Pilar Luna, pionera de la arqueología subacuática

Desde muy niña, como ella dice, estuvo “atada al mar”, y estuvo a punto de morir, pero la investigadora sobrevivió y ha dedicado cuarenta años a explorar los fondos submarinos en varios sitios del planeta. En México, Pilar Luna Erreguerena fundó la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y gracias a ello el país ha podido defender un patrimonio cultural inigualable “que no se vende ni se negocia”. Este año recibió el galardón más cotizado en el mundo subacuático: la medalla J. C. Harrington que otorga la Sociedad de Arqueología Histórica en Estados Unidos, que había recaído ya en su maestro, el doctor George F. Bass.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Es un mundo de silencio interno, no un mundo silencioso; en el camino, te encuentras con muchos seres vivos que hacen ruiditos, tienen sus actividades. Escuchas tu respiración, tus burbujas y estás atento a cómo sobrevivir; sigues bajando y sigues atento a cómo ver, investigar, encontrar, medir, limpiar, y finalmente descubres una parte nueva de la vida: la espiritual, para luego armar el rompecabezas de la historia.

Así describe Pilar Luna Erreguerena sus inmersiones en el mar del Mediterráneo, el manantial de La Media Luna en San Luis Potosí, las lagunas del Sol y la Luna del Nevado de Toluca, las cuevas y cenotes de Yucatán o cuando se sumergió en el Mar Caribe para buscar los restos de una ciudad hundida, Port Royal, Jamaica, a causa de un terremoto en el siglo XVII; lugares que a lo largo de 40 años ha buceado e indagado, más que por una innegable curiosidad, por una necesidad de reconstruir pedazos de historia de la humanidad.

Luna Erreguerena se ha sumergido porque su pasión es descubrir y elaborar registros científicos en esta novel ciencia social, la arqueología subacuática.

Colaboradora del “padre” de la arqueología subacuática, el doctor George F. Bass, Luna estuvo desde pequeña “atada al mar” y a ella se le debe la protección del patrimonio cultural acuático en México; es ella quien ha lidiado con los buscadores de tesoros, con grandes empresas transnacionales que han pretendido adueñarse de trozos de la cultura mexicana y también es la fundadora de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

De tez blanca y complexión robusta, Luna parece a simple vista una mujer de hierro pero es tan frágil como un suspiro que puede bloquear los pulmones y causar la muerte por falta de aire. Nació en Tamaulipas y cuando tenía seis años su familia se trasladó al Distrito Federal; a los ocho se recibió como salvavidas de la Cruz Roja, fue maestra de natación para niños con síndrome de dawn, enseñó a nadar a bebés, pero también a adultos, y descubrió que bajo el mar y las aguas continentales de México hay todo un patrimonio cultural.

Gracias a ella existe desde febrero de 1980 esta área que en forma “integral”, con oceanógrafos, biólogos marinos, arqueólogos, especialistas en medicina hipervárica, buzos espeleólogos y arqueólogos subacuáticos, conservan e impiden que ladrones de tesoros se apoderen de la riqueza cultural que yace en las aguas mexicanas.

La enfermedad de los faraones

Teniendo el Museo de Arqueología como aula. Eduardo Matos Moctezuma explicaba a sus alumnos de la clase de arqueología general, la importancia de Abu Simbel en Egipto, zona que alberga el templo que el faraón Ramses II mandó erigir para él y su mujer; Matos detallaba cómo ante la construcción de la presa de Aswan los vestigios de esa civilización podían quedar bajo el agua y también cómo se trasladarían a tierra firme: en cachos de piedra y vigilados por arqueólogos.

“En ese momento cayó la pregunta preciosa y preciada de toda mi vida: ¿Qué pasa con el patrimonio cultura que esta bajo las aguas en México?”, recuerda. Y luego de mucho buscar descubrió el libro Under Water Arqueology, de George F. Bass.
“¡Ah, existe, a eso me quiero dedicar!”, se dijo.

Al concluir la carrera fue a Chultum para estudiar las horadaciones de algunas rocas en donde los mayas guardaban el agua y los granos. Ahí se topó con “la maldición de los faraones”, una enfermedad producida por el polvo de guano de muerciélago que entra a los pulmones y vuelve frágil a cualquier humano, sobre todo a quienes gustan del nado y el buceo. O te mata o te fortalece.

El diagnóstico médico fue: histoplasmosis y 12 horas de vida. Han pasado más de 40 años y Pilar Luna continúa sumergiéndose 5, 10, 20, 30 o los metros que sean necesarios para estudiar las reliquias que yacen en el fondo del mar, las lagunas, los cenotes y los lagos.

