Palestina-Israel: cuando los extremos se tocan

RAMALLAH, CISJORDANIA (apro).- La liberación, el martes 18, del soldado israelí Gilad Shalit después de cinco años y cuatro meses en poder de la milicia islamista Hamas, y de 477 de mil 27 palestinos presos en Israel, no pudo haberse desarrollado mejor.
Los acuerdos se cerraron con éxito gracias a la discreción de las partes: el anuncio fue una sorpresa, el compromiso se mantuvo sólido y generó confianza en ambas partes durante la semana que tardó en empezar a materializarse, el proceso de entrega de los cautivos se realizó con precisión y sin demoras y en sus primeras declaraciones Shalit declaró que Hamas lo había tratado bien y que celebraba la excarcelación de los palestinos, siempre que no atacaran a Israel.
Sin embargo, el intercambio dejó muchas dudas y preocupaciones.
¿Por qué los líderes de Israel y de Hamas llegaron a este pacto ahora y no hace seis meses, cuando lo habían esbozado prácticamente en sus términos finales? ¿Por qué no se incluyó en él a prisioneros de alto perfil, como el popular Marwan Barghouti? ¿Quiénes son los beneficiados y los perjudicados? ¿No se promueve el recurso de los secuestros y con ello se acelera la espiral de violencia? ¿En qué situación queda el resto de los palestinos presos, cientos o miles de los cuales están en huelga de hambre? ¿Contribuye este compromiso a una solución o fortalece las posturas extremas?
Analistas israelíes y extranjeros sostienen que Hamas y el gobierno de Benjamín Netanyahu pasaban por un periodo de debilidad y fuertes presiones que los hicieron sentir la urgencia de anotarse un punto para recuperar popularidad. Y en el trasfondo parece estar la incomodidad que sentían ambas partes ante la jugada del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, de solicitar ante la ONU la admisión y el reconocimiento de un Estado palestino.

“Líneas rojas”

El primer encuentro entre representantes de Hamas e Israel se produjo en El Cairo en marzo de 2009, con mediación egipcia y alemana. Era visto como el momento de afinar los últimos detalles tras un proceso de negociaciones indirectas que se inició en 2007, un año después de que Gilad Shalit, entonces de 19 años y quien cumplía con el servicio militar obligatorio, fuera secuestrado cuando montaba guardia en la Franja de Gaza.
Al principio Hamas pidió la liberación de mil 400 presos, pero había aceptado reducir el número a 450. La delegación israelí estableció algunas “líneas rojas” que no cruzaría, como dejar ir a convictos que estuvieran vinculados con un alto número de muertes de israelíes, que fueran miembros de la minoría palestina que tiene ciudadanía israelí (20% de la población de Israel) o que tuviesen residencia en Jerusalén. Se proponía además impedir que los terroristas originarios de Cisjordania regresaran allí, exiliándolos en Gaza o el extranjero.
Las partes acordaron una lista de 325 nombres y quedó por discutir un grupo de 125 más que Israel objetaba. El hoy derrocado presidente egipcio Hosni Mubarak percibió que este acuerdo sería interpretado como una victoria de Hamas (que pretende crear un Estado islámico tanto en los territorios palestinos como en Israel) frente a su rival, Mahmoud Abbas (que reconoce la existencia de Israel y propone un Estado laico en los territorios palestinos) y para compensar obtuvo de los israelíes el compromiso de liberar 550 presos más, que ellos mismos escogerían, “como un gesto hacia la ANP y Abbas”.
Así, hace dos años y medio se llegó a la cifra de mil palestinos a cambio de un soldado israelí.
Los 125 faltantes se convirtieron en el gran obstáculo. Hamas demandaba la excarcelación de gente vinculada con ataques terroristas. El declive del entonces primer ministro Ehud Olmert convenció a Hamas de que sus días estaban contados y congeló su posición.
Tras vencer a Olmert en elecciones anticipadas, Netanyahu declaró que sería inflexible y que negociar sería un triunfo del terrorismo. Según el diario Haaretz, sin embargo, su enviado Haggai Hadas, un oficial del Mossad, continuó las conversaciones y alcanzó en abril un acuerdo que Netanyahu rechazó.
Fue el sucesor de Hadas, David Meidan, quien llegó al pacto definitivo con Hamas: intercambiarían a Shalit no por mil palestinos, sino por mil 27, con la adición de 27 mujeres. Las “líneas rojas” fueron traspasadas al aceptar la liberación de presos con ciudadanía israelí y de otros con residencia en Jerusalén y, lo más importante, la de responsables de atentados con muchas víctimas.
Entre ellos Nasser Yataima, por el bombazo de Netanya que dejó 29 muertos; Husam Badram, implicado en el atentado contra la discoteca Delfinario, en el que murieron 21 jóvenes, y Muhammad Douglas, por el ataque contra la pizzería Sbarro, con 11 víctimas fatales. En total, 280 de los excarcelados son de los que Netanyahu señala por tener “sangre en las manos”. Un centenar de ellos tiene condenas de prisión de varias cadenas perpetuas, una por cada fallecido en los crímenes en los que estuvieron envueltos.

