En el fondo del mar, el orgullo de Putin La fuerza naval rusa se convierte en chatarra

Los problemas económicos de Rusia se adueñaron del futuro de sus fuerzas armadas y navales. Lo que la convirtió en una potencia militar, ahora es un montón de esqueletos oxidados.
“No tienen ni para la pintura de los barcos”, dice Joanna Kidd, analista especializada en asuntos navales del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Inglaterra, prestigioso centro académico y de consultoría en temas militares, con sede en Londres.
Y es que, dice, desde que terminó la Guerra Fría los rusos han tenido considerables bajas: en 1999,  en términos de submarinos y barcos, Rusia tuvo una reducción de 59%, mientras que la de Estados Unidos fue de 40%.
“La carencia de fondos económicos ha provocado que no se distribuya ni combustible ni electricidad en las embarcaciones y bases navales”, dice Kidd, quien también fue oficial de guerra de la Marina Real de Inglaterra.
Tal pareciera que el hundimiento del submarino Kursk, el sábado 12, terminó por revelar al mundo la situación real de una superpotencia en la debacle.
Los hechos no habían salido a la luz; sin embargo, la crisis ya había orillado a los rusos a tomar decisiones al punto del absurdo. El 29 de julio de 1998, el portaaviones Varyag estuvo a punto de convertirse en un hotel con casino y discoteca en Macao. Finalmente, el proyecto se quedó en el papel y no porque los rusos quisieran detenerlo, sino porque las autoridades portuarias de Macao no lo permitieron.
El 21 de septiembre de 1995, la compañía de electricidad Kolenergo cortó la luz a la base naval de Gadzhievo, lo mismo que a las bodegas donde se guardaba armamento. La base naval tenía una deuda que ascendía a 4.5 millones de dólares, de ahí que la compañía de luz tomara una decisión tan drástica.
La base naval mandó guardias armados para ordenar el restablecimiento del servicio. La luz sólo faltó 40 minutos. Posteriormente, armas en mano, ordenaron a la compañía de electricidad que no repitiera acción semejante.
Además, “la crisis económica ha pegado directamente a los marinos, ya que se les deben meses de salarios, no se les pagan los días de vacaciones y tampoco pueden salir a hacer prácticas debido a que eso implica gastos mayores, que en otros tiempos eran los indispensables”, afirma Kidd, quien desde hace dos años realiza estudios especializados acerca de las flotas de diferentes países.
“De ahí que la crisis no sólo golpeó al equipo naval, sino tambi;en a las tripulaciones, que muy rara vez cuentan  con los recursos para salir al mar.”

La decadencia

“En otros tiempos –recuerda la especialista– cualquier integrante de la Marina era visto con respeto. Además, poseía cierta categoría y privilegio dentro de su grupo social. Ahora, la situación es diametralmente diferente, pues los marinos viven con un nivel económico bajo y con la carga emocional de estar inmovilizados en tierra.”
Para Kidd, un ejemplo increíble es que precisamente los marinos del norte, zona a la que pertenece el submarino Kursk, salieron solamente tres veces a hacer prácticas al mar.
Los mandos de la Marina rusa han llegado a pensar en la necesidad de tener que rentar sus barcos con propósitos comerciales o de transporte de pasajeros. En algunas ocasiones se ha tomado esta medida, pero la situación en términos económicos no mejora porque está establecido que esos recursos se dispongan para reponer los sueldos de los trabajadores, lo cual, para estos tiempos, ya es un barril sin fondo.
Con el fin de la Guerra Fría llegaron los acuerdos para el desarme de las potencias mundiales y el ocaso de la Marina rusa comenzó.
De entrada se redujo la producción de submarinos estratégicos nucleares. El año de 1989 fue la mejor época para la Marina rusa, ya que tenían en total 196 submarinos en operación, cifra que no habían alcanzado jamás. Para 1996, había 109 submarinos nucleares en servicio, que pertenecían a la Flota del Norte, y las perspectivas, según los expertos, son que para el año 2003 haya solamente 80 submarinos nucleares.
En 1994, solamente 35% de los fondos destinados para la Flota del Norte les fue enviado. En total dejaron de transferirse 600 billones de rublos.
En 1995, la situación se agravó cuando el total del presupuesto anual para la Flota del Norte se acabó en seis meses. Los pagos de los marinos se retrasaron en tal medida que se negaban a salir a altamar.
En enero de 1996,  la Flota del Norte debía 40 billones de rublos a los trabajadores. En total, la deuda de la flota ascendía a 200 billones de rublos.

El orgullo de Putin

“El presidente de Rusia, Vladimir Putin, probablemente se siente muy avergonzado, incluso se podría decir que hasta humillado”, comenta la exoficial de Marina y especialista en asuntos navales.
Y es que, explica, “el presidente ruso tiene un gusto especial por la Fuerza Naval. De hecho, la considera más profesional que la Armada, por ello el hundimiento del submarino Kursk debió ser un golpe fuerte”.
Analistas internacionales vieron con malos ojos el hecho de que Putin no haya querido recibir apoyo de otros países y juzgaron su actitud como un regreso a la cerrazón de los tiempos de la Guerra Fría. Sin embargo, de acuerdo con Kidd, “Putin quería salvar el submarino para recuperar su orgullo, su dignidad”.
Pero tras el fracaso por rescatar a los posibles sobrevivientes del Kursk y tras una llamada al presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, Putin ordenó “aceptar la ayuda, no importa de dónde venga”, según declaró el miércoles 15 el subjefe del Estado Mayor de la Marina Rusa, Vladislav Illyn.
Ese mismo día, un grupo de oficiales rusos se presentó en el cuartel de la OTAN para determinar qué tipo de ayuda internacional podrían recibir. Tardíamente, el Reino Unido mandó un submarino de rescate y Noruega despachó una embarcación con buzos. Ambos tardarían dos o tres días en llegar al lugar en el que el submarino ruso se encontraba varado en el fondo del mar de Barents.
De hecho, los accidentes de submarinos fabricados por los rusos no son recientes. Los hubo cuando aún era la Unión Soviética, la otrora potencia militar de la Guerra Fría.
La lista es elocuente:
–10 de abril de 1963. El submarino Thresher se hundió en las costas de Nueva Inglaterra con 129 miembros de la tripulación.
–22 de mayo de 1968. El Escorpión se hundió en el océano Atlántico con 99 hombres.
–11 de abril de 1970. Un submarino soviético se hundió cerca de las costas de España en el océano Atlántico.
–3 de octubre de 1986. Otro submarino se incendió y, posteriormente, se hundió al este de Bermuda, ocasionando la muerte de tres marinos y fuerte derramamiento de plutonio.
–7 de abril de 1989. El submarino Komsomolets se incendió y se hundió cerca de Noruega. Murieron 42 de los 69 marineros.
En noviembre del año pasado, Putin orgullosamente hizo un viaje en submarino para demostrar que, pese a la enorme crisis militar, la Fuerza Naval seguía viva. Hace unos días, su sueño se vino abajo cuando desde un centro vacacional en el Mar Negro reconoció la tragedia del Kursk.

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