Signos de guerra

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el ministro de Relaciones Exteriores de ese país, Ehud Barak, discutieron “en secreto” un plan para bombardear instalaciones nucleares de Irán. Los servicios de inteligencia israelíes habrían filtrado a la prensa dicha información con el propósito de crear un escándalo y con ello boicotear el plan de ataque. El hecho revela las diferencias entre el gobierno y la cúpula militar y de seguridad del Estado judío ante una eventual guerra que incendiaría Medio Oriente.

BEIRUT.- El martes 8, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) presentó su más reciente informe sobre el programa nuclear iraní. El documento no destaca por sus hallazgos sino por la interpretación de los hechos conocidos, por su lenguaje y por el esfuerzo que algunos diplomáticos hicieron por “venderlo” anticipadamente a la prensa. El objetivo: generar la idea de que, ahora sí, la OIEA encontró evidencias de que Irán está a punto de fabricar armas atómicas.

El informe coincidió con un debate dentro de Israel que exhibió por primera vez profundas diferencias en el primer círculo de decisión de la seguridad nacional en ese país. De acuerdo con filtraciones que fueron ampliamente destacadas por la prensa israelí, el primer ministro, Benjamin Netanyahu, y su ministro de Relaciones Exteriores, Ehud Barak, quieren bombardear antes del invierno las instalaciones nucleares iraníes y hacen lo posible para convencer de ello a los miembros del gabinete de seguridad que se oponen, incluidos los jefes del ejército y de los dos organismos de inteligencia: el Mossad y el Shin Bet.

 

Informe a modo

 

Dos semanas antes de que la OIEA presentara su informe sobre Irán, diplomáticos occidentales anticiparon a periodistas que el contenido de dicho informe sería “extraordinario”.

En una nota difundida el miércoles 2 en el diario británico The Guardian, el periodista Julian Borger citó a un funcionario occidental que anticipó: “(El informe) será algo que cambiará el juego en el tema nuclear iraní (…) Va a ser difícil minimizar su importancia incluso para Moscú o Beijing”.

Después de que la OIEA difundió el documento y sus anexos, el propio Borger mostró su desencanto en su blog Seguridad global, que se publica en la página web del mismo periódico: “Hay algo falso en todo este ruido y furia. No hay nada en el informe que no hubiera sido previamente conocido por las grandes potencias”, anotó.

Pero en Israel –donde la idea de una bomba nuclear iraní causa mayor alarma– los diarios le dieron otro sentido. “No hubo una pistola humeante, sino un misil nuclear iraní”, tituló el miércoles 9 el diario Haaretz, el cual señaló que el informe es un “sumario de hallazgos (…) sin precedente”.

Con base en el informe el periódico dijo que “Irán ha tenido éxito en comprar el conocimiento, la tecnología y los diseños, y en llevar a cabo los experimentos que lo ponen más cerca que nunca de producir un arma nuclear”, además de que “ha realizado experimentos para miniaturizar una cabeza nuclear para un misil Shahab”.

Haaretz destaca la “excelencia” y el “valor” del director general del OIEA, el japonés Yukiya Amano, quien “no se dejó intimidar por las presiones y las amenazas de Irán, o de Rusia y China, que trataron hasta el último momento de evitar la publicación del informe”.

En contraste, sigue el diario israelí, los reportes anteriores del OIEA, realizados durante la dirección del egipcio Mohamed el Baradei, son una “vergüenza” pues “aunque la mayor parte de la evidencia inculpatoria ya estaba disponible cuando él dirigía el organismo (…) prefirió no publicar los hallazgos o quiso suavizar el lenguaje” para “presentar a Irán bajo una luz engañosa”, como si no hubiese “evidencia concluyente de que quería producir un arma nuclear”.

La historia también puede ser vista de otro modo. Haaretz no menciona que Estados Unidos ejerció enormes presiones sobre El Baradei para que emitiera informes acordes con sus intereses. Washington lo intentó infructuosamente para acorralar al régimen iraquí de Saddam Hussein y posteriormente con el propio Irán.

A inicios de la década pasada, el entonces presidente George W. Bush y sus aliados mostraron su exasperación porque los inspectores del OIEA destacados en Irak no encontraron las armas de destrucción masiva que, insistían, debían estar en ese país… y que a final de cuentas no estuvieron.

Otros observadores no pasaron por alto estos hechos. Muhammad Sahimi, especialista iraní en energía nuclear que vive en el exilio por su oposición al régimen de su país y que actualmente es profesor de la Universidad de California en Los Ángeles, publicó el miércoles 9 en Tehran Bureau –un sitio especializado en Irán que es parte de la página web de PBS, la televisora del gobierno estadunidense– un extenso análisis del informe.

El autor señala que Amano ha “politizado” a la OIEA y que “el tono del último reporte, al igual que sus especulaciones y alegatos, contrastan profundamente con aquellos que emitió El Baradei. Amano ha dejado de lado el enfoque precavido y el tono mesurado de El Baradei y utiliza un lenguaje bruto”.

Sahimi señala que el informe no se basa en investigaciones propias ni recientes sino en fuentes de organismos de inteligencia de “10 países”, entre los que se da por hecho que tuvieron un papel privilegiado Israel y Estados Unidos.