Ganadores

“¿Por qué aceptó Netanyahu un acuerdo sobre Shalit al que antes se opuso?”, preguntó en un titular el diario Haaretz, haciéndose eco de una inquietud muy extendida. Otros cuestionaron lo mismo sobre Hamas.
Los analistas israelíes y extranjeros coincidieron en que ambas partes estaban en momentos difíciles.
Este año de protestas globales ha alcanzado números gigantescos en Israel: el 3 de septiembre salieron a la calle 450 mil personas en un país de sólo 7 millones de habitantes.
En otro plano Netanyahu y sus ministros, que llegaron al poder con el argumento de garantizar la seguridad nacional de Israel, se las arreglaron para destrozar los dos pilares regionales en las que ésta se basa: las alianzas con Turquía y Egipto. Además su intransigencia para avanzar en el proceso de paz ha minado sus relaciones con Europa y con Estados Unidos, la potencia protectora que, por si faltara algo, ha perdido influencia en la zona.
La mayor expresión del aislamiento israelí se dio el pasado 23 de septiembre, cuando Mahmoud Abbas fue aclamado en la Asamblea General de la ONU al presentar la solicitud de adhesión de Palestina.
El 72% de apoyo que tiene el acuerdo de liberación de Shalit entre el público israelí resultaba, sin duda, muy atractivo para un Netanyahu que no tardó nada en reclamar la totalidad del crédito: A las 13:04 del martes 18, Shalit se reunía con su familia por primera vez en cinco años; a las 13:09, Netanyahu lo abrazaba frente a la cámaras y a las 13:19 daba inicio a una rueda de prensa en la que declaró: “Pensé en Gilad Shalit durante sus cinco años de cautiverio” y “acabo de recibir a Gilad y lo entregué a sus padres, y les dije: ‘Les he regresado a su hijo’”.
Hamas, por su parte, también enfrentaba un creciente retroceso: encerrada en la minúscula Franja de Gaza, de donde expulsó a balazos al partido Fatah de Mahmoud Abbas en 2007, perdía apoyo tanto en esos dominios suyos –con una situación económica en deterioro– como en Cisjordania. Abbas, en cambio, se estaba convirtiendo en el nuevo héroe palestino tras resistir enormes presiones y llevar las reivindicaciones de su pueblo a las Naciones Unidas.
El grupo islamista enfrenta numerosas críticas, tanto por la selección de presos (una mayoría de miembros de Hamas y pocos de Fatah y otros partidos palestinos) como por aceptar que 203 de los 477 que fueron liberados en su nombre (los otros 550 ya no son “un gesto” para Abbas, sino para el mediador, Egipto), no retornen a sus casas en Cisjordania o Jerusalén, sino que sean enviados a Gaza o al extranjero.
Tampoco demoró nada en reclamar el crédito. El domingo 16 el jefe de Hamas en Cisjordania, Mahmoud Zahar, en declaraciones a la radio del Ejército israelí (que tiene un margen de independencia editorial frente a los militares) rechazó de plano los cuestionamientos, pues “Abbas negoció con Israel durante un millón de años y no ha conseguido un acuerdo como este”.
Al día siguiente otro líder cisjordano, el jeque Hassan Yousef, descartó que dialogar con el Estado de Israel, reconociendo su existencia como ha hecho Abbas, pueda servir de algo: “Por ahora, la opinión pública palestina siente que lo que se obtuvo mediante la resistencia es mucho más significativo que lo que se ha ganado con la negociaciones”. Y proclamó su victoria: “No hay duda de que Hamas recibirá el crédito en las calles por liberar a más de mil prisioneros. Los prisioneros tienen familias y parientes y amigos, y todos ellos se identificarán con Hamas”.

