Mentiras y verdades sobre Manuel Becerra Acosta y el Unomásuno

Señor director:

Le pido atentamente publicar el presente texto en el mismo espacio donde decidió difundir la nota de comentarios firmada por Gerardo Albarrán de Alba, que tituló “El Unomásuno de Becerra Acosta”, y que apareció en Proceso 1235.
La falta de ética periodística es cosa que les compete a ustedes examinar. Albarrán violó varias reglas fundamentales del periodismo que, normalmente, un reportero debe acatar. Pero reitero: es asunto de Proceso con sus lectores.
Como mi padre murió hace unos días y no puede aclarar las imprecisiones de Albarrán, lo honro yo.

1. El gobierno de José López Portillo no “le dio recursos en forma de crédito” a mi padre para fundar Unomásuno en 1977. Él y otros fundadores, a través de Editorial Uno, S.A. de C.V., obtuvieron un crédito bancario que fue pagado hasta el último centavo.
2. El diario que fundó mi padre (el de hoy ostenta el mismo nombre, pero es otro, simplemente otro) no “se perdió entre vicios y confabulaciones de las que su creador fue actor principal”. Tampoco vino después “la decadencia”, porque mi padre “construyó al mismo tiempo lo que sería su propio cadalso: primero, mediante maniobras para hacerse del control accionario total del diario, lo que le costó la pérdida de sus principales colaboradores en diciembre de 1982, que luego fundaron La Jornada (…)”.
Un poco de espíritu reporteril habría llevado a Albarrán a exponer los hechos. Desde el inicio, hubo un socio capitalista, de nombre José Solís, que simplemente no era periodista. Manuel, con su dinero, con dinero familiar, compró las acciones que poseía este individuo. Así de simple: mi padre era accionista y se convirtió en accionista mayoritario.
Lo de los compañeros jornaleros, el tiempo puso a cada quién en su sitio. Mi padre abrió el diarismo a las más diversas corrientes; entre ellas, por supuesto, a la de la izquierda. Ahora bien, de eso a que el diario fuera un panfleto, un órgano editorial del entonces PSUM, hay una enorme diferencia. Pluralidad es precisamente lo contrario que unanimidad.
Carlos Payán, Carmen Lira, Miguel Ángel Granados Chapa y Héctor Aguilar Camín montaron, entonces, una estrategia de mercadotecnia que nada le envidiaba a la del foxipanismo de hoy (en su sentido de efectividad), a través de la cual se les hizo muy sencillo difamar: que Manuel se iba a la derecha, que Manuel se vendía al régimen, que Manuel se apoderaba del diario (por favor, si ya era el accionista mayoritario).
Con todo respeto, el tiempo puso en su lugar a cada quién: Payán, senador del PRD; Lira, al frente de La Jornada, después de no pocas guerras intestinas; Granados Chapa, candidato a la gubernatura de Hidalgo (¿por qué partidos?), luego de intentar, por enésima ocasión, dirigir un medio de comunicación (la propia Jornada y… ¿se llamaba Mira?); mi estimado Héctor Aguilar Camín, paradoja, devino no en paje de la izquierda, sino en exégeta de Carlos Salinas de Gortari.
Estos camaradas, en Unomásuno, organizaron una lucha por el poder (así de simple) y otra ideológica (que por extensión y definición era intolerante). Y perdieron. Nada más, ni nada menos. A la mayoría de los que salieron con ellos, simplemente los engañaron, como el tiempo lo demostró. El que siguió enfrentando al régimen de la forma más inteligente y, por lo tanto, peligrosa, fue Manuel y los que seguimos en Unomásuno: con los hechos. Eso nos costó lo que a ninguno de los demás que hicieron sus muy válidas alianzas con el sistema: el durísimo exilio. Eso lo documentó, en parte, Carlos Marín en esta misma revista.
Después del asunto de los jornaleros, Manuel entendió que el diario tenía que modernizarse tecnológicamente. Por ello buscó que el resto de las acciones fueran recabadas y pagadas, para ofrecer el 49% a un socio capitalista. De hecho, fue un importante empresario el que se acercó al diario. En esas andábamos cuando el personero del régimen en el propio periódico, que a la fecha no entiendo para qué lo mantuvo Manuel, Luis Gutiérrez, se percató del movimiento y fue el orquestador, junto con el entonces secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, y el propio Salinas, del golpe a Unomásuno, del golpe a mi padre.
Unos años después, en el avión presidencial, invitado yo como director del semanario Macrópolis, Salinas me aseguró que él no tuvo nada que ver (¿usted le cree?), que fue cosa de gente de su partido (o sea, Gutiérrez y Gutiérrez).
3. Dice Albarrán que hubo “represión interna y desmantelamiento del sindicato”. Falacia. Yo mismo, como sindicalista, tuve la libertad de estar frente a mi padre, parado con una bandera rojinegra, por lo que me parecía una válida demanda de un justo aumento salarial. Así, de ese tamaño.
4. Afirma Albarrán que el diario subsistía de las arcas públicas y de la evasión fiscal. Ni el menor rigor reporteril. Falso, otra vez. Teníamos en la empresa deudas hacendarias, como miles de empresas, pero las reconocíamos y las tratábamos de enfrentar. Precisamente cuando, bajo el amparo de la ley, renegociábamos las deudas, cuando reestructurábamos como lo permite la ley, para pagar en plazos menos onerosos, el actual dueño del Unomásuno, Manuel Alonso, bloqueó la posibilidad de un arreglo desde la Presidencia, según la apreciación de Manuel. Yo le decía que era imposible que hiciera eso sin el aval del expresidente Miguel de la Madrid. En cualquier caso, lo que se podía estructurar conforme a derecho no se hizo; el gobierno delamadriano lo impidió, quizá a sabiendas de la animadversión política entre Salinas y mi padre.
Ironías: acusaban los jornaleros a mi padre de entreguista, y tenía que organizar reuniones con Salinas como encargado de la economía de De la Madrid, para que aquél intentara convencer y reducir, con argumentos, las posiciones muy críticas de los editorialistas, articulistas y reporteros que cuestionaban con sustento, un día sí y otro también, la política económica de ese sexenio. La última reunión, en casa de mi padre, quizá acabó con la tolerancia de Salinas (que era casi nula). Se molestó el entonces secretario de Estado porque, al final de la ríspida reunión, Manuel no lo invitó a quedarse a comer, a él y a Pedro Aspe.
Luego, lo de que vivíamos de las arcas públicas, se trata de lo mismo: falta de ganas de trabajar como reportero. No sólo salíamos bien librados a pesar de los problemas, sino que teníamos, además, una empresa que gozaba de enorme salud, la que editaba Tiempo Libre, que, en momentos de apuro, simplemente auxiliaba al diario.
5. Manuel no huyó luego. No sé qué haría el señor Albarrán si a toda su familia le pasearan las armas en sus rostros. A sus hijos, por ejemplo. Hizo, mi padre, lo único que le quedaba por hacer: o entregaba el diario, o se iba a la cárcel como La Quina y Legorreta. O iban a matar a alguien. Nada más.
6. Lo que me parece sucio es eso de que “murió en España en una cama que realmente no era suya, en un país que le era ajeno”. ¿Qué sabe Albarrán del alma? Manuel se construyó un espacio pequeño, pequeñito, monacal por su austeridad. Y ahí, en Su habitación de Su casa se fue a dormir en Su cama, en el país que él amaba como segunda patria, cerca de gente que lo amaba y con la cual pasaba la mitad del año desde que fue exiliado. Y ya no despertó. Murió tranquilo, en medio de un apacible sueño, por el rostro que tenía por la mañana, el mismo de paz, de tranquilidad, con que se acostó.
7. Lo del epitafio donde Unomásuno llama a votar por el PRI, Albarrán debe saber, desde ahora, que Manuel no tiene epitafios. Tiene obra, obra periodística (no el Unomásuno de hoy, por supuesto): esa que nos enseñó a tantos y tantos periodistas durante 51 años en que él ejerció su vocación. Tiene obra literaria y teatral. Y, sobre todo, tiene la herencia de un gran servicio al país: haber sido el parteaguas del periodismo nacional. Así, porque, mientras Proceso se ocupaba de los escándalos del poder (lo cual alguien tiene que hacer), nosotros, en aquel Unomásuno extinto, nos dedicábamos a hacer periodismo por y para la sociedad, contando las una y mil historias del verdadero México, los problemas, carencias y posibilidades de campesinos, obreros, pescadores…
Aunque les pese a los pupilos de mi querido Julio, Manuel fue el mejor periodista de México en la segunda mitad del siglo XX, tecleen lo que tecleen.

