L’enfant terrible

A un año de su fallecimiento (octubre 1 de 2001), su figura artística va quedando rápidamente sujeta a la incapacidad (o quizás a la acción voluntaria) de recordar; pero en tal caso, más que recordar –ya que recordar significa que antes se ha olvidado-, habría que  evitar el soslayo y la inercia por un “dejar atrás”, pues pareciera que en nuestro país este proceso de “dejar atrás” en el tiempo se convierte en sinónimo de nulificación de la historia, nulificación de nuestra memoria cultural.

Por lo tanto, en ese sentido, salvo excepciones, la música mexicana de concierto no existe: lo que  se escucha hoy, generalmente hoy (pronto) se olvida. Quizá con la ayuda de los CD, esto esté (parcialmente) cambiando

Alcaraz nunca hablaba de su infancia ni de su familia, y pocas, poquísimas veces lo hacía sobre los años de su adolescencia; era como si se tratase de un tiempo que jamás hubiera existido. Se sabe que desde muy joven rompió relaciones con su familia (Mutis)

(“Mi yo es la suma de mis yoes”). Multifacético, fue personaje activo en el mundo del teatro, la ópera y la danza, la música y el cine mexicanos; fue actor y director de escena así como compositor, pero sin duda su aportación principal la depositó en la crítica musical, la que ejerció hasta sus últimos días.

Con el ejercicio de la crítica deseaba puntualizar su pensamiento, “concretar aquello que la música me produce o creo percibir en ella”, según dijo una vez. La crítica debía ser entendida necesariamente como un acto de subversión, más allá de intenciones didácticas. Con ello, dejó patente su cercanía –ideológica- con Oscar Wilde (1854-1900), para quien un crítico era aquel que “es temperamental, injusto e irracional”:

Nació el 5 de diciembre de 1938. Identificado desde pequeño como niño catedrático, posteriormente integró al Conservatorio Nacional de Música, donde recibió las enseñanzas de José Pablo Moncayo (1912-1958), Esperanza Pulido (1900-1991) y Armando Montiel Olvera (1913-1987). (Agora es mi tiempo).

Tuvo oportunidad de trasladarse a Europa (Italia, Francia, Londres), y ahí estudió contrapunto, orquestación, análisis, composición y música electrónica, así como historia de la ópera y dirección escénica, en centros de importancia, como el London Opera Center y la Schola Cantorum, entre otros. (Common place).

Por todos era conocida su capacidad de retención e información; era “una enciclopedia ambulante”, habría dicho Alicia Urreta (1930-1958). Cabe decir que encontró en Carlos Chávez (1899-1978), Silvestre Revueltas (1899-1940), Salvador Novo (1904-1974), Carlos Pellicer (1897-1977), Xavier Villaurrutia (1903-1950) y Ramón López Velarde (1888-1921) a sus maestros escenciales.

Tuvo otras (nutridas) predilecciones, pero ellos marcaron de manera decisiva su estilo, concepción del arte y tal vez, en cierta forma, paradigmas de la vida. (Sol de mi antojo).

Con agudeza, pasión, conocimiento y áspero sentido del humor, siempre defendió la música y a los músicos mexicanos, señalando aciertos y errores. (“La clientela de Beethoven es una de las enfermedades más grandes de la música. En ella agrupo a todo aquel que lastra la evolución, como los amantes de Vivaldi…”)

Un día le pareció descubrir que no era posible continuar por el camino de la creación, a la vez que andar por el de la crítica, así que tomó la decisión crucial, difícil, no precisamente por convencimiento tanto como por un acto de determinación necesaria: abandonar la composición musical para sólo dedicarse a la tarea de escribir acerca del acontecer del arte sonoro. (Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen).

Dentro de su catálogo de piezas despuntan algunas por su sutileza ingenio, y sobre todo, aquellas (la gran mayoría) en las que hace exploraciones diversas de la voz cantada y hablada en filial equilibrio con el sentido dramático de los textos que empleaba, casi siempre de autores mexicanos.

Destacan, entre otras, Aubepine (1977), para cuatro voces femeninas; Hoy es pasado mañana (1980), para piano y voz hablada; De Telémaco (1981), para soprano, piano y un instrumento de viento-madera, y Cementerio en la nieve (1991), para soprano o tenor y voz hablada con modificación electrónica.  (Todos los fuegos, el juego).

Así pues, singular y polémico, este enfant terrible de la música mexicana fue (sigue siendo) un cristal imprescindible y fuente recurrente tanto como necesaria para la documentación y escudriñamiento del arte del sonido y el silencio creado por nuestros compositores.

José Antonio Alcaraz (1938-2001), observador y actor de la cultura mexicana, fue maestro de muchos en el aula, y sin pretenderlo, en el propio ejercicio de la música; su huella prevalece. In memoriam.

NOTA: Las citas entre paréntesis son de Alcaraz; las cursivas también entre paréntesis refieren obras suyas.

 

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