Las últimas horas del PRI en Los Pinos

En México en la frontera del caos, el periodista argentino Andrés Oppenheimer, Premio Rey de España y coganador del Pulitzer, describió hace seis años la crisis mexicana de fin de siglo. Colaborador de The New York Times y del Washington Post, corresponsal del Miami Herald para América Latina, Oppenheimer actualiza su trabajo en la segunda edición de la obra en un prólogo que contiene, sobre todo, su trabajo reporteril de los días posteriores al triunfo de Vicente Fox en julio del año 2000 y cuyo adelanto presentamos, con la autorización de Ediciones B México y del autor.

 

Apenas 24 horas después del histórico triunfo electoral del 2 de julio de 2000 de Vicente Fox, me tocó ser testigo de una escena reveladora de lo poco preparados que estaban el presidente electo y su equipo en ese momento para el enorme desafío que les esperaba.

Era la mañana del lunes 3 de julio, un día después de que Fox se convirtiera en el primer candidato de oposición en ganar una elección presidencial mexicana en más de siete décadas. El ambiente en el piso 23 del hotel Fiesta Americana en la Ciudad de México, en donde Fox tenía su residencia de campaña, era una algarabía total. Eran las 10 de la mañana, y los dirigentes del Partido Acción Nacional (PAN) y los “Amigos de Fox”, como se llamaban los políticos extrapartidarias que habían apoyado la candidatura del exgobernador de Guanajuato, llegaban a felicitar al candidato triunfador.

Dos de los primeros en llegar al piso ejecutivo del hotel esa mañana fueron el senador Rodolfo Elizondo, el coordinador político de la campaña de Fox, y Juan Hernández, el jefe de protocolo del flamante presidente electo, que se preparaban cafés para vencer el cansancio y prepararse para el aluvión de trabajo que les esperaba. Al poco rato, llegaron Francisco Barrio, el exgobernador panista de Chihuahua, y la plana mayor del PAN. Cuando la sala del piso ejecutivo estaba casi repleta, llegó como un torbellino el exsenador y diputado del PRD, Porfirio Muñoz Ledo. Con una carpeta bajo el brazo y varios asistentes, se abrió paso entre la multitud, mirando para todos lados en busca del presidente electo como si apenas pudiera contener su impulso de presentarle sus planes al candidato triunfante.

Yo me encontraba allí desde temprano, ya que estaba hospedado en el mismo hotel, y tenía apalabrada una entrevista con el presidente electo apenas se despertara. A primera hora de la mañana, me había topado con una multitud de periodistas en el lobby del hotel, y uno de ellos –del periódico argentino Clarín– me había rogado que lo llevara comigo a la entrevista…

Apenas comenzamos la entrevista, empezaron a llover las llamadas de felicitación de todas partes del mundo. La entonces jefa de prensa del presidente electo, Martha Sahagún, que luego se convertiría en la primera dama de México, cruzó el salón con su teléfono celular y la mano extendida, anunciándole a Fox con una sonrisa eufórica: “¡Es el rey de España!”. Fox me pidió excusas con una mano, y atendió: “Hola, rey, qué honor!”.

Pero el episodio más revelador de esa mañana ocurrió poco después, cuando vino la llamada de Argentina. Sahagún, como lo había hecho con los anteriores, llegó agitada a donde estábamos para alcanzarle el teléfono celular a Fox, diciéndole “¡El presidente de Argentina!”. A mi colega argentino se le abrieron los ojos.

Fox cogió el teléfono y por una fracción de segundo, mientras lo llevaba al oído, de tuvo su mano en el camino, tapó el micrófono del teléfono, y volviéndose hacía mí me preguntó en voz baja: “¿Cómo se llama?”. Le respondí: “Fernando de la Rúa”. Inmediatamente recordó al presidente argentino, a quien había conocido en una gira pocas senas antes, y lo saludó con un cálido “Buenooo, ¡Fernando, qué guuusto!”…Al día siguiente, el martes 4 de julio, Clarín, publicaría el reportaje de su enviado espacial bajo el título: “¿Cómo se llama De la Rúa?, preguntó el presidente electo”.

