La destrucción del mural de Rivera, en las Memorias de Rockefeller

SAN ANTONIO, TEXAS.- Guadalupe Rivera Marín, hija del muralista Diego Rivera y Lupe Marín, anunció la semana pasada en esta ciudad que emprenderá con sus hijos una cruzada al frente de la Fundación Diego Rivera, para hacer que en México se respete el lugar artístico que merece su padre.

En conferencia ilustrada con diapositivas en el auditorio del San Antonio Museum of Art, la autora de Las fiestas de Frida exaltó la figura de Diego por sobre la comercialización de la “Fridomanía” que comenzara la cantante Madonna. Y, a la vez, recordó cómo David y Anna Rockefeller (hermano e hija de Nelson Aldrich Rockefeller, respectivamente) habían manifestado tristeza por la destrucción del mural encargado a Diego para el Rockefeller Center de Nueva York, La encrucijada de la humanidad, durante sus visitas a San Miguel de Allende, Guanajuato (Proceso, 1325).

Justo ahora aparecen las memorias de David Rockefeller (nacido el 12 de junio de 1915), Memorias (Random House); en tanto, la revista Vanity Fair reprodujo en su edición de octubre (con la portada de Madonna y el reportaje  de Steven Daly en el que ella afirma que lleva siempre consigo el cuadro Mi nacimiento, de Frida Kahlo) algunos capítulos acerca de la destrucción del fresco de Rivera.

Elección equivocada

Cuenta David Rockefeller (sobrino del filántropo y “barón ladrón” John D. Rockefeller, e hijo de John D. Junior) que a finales de los años veinte, su madre conoció y admiró el trabajo de Diego Rivera por Alfred Barr, el joven director del Moma (Modern Museum of Art).

Fue Barr quien propuso una exposición exclusiva  de Rivera en el Moma en diciembre de 1931; su madre le encargó una pintura y compró varias acuarelas que había realizado en Moscú, en 1927. Con aquel dinero, Rivera pudo conocer Nueva York (“Rivera era una visita frecuente en la casa de mis padres, donde me lo encontré en muchas ocasiones. Era una figura imponente y carismática, muy alto, y pesaba 137 kilos. Hablaba muy poco inglés, pero se expresaba en perfecto francés…En una o dos ocasiones llevó con él a su esposa, la pintora Frida Kahlo…”)

La muestra del Moma estableció firmemente su reputación en Estados Unidos y cuando llegó la fecha para comisionar el mural para el lobby frontal del edificio de la Radio Corporation of America (RCA), “mi padre y Nelson argumentaron fuertemente a su favor”. Rivera entregó un bosquejo que fue aprobado, y se acordó pagarle 21 mil 500 dólares para un proyecto que estimó, terminaría en tres meses. Tal elección por Rivera resultó “menos afortunada”, en comparación con el dorado Prometheus de Paul Manship, que aún flota en la plaza hundida del Rockefeller Center, según David Rockefeller.

Rivera llegó a Nueva York a comienzos de 1933 para trabajar en el fresco, tras los problemas en el Detroit Instituto of Art, donde sus murales habían sido atacados por anti-cristianos y anti-norteamericanos:

“Parecía que Rivera había decidido usar el mura del Rockefeller Center, La encrucijda de la humanidad, para hacer una fuerte aseveración política. El mural estaba lleno de imágenes contrastantes, dibujadas a partir de los cánones marxistas: lucha de clases, opresión y guerra en el lado ‘capitalista’ del fresco; paz, cooperación y solidaridad humana, en el lado ‘comunista’. La solución a dichos conflictos, al menos desde la visión de Rivera, llegaría por la aplicación de a ciencia y la tecnología para beneficio de todos…

“Con el mural casi completo, agregó un prominente retrato que no dejaba lugar a dudas de que se trataba de Lenin estrechando las manos de los obreros del mundo. Este grupo, en cierto modo, extravagante quedó equilibrado con una escena diestramente elaborada del lado capitalista, con hombres y mujeres bien vestidos, bailando, jugando a las cartas y bebiendo martinis…El telón de fondo era una escena de policías reprimiendo obreros, con sacerdotes católicos y ministros protestantes mirando con aprobación.”

Para David Rockefeller, el mural estaba ejecutado maravillosamente, “pero no resultaba apropiado para el lobby del edificio RCA”. Su hermano Nelson trató de persuadir a Rivera para que eliminara, cuando menos, la efigie de Lenin; pero el artista se rehusó “alegando que en vez