Increíble, pero cierto

Es imposible, y era improbable, y los libros de historia proclamarán que fue enteramente inverosímil. Y, sin embargo, ha sucedido: la Corte Suprema de Chile ha decretado el desafuero del general Augusto Pinochet, quitándole su inmunidad parlamentaria y abriendo paso a que sea sometido a juicio por sus crímenes.
Confieso que nunca me atreví a soñar con ese desenlace. Ni durante los 17 años del reino de terror del general ni menos, paradójicamente, cuando Chile retornó a una democracia vigilada en 1990, bajo una Constitución que había sido cuidadosamente construida por el dictador para garantizar su impunidad y la de sus cómplices. Los obstáculos eran desmesurados: la autoamnistía que Pinochet se había otorgado, su condición de senador-de-por-vida, el poderoso veto y amenaza que ejercían los guardianes militares y económicos de Chile sobre la vida nacional. Pero la mayor valla la crearon, pienso yo, muchos de los más feroces opositores de la dictadura, quienes, una vez que se hicieron cargo del nuevo gobierno democrático del país, demostraron una excesiva prudencia y un mal entendido realismo. Temían, quién sabe si con razón, que el más mínimo amago de juicio al tirano rompería el delicado equilibrio de la transición, y tal temor se convirtió en el pretexto incesante y majadero para no concebir siquiera esa eventualidad. Como era evidente que nada podía hacerse, llegaron al consenso pusilánime de que era mejor, por lo tanto, dar vuelta a la hoja y dejar que el pasado se muriera lentamente, que los abusos del pasado se olvidaran lentamente. Dejar que Pinochet se muriera y que su muerte solucionara el problema.
Yo acepto mi propia responsabilidad en esta debacle moral. Aunque continuaba públicamente a exigir justicia y acompañaba desde lejos, y a veces desde cerca, las demandas de los familiares de los
desaparecidos, aunque me inquietaban las consecuencias para el alma nacional de esta cohabitación con los torturadores, yo también fui incapaz de imaginar un porvenir en el que Pinochet fuera juzgado. Hice lo que hicieron tantos compatriotas míos: suprimí mis deseos, me acomodé a la coexistencia con el mal, fui acostumbrándome a que la presencia del general siguiera envileciendo nuestra convivencia.
Tampoco tenía yo la esperanza de que la situación pudiese cambiar debido a una intervención desde el extranjero. Puedo recordar, hace unos cuatro años, una llamada excitadísima que recibí de un amigo holandés.
-Casi lo agarramos.
-¿A quién? -pregunté.
-A Pinochet -respondió esa voz desde Amsterdam-. Supimos que estaba acá por una breve visita y conseguimos una orden de detención. Pero se escapó justo a tiempo, antes de que se pudiera cumplir. Por ahí la próxima vez…
¿La próxima vez? Me emocionó tanta devoción de mis compañeros holandeses, pero jamás pensé que podrían tener éxito. Eran unos lindos ilusos, me dije, pero ilusos y utópicos, al fin y al cabo.
Y fue, no obstante, desde el gran mundo exterior de dónde vendría el milagro: el 17 de octubre de 1998, detectives de Scotland Yard le avisaron al general, que se recuperaba de una operación de espalda en una clínica londinense, que quedaba detenido por orden del juez Garzón.
Durante el próximo año y medio, presencié con júbilo e incredulidad cómo los esfuerzos de Pinochet por evitar su extradición a España fracasaban uno tras otro. De todas maneras, quise templar mi alegría, advirtiéndome a mí mismo que no debía esperar demasiado, que había que contentarse con lo que ya se había conseguido, que no era poco: la humillación del hombre fuerte de Chile, sus delitos denunciados por el mundo, sus propios abogados comparándolo a Hitler y, sobre todo, el principio de jurisdicción universal que su caso asentó, el precedente de que un jefe de Estado puede ser juzgado por crímenes contra la humanidad, en cualquier país y bajo cualquier tribunal que actúe en nombre de esa humanidad herida. No podía yo acallar mi murmullo escéptico: se va a escapar, el viejo astuto y ladino encontrará el modo de escabullirse. Y cuando el gobierno británico retornó a un robusto Pinochet a Chile, aduciendo razones de supuesta mala salud, sentí que mis peores pronósticos se confirmaban y que tendríamos que resignarnos a un castigo simbólico.
Estaba equivocado. El país al que volvió el dictador había cambiado. El juicio en el extranjero, el mero hecho de ver a Pinochet prisionero, sujeto a una ley de la que se había sentido siempre ajeno y por la que había mostrado su constante desprecio, terminó quebrando su aura de invulnerabilidad, desterrando el miedo con que había gobernado nuestros corazones. Por otra parte, que tribunales extranjeros estuviesen llevando a cabo un proceso que nuestra propia sociedad había sido incapaz de enfrentar, por aprensión o por conveniencia, actuó como un terremoto sobre la conciencia avergonzada de la clase política y de las cortes chilenas: fuimos inundados con un mar de declaraciones de quienes jamás habían levantado un dedo para juzgar a Pinochet y que ahora juraban que era no sólo posible, sino imprescindible. Por último, la elección de Ricardo Lagos, el primer presidente socialista desde el derrocamiento de Salvador Allende en 1973, fue también importante: abogados del Consejo de Defensa del Estado se hicieron parte en la querella contra Pinochet que había aceptado un audaz y temerario juez chileno.
Lo más trascendental, empero, de esta derrota de Pinochet puede ser una lección que ojalá hayamos aprendido, y no me refiero tan sólo a los chilenos. Esta lección: el pasado no se muere tan fácilmente. Los muertos no se extinguen mientras haya algún ser vivo y valiente, adonde sea en el mundo, que esté dispuesto a recordar y a resucitarlos.
No podemos saber si Pinochet será, efectivamente, juzgado por un tribunal chileno o si razones de salud, falaces o auténticas, se invocarán para eximirlo de tal encuentro público con el destino.
Pero esto sí que es cierto, pase lo que pase: a veces vale la pena soñar con lo imposible. A veces hay que gritar, en voz muy alta, que las injusticias de nuestra tierra no tienen para qué ser eternas. A veces hay que tener el coraje de imaginar otro futuro.
Podría suceder que la Historia nos esté escuchando. Podría suceder que la Historia nos responda.

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