Resguardada en tierra por órdenes médicas, empezó a trabajar en las excavaciones del Templo Mayor; la Coyolxauhqui acababa de ser descubierta cuando Luna, al picar suavemente y barrer superficies de la zona, se encontró con el gigante “caracol rosa” tallado en piedra por los aztecas y a través del cual dejaron huella simbólica de su relación “con el mundo acuático”.

A los barcos bizantinos

El entonces director de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) a mediados de los ochenta, Manuel Gándara, le pidió entonces que retomara su inquietud por el mundo marino y sus vestigios.

“Organicé un curso que incluía biología marina, medicina hipervárica, legislación, oceanografía y arqueología subacuática. Le escribí al doctor Bass quien vino con su mejor alumno el doctor Donald H. Keith”, rememora.

Además de la parte teórica, el grupo de alumnos realizó una práctica en el manantial de la Media Luna en San Luis Potosí, un lugar que por miles de años había albergado cráneos completos de mamut. El equipo de Pilar encontró esos vestigios que datan de hace 20 mil años, cuando concluyó la era de hielo, y han servido para descubrir otra cara del territorio mexicano.

En La Media Luna, la SAS también ha descubierto fósiles de tortugas, caballos y camellos. Pero lo más importante todavía: cuatro esqueletos humanos.

Después de concluir el curso, el “padre de la arqueología subacuática” la invitó a trabajar con él en su proyecto más ambicioso: la exploración del Mediterráneo en Turquía.

“Fui con mi doctor y le pregunté si podía volver a bucear. ‘Cuando nades mil metros corridos te dejo’. Lo logré y ya no hablé más al doctor… me fui a Turquía”, cuenta.

Y ahí bajó 40 metros para investigar un barco de la época bizantina que bien se pudo haber construido entre los años 901 y 1,000 después de Cristo.

No se topó con la gran nave de los tiempos de Constantino, pero sí con unos plomitos del siglo X. Eran unas piezas que los pescadores ponían en sus redes para poderlas sumergir en busca de alimento. Todo un hallazgo.
¿Qué sintió estar 40 metros bajo el mar?

“Una gran espiritualidad –dice complacida–. Mis momentos de mayor espiritualidad han sido bajo el agua, es un mundo totalmente distinto. Alguna vez Jean-Michel Cousteau dijo que es un mundo totalmente silencioso, pero no es silencioso, ya que hay muchos seres vivos que hacen sus ruiditos, sus actividades. Es un mundo de silencio interno, uno es el que entra en un mundo silencioso en donde estás escuchando tu respiración, y tus burbujas.”,

Después le tocó explorar un barco helénico anterior a la era cristiana.

“Se trató del Glass Glitters que llevaba un cargamento de vidrio; lo último que recuperé fue una botellita. Cada pieza se fue registrando, porque si no lo haces es como sacar papas de un costal, el registro es todo de lo que te habla la botella con sus grabados: te habla de cómo fundían el vidrio, de dónde venía, cuál fue su función. En el área de carga iban más de tres toneladas de vidrio. Y lo sorprendente es que todo el vidrio venía intacto.

Ilustra:

“A partir del descubrimiento de un vestigio en el mar, en un cenote o una laguna, se va armando un rompecabezas que habla de quiénes tocaron esos objetos, cómo vivían, las castas a las que pertenecían, qué pensaban, cómo era la vida a bordo de un barco, cómo era su vida en tierra, cuáles eran las rutas comerciales. Todo, lo ves todo.”

Los buscadores de tesoros

México cuenta con 10 mil kilómetros de litoral, y por lo menos hay 6 mil cenotes, lagunas, manantiales y cuevas.
Un día, regresando de Turquía, Pilar Luna se enteró de una comunicación que le había llegado a Donald H. Keith, investigador del Instituto de Arqueología Náutica de la Universidad de Texas, y donde buceadores deportivos habían detectado en una parte de las aguas mexicanas un par de cañones antiguos. Al llegar de Turquía el entonces director del INAH, Gastón García Cantú, le pidió que organizara una expedición y se fuera en busca de los cañones.

Desde ese día, el 11 de febrero de 1980 quedó formalmente instaurada la dirección de Arqueología Subacuática en el INAH, para luego ser una subdirección.

El descubrimiento y rescate consistió en dos cañones de hierro y uno de bronce que traía una placa y grabados del año 1552; hoy en día están en el Museo de San José el Alto, Campeche, y son las piezas más antiguas localizadas en los fondos marinos en toda América Latina.

