De la violencia sólo se salva Pelé Brasil al borde de un ataque de nervios

Alberto Beanato

SAO PAULO.- Transe seguro. Transe en un carro blindado. La frase -tenga sexo seguro. Tenga sexo en un automóvil blindado- apareció en Sao Paulo, una de las ciudades más violentas de América Latina y capital financiera de un país que, como Brasil, se enorgullece por sus desinhibiciones en materia sexual con sus garotas for export (mujeres de exportación).
Sexo y violencia. El cóctel explosivo parece sacado de un filme de Hollywood. La fórmula es el secreto del éxito que los publicistas brasileños eligieron para “vender” un producto que se comercializa como pan caliente: el blindaje de vehículos. El slogan lanzó un dardo envenenado en la líbido de los brasileños, que desde hace un buen rato dejaron de hacer el amor en sus vehículos por miedo a ser víctimas de la violencia.
“Por más bonita que sea la muchacha, difícilmente el riesgo de tener sexo en un automóvil valdría la pena. Mi gusto por el peligro no llega a ese extremo”, asegura el periodista Dilair Aguiar, quien ya fue asaltado dos veces en Sao Paulo.

Brasil se convirtió en uno de los mayores mercados de automóviles blindados del mundo en sólo tres años. Uno de cada 10 mil vehículos está blindado. En 1997 había sólo 10 empresas especializadas. Hoy son 50 quienes atienden una demanda cada vez más acelerada ante el temor de ser secuestrado o morir asesinado al detener el automóvil en un semáforo, en un país donde ocurren 40 mil crímenes por año, o sea, 24 por cada 100 mil habitantes o un homicidio cada 13 minutos.
Los números asustan: más de medio millón de personas (516 mil) fueron asesinadas en Brasil en 19 años (entre 1979 y 1998), según estadísticas oficiales. “Brasil es el campeón mundial de homicidios”, dijo el exministro de Justicia, el senador Renan Calheiros. La cifra equivale a la mitad de las víctimas que dejó la sangrienta guerra entre Irán e Irak en ocho años durante la década de los ochenta. Estados Unidos perdió 58 mil hombres en Vietnam.
Río de Janeiro no parece tan “ciudad maravillosa”, según dice la famosa canción que dio mayor fama a la ciudad y que hoy quedó enterrada bajo las estadísticas de la violencia. Allí se registran 69 asesinatos por cada 100 mil habitantes, contra los 56 de Sao Paulo. En Sudamérica sólo la superan ciudades colombianas como Cali, con 88 asesinatos, pero Colombia sufre, además, los estragos del terrorismo, el narcotráfico y los grupos paramilitares.
La psicóloga Ivette Lehman, docente de la Universidad de Sao Paulo, dijo a Proceso que “la violencia está aumentando cada vez más y aquello que antes era casual, ahora es normal”.
La violencia es la principal preocupación de los 160 millones de brasileños. El  presidente Fernando Henrique Cardoso acaba de lanzar un ambicioso Plan Nacional de Seguridad, que prevé inversiones por mil 600 millones de dólares para los próximos tres años.
El programa comprende el reequipamiento y modernización de la Policía, una mayor participación de las Fuerzas Armadas en el combate al tráfico de drogas y de armas en la frontera, y la prohibición del registro de armas de fuego durante seis meses en todo el país, entre otros puntos.
Pero el resultado “psicológico” no fue el esperado. El 83% de los brasileños cree que el plan antiviolencia oficial “será poco o nada efectivo”, según un sondeo de la encuestadora privada Datafolha.
La psicóloga Lehman, quien fue asaltada tres veces en los últimos seis meses, afirmó que “los brasileños están viviendo un estrés muy grande. La gente está cada vez más agresiva y quiere devolver la violencia, que ya está minando la vida cotidiana”.
Pero el problema no son sólo los malvivientes. “En las franjas populares, el miedo a la Policía es real. La población más pobre le teme y la clase media descree de su capacidad”, dijo a Proceso el sociólogo Luis Antonio de Souza, investigador del llamado “Núcleo de Violencia” del Departamento de Sociología de la Universidad de Sao Paulo.
Unos 30 mil policías de los nueve mayores estados de Brasil (sobre un total de 300 mil efectivos) fueron acusados de algún crimen, la mitad de ellos por delitos graves como secuestro, homicidio y narcotráfico, según la revista Veja. En contraste, existe un ejército de 1 millón 300 mil personas que trabajan como seguridad privada. La cifra virtualmente duplica al número de agentes policiales de todo el país.
La desconfianza de los brasileños en su Policía no es nueva. Torturas, pruebas prefabricadas, escuadrones de la muerte que asesinan a niños de la calle, corrupción, tráfico de drogas e ineficiencia, son las denuncias más comunes contra los cuerpos de seguridad.

