Colombia: Petro, de las armas a las urnas

BOGOTÁ (apro).- Las dos mil personas que escucharon extasiadas el discurso de 20 minutos de Gustavo Petro, la noche del domingo 30 de octubre, no tuvieron tiempo de reflexionar sobre su contenido y mucho menos en sus alcances.

Pero los reporteros de los medios de comunicación que acudieron en masa al espacioso salón del Hotel Tequendama de Bogotá, cayeron en cuenta rápidamente en que el nuevo alcalde de la capital colombiana se había referido principalmente a asuntos del orden nacional y muy poco a la que será su tarea desde el 1 de enero de 2012.

“Gustavo Petro celebró con discurso nacional –tituló el diario El Tiempo. Habló de la paz, del TLC y de la Ley de Víctimas”.

“Tras un discurso de talante presidencial, el nuevo alcalde de Bogotá tiene grandes retos por delante”, subtituló en páginas interiores el diario El Espectador.

En efecto, Petro, que ganó la alcaldía de Bogotá con 678 mil 900 votos (32% de los sufragios) en las elecciones locales del 30 de octubre, tocó en forma somera los principales temas del país y reparó en especial en uno, el de la aplicación de la recién aprobada Ley de Víctimas, una herramienta que le servirá al Estado para atender de manera más expedita a las personas que desde hace cerca de 20 años han sido afectadas por la violencia.

Al referirse al tema, Petro sostuvo: “La violencia ha traído a Bogotá más de 400 mil personas desplazadas y por ello el alcalde de Bogotá se coloca en la primera línea para que esas personas puedan gozar de la restitución de sus tierras, de la reparación integral, porque esa es la base del perdón. El perdón es la base de la reconciliación y la reconciliación es el nombre de la paz en Colombia”.

Desde la tarde del domingo 30 de octubre, cuando la Registraduría Nacional lo dio como ganador sobre Enrique Peñalosa y Gina Parody –sus más encarnizados rivales–, sobre Petro se concentraron los ojos ávidos de quienes quieren conocer su historia: la del primer guerrillero que llega a ocupar el segundo cargo más importante del país después del presidente: la alcaldía de Bogotá.

Una historia que empezó a finales de los años 70, cuando bordeaba los 20 años de edad y Petro decidió ingresar a las filas del movimiento guerrillero 19 de Abril (M-19), un grupo rebelde urbano que surgió en 1974 y donde fue bautizado con el alias de Aureliano.

Por aquella época Petro vivía con su familia, que años atrás había salido de Ciénaga de Oro, Sucre, en la calurosa costa norte de Colombia, en busca de mejores oportunidades, y se había instalado en el frío municipio de Zipaquirá, distante 40 kilómetros al norte de Bogotá. Ahí estudió en el mismo colegio donde décadas atrás el Nobel Gabriel García Márquez cursó sus estudios de secundaria.

Petro se enroló en el M-19 y optó por el trabajo político en la organización. En Zipaquirá se hizo popular por su condición de alumno aventajado y por liderar la construcción del barrio popular Bolívar 83, a una de cuyas casas se fue a vivir durante un tiempo. En 1981 se hizo “personero” del municipio y tres años más tarde, en 1984, alcanzó un escaño como concejal.

Su calidad de integrante del grupo subversivo fue mantenida en la clandestinidad hasta cuando fue detenido en 1985, en una operación del Ejército contra los principales jefes del M-19 que habían logrado poner en jaque al gobierno del entonces presidente Julio César Turbay. Los guerrilleros habían realizado varias acciones calificadas como audaces golpes publicitarios, entre ellas robar leche y distribuirla en los barrios más pobres, y el robo, sin hacer un solo disparo, de mil armas de una guarnición castrense en Bogotá, en el año nuevo de 1980.

Por aquella época los militares estaban investidos de facultades especiales expedidas por el gobierno para combatir a las guerrillas, y por ello condujeron a Petro a una base castrense, donde fue sometido a torturas durante más de una semana. Luego lo recluyeron en una prisión, donde permaneció dos años.

Una vez que recobró la libertad, en 1987, Petro se refugió con sus compañeros de armas en los departamentos de Tolima y Santander, donde permaneció hasta enero de 1989, cuando el M-19, diezmado por las Fuerzas Armadas que habían abatido a buena parte de sus comandantes, optó por desintegrarse y regresar a la vida civil.

Entonces Petro dejó el camino de las armas por la política y asumió una actitud crítica frente a los demás movimientos rebeldes, como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que muy pronto lo declararon objetivo militar. Así, Petro pasó por la Cámara de Representantes y el Senado de la República con las más altas votaciones, donde se hizo famoso por sus dotes de orador, su habilidad para controvertir a sus detractores y su férrea posición contra la corrupción.

Desde su curul en el Congreso, Petro asumió las banderas de la oposición y realizó candentes debates en los que dejó al descubierto irregularidades de todo tipo. En los dos gobiernos del presidente Álvaro Uribe, 2002-2010-, el congresista arremetió contra Santiago Uribe, hermano del mandatario, a quien le echó en cara sus presuntos vínculos con paramilitares, y contra Tomás y Jerónimo Uribe, hijos del presidente, a quienes acusó de enriquecerse moviendo influencias dentro del Estado.

De igual manera, el congresista fue uno de los primeros en denunciar la perversa alianza regional entre los paramilitares y dirigentes políticos, varios de los cuales hoy están tras las rejas.

Pero no sólo chocó de frente contra el establishment. También lo hizo contra sus compañeros de lucha política, como el propio alcalde de Bogotá, Samuel Moreno, de quien se distanció en 2009 cuando quedó al descubierto un enorme fenómeno de corrupción en la construcción de obras en la ciudad.

Petro realizó graves denuncias acerca de la manera como la administración de Moreno, elegido por el Polo Democrático, el partido político de Petro, había sido permeada por contratistas sin escrúpulos que desangraron las arcas de la ciudad y dejaron al garete importantes obras viales que hoy siguen sin terminar.

Las denuncias de Petro, de otros dirigentes políticos y de los medios de comunicación, condujeron a la debacle al alcalde, que hoy está en la cárcel, y Bogotá con una alcaldesa encargada desde mediados de año.

La férrea posición de Petro ante el desastre de Moreno y posturas radicales de Petro, como la de pedirles a sus compañeros de bancada pronunciamientos públicos en contra de las FARC, terminaron por producir su salida del Polo Democrático a comienzos de 2011.

No tardó en crear su propia organización: el movimiento Progresistas, fundado en marzo pasado, con el cual se inscribió como candidato a la alcaldía de Bogotá, pocas horas antes de que se cerraran las inscripciones.

Entonces Petro echó mano de su habilidad como político y logró demostrarles a los votantes de Bogotá que la izquierda moderada que él encarna sí puede gobernar a la capital del país. Además, vendió con éxito un discurso distante de la confrontación partidista y demostró con argumentos que él encarna una férrea lucha contra los corruptos.

Esa mezcla fue definitiva para que el 30 de octubre los votantes aprobaran la llegada de Gustavo Petro a la alcaldía de la capital de Colombia. Ahora tiene el reto de demostrar que valió la pena dejar el monte para gobernar desde la civilidad a más de 8 millones de habitantes.

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