El episodio revelaba una cosa clara: Fox llegaba al poder sin la maquinaria aceitada que el PRI había perfeccionado a lo largo de décadas para evitar que los presidentes pudieran cometer errores de ese tipo.

El “albazo informativo”

Las elecciones del 2 de julio de 2000 que llevaron a la primera alternancia del poder en México en siete décadas, habían transcurrido más pacíficamente de lo que muchos habían anticipado, pero no estuvieron totalmente exentas de amenazas de fraude. De hecho, hubo momentos antes y durante el día de la votación que podrían haber inclinado la balanza del poder dentro del PRI a favor de sectores donde no faltaban quines estaban dispuestos a realizar un nuevo fraude electoral.

Según algunos allegados al presidente Fox, hubo intentos del ala más dura del PRI de presionar a las cadenas de televisión para que –independientemente de los resultados de las encuestas de salida de urnas- anunciaran un triunfo priista en la tarde del día de la elección. Los supuestos intentos de dar un “albazo informativo” se dieron en el contexto de varios contactos entre bambalinas que se produjeron –en forma simultánea y a veces superpuesta- entre el gobierno del presidente Ernesto Zedillo, la campaña de Fox y el equipo del candidato priista Francisco Labstida, afirman algunos excolaboradores de Fox.

Según ellos, en los días previos a la elección, hubo una serie de emisarios entre Zedillo y Fox –entre ellos la entonces jefa de prensa Marta Sahagún; el colaborador de Fox, Juan Hernández; el exsenador Porfirio Muñoz Ledo, y el exsecretario de Educación Pública, Miguel Limón Rojas- que llevaban y traían mensajes alertando sobre posibles complicaciones el día de la elección.

Uno de ellos, De Paula León, decía tener información fidedigna de que se estaba gestando un fraude. Según él, un allegado muy cercano al presidente de Televisa, Emilio Azcárraga Jean, le había informado que el encargado del área de comunicaciones del PRI, Emilio Gamboa, se había reunido con los dueños de las principales cadenas de televisión para pedirles que anunciaran  una victoria del PRI a las dos de la tarde del día de la elección. “El PRI tenía perfectamente claro un plan de contingencia para, en caso de perder las elecciones, llevar a cabo un fraude”, me señaló De Paula León en una entrevista en Miami, el 15 de abril de 2002. “Ese fraude lo iban a perpetrar a través de movilizaciones, protestas y las televisoras”.

Según De Paula, él denunció el supuesto plan en privado, tanto al gobierno de Zedillo como al a campaña de Fox, en ese momento. De Paula afirma que fue a la residencia presidencial de Los Pinos una semana antes del día de la elección y le reclamó a Liébano Sáenz, el secretario privado del presidente, sobre el supuesto fraude mediático. “Liébano me dijo que no tenía pruebas, y yo le dije que sí, que tenía información contundente”, recuerda De Paula León. “Le dije que Gamboa estaba pidiendo que a las dos de la tarde comenzaran a anunciar en todas las redes que había ganado Francisco Labastida y empezaran a pensar una serie de documentales sobre la vida de Labastida, independientemente de quién ganara”. Sáenz, que jugó un papel clave en la transición mexicana, le pidió a De Paula que lo esperara mientras subía al primer piso a tratar el tema con el presidente Zedillo. “Me hizo esperar un par de horas en su mesa redonda, habló con el presidente y al regresar me dijo que (Zedillo) había hablado con Gamboa y con Emilio Azcárraga Jean”, Dice De Paula León. “A este último (Azcárraga) le dijo que tenía autorización del presidente para mandar por un tubo las presiones que podía tener del PRI”. Según De Paula, la intervención directa del presidente desbarató el plan del fraude electoral del PRI, que ya estaba en marcha.

¿Se imaginó De Paula León el supuesto plan? ¿Estaba magnificando un rumor de segunda mano para colocarse en el centro de la escena política? En una de cuatro entrevistas telefónicas entre Nero y abril de 2002, el exsecretario privado de Zedillo me confirmó la reunión con De Paula, pero desmintió parte de su contenido. Según Sáenz, De Paula efectivamente le denunció los supuestos planes del PRI, y el secretario privado del presidente subió a hablar con el presidente, mientras el emisario de Fox lo esperaba en su despacho. Sin embargo, afirma que Zedillo sólo habló con Azcárraga sobre el tema, pero nunca lo hizo con Gamboa.