Perdedores

Además del gobierno de Netanyahu y de Hamas, un tercer ganador es Egipto, cuya junta militar enfrenta movilizaciones populares y una gran antipatía por Israel, agudizada después de que fuerzas israelíes mataron a seis soldados egipcios en un incidente fronterizo en agosto pasado, lo que provocó que una multitud asaltara la embajada israelí en El Cairo.
El rol protagónico que ha tenido en estas negociaciones, en las que se apropió del “gesto” de la excarcelación de los 550 presos extra, debería ganarle popularidad y ampliar su margen de maniobra para reconstruir las relaciones con Israel, como ha venido intentando.
El lunes 17, la prensa citó “fuentes de seguridad egipcias” para adelantar que El Cairo espera que el éxito de la operación Shalit facilite el intercambio de Ilan Grapel, un israelí-estadunidense detenido en Egipto acusado de espionaje, por prisioneros egipcios en cárceles israelíes.
En el lado de los perdedores, por contraste, se apuntan las familias de las víctimas israelíes que infructuosamente impugnaron el acuerdo ante la Corte Suprema. El lunes 17, cuando se dio a conocer la negativa judicial, Shvuel Schijveschuurder, hijo y hermano de cinco fallecidos en la pizzería Sbarro, gritó a los padres de Shalit: “¡Coloquen una bandera negra en su casa, hoy es un día de duelo!”.
“¿Es que la sangre del próximo soldado o ciudadano que sea secuestrado es menos roja que la de Gilad Shalit?”, preguntó por su lado Ron Kehrman, padre de una joven de 17 años que murió en un bombazo en 2003.
Kehrman se refería al extendido temor de que los secuestros con fines de intercambio se vuelvan comunes. Y puede tener razón. El jeque Yousef lo dijo: “No sé si habrá más secuestros. Pero en tanto los prisioneros palestinos (quedan más de 5 mil) sigan sufriendo en las prisiones, habrá un incentivo para liberarlos con los medios disponibles”.
La gran lección de este episodio es que la violencia paga, el diálogo no.
Tal vez el mayor perdedor sea Mahmoud Abbas, cuyo grandilocuente gesto ante la ONU es meramente simbólico y, como asientan los líderes islamistas, no puede competir con la alegría de miles de palestinos liberados y sus familias.
“La victoria (de Hamas) es otro clavo en el ataúd de Abbas y sus colegas de Fatah”, escribió el columnista de Haaretz, Akiva Eldar. “De nuevo los palestinos han aprendido que el camino de la diplomacia los lleva a un callejón sin salida, mientras que el terrorismo saca a los colonos israelíes de los territorios palestinos y los secuestros sacan a cientos de sus compatriotas de la cárcel”.
Hadi Barghouti, pariente de dos presos que no serán liberados, lo dijo así a la prensa: “¿Qué piensas tú, un israelí, qué debería hacer yo para liberar a mi hermano?”.

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