Y después de Gadafi…

Amalgamados por la lucha contra el régimen de Muamar el Gadafi –asesinado el jueves 20–, los rebeldes libios se disponen a establecer de manera gradual un nuevo gobierno interino, un Congreso y una nueva Constitución. No será fácil: afloran en ellos diferencias y rivalidades, tanto regionales como tribales e ideológicas. Los hay de distinto signo: nacionalistas, liberales, islamistas, secularistas… Todos quieren participar en el reparto del poder y tener influencia en el futuro del país.

RAMALLAH, CISJORDANIA.- El pasado 15 de febrero Abdallah al Senoussi detuvo en Bengasi a Fathi Terbil, un abogado defensor de los derechos humanos, y ordenó atacar a las personas que se manifestaban para exigir su liberación. Fue un intento de ahogar prematuramente la insurrección convocada para dos días más tarde. Sólo consiguió adelantarla.
Ocho meses y cinco días después –el jueves 20–, Al Senoussi, jefe de inteligencia y brazo ejecutor de la represión del régimen libio, fue capturado. Al mismo tiempo su líder, Muamar el Gadafi, moría a manos de los rebeldes que arrastraron su cadáver por las calles de su destruida ciudad natal: Sirte.
La celebración de los libios fue ruidosa, marcada por los disparos al aire de los AK-47 y las Uzi. Ellos saben, sin embargo, que muy pronto estos ocho meses sólo parecerán un paréntesis entre los pasados 42 años de dictadura y un futuro incierto. El odio compartido contra Gadafi favoreció la unidad que las simpatías difícilmente habrían conseguido. Una vez desaparecido el tirano, las diferencias, las fracturas y las rivalidades empiezan a hacerse más evidentes.
Las hay, por principio de cuentas, entre Trípoli, capital oficial, y Bengasi, donde nació la revolución y está la sede de su órgano de dirección: el Consejo Nacional de Transición (CNT), que sólo se mudó a aquella urbe en septiembre y que ahora es reconocido internacionalmente como gobierno legítimo. Misrata, una plaza que fue liberada por su propia población tras soportar un sangriento asedio de 70 días, es la tercera en tamaño y en discordia.
También existen diferencias entre las distintas tribus que conforman la base de la estructura social libia. Políticamente hay dos ejes de desconfianza: el primero es el de los vínculos con el antiguo régimen, pues hasta febrero pasado algunos líderes revolucionarios formaron parte del gobierno de Gadafi y ahora sus opositores en las filas rebeldes no los aceptan en un eventual nuevo gobierno. El segundo eje es el de las distintas tendencias políticas, ya en abierta competencia.
Por si faltara algo, queda un problema extra: el CNT nunca logró integrar un ejército organizado con una estructura de mando reconocida. Su fuerza descansó en milicias creadas por la población con base en afinidades de barrio o ciudad, tribu, lugar de trabajo, estudio u oración, y a veces financiadas por empresarios con intereses particulares. Y como suele ocurrir en todos los conflictos, quien ganó su fusil y obtuvo la victoria no entiende por qué ahora debe entregarlo.

