Conocimiento y libertad

Gilberto Guevara Niebla

Una falsa presunción que sin embargo circula como lugar común es suponer que entre más conocimientos (o escolaridad) tenga un pueblo  mayor será su democracia. En realidad, la historia ha demostrado que no hay un vínculo de determinación entre escuela (o conocimientos) y democracia. El pueblo más instruido del mundo puede ser víctima del despotismo o la autocracia como ocurrió con la Alemania Nazi o con la comunista Unión Soviética. Cuba misma tiene un alto nivel de escolaridad pero no es un país democrático.

Este falso razonamiento se construye sobre premisas falsas como: 1) que el conocimiento siempre es bueno y 2) que quien lo posee adquiere, por el saber mismo, una conciencia democrática. La palabra “bueno” es un calificativo moral difuso, pero mucha gente lo usa cuando dice, por ejemplo,  “la educación es siempre buena”.

¿Es siempre buena? Paulo Freire acostumbraba decir que eso no es cierto, que se educa, o bien para domesticar o bien para liberar. Las apariencias, como siempre, suelen engañarnos. Una educación técnica excelente puede ir asociada a valores inhumanos como ocurrió con los alemanes en la era del nazismo y del Holocausto –en ese caso, no sólo los dirigentes incurrieron los crímenes horrendos que conocemos sino que también la sociedad –el pueblo—que era una sociedad bien educada se hizo cómplice de esas acciones de barbarie con el simple hecho de permitir que se hicieran, de ceder ante su propio miedo y guardar silencio ante el crimen.

El tema de la relación entre conocimiento y ética democrática es oportuno porque durante años la (educada) opinión pública de México ha mostrado una permisividad injustificable ante actos criminales, cometidos por el gobierno en unos casos, pero cometidos por grupos políticos opositores, en otros. Me refiero, por ejemplo, a la masacre de Tlatelolco la cual ni un solo político priista, por ejemplo, se atrevió a denunciar públicamente; pero también me refiero a los crímenes horrendos que cometieron los grupos guerrilleros y terroristas de los años setenta, grupos que se decían de izquierda, pero que no tenían reparos en asesinar a sangre fría a personas inermes e indefensas que no tenían otra culpa que la de disentir de ellos. Todavía hay perredistas que argumentan, sin ruborizarse, que la lucha por el socialismo justifica el asesinato.

También pienso que es oportuna esta reflexión por el peligro de que pronto estalle una guerra de Estados Unidos (y otros países aliados a él) contra Irak. Esto plantea para los mexicanos un dilema moral ineludible. Hay que poner sobre la balanza los valores que están en juego y reflexionar seriamente al respecto (la abstención, no olvidemos, puede ser complicidad en el caso de un crimen). ¿Es justificable moralmente que el Estado mexicano se alíe a Estados Unidos para atacar a Irak, como –implícitamente—lo esta proponiendo el secretario de Relaciones Exteriores?

A mí me parece inaceptable dicha sugerencia. No creo que los valores éticos sean intercambiables por ventajas económicas, como parece sugerirlo el señor secretario.

Un tercer argumento para tratar el tema de la relación entre conocimiento y ética democrática es, precisamente, la política educativa de la nueva administración que habla muchas veces de “calidad”, pero nunca enfatiza cuáles son los valores éticos y democráticos que van a vertebrar la actividad de las escuelas.

La educación para la democracia reclama una escuela donde haya libertad y en donde los niños desarrollen su libertad –autoafirmación– y valores como el respeto, la tolerancia, patriotismo y la justicia. La escuela debe formar ciudadanos libres y participativos, pero para ello, desde luego, tiene que cambiar, reorganizarse,  volverse de cabeza, abandonar el patrón vertical que le imprimió el viejo sistema político pretendiendo domesticar al pueblo. La escuela mexicana tiene que ser una escuela de la libertad, si queremos que sea factor de apoyo para la democracia.

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