Rice: La otra dama de hierro

WASHINGTON, DC.– Algunos que la conocen dicen que es “la verdadera mano derecha” del presidente George W. Bush. En los círculos académicos y políticos de Washington ya la llaman “la otra dama de hierro”, en franco símil con la exprimera ministra británica Margaret Tatcher.

Jefa del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Condoleeza Rice es también miembro del grupo de los “halcones” que rodea a Bush: el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, y el procurador de Justicia John Ashcroft. Es ella, sin embargo, “la verdadera fuerza unilateral detrás de Bush para lanzar una nueva guerra contra Irak”, aseguran políticos y académicos.

Especialista en política rusa y asuntos armamentistas, Rice es la única funcionaria dentro de la Casa Blanca capaz de decirle a Bush: “Señor presidente, no estoy de acuerdo con usted”.

En una entrevista con el semanario National Review, Rice dijo que “el poder cuenta, pero puede haber una ausencia de moral en el contenido de la política exterior, y ésta importa porque el pueblo estadunidense no debe aceptar dicha ausencia. Los europeos se ríen de esto y nosotros somos muy ingenuos, pero somos estadunidenses y no europeos, y tenemos principios totalmente distintos”.

Esta funcionaria de origen afroamericano “cambió el esquema de trabajo dentro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca”, dice Michael Shifter, analista en asuntos políticos de la organización Diálogo Interamericano.

“Su tarea debería ser la de recoger las opciones y opiniones entre los asesores y secretarios de Estado sobre asuntos de seguridad nacional. No lo hace. Ella misma define las políticas y en ocasiones ni siquiera consulta, sólo escucha a algunos que son de su misma línea, como el vicepresidente Cheney o el secretario de Defensa (Rumsfeld)”, señala Shifter.

Su estampa impone, comentó alguna vez Marlin Fitzwater, exvocero de la Casa Blanca. La misma impresión tuvo de ella Mijaíl Gorbachov, el último presidente de la Unión Soviética. En diciembre de 1989, el entonces presidente Bush padre se la presentó al líder soviético con estas palabras: “Esta es Condoleeza Rice. Ella es quien me ha dicho todo lo que sé sobre la Unión Soviética”.

Según los expertos, el unilateralismo con el que Bush maneja el caso de Saddam Hussein es un reflejo del pensamiento conservador y militarista de Rice, Rumsfeld y Cheney. “El presidente tiene un gran aprecio y admiración por Rice, porque comulga con la política exterior que ejerció su padre, el expresidente George Bush”, afirma Walter D. Broadnax, doctor en política exterior de la Universidad Americana y quien lleva más de dos décadas estudiando los temas de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Coit Blacker, exprofesor y mentor de Rice en la Universidad de Stanford, dice de su expupila: “su pensamiento es el del choque entre los poderosos. Es una combinación de sus ideas y creencias que compartió la intelectualidad política en el tiempo de la Guerra Fría. Esto resultó en una personalidad que denota seguridad y mando”.

Decisión y dureza

Rice conoce la minucia del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. En 1989, bajo el gobierno del primer presidente Bush, fue directora de Asuntos Soviéticos y de Europa del Este. Luego fue promovida al puesto de asesora presidencial sobre Asuntos Soviéticos.

Durante un fin de semana del verano de 1988, Rice fue invitada a un descanso del entonces presidente Bush padre en su casa de Kennebunkport, en el estado de Maine. Allí conoció a George junior. Los relatos de ese encuentro reportados en varias publicaciones estadunidenses señalan: se dio “inmediatamente una especie de amistad y lealtad entre los dos”. Ese sábado Rice pasó un par de horas platicando con W. Bush sobre los tejes y manejes de la política exterior de la Casa Blanca. Le habló sobre todo de la Unión Soviética, de lo que representaba en ese entonces dicha potencia armamentista para los intereses mundiales de Washington.

Como resultado de esa charla, Rice se convirtió en la conciencia en política exterior del ahora presidente de Estados Unidos. Por ello, cuando Bush hijo inició su campaña electoral para la presidencia no dudó en llamar a esta mujer que lo había dejado fascinado.

“Goza de la total simpatía de Bush. Tiene una influencia enorme sobre él. Hay una química muy grande entre ellos. Logró eliminar la sombra del secretario de Estado, Colin Powell, como el hombre que podría definir algunas de las reglas del Consejo de Seguridad Nacional. Por lo menos eso se percibe en la política hacia Irak”, insiste Shifter.

La “dulce dama” –como la ha llamado Bush en varias ocasiones frente a los miembros de su gabinete– acompaña casi todo el tiempo al mandatario: lo mismo en reuniones con los líderes del Capitolio, que cada mañana, cuando la CIA y el FBI le dan a Bush sus informes sobre seguridad nacional. Pero, sobre todo, está presente en las reuniones “extremadamente privadas” donde se definen los lineamientos de acción o los discursos de política exterior en la Oficina Oval o en el Salón del Gabinete.  Rice asiste a pesar de que –a diferencia de sus colegas del gabinete—no fue confirmada en su cargo por el Senado.

A ella se le achaca la autoría del proyecto de ley aprobado la semana pasada en el Capitolio: la ley que otorga autoridad a Bush para, de manera unilateral, atacar a Irak en el momento en que lo considere apropiado.