Montañeses en la capital

La rivalidad entre la capital nacional y la revolucionaria tiene antecedentes centenarios. Fue el caso de la resistencia contra la colonización italiana, a principios del siglo XX: a los pobladores de Bengasi les gusta recordar que el héroe nacional Omar al Mukhtar era de su región y combatió durante años en las montañas, mientras que Trípoli se rindió en tres días ante los extranjeros.
Por su parte, los rebeldes de Misrata reclaman a los de Bengasi que éstos hicieron muy poco por ayudarlos durante los 70 días de sangriento asedio que sufrieron por parte del ejército gadafista. Liberaron a la ciudad por sí solos y luego jugaron un papel clave en la liberación de Trípoli y de Sirte. Ello no sólo los curtió y fortaleció, también consideran que ganaron el derecho a tener una influencia significativa y puestos de poder en el nuevo gobierno.
Los rebeldes de Trípoli, en cambio, se sienten invadidos por campesinos de provincia que en las calles dan órdenes sin ton ni son.
Una vez que estalló la revolución, Gadafi se esforzó en mantener el control de la capital. Reprimió cualquier manifestación abierta de rebeldía. Le impuso a la población un alto costo en sangre. Por ello fue poco visible el trabajo clandestino que hicieron los habitantes de la capital para debilitar a las fuerzas gubernamentales y facilitar la ofensiva que liberó la ciudad el 21 de agosto.
En cambio la prensa internacional siguió paso a paso la ofensiva contra Trípoli que lanzaron los rebeldes de Misrata desde el este y los montañeses bereberes desde el sur. Fueron éstos quienes se atribuyeron el crédito. Ahora patrullan una ciudad que no es la suya y, aunque los tripolitanos lo aceptan, porque es mejor que tener a Gadafi encima, ya ha habido muestras de descontento debido a que las milicias foráneas no atienden los llamados que les hace el CNT para regresar a sus lugares de origen.
Gadafi acentuó y aprovechó las diferencias regionales. Gobernó desde Trípoli, en el oeste, siempre alertando de la “traición” que, como finalmente ocurrió, vendría desde el este, de Bengasi.
De hecho, mantuvo un delicado equilibrio de poder entre las 140 tribus que existen en el país: acicateó la desconfianza entre unas y otras, repartió favores y compró lealtades. Ello a pesar de que otorgó un trato privilegiado a su propia tribu: la Gadafa, asentada en Sirte.
El líder asesinado se presentaba, además, como la única garantía de que el país no caería en una guerra tribal interminable. Sin embargo, éste es un factor que ha tenido menos importancia que la que se le atribuía en febrero pasado, cuando estalló la revolución. Gadafi llamó repetidamente a las tribus a alzarse y dar caza a los rebeldes, pero ello no ocurrió.
En realidad, aunque la tribu es un componente importante en la identidad de muchos libios, el alto nivel de urbanización, que alcanza 88% de la población, ha creado otro tipo de influencias, lealtades y necesidades que parecen haber pesado más en esta guerra. Entre ellas: el rechazo a la opresión dictatorial y la frustración de los jóvenes por el desempleo. Existieron además dos factores de homogeneización: la religión musulmana y el modo de vida occidental.

Rencores añejos

Gadafi provocaba odio y terror en mucha gente. Los libios no planearon una revolución (por eso fue tan caótica). Se vieron de pronto en ella cuando la represión fue tan brutal que algunos soldados indignados desertaron y abrieron los arsenales militares que Gadafi había distribuido a lo largo del país con el propósito de armar a su pueblo en caso de una invasión extranjera.
Pero una vez que los primeros rebeldes tomaron las armas ya no había vuelta atrás. La razón: sabían que la venganza de Gadafi iba a ser terrible.
“Atrás está el mar, enfrente está Gadafi”, dijo un libio en Bengasi el 15 de marzo, señalando a la multitud en la plaza. “No tenemos alternativa”, agregó.
Eso unió a los inconformes con el régimen. A los académicos y abogados defensores de derechos humanos que lanzaron la primera convocatoria se sumaron ministros del gobierno gadafista que cambiaron de bando a los pocos días, así como trabajadores y ejecutivos petroleros, empresarios y granjeros e incluso antiguos combatientes del desaparecido Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL), que fracasaron tres veces en sus intentos por asesinar a Gadafi en 1995 y 1996 y que tras ser aplastados por el gobierno en 1998 huyeron del país y pelearon en Afganistán e Irak a las órdenes de Al Qaeda.
La caída de Trípoli marcó el momento en que el odio empezó a ser reemplazado por la competencia entre revolucionarios. El CNT, entonces todavía en Bengasi, trató de designar a un dirigente militar para la capital, pero los milicianos lo rechazaron e impusieron a Abdel Hakim Belhaj, quien es mal visto por la coalición internacional, sin cuyo apoyo militar aéreo hubiera sido imposible derrotar a Gadafi.
Las suspicacias que provoca Belhaj no son gratuitas: fue dirigente del GICL y fue uno de los islamistas que combatieron contra los estadunidenses en Afganistán. En 2004 la CIA lo detuvo en Tailandia y lo entregó al gobierno de Gadafi, quien lo torturó y encarceló hasta que quedó libre en 2010.
El desagrado que sienten varias de las facciones revolucionarias hacia quienes formaron parte del antiguo régimen es manifiesto y se expresó con toda crudeza el pasado 28 de julio cuando Abdel Fatah Younis, exministro de Interior gadafista y después comandante de las fuerzas rebeldes, fue detenido y asesinado por una milicia revolucionaria.
Belhaj ha exigido la renuncia de Mustafa Abdulyalil, presidente del CNT, y de Mahmoud Jibril, quien encabeza la Mesa Ejecutiva del CNT y como tal ejerce las funciones de primer ministro del gobierno provisional. Belhaj basa su exigencia en un hecho: el pasado gadafista de ambos dirigentes. Y sí: Abdulyalil fue ministro de Justicia del depuesto régimen y Jibril, jefe de los asesores económicos de Gadafi.

