Funcionarios, no vándalos, los mayores depredadores del muralismo

Cuando la investigadora Guillermina Guadarrama tuvo que contabilizar los murales destruidos a lo largo de 80 años sintió pánico.
Y no porque sea asunto novedoso. De hecho, la estudiosa del Cenidiap (Centro de Investigación de Artes Plásticas del INBA) decidió cambiar su anunciada ponencia “Reconstruir la historia. Un paseo por los murales destruidos”, en la recién celebrada Reunión Internacional Revisión del Muralismo del Siglo XX. (Décadas 20-40) México-Estados Unidos, por tratarse de un tema bastante tratado.
Prefirió hablar del descubrimiento del mural La conquista de México, pintado entre 1940 y 1941 por Eduardo Solares, en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, y el otro de  Roberto Reyes Pérez, realizado en la Escuela Primaria Pedro María Anaya, cubierto durante años por uno de Edmundo Aquino.
En entrevista con Proceso, la investigadora recupera el tema de su ponencia original, en la cual da cuenta de diversos ejemplos de la devastación y pérdida, y aborda los intentos legislativos por parte del Estado para detener la destrucción.

En un receso del encuentro internacional, organizado por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, Guadarrama recuerda que el afamado impulsor del muralismo, José Vasconcelos, fue también parte de la destrucción al mandar cubrir los murales que había encargado al Dr. Atl, porque los desnudos plasmados le parecieron ofensivos (Proceso, 892).
Aunque los investigadores no acaban de ponerse de acuerdo en quién ordenó realmente la desaparición de las consideradas primeras obras del muralismo mexicano, Guadarrama asegura que fue Narciso Bassols quien mandó rasparlos completamente. Lo cierto es que no queda nada de ellas.
Convencida de que el vandalismo es nada frente al autoritarismo, la investigadora denuncia a los funcionarios públicos como los más grandes destructores, desde los inicios del muralismo hasta la fecha.
Pone como ejemplo el reciente caso del artista plástico Ariosto Otero, cuyo mural, realizado en Tijuana, Baja California, por encargo del Estado e inaugurado por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari cuando “no era tan mal visto”, fue destruido por un gobierno panista.
Durante la inauguración del encuentro en el auditorio de la Biblioteca Nacional en Ciudad Universitaria, Ida Rodríguez Prampolini, directora del SIMMA (Seminario de Investigación El Muralismo, producto de la Revolución Mexicana) del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la UNAM, habló de la responsabilidad de la SEP.
Para Guadarrama ciertamente son muchos los murales perdidos en escuelas oficiales, no tanto por vandalismo como por la indolente falta de presupuesto y mantenimiento, aunada a la ignorancia y el descuido de directores y maestros.
Obras cubiertas por pizarrones y muebles, y lo peor, por pintura de aceite con la cual pretenden los directores “subsanar” la humedad de las paredes o aminorar las pintarrajeadas de los alumnos.
La investigadora se remonta a la época del proyecto de educación socialista impulsado por Abelardo L. Rodríguez y Lázaro Cárdenas. En aquel momento Juan O’Gorman, jefe de construcciones de la SEP, ordenó crear grandes escuelas, algunas incluso con alberca, donde los alumnos recibirían una formación integral.
A partir del gobierno de Ávila Camacho, relata, las escuelas se dividieron, pues no importaba el tamaño, sino que hubiera más para contabilizar en los informes de gobierno: “Ahí partieron muchos murales”.