Juan Pablo Becerra-Acosta Molina

Respuesta del comentarista

Señor director:

Le ruego incluir estas líneas mías, dirigidas a Juan Pablo Becerra Acosta.
Juan Pablo:
Lamento profundamente haberlo ofendido a usted -y probablemente a alguien más- con mis comentarios acerca de su padre; sobre todo, porque estoy seguro de que, en todo caso, lo de-safortunado fue la forma. Ni de lejos mi intención fue ésa, por el respeto al que me obliga su duelo. Mucho menos pretendí demeritar la impronta que en el periodismo mexicano dejó Manuel Becerra Acosta. (Cuando sostengo que el Unomásuno de su padre “fue uno de los pocos medios que marcó a toda una generación de periodistas”, me refiero incluso a mí mismo.)
Sobre las precisiones que usted señala en su carta (excepto el punto 2, que correspondería responder a quienes usted alude, no a mí), permítame remitirlo a la información publicada en los números 652, 656, 674, 675, 676 y 683 de Proceso -particularmente las declaraciones del propio Becerra Acosta en la entrevista que le hizo Carlos Marín-, que es la base de mi comentario. Esos datos nunca fueron desmentidos por el propio Manuel Becerra Acosta.
Me hago cargo de su molestia; acepte mi disculpa. Es cierto: Yo no sé qué haría si mi familia fuese amenazada de muerte por el poder político. Sólo sé que espero nunca merecer la suerte ni de su padre ni de La Quina ni de Legorreta.

Sinceramente
Gerardo Albarrán de Alba

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