Tendencias

Más allá de los enfrentamientos personales, los revolucionarios libios se empiezan a organizar en tendencias políticas.
Noman Benotman es un libio de 44 años que, como Belhaj, fue miembro del GICL y ahora en Londres está arrepentido de su pasado extremista y se convirtió en un experto en política árabe. Colabora para el centro de estudios Fundación Quilliam. En un informe sobre Libia señala que los rebeldes se agrupan en cuatro grandes tendencias: nacionalistas, liberales, islamistas y secularistas.
Sus cálculos sobre el peso de cada grupo no reflejan su posible impacto electoral pues sólo se refiere al número de activistas que participan en la revolución, no a las simpatías que podrían tener entre la población. No obstante son un indicador valioso de las tendencias en el panorama político libio.
En el campo nacionalista estarían entre 40% y 50% de los rebeldes. Los describe como jugadores no ideologizados que quieren establecer un Estado civil democrático en el que el Islam no jugará un papel primordial, pero seguirá siendo parte integral de la cultura libia. Mustafa Abdulyalil, el presidente del CNT, es uno de sus máximos representantes.
Los liberales aglutinan entre 20% y 25% de los rebeldes y aspiran a un sistema democrático abierto, una economía de libre mercado y un ambiente socialmente liberal. Aquí se ubica Abdelhafiz Ghoga, vicepresidente del CNT y uno de los defensores de los derechos humanos que iniciaron el movimiento.
Los rebeldes islamistas serían apenas 20%. Están divididos en excombatientes, como Belhaj (2%), salafistas (12%) y otros afines a los Hermanos Musulmanes egipcios (más moderados, 6%).
Finalmente están los secularistas. Son entre 2% y 5% de los activistas rebeldes. Quieren establecer un estado ultralaico similar al que Mustafa Kemal Ataturk estableció en Turquía.
Este panorama se presenta cuando muchos critican el papel del CNT, un órgano que no fue elegido democráticamente. Para alejar la idea de que sus miembros quieren perpetuarse en el poder, Abdelyalil prometió que todos renunciarían una vez que se declarara la liberación final de Libia.
Según los planes anunciados por el CNT, esto permitiría la ampliación del consejo pues se incorporarían más representantes de Trípoli y Misrata. Además se formaría un gobierno interino que dentro de ocho meses celebre elecciones para integrar un Congreso Nacional de 200 miembros que nombrará un primer ministro y redactará una Constitución, que a su vez deberá ser aprobada antes de 60 días. Y un año después los libios tendrán sus primeras elecciones multipartidistas.
Esto, si todo sale bien. La guerra prácticamente acabó pero ahora viene lo difícil: la unidad y los acuerdos políticos entre los rebeldes.

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