Zeit en su sitio en Internet. La disputa era por un euro, parte del vuelto, que la griega decía haber entregado y la alemana no haber recibido.

Frente interno

En Alemania, la canciller Merkel se enfrenta a un problema difícil. Para la conciencia popular germana y sus intérpretes, como el diario populista Bild, Grecia ha vivido durante décadas del dinero del resto de los europeos –especialmente de los alemanes–, prodigándose hacia un descarado bienestar de nuevo rico, mientras sus cuentas hacían agua por todos lados.

Con su desparpajo usual -sustentado por el hecho de ser el diario de mayor tirada diaria en toda Europa-, el Bild recomendó a los griegos la venta de algunas islas y, de paso, ya que estaban, de la Acrópolis.

Una declaración de la propia canciller germana siguió ese bochornoso curso. En mayo de 2011, Merkel sugirió que los griegos, los portugueses y los españoles trabajaban demasiado poco, se jubilaban muy pronto y gozaban de demasiados días de vacaciones. El prejuicio del alemán industrioso y el europeo del sur holgazán acaso sirva para intentar legitimar recortes sociales y planes de ajuste, pero no se condice con las mediciones de la realidad. Una encuesta realizada por el banco francés Natixis, publicada en junio de 2011, sostiene que un griego trabaja 2 mil 119 horas al año, un portugués, mil 719, y un español, mil 654. Todos ellos bastante más que las mil 390 horas al año que trabaja un alemán.

“Los alemanes trabajan mucho menos que los europeos del sur. Tampoco trabajan más intensivamente”, sostuvo el pasado 5 de junio a la publicación Focus el economista Patrick Artus, quien dirigió el estudio.

Los prejuicios de muchos alemanes contra Grecia no se han modificado. La que sí cambió su posición fue Merkel, quien durante meses se había negado a liberar los fondos para el fondo de rescate. El golpe de timón llegó cuando ya algunos políticos de sus filas coqueteaban con la idea de expulsar a Grecia (y aún otros países de clima semejante) de la Unión Europea y hasta con abandonar el euro.

El Partido Liberal (FDP) –socio de los conservadores (CDU-CSU) en la coalición de gobierno– llegó incluso un poco más lejos. Durante la campaña para las elecciones en Berlín, el 18 de septiembre, llegó a musitar el fin de la Unión Europea. Su desastrosa cosecha (1.8% de los votos), acaso explique el renovado apoyo de sus diputados al rescate de Grecia.

Condonación

Los vaivenes en la posición de la canciller germana han sido duramente criticados por la prensa. Una de sus limitaciones, que a la vez es una de las fuentes de su popularidad, es considerar los problemas internacionales con base en su repercusión dentro de la sociedad alemana. La política exterior resultante, altamente eficaz a corto plazo, termina por ser mezquina e inoperante. A fin de cuentas, está en peligro la viabilidad de la Unión Europea, en la que Alemania coloca el 63 por ciento de sus exportaciones. El proyecto europeo no cuenta hoy con ni ningún plan alternativo.

El pasado 27 de septiembre, “los sabios de la economía” –tal como se conoce al grupo de cinco economistas que asesoran al gobierno alemán en la materia– recomendaron, junto a un grupo de pares franceses, una drástica condonación de la deuda griega. Los acreedores deberían absorber el 50 por ciento de la deuda griega para que su refinanciación se vuelva sostenible. De hecho, los títulos de la deuda pública griega se cotizan a menos de la mitad de su precio de emisión.

Otras voces, como la del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, han puesto una vez más sobre mesa la participación de la banca privada en el rescate de Grecia, a través de un impuesto a las transacciones financieras. A fin de cuentas, Europa -es decir, cada uno de sus habitantes- ha contribuido al rescate del los bancos con más de 4 mil 200 millones de euros en los últimos tres años.

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