Los intelectuales

Carlos Tello Díaz

Le Monde Diplomatique acaba de publicar un texto largo y detallado de Maurice Maschino sobre los intelectuales que dominan con su presencia los medios de comunicación en Francia. La prestigiosa publicación, que reúne mes a mes a las voces más destacadas de la izquierda, declara con ello la guerra a los intelectuales que llama con desdén, en la cabeza del artículo, “los nuevos reaccionarios”.

Los intelectuales franceses han sido desde hace más de cien años, afirma Maschino, “la vanguardia del combate por la justicia y por la libertad”. Es una frase solemne, típica de un intelectual francés, pero no es falsa. Hugo condenó la intervención de su país en México; Zola denunció los atropellos cometidos por el ejército en el caso Dreyfus; Gide escribió contra el colonialismo en el Congo; Malraux luchó en favor de la República Española; incluso Mauriac levantó la voz contra las torturas cometidas por los soldados franceses en Argelia. A la cabeza de todos ellos, agrega el autor del texto, menos convincentemente, Sartre defendió las causas de los pueblos oprimidos en el Tercer Mundo. “Es difícil hoy – concluye–, imaginar el impacto que tuvo sobre la opinión pública y sobre los poderes establecidos una movilización semejante de los grandes espíritus de la época”.

Un intelectual –el término, en sí mismo, provoca con frecuencia confusión– es alguien que contribuye a darle legibilidad al mundo. Alguien que combina su trabajo de análisis con sus preocupaciones como ciudadano, con lo cual se distingue del especialista.

Existen dos tipos de intelectual, que corresponden a dos experiencias culturales diferentes: el “francés” y el “inglés”. El intelectual “inglés” hace su vida en la universidad, consagrado a la búsqueda de la verdad en la tranquilidad de su estudio, y publica nada más en revistas especializadas, restringidas a un tipo de lector, por lo cual es poco conocido por el público en general. El intelectual “francés”, en cambio, hace su vida en la calle y tiene una agenda ideológica que determina lo que dice y lo que calla, con un nombre que es conocido por el público en general porque tiene una presencia destacada en los medios masivos de comunicación: la prensa, la antena, la pantalla (“intelócratas de los medios”, los llamaba con desdén Raymond Aron). La distinción entre los dos –el aula y el foro– no tiene por supuesto ninguna limitación geográfica: Levi-Strauss, que es francés, parece más bien “inglés”, y Russell, que era inglés, parecía a su vez “francés”.

En México, igual que en el resto de Latinoamérica, los intelectuales pertenecen por lo general al arquetipo “francés”. Forman grupos, tienen pleitos, publican en la prensa, luchan por tener y mantener una presencia en la televisión. No les satisface la vida del aula; quieren salir a combatir al foro. Sus nombres son a menudo conocidos y codiciados. Algunos son tan famosos como los de las estrellas del cine. Ayer admiraban a la Revolución Cubana; hoy defienden las ventajas de la globalización, igual que sus colegas en Francia.

En México, por lo demás, un país donde la sociedad civil es débil, los intelectuales han sido frecuentemente los intérpretes de los “sin voz”, expresión que puso de moda el más conocido de todos ellos. Intelectuales de todas las tendencias hablan hoy, en efecto, a nombre de los campesinos y de los indígenas. Es algo que un intelectual “inglés” no se permitiría jamás hacer.

El artículo de Le Monde Diplomatique critica la “derechización” de los intelectuales en Francia. Eran de izquierda (pertenecían al bando de los buenos), pasaron a ser de derecha (pertenecen hoy al bando de los malos). ¿Qué sucedió, me pregunto, con los intelectuales en México? ¿Cuál es su historia?

Los intelectuales mexicanos de fines del siglo XIX tuvieron en general una relación sumisa con el régimen que gobernaba su país, el Porfiriato. Muchos fueron sus representantes en el extranjero (Altamirano, Amado Nervo); otros participaron en él como diputados (Casasús, Bulnes, Salado Alvarez); unos más, incluso, como miembros del gobierno (Justo Sierra, Federico Gamboa). No combatían por el cambio, no privilegiaban la lucha por la justicia, no tenían una relación crítica con el poder. Eran intelectuales de derecha (aunque también, anticlericales y republicanos, hombres progresistas del siglo que les tocó vivir).

La Revolución de 1910 fue acompañada por un nuevo tipo de intelectual en México. José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, entre los más destacados, apoyaron el cambio, un cambio con justicia, sin renunciar a tener –ambos sufrieron la persecución y el exilio– una actitud crítica frente al poder del Estado. Eran intelectuales de izquierda (aunque sus libros, obras maestras de la novela de la Revolución, son en el fondo una crítica feroz de la Revolución).

¿Hubo pues un movimiento de los intelectuales hacia la izquierda, acentuado después por el triunfo de la Revolución Cubana, pero frenado, derechizado más tarde por el colapso del socialismo en Europa?

Izquierda y derecha. No es fácil definir los términos. Cambian con el tiempo, dependen de las circunstancias. Pueden ser entendidos con respecto de su actitud frente al Estado: la izquierda está a favor de uno grande, la derecha a favor de uno pequeño. O con respecto de los ideales que más valoran: la izquierda privilegia la igualdad, la derecha la libertad. O con respecto de su relación con el poder: la izquierda es crítica, la derecha apologética. O con respecto incluso de su forma de ver al otro: la izquierda enfatiza las similitudes, la derecha las diferencias. Pero no, como sucede con frecuencia, con respecto del criterio que postula, explícitamente, Le Monde Diplomatique, para quien la izquierda significa el bien y la derecha el mal.

“Un intelectual –escribió Herbert Marcuse– es alguien que rechaza establecer compromisos con el poder”. Debe ser crítico, añado yo, con todos los poderes, de izquierda y de derecha. (Sartre, el intellectuel engagé por excelencia, crítico del poder en Francia, era sumiso, en cambio, frente al poder que representaba la Unión Soviética, luego Cuba, más tarde la China de Mao, sin excluir el poder de aquellos movimientos de liberación nacional que tanto lo fascinaban, como el FLN de Argelia.) A fin de cuentas, el intelectual debe ser, como Diógenes, la mala conciencia de su tiempo.

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