“Tiene más peso que Andrew Card (jefe del gabinete de Bush) y eso ha resultado en la demarcación de la línea entre los radicales y los moderados dentro de la Casa Blanca”, afirma Broadnax.

Y comenta: “Antes de hablar con el presidente, Card, Rumsfeld, Powell, Ashcroft y en algunas ocasiones el propio Cheney, consultan con ella lo que le van a decir a Bush. O incluso le piden a Rice que lo haga por ellos, porque así es más probable que (el mandatario) atienda el asunto con mayor celeridad”.

Richard Gephardt, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes y posible contendiente de Bush en las elecciones presidenciales de noviembre del 2004, comparte la opinión de muchos de sus colegas en Washington: “Su estampa y presencia reflejan dureza, decisión y hasta intimida”. Comenta que esas características son similares a las de la exprimera ministra británica, Margaret Thatcher, conocida como La dama de hierro.

El presidente Bush no oculta su aprecio y orgullo por ella. En diciembre del 2001, pese al luto estadunidense por los ataques terroristas en septiembre de ese año, la Casa Blanca organizó una fiesta de Navidad para los miembros del Congreso. Allí, Bush pidió a Rice demostrar sus dotes artísticas. “Conde toca el piano. Nos dará el placer de escucharla, abusando un poco de su dedicación por servir al país, (lo cual)  ya lo hace con sus sabios consejos de seguridad nacional”, dijo esa noche el presidente a los 535 miembros del Poder Legislativo. Y sí. Rice tocó el piano de la Casa Blanca, uno de los instrumentos favoritos de Jackie Kennedy.

“Cueste lo que cueste”

Rice nació el 14 de noviembre de 1954 en Birmingham, Alabama. A los 15 años de edad se mudó a Colorado para ingresar a la Universidad de Denver. Se graduó cuatro años después en ciencias políticas. Hizo la maestría en la misma materia en dos universidades: Notre Dame  y Stanford. Y el doctorado en la Universidad de Denver.

A diferencia de la gran mayoría de los afroamericanos en Estados Unidos, se enroló en el Partido Republicano. La razón: su empatía con las políticas conservadoras que profesaban políticos como el expresidente Ronald Reagan, a quien admira.

“Lo que decide Conde se tiene que respetar. Pero ella no manda. Recibe órdenes del presidente, como todos en la Casa Blanca. Su labor es asesorar y eso está haciendo. Ella no está promoviendo la guerra. Aboga por la diplomacia”, sostiene Sean McComark, el vocero de Rice y del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca.

“Rebelde”, así le dicen a Rice entre la comunidad afroestadunidense. Y es que, señalan, ni pertenece al Partido Demócrata ni ha mostrado interés en defender a los de su raza. Sin embargo, los afroestadunidenses la respetan y la admiran por el poder y la influencia que tiene entre los círculos políticos más poderosos en Washington y en el planeta.

La misma Rice habló un poco de sí misma el pasado 4 de agosto. Lo hizo después de leer el evangelio en una iglesia bautista en Washington. “Era una niña muy religiosa, rezaba todos los días y los domingos no dejaba de asistir a misa. Soy una devota presbiteriana. Mi padre tuvo mucha influencia sobre mí, sobre mi formación y sobre mi vida espiritual. Él era un teólogo, un doctor de la divinidad que me enseñó a entender que Dios y lo bueno siempre debe triunfar sobre lo diabólico y lo malo, cueste lo cueste”, dijo la mujer que impulsa la lucha contra los países del “eje del mal”.

Y en su sermón añadió: “Yo siempre trato de no pensar en Elías (profeta judío que ejerció su ministerio en el reino de Israel y combatió los cultos idólatras), aunque siempre lo invoco. Es algo muy peligroso, teológicamente hablando. En muchas formas es maravilloso estar en la Casa Blanca porque ahí hay mucha gente que tiene fe, empezando por el presidente”.

“Su formación está enmarcada en la era de la Guerra Fría. Está acostumbrada a ver al mundo en dos divisiones: los buenos y los malos. Se acabó la amenaza de la Unión Soviética y ahora identifica a los malos en las filas de los terroristas y en Saddam Hussein”, señala Shifter.

Pero, reconoce, “es muy fría y calculadora, lo cual se refleja en los discursos de Bush, pues hay que tomar en cuenta que él no es necesariamente un experto en política exterior y se destaca por ser una persona cálida, pero que depura lo que dice basado en las ideas de su asesora”.

La cercanía es tan obvia que Rice es una de las pocas funcionarias de la Casa Blanca que es invitada por Bush a Campo David, la casa de descanso del presidente. Allí, en la calma de las montañas del estado de Maryland, Rice aconseja a Bush sobre los temas más delicados de la política exterior, como el eventual ataque a Irak y el conflicto palestino-israelí.

Broadnax y Shifter coinciden: Si Bush gana la reelección en 2004 y el choque de ideas entre Powell –opuesto a un ataque unilateral contra Irak— y los “halcones” (Cheney, Rumsfeld, Ashcrofft, y Rice) termina en la renuncia del secretario de Estado, la “otra dama de hierro” podría ocupar dicho cargo.

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