“Lo que le dije a De Paula al regresar fue que el presidente había hablado con Emilio Azcárraga sobre la necesidad de que no se dejara presionar por nadie. El presidente no habló con Gamboa, y yo no recuerdo haberle dicho a De Paula que habló con Gamboa”. Agrega Sáenz: “Yo no estoy seguro de que Gamboa no estaba planeando un albazo mediático. No tengo dudas de que habría algunos de ellos (en el PRI) que lo podrían haber pensado, pero no es el caso de Emilio”. Preguntado en una entrevista separada sobre si hubo algún intento de él y otros de la campaña de Labastida por desvirtuar el resultado electoral, Gamboa me respondió: “Jamás”.

Las negociaciones

El día de la elección, Fox todavía estaba convencido de que el iban a robar el triunfo, según algunos de sus allegados más cercanos y los observadores electorales del Centro Cartar que se reunieron con él esa tarde. Fox tenía buenos motivos para ser desconfiado. Aún al medio día, cuando las encuestas de salida de urnas ya daban una clara ventaja a la candidatura de Fox, había serías dudas en círculos opositores sobre si el PRI aceptaría los resultados.

Tal como me lo relató un alto funcionario gubernamental que permaneció gran parte del día junto al presidente Zedillo, dos gobernadores priistas –Ángel Sergio Guerrero Mier y Víctor Cervera Pachecho- llamaron a Sáen esa tarde para preguntarle al secretario privado del presidente sobre la verdad de las encuestas, y –según sospecharon algunos en el entorno de Zedillo- tantear el terreno para ver si había luz verde para detener el triunfo opositor. Los gobernadores estaban consternados. Uno de ellos preguntó directamente si Zedillo reconocería una victoria opositora.

¿Era una misión exploratoria con miras a torcer el resultado electoral? “Estaban tanteando para dónde iba el presidente”, me comentó un testigo de la conversación. Sáenz confirma que recibió llamadas, pero señala que n había en ellas in intento de juego sucio. “Creo que era parte de la cultura de este país, ir a la Presidencia de la República y preguntar qué hacemos, pero no con la intención de maquinar un fraude, sino para no equivocarse. Era la cultura existente…” señaló el exsecretario privado.

Según exfuncionarios de Los Pinos, Sáenz y los demás colaboradores inmediatos de Zedillo regresaron a Los Pinos tras haber acompañado al presidente  a votar esa mañana. A las 12:30 el medio día, la oficina presidencial ya tenía una diferencia de tres puntos a favor de Fox en las encuestas de salida de urnas. Era una tendencia prácticamente irreversible. Informado al respecto, Zedillo le pidió a Sáenz que se comunicara con Labastida, el candidato del PRI, y con Sahagún, el principal contacto con Fox.

“Liébano (Sáenz) me llamó y me dijo, ‘Marta, ¿cómo van?” recuerda Sahagún. “Yo le respondí con otra pregunta: ¿Cómo vamos? Y Liébano me contestó: ‘Bastante parejos, pero quizás con una ventaja para ustedes’”. Según recuerda Sahagún, el secretario privado del presidente la volvió a llamar  a las tres de la tarde. “Me hizo la misma pregunta de antes, yo hice la misma respuesta, y nos reímos”, continúa Sahagún. “Allí fue cuando me dijo: ‘Van con más ventaja. Creo que van a ganar’”.

Labastida estaba abatido, pero no dispuesto a perder las esperanzas, recuerdan los colaboradores, de Zedillo. El candidato priista dijo que los resultados no eran finales, que faltaba el voto del campo, que la suerte todavía no estaba echada. Más tarde, la oficina de Fox, que ya tenía encuestas de salida que le daban una victoria abrumadora al candidato opositor, pidió una comunicación con Zedillo, para que Fox y el presidente pudieran coordinar ya mismo cómo se anunciaría la victoria opositora.