De entonces a la fecha, la arqueóloga ha tenido que enfrentarse con los buscadores de tesoros. Así sucedió, por ejemplo, con un barco hundido (o pecio, como le llaman los especialistas) de la flota de la Nueva España que en 1630 partió de Cádiz hacia México en donde permanecieron un año. A su regreso a España la flota cargada con los tesoros del Virreinato se topó con una tormenta y se perdieron en el mar la capitana llamada Nuestra Señora del Juncal.

Desde 1976, buzos mexicanos habían logrado extraer barras de oro del mar veracruzano. En 1987, la empresa estadunidense Of Mex, conocedora de la existencia de los barcos de la Nueva España que habían naufragado, logró que las autoridades mexicanas le autorizaran sumergirse en las profundidades del mar, localizar los pecios y quedarse con el 45% de lo encontrado (Proceso, 608).

Con el cambio de gobierno, en 1988, se dio la contraorden de que ninguna empresa extranjera podía sumergirse para rescatar los 3.644,198 pesos en oro y plata que la nave llevaba a la corona española cuando naufragó.

El contrato con la compañía extranjera quedó cancelado y Of Mex no pudo avanzar más. Hoy la Subdirección de Arqueología Subacuática tiene el registro de la ubicación de ambos pecios y se sigue trabajando en su rescate.

“Hay muchos buscadores de tesoros que han llegado conmigo; les hago ver que no va a proceder su proyecto, que no se pueden llevar ni el 75 ni el 25 por ciento de lo hallado, que no se pueden llevar nada. Que cuando haya posibilidades, necesidades y capacidades, se hará el trabajo. Pero eso seguirá ahí y no se negocia, no se vende, no se subasta. Esta ha sido la postura de México y por ello tenemos un reconocimiento a nivel internacional”, dice orgullosa.

En 1995 Luna creó el Proyecto de la Flota de la Nueva España de 1630-1631 que abarca no sólo el rescate sino también una investigación desde el punto de vista antropológico, arqueológico e histórico.

Actualmente, la subdirección tiene el registro y diagnóstico de 270 sitios arqueológicos sumergidos en aguas marinas del Golfo de México y el Mar Caribe. Éstos incluyen restos de pecios de mediados del siglo XVI, navíos de los siglos XVII y XVIII, vapores del XIX y barcos mercantes de principios del XX.

Cenotes, vírgenes y prehistoria

En 1894, el cónsul de Estados Unidos en México, Edward Thompson, compró la entonces llamada Hacienda de Chichen Itzá que incluía un cenote sagrado. Sabedor de los sacrificios humanos que realizaban los mayas y los escritos de diversos frailes, se decidió a dragar el cenote donde encontró miles de objetos de oro que fue enviando al museo Pea Body a través de su valija diplomática. Esto terminó hasta 1910, año en que fue sustituido en el cargo.

Para evitar que ello siguiera ocurriendo, Pilar Luna trabajó en la UNESCO en la elaboración de lo que se llamó la Convención sobre el Patrimonio Cultural Subacuático que concluyó en 2001; ese mismo año lo firmó México y ratificó en 2005 y entró en vigor en 2009.

En la actualidad, la SAS tiene un registro de cuando menos 6 mil cenotes, ubicados en Yucatán y Campeche.

Luna explica que en lugar de llamar Arqueología Acuática, en México decidió ponerle Arqueología Subacuática porque se incluye no sólo la exploración en mar sino también en las llamadas aguas continentales, que son los cenotes, ríos, lagos, manantiales, lagunas y cuevas inundadas, de los cuales está lleno el país.

Y por si algo faltara, Pilar Luna ha buceado el Nevado de Toluca en donde se estableció un proyecto gracias al cual en sus lagunas han descubierto (en la del Sol y la de la Luna) turquesitas, grabados, cedros sagrados, puntas de maguey, copal, mucho copal que en la época prehispánica sus habitantes ofrendaban a sus dioses, sobre todo al Dios del Agua. También trabaja en la Reserva de la Biosfera del banco Chinchorro en Quintana Roo, “la segunda reserva más importante del mundo y en donde he encontrado los colores más atrevidos”.

En enero pasado, Pilar Luna Erreguerena recibió como reconocimiento a su labor la medalla más cotizada en el mundo subacuático: la J. C. Harrington que otorga la Sociedad de Arqueología Histórica de Austin, Texas. Antes de ella la recibió su maestro, el doctor George Bass.

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