Patrimonio sin ley

El problema, a decir de la investigadora, fue la falta de una legislación adecuada. En su investigación encontró una primera ley datada en 1836, que sólo aludía a la prohibición de sacar del país el patrimonio nacional.
Luego, en 1902, se emitió otra para patrimonio arqueológico y arte colonial. De ahí un salto hasta 1930 pues, recuerda, aunque el Departamento de Bellas Artes surgió en el mismo año que el muralismo (1921), no fue sino hasta el gobierno de Pascual Ortiz Rubio cuando se emitió una nueva ley, excluyente también del acervo artístico.
Destaca que incluso sólo protegía autores no vivos cuya obra tuviera más de cincuenta años de realizada. La cláusula se conservó hasta 1972, es decir, 38 años después.
Un primer intento de protección  al patrimonio propiamente mural  se dio con Miguel Alemán, como alternativa a la petición de Rivera, Orozco y Siqueiros de más muros para pintar. Pero no es sino hasta 1963 cuando se crea una institución restauradora, convertida hoy en el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cecrapam), del INBA, antes Cencoa (Centro Nacional de Conservación de Obra Artística).
Vino después la aún vigente Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticos y Históricos de 1972, que a decir de Guadarrama no es respetada ni por las mismas autoridades.
Y vuelve al caso de Ariosto Otero, quien denunció hace cuatro años la destrucción de su mural ante la Procuraduría General de la República, y hasta el momento no se le ha resarcido el daño.
Se suman los murales realizados por miembros del Consejo General de Huelga (CGH), borrados apenas retomó las instalaciones universitarias la Policía Federal Preventiva. (Proceso, 1219)
Ante el desconcierto de los investigadores reunidos en el encuentro, miembros del CGH irrumpieron en una de las sesiones para cuestionar: “¿Dónde quedaron los murales creados durante la huelga?”, y advertir: “¡Una capa de pintura no borrará la verdad!”
En opinión de la estudiosa, si bien esos murales se realizaron en un momento de “rebeldía estudiantil” y no todos sus autores “son artistas”, dos o tres de las obras debieron conservarse como parte de la memoria histórica.
La investigadora y otros colegas del Cenidiap, entre ellos Alberto Híjar –presente en el encuentro– levantaron un registro de ellas para tener “al menos memoria de lo que fueron”.
En el fondo está también la añeja discusión filosófica de qué es arte y qué no, quién determina si lo es, bajo qué criterios y hasta dónde y hasta qué autores debe abarcar la protección jurídica.
Menciona entonces que a mediados de siglo se propuso un Comité Cívico Estético, el cual determinaría las obras escultóricas o murales que podían colocarse en lugares públicos. Textualmente decía su objetivo:
“Para que no se coloquen adefesios en toda la ciudad”.
Pero juzga que un comité similar tendría ese problema de subjetividad y, como en el caso de los concursos y becas, siempre se cuestionaría si sus decisiones son rigurosas o sujetas al amiguismo y la corrupción.
“Tendría que integrarlo gente de reconocido prestigio y honestidad”, además de ser plural y rotativo.
Aprovecha el momento para cuestionar duro el mural de mosaicos que actualmente se coloca sobre los muros externos del Aula Magna José Vasconcelos del Centro Nacional de las Artes, con diseño de Vicente Rojo, y “que todo mundo vemos como la tina de baño”:
“Es verdaderamente vergonzoso que exista eso y, ¿de parte de quién? Si es un Centro Nacional de las Artes debió haber existido un mínimo –aunque luego me cuestionan si mínimo o máximo– criterio estético, para definir quién iba a hacer un mural, una decoración o lo que fuera en el lugar, y no eso que, verdaderamente, lo veo y prefiero no verlo. Tendría que hacerse una convocatoria pública no con uno, sino con varios muralistas, y decidir el mejor proyecto.”

Un cadáver muy vivo

Frente al avasallamiento de un gran número de murales, Guadarrama sopesa las acciones de restauración del INBA. No duda de la existencia de un programa y hasta “entiende” que hay muchísimo trabajo, que es una labor “titánica”.
Pero “todavía hay mucho por hacer”. Sobre todo, señala, falta mayor precisión en las sanciones legales por daño al patrimonio y mayor sensibilización de las autoridades responsables:
“De nada sirve una ley en la cual se castiga con años de cárcel, con equis multa, si los jueces no tienen sensibilidad para aceptar ese tipo de denuncias. Cuando por primera vez se sancione a un depravador –se le puede llamar así– de murales, los demás entenderán y se respetará la obra.”
En su ponencia cancelada Guadarrama planteaba la posibilidad de “reciclar” los muros donde ya no existían los murales, con nuevas propuestas.
Pues aunque en un controvertido momento del encuentro internacional se extendió certificado de defunción al muralismo, para la especialista del Cenidiap, si bien atrás quedaron “las glorias de la Revolución”, sigue vigente como medio de expresión y algunas obras presentan nuevos iconos y cuestionamientos hacia la globalización y el imperialismo, entre otros temas.
Añade que para las autoridades el muralismo sigue siendo la imagen de México hacia el mundo, aunque cuando motivados por el deseo de aprender en su cuna, muchos muralistas extranjeros se decepcionen al constatar que la clase murió con su último maestro, Arnold Belkin.

Inventario sin fin

En lucha contra el tiempo y contra la depredación, el SIMMA, creado hace tres años por Ida Rodríguez Prampolini, y apoyado por L’Union Académique de Bélgica, se ha propuesto inventariar tanto la obra mural existente como la arrasada.
La doctora lo define como un proyecto ambicioso por abarcar toda América Latina y Estados Unidos. Sostiene que en el caso de México se ha avanzado en las décadas de los años 20 a 40 pero lo demás está “muy atrasadito”.
Ella misma no imagina cómo será ese catálogo, “no lo voy a ver nunca”, y  calcula que podría llevarse hasta 30 años. Pero adjudica a la institución belga mucha paciencia, pues lleva ya tres décadas trabajando sobre los murales góticos perdidos
“No tienen prisa, quieren tener todo lo que el hombre ha hecho, lo guardan en una especie de búnker y reparten la información en las universidades importantes del mundo, no es libro de venta, sino de consulta y de preservación de la memoria”.
Quizá sí deberían tener prisa en evitar que más murales pasen de la lista de “existentes” a la de “desaparecidos”.

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