A las cuatro de la tarde, el expresidentes Jimmy Carter y su equipo de observadores electorales se reunían con Fox. El candidato opositor los recibió con resultados de ocho encuestas en boca de urna, realizadas por los principales partidos políticos y medios de comunicación. Todas le daban la victoria a Fox, algunas por abrumadora mayoría. “Sin embargo, Fox no estaba celebrando. Ni siquiera estaba eufórico”, recuerda Robert Pastor, el principar colaborador de Carter, que participó en la reunión. “Fox nos dijo: ‘Faltan dos horas para que cierren las urnas: ¡Éste es el momento en que la maquinaria del PRI nos va a robar la elección’”. Carter y Pastor le dijeron que irían inmediatamente a la sede de campaña del PRI para asegurarse de que eso no ocurriera. Media hora más tarde, a las 4:30 de la tarde, Sáenz estaba al habla con Fox para tramitar la comunicación con el presidente Zedillo. Fue una conversación cordial. Sáenz recuerda: “No le dije que lo felicitaba, porque ése no era mi papel. Le dije que el presidente hablaría con él, que el resultado parecía irreversible y que todo parecía indicar que el presidente electo era él. Le dije: ‘El presidente quiere hablar contigo’”. Zedillo ya había hablado con Labastida pocos minutos antes, pero no había logrado convencer al candidato oficial que saliera a reconocer su derrota. Labastida no negaba que ha´bia perdido, pero no quería antagonizar con el ala dura del PRI siendo el primero en anunciar la victoria de Fox. “Voy a respetar la ortodoxia”, dijo Labastida, explicando que esperaría los resultados oficiales del Instituto Federal Electoral (IFE) antes de reconocer su derrota. A las cinco de la tarde en la sede de campaña del PRI, Labastida recibía a la delegación de Carter. “Los máximos líderes del PRI no admitían que sus encuestas de salida de urnas mostraban que habían perdido”, recuerda Pastor. “Pero sus sonrisas había desaparecido y sus miradas sombrías sugerían que estaban absorbiendo lo impensable: que los pilares del poder priista se estaban desmoronando”.

A las 7:50 de la tarde, mientras los periodistas esperábamos el anuncio oficial, Zedillo se puso en contacto con Fox. El presidente le pidió a Fox que si se apresuraba a anunciar su victoria lo hiciera con la mayor moderación posible, y que no contestara preguntas de la prensa. “Habíamos escuchado el discurso de Fox a la hora de votar y teníamos el temor de que fuera a irritar a los militantes del PRI, que estaban reunidos en distintas plazas del país”, recuerda Sáenz. “Teníamos miedo de que Fox saliera con un discurso de confrontación y que se complicaran las cosas”. Fox se comprometió a nunciar su victoria con un mensaje de conciliación nacional, y Zedillo a salir, más tarde, reconociendo el triunfo opositor.” Los dos se manejaron de acuerdo al guión, recuerda Sáenz.

Las horas tristes

Poco después de las 11 de la noche, después de que las autoridades electorales anunciaran las primeras proyecciones que daban el triunfo Fox, aparecería Zedillo en televisión –pálido, demacrado, como un conde Drácula mexicano- a anunciar la victoria opositora. Según testigos de la filmación, la atmósfera lúgubre fue intencional. Zedillo no estaba tan compungido como aparecería pocos minutos después en cámara, y sus asistentes decidieron darle un toque más sombrío a la escenografía para que le presidente diera una imagen de duelo.

Según testigos presenciales, como antes de salir al aire, Zedillo había notado que le había puesto demasiado maquillaje que lo hacía salir demasiado pálido en pantalla. El presidente se dirigió a uno de sus ayudantes y preguntó: “Oye, estoy muy blanco, ¿no?”. Los colaboradores de Zedillo le dijeron que no, que estaba perfecto. Acto seguido, el enfocaron las luces al presidente de tal manera que le dieran del pleno en el rostro, produciendo sombras en sus ojos, que enfatizaban sus ojeras. Cuando salió al aire –mirando alternativamente hacía dos cámaras, una para anunciar a México el triunfo de Fox y la otra para hablarle al PRI-, el presidente mexicano parecía un hombre quebrado.