La mayor parte del documento se refiere a un programa nuclear iraní que sí existió y fue cancelado en 2003, como admitió Estados Unidos en su Estimado Nacional de Inteligencia de noviembre de 2007. Sahimi comenta que la segunda parte del informe provee evidencia difusa en torno a que Irán experimentó en años recientes con modelos de computadora de detonaciones nucleares, entre otras actividades sospechosas.

Según Sahimi, la parte más importante del informe no lleva a ninguna conclusión: ahí se asegura que Irán ha experimentado con explosivos que pueden funcionar como detonadores de una bomba nuclear. El documento admite además que Irán informó de ello a la OIEA en 2008 pero dice que ese país “no ha explicado por qué necesita o en qué aplicará dichos detonadores”. El organismo reconoce que “existen aplicaciones no nucleares” pero como son pocas “el desarrollo de este equipo es un asunto preocupante”.

“En suma –finaliza Sahimi– el informe fue deliberadamente exagerado para fundamentar (la imposición de) sanciones más duras o la guerra.”

Por su lado, tras hacer su propio análisis, el periodista Julian Borger tampoco cree que el informe demuestre que Irán está a punto de fabricar su arma nuclear. “El significado está en los ojos de quien lo vea”, afirmó el miércoles 9 en su blog. “En todo caso es claro que esto no es una carrera hacia la bomba. Si acaso, es caminar sobre las puntas de los pies, un deambuleo, un tímido andar hacia la adquisición de capacidades armamentistas”.

 

La filtración

 

Israel es una nación de debates intensos, pero entre sus políticos existe un consenso: la seguridad nacional está por encima de cualquier interés y cerrar filas en este aspecto es indispensable.

Pero lanzar acciones bélicas contra Irán –lo que podría desembocar en una guerra devastadora que desestabilizaría a la región– ha provocado el enfrentamiento de la coalición gobernante –formada por partidos de extrema derecha– con la oposición de centro-derecha y de centro-izquierda. También ha provocado el enfrentamiento entre los responsables de la seguridad de Israel con los dirigentes políticos del país. E insólitamente el debate ha sido público.

La tormenta se desató el 28 de octubre cuando el diario más leído de Israel, Yediot Ahronot publicó en su primera plana un artículo del columnista más influyente del país, Nahum Barnea. El texto, titulado “Presión atómica”, describe cómo Netanyahu y Barak discutieron en secreto un inminente bombardeo contra las instalaciones nucleares iraníes. Señala cómo ambos emplearon un tono alarmista para vencer la resistencia de algunos de los siete miembros del Gabinete de Seguridad y de los jefes del Ejército, del Mossad y del Shin Bet.

Barnea describió a Netanyahu como un hombre que piensa que el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad es “un Hitler” y que “si no es detenido a tiempo habrá un nuevo holocausto”. Aseguró que para algunos políticos la actitud de Netanyahu es de “obsesión” porque “toda su vida ha soñado con ser (Winston) Churchill” y ahora “Irán le brinda la oportunidad” de serlo.

El asunto se convirtió en el principal tema de debate en el país y tanto los líderes opositores como algunos miembros de la coalición de gobierno se manifestaron contra una aventura que no sería como las de Irak (1981) y Siria (2007) –cuando aviones israelíes destruyeron ahí reactores nucleares y no hubo consecuencias– porque las instalaciones atómicas iraníes están dispersas por todo el país, muchas de ellas son inalcanzables pues son subterráneas o están enclavadas en montañas y es probable que existan varias de las que no se sabe nada.

Y las cosas no se quedarían allí: Irán ha amenazado con responder cualquier agresión. Podría lanzar misiles contra Israel y utilizaría a sus milicias aliadas, Hamas en Palestina y Hezbolá en Líbano, para realizar ataques terroristas.

Más aún: bloquearía el estrecho de Ormuz, el angosto paso marítimo por el que se exporta al mundo el petróleo de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Bahréin, Qatar, Irak y el propio Irán; esto equivale a 40% del tráfico global de buques-tanque.

Irán también ha prometido golpear a Estados Unidos en caso de ser agredido.

El domingo 6, Leon Panetta, secretario estadunidense de Defensa se quejó de que Netanyahu se había rehusado a asegurarle que se coordinaría con Washington antes de ordenar cualquier operación. Aunque el gobierno de Barack Obama se abstuviera de atacar a Irán, enfrentaría una presión popular para salir en defensa de Israel. La opinión pública árabe también jugaría un papel, sobre todo ahora que ha descubierto su voz y su poder para forzar a sus gobiernos a intervenir.

Los responsables de la seguridad israelí son los principales sospechosos de haber filtrado la información a Barnea para sabotear el proyecto de Netanyahu y Barak. Y pese a que la ley los obliga a guardar silencio en público, sus antecesores, ya retirados, son libres de hablar. Sus palabras son interpretadas como el pensamiento del establishment de la seguridad israelí.

Por ejemplo, el 8 de mayo Meir Dagan, quien hasta enero pasado encabezó el Mossad, dijo: bombardear Irán “es la idea más estúpida que he oído. El reto regional que enfrentaría Israel sería imposible”. Y recordó que él y sus colegas Gabi Ashkenazi, jefe del Ejército, y Yuval Diskin, jefe del Shin Bet, bloquearon “cualquier aventura peligrosa” del gobierno israelí. Pero todos ellos dejaron sus cargos este año. “Ahora, me temo que no hay nadie allí para detener a Bibi (Netanyahu) y a Barak”, sostuvo.

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