Loca academia de policía

Las historias se multiplican. Hay hasta algunas tragicómicas que causan una mueca absurda en uno de los pueblos más alegres de América Latina, pero que dejan al descubierto una situación explosiva.
El 1 de junio, 14 rehenes en poder de cuatro delincuentes en Porto Alegre, al sur del país, no sabían si temer más a sus captores que a sus  “salvadores” vestidos de azul.
Los delincuentes irrumpieron en una agencia de correos del centro de la ciudad, pero alguien dio la alarma y fueron rodeados por la Policía. Por un lado,  varias patrullas de la Policía civil; por el otro, un contingente de la Policía militar.
La vieja rivalidad entre ambas fuerzas dejó perplejos a los rehenes.  Los policías de ambos lados se miraban de reojo y se trenzaron en una pelea sorda por el comando de la operación. El polvorín estalló cuando la Policía civil, sin el consentimiento de la Policía militar, entregó cuatro chalecos antibalas a los delincuentes, aceptando una de las exigencias del grupo.
Primero fueron sólo insultos, pero enseguida ambas policías se entremezclaron en una pelea abierta a empujones, puntapiés y puñetazos. Todo a la vista de los 14 rehenes, que miraban a través de los vidrios de la oficina de correos una escena que hacía recordar al filme Loca academia de policía.
Uno de los ladrones perdió la cabeza y se asomó por la puerta gritando y mostrando su revólver, “oigan, aún estamos aquí”.
La tensión se apaciguó cuando llegaron altos jefes de ambos grupos. Los delincuentes liberaron a los rehenes y se entregaron. Parecía todo solucionado, pero… ¿quien se lleva a los detenidos? Casi se armó la Loca academia de policía II, aunque al final hubo una decisión salomónica: dos delincuentes fueron llevados por una patrulla de la Policía civil, y los otros dos en un jeep de la Policía militar.
“El momento de mayor tensión fue cuando ocurrió aquel tumulto allá afuera”, dijo el gerente de la agencia de correos, Luis Fernando, después de ser rescatado. No era para menos.
Lo peor sucedió en Río de Janeiro en junio. Un exniño de la calle asaltó un ómnibus y fue cercado por la policía. Aquí no hubo peleas entre uniformados. El ladrón bajó del ómnibus apuntándole un arma a una rehén, después de seis horas de tensión, en las que  el hombre amenazaba con matar a todo el mundo ante las cámaras en vivo de la televisión.
Pero un policía se acercó desde atrás con una ametralladora para “liquidarlo” (cuando cualquier manual de seguridad recomienda una pistola de grueso calibre para “eliminar” al victimario desde una corta distancia) y disparó una ráfaga. El delincuente, que parecía querer entregarse, salió ileso, pero descargó tres tiros en la rehén, que también fue alcanzada por una bala del policía.  La mujer, de 20 anos, murió casi en el acto. El ladrón fue conducido ileso a una patrulla policial. Media hora después, la fuerza informó sobre el deceso del hombre camino al hospital. No había recibido ni un solo rasguño de bala. La autopsia confirmó las causas de su muerte: estrangulamiento. Los policías fueron detenidos y el jefe de la Policía militar de Río destituido.
Diez días después, el gobernador carioca, Anthony Garotinho, exhoneró a 353 policías envueltos en crímenes, además de 70 custodios de cárceles y hasta 38 bomberos. Los 461 servidores estaban acusados de extorsión, robo de automóviles, formación de bandas delictivas y tráfico de drogas. Todo en una ciudad que se enorgullece de ser una de las más bonitas de América Latina y sede del carnaval más famoso del mundo.

Sálvese quien pueda

El fenómeno de la violencia avanzó hacia un nuevo estrato: la política. Un diputado federal, Hildebrando Pascoal, del Partido Frente Liberal (PFL, en el gobierno), fue destituido y detenido a  principios de año por encabezar una banda de narcotraficantes y un “escuadrón de la muerte” en el amazónico estado de Acre, fronterizo con Bolivia y Perú. Se le acusa de un centenar de crímenes. Un testigo llegó a declarar que vio cómo Pascoal cortaba en dos a un rival con una motosierra en plena selva.
“Socorro”, “Miedo”, “Pasajeros del horror” fueron algunos de los titulares de portada de las revistas más vendidas de Brasil en sus ediciones de junio. El efecto de la violencia en los brasileños es devastador. El 15% de la población evita hablar con extraños y hasta con sus vecinos por temor a la violencia y 50% no sale de noche, según estadísticas reveladas por la revista Veja.
Desde su escritorio del “Nucleo de Violencia” de la Universidad de Sao Paulo, De Souza dice que “la violencia tiene un efecto bastante perverso entre los brasileños. Hay una cierta sociopatía, como una menor disponibilidad a entrar en contacto uno con otro. El aislamiento social es ya un fenómeno importante”.
Pero la violencia no le hizo perder al  brasileño su culto a la alegría. “Ese carácter actúa como una válvula de escape. En Brasil funciona, además, la violencia de la exclusión social. Los niveles de homicidios de la periferia de las grandes ciudades superan a los de Colombia, pero los de los barrios  de clase media acomodada son iguales a los de Europa”, explica.
De la ola de violencia no se salvan ni siquiera los ricos y famosos. A Romario, el inigualable atacante de la selección brasileña campeona en el Mundial de Estados Unidos 94, le robaron su auto de lujo; a la exnovia del fallecido tricampeón mundial de Fórmula 1, Ayrton Senna, Adriane Galisteu, hoy animadora de TV, la asaltaron en su departamento, y el también famoso futbolista Paulo Nunes fue víctima de un grupo de “torcedores” de su propio club cuando jugaba en el Palmeiras. Lo pasearon por todo Sao Paulo y se llevaron el auto.
Sólo un “Rey” puede salvarse de la violencia. A fines del año pasado, Pelé sufrió en carne propia la ola delictiva cuando salía en su automóvil de sus oficinas en Sao Paulo. Dos hombres apuntaron sus armas sobre el chofer y su acompañante. Pelé, desde el asiento de atrás, se asomó por la ventanilla, se quitó su gorra gris y le preguntó impasible a uno de los delincuentes: “¿Algún problema?”.
El hombre se espantó. “Es Pelé, es Pelé”, le gritó a su socio. Los dos ladrones terminaron pidiendo disculpas.
Es que en Brasil nadie se mete con Pelé. Ni siquiera la violencia.

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