Su secretario privado, Sáenz, sonrió cuando le pregunté sobre el episodio de la filmación. ¿El mensaje televisado de Zedillo había sido un show para disimular la satisfacción por pasar a la historia de México como el primer mandatario en haber permitido una alternancia en el poder?, le pregunté. Sáenz, quien estaba en la sala donde se realizó la filmación, respondió: “El presidente estaba obviamente triste por la derrota del partido, pero definitivamente cuidamos que no fuera a dar la impresión de que estuviera festejando”. ¿Había ordenado Sáenz iluminarlo como para que apareciera con una palidez sepulcral?” “Yo les pedí (a los iluminadores) que la imagen del escenario y del presidente fueran de seriedad. Obviamente, lo que ellos interpretaron fue que transmitiéramos un ambiente de derrota”, respondió Sáenz

Aprendiendo a gobernar

Sus propios secretarios se quejaban en privado de que l presidente Fox no tomaba posiciones claras a favor de unos u otros en las reuniones de gabinete. Según participantes de las mismas, Fox típicamente dejaba a sus secretarios debatir un tema y cerraba la sesión diciendo: “Bueno, se me ponen de acuerdo y me resuelven este tema para el lunes”. Y los secretarios salían de la reunión tan confundidos como habían entrado. Uno de los principales colaboradores de Fox me señaló que “ante la falta de voluntad del presidente de someterlos (a os secretarios de Estado) a una fuerte disciplina política, la indisciplina dentro del gabinete se hizo cada vez mayor” (…)

La lucha interior dentro del gabinete foxista –y dentro de la cabeza del propio Fox- se hizo aún más evidente tras el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 a Estados Unidos, cuando el gobierno mexicano se quedó paralizado ante un hecho cuya gravedad no supo percibir en su momento.

En un hecho que nunca salió a la luz pública, la primera dama, Sahagún, propuso al presidente hacer un gesto personal para enfatizar la solidaridad mexicana con las víctimas del 11 de septiembre. Sahagún, que temía –acertadamente- que el titubeo de México resultara en un desastre de relaciones públicas para su país en Estados Unidos, sugirió que se le permitiera convocar a la prensa extranjero en los jardines de Los Pinos, donde ella posaría ante los fotógrafos donando sangre para las víctimas de los atentados tersitas, entre los que se encontraban por lo menos 19 ciudadanos mexicanos. Pero la idea de Sahagún fue rechazada dentro del gabinete. Pocas semanas después, Sahagún le comentaría a un visitante extranjero “Quise hacerlo pero no me dejaron”.

¿Cuál es el saldo general de los primeros años de Fox en el gobierno? Ha sido una transición exitosa por lo pacífica que resultó ser, prometedora por la visión de país del nuevo gobierno –sobre todo en el marco internacional-, pero incompleta por lo titubeante y timorata en el frente interno.

El mayor riesgo para Fox, y para México, es que su gobierno pase a la historia como “mas de lo mismo”, que el pueblo mexicano no llegue a la conclusión de que la lucha de tantos años contra el autoritarismo de los gobiernos anteriores no sirvió para nada y que todos los políticos son iguales. La mayor amenaza para México en el futuro no es económica –México ya se encuentra encaminado y, salvo una nueva recesión mundial, debería beneficiarse de la incipiente recuperación  económica que se proyectaba en Estados Unidos a comienzos de 2002-, sino política. Es el peligro de que, como ocurrió en Venezuela y, más recientemente, en Argentina, el rechazo a la clase política genera una apatía generalizada que se traduzca en el caos o en la búsqueda de salvadores de la patria que históricamente han dejado a sus naciones más pobres que antes.

Lo peor que podría sucederle a la democracia mexicana sería un futuro de cacerolazos y exigencias populares de “que se vayan todos”, como las que escuchaban cada vez más en las calles de Sudamérica. Al acercarse a sus dos primeros años de gobierno, Fox todavía estaba en condiciones de terminar con la impunidad, marcar un claro camino de cambio y sentar las bases de una sana competencia entre los partidos políticos mexicanos de cara al futuro. Si no lo hacía, irónicamente, Fox podría poner en riesgo la estabilidad democrática del futuro en aras de una gobernabilidad estéril en el presente.

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