Una exposición singular

Hugo Hiriart

El año pasado, con todo lo que pasó aquí Nueva York, y la novedad del trabajo, no tomé vacaciones. Pero ahora, hace poco, hice un corto viaje a Londres, Madrid, Barcelona y Lvov, en Ucrania Occidental. Como en el viaje vi algunas cosas que pueden ser, tal vez, interesantes, voy a conversar con ustedes un poco, no de Nueva York, como acostumbro, sino sobre algo de lo que vi en mi viaje. Por ejemplo, una singular exposición en Londres, de la que paso ahora a hablar.

Corría en Rusia, en la zona budista del inmenso país, cerca de la frontera con Mongolia, el año de 1927 y el duodécimo Lama Pandito Hambo, el impecable Dashi-Dorzho Itigilov, ya anciano, se disponía muy apacible a dejar este mundo. Su última instrucción fue: “busquen mi cuerpo dentro de 30 años”, luego se puso en posición de loto y, meditando en silencio, murió.

Siguieron años difíciles para la minoría budista rusa, pero, pasados los 30 años, los monjes obedecieron la instrucción del Pandito Hambo, abrieron la tumba y hallaron su cuerpo incorrupto, en posición de loto, meditando. De ser cierto, sería, sin duda, un milagro o una demostración de que puede haber cosas en este mundo sobre las que el tiempo no tiene poder.

Pero, por difícil que sea, la preservación incorrupta de los cuerpos ha sido, a veces, obsesión. Y por eso se desarrolló, entre los egipcios o los quéchuas del Perú, por ejemplo, el arte de momificar. En esta exposición, sin embargo, que visito en Londres, llamada Body Worlds (Mundos corporales) la momificación es llevada a un extremo de perfección que las melancólicas devociones de los antiguos no soñaron.

Un poco de historia: en el siglo XIX el anatomista ruso Pirogoff halló un procedimiento para extraer y preservar cortes longitudinales del cuerpo humano. Son, digamos, rebanadas de cuerpo, placas planas de una o dos pulgadas de ancho, que exhiben el interior de la anatomía.

Pero todo progresa aprisa y el profesor alemán Gunther von Hagens desarrolló un procedimiento, que llamó plastinación, que permite preservar todos los órganos, de hecho, cuerpos enteros, no en placas, sino, como se dan, en tres dimensiones.

La exposición es esto: exhibición de cuerpos plastinizados de personas reales, que alguna vez estuvieron vivas, y que donaron sus restos al Instituto de Anatomía de Heidelberg, donde Von Hagen trabaja.

Y vas curioseando todo, presentado a la alemana, con sistema, órgano por órgano, aparato por aparato, respiratorio, digestivo, circulatorio, nervioso, muscular, óseo, sano o con diferentes formas de patología, tumores, obstrucciones, infartos, el elenco entero de las calamidades que nos acechan y pueden percibirse por la vista.

Esto es, somos espectadores de lo que hay dentro de nosotros, la fábrica del cuerpo, sutil, ingeniosa y, a la vez, precaria. Y no podemos menos que recordar la frase neoplatónica de Blake: “Quien nace en vientre materno, muere para la eternidad”, mientras alienta acá abajo, en lo orgánico, se entiende. Porque mirando la húmeda fragilidad del mecanismo anatómico nos posee un frenesí de eternidad, o cuando menos ese fue mi caso en los corredores de las momias científicas.

El proceso de plastinación es este:

Los órganos se colocan en un solvente frío, como acetona, que gradualmente va reemplazando el agua y la grasa de los tejidos.

Ya sin agua ni grasa, el órgano se sumerge en una solución plástica y ahí el solvente es hervido y succionado hacia fuera.

El vacío suscitado hace que gradualmente el plástico vaya permeando cada célula donde antes estaba el solvente.

El órgano es entonces endurecido usando gas o calor, según el plástico que se emplee.

El trabajo es laborioso y lento, toma días y, a veces, semanas. El promedio de tiempo que toma la plastinación de un órgano es de mil 500 horas diligentes.

La exposición es interesante, y tiene su fuerza, qué duda cabe, pero me desagradó no sé qué pretensión artística de presentar los cuerpos, de hecho los cadáveres momificados, que eso son, en poses escultóricas, como trabajos de arte, que no son, en mi parecer. Me hubiera gustado que la exposición la viera mi hermana Marcia, que estudió medicina y entiende la fisiología del cuerpo humano, pero yo, la verdad, me sentí aliviado al regresar al aire fresco de la calle, no diré que al final me salí corriendo de esa momificación científica y sistemática, pero por ahí va.

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