Tiempos británicos

Dos poetas-profesores de la UNAM ofrecen un delicioso manjar insular y eximperial: 900 páginas de poesía británica reciente: La generación del cordero, en Trilce Ediciones. Británica, insisten Pedro Serrano y Carlos López Beltrán, pues Gales, Escocia y las Irlandas bien que son parte de la realidad británica tanto como Inglaterra. Son 29 poetas nacidos a partir de 1951. Percibo fineza y calidad en el complejo y variado trabajo de producir una antología así; pues sobran retos tanto en qué se selecciona, de quiénes, con qué criterios, cómo acometer las traducciones y, por supuesto, el propio trabajo editorial (que en este caso es espléndido, elegante sin sofisticaciones).
Hay un ameno prólogo conversado en el que los responsables exponen sus criterios y, un tanto egóticamente, se presentan. Es notoria su predilección por ubicarse a sí mismos y su gusto literario como un presente colectivo. Esto a partir del lenguaje que los caracteriza. El cual proviene, principalmente, del lenguaje actual de la ciencia y de la teoría política. Es saludable que un par de estudiosos de humanidades se empeñen en hablar ya no desde las certezas del positivismo, sino desde las estelas de hipótesis e interrogantes que caracterizan lo mejor del lenguaje científico pospositivista: el hoy empieza con la mentalidad con que se le encara. En consonancia (y con diversas consecuencias) está su “hablar a la democrática”; por momentos hasta parecen asamblea (no sé si de los Comunes o del CGH):
“No presentamos ni defendemos una poética unitaria, sino la apuesta por una diversidad
incluyente.”

Pero antologar también es atrapar y definir, así que no escapan gestos típicos del estructuralismo de los años setenta, como ver el poema como una “máquina” y otros símiles fervorosos de la “estructura”.
El criterio que los gobierna es la experiencia del presente. El cual es totalmente idóneo. Tienen razón en enfatizar que hay algo peculiar en el acto intelectual de trabajar con el hoy. Se trata del incierto esfuerzo de exponerse a un tiempo que está aconteciendo, que se está profiriendo, y arriesgarse a suponerle identidad. ¿Cómo el hoy se vuelve poesía? Si hubiera antropología literaria a ella le correspondería desarrollar esta cuestión. Los antologadores nos señalan -a nosotros, lejanos mexicanos- que están lidiando con los tiempos de Margaret Thatcher y sus restricciones y línea dura… Este libro ofrece la reacción, 29 reacciones, que una comunidad emite contra la vertical de dominio. Es poesía viva, múltiple y plural. Hecha tanto por británicos de generaciones atrás y que acaso nunca han salido de su ciudad, como por aquellos que traen voces y raíces de todo lo que fuera el Imperio Británico. A ver si con esto se reduce la jactancia tercermundista de “allá todo se acabó, nosotros somos la vitalidad”. Pues no son competencias ni partido de futbol: que haya buen arte en un país nos enriquece a todos los humanos.
Es un presente peculiar, es decir: ajeno en sus coordenadas específicas al latinoamericano; ajeno y comprensible: la forma en la que la vida y sus problemas y acosos se vuelven poesía. En estos tiempos grosso modo neoliberales. Las formas del verso, las combinaciones de lirismo, coloquialidad, ironía, espiritualidad, narrativa, reflexión e imaginería que muestran estos nuevos poetas es sorprendente y estimulante. Los antologadores han trabajado por años con entusiasmo y paciencia, con voluntad de hacer poemas en español que fueran reflejos de los originales. Hay buena lengua castellana en lo que leemos en las páginas derechas. Muchos momentos felices por haber encontrado un compás sintáctico suficiente. (Por ello, creo erróneo e inelegante sus autoelogios con frases, sobre su  trabajo, como: “esto no deja de ser un acto de creación”, “creemos haberlo logrado”, “lo leímos todo”, “el rigor con la que está hecha”… Pues, entonces, ¿qué nos dejan a sus lectores y comentaristas? Bien hubieran hecho en leer una frase que ellos mismos escribieron y que señala la exigida humildad del traductor: “Los hallazgos, eficaces por invisibles, fueron ocasiones de
felicidad”.)
Lo mejor que ofrecen Serrano y López Beltrán es su esmero y sensibilidad de traductores. Un mundo de poesía que ahora está al alcance de los mexicanos. Su óptica subraya lo plural y lo actual (voces, comunidades británicas viviendo y escribiendo). Ello es una excelente puerta de entrada para el lector. Aunque contiene una limitación. Lo individual de cada uno de sus poetas queda esbozado, en un par de rápidas páginas prologales, más que desarrollado. Ya será tarea de futuros estudiosos hacer una caracterización estilística, literaria, incluso humanística de cada uno. Y el énfasis en el presente conlleva, tal como está, un prejuicio al pasado. Éste queda esbozado como el fantasma de lo negativo. Es muy delicada la operación de identificar y amar el presente sin caer en nociones trilladas, como si por fuerza el pasado tuviera que ser “tradición” en tanto lastre, voz vieja, etcétera. Por ejemplo, elogian de sus antologados “que no escriben con la vista obnubilada por otros poemas, otros libros, etcétera”. Qué bueno, por supuesto. Pero cuidado con sugerir el pasado sólo como responsable de ese tipo de rémoras.
Quien esto escribe se complace con que una editorial (claro que con diversos apoyos, según reconocen) que honra con su nombre uno de los presentes poéticos más intensos de nuestra lengua (aquel deslumbrante Trilce de César Vallejo), ofrezca de golpe este numeroso desembarco de la nueva poesía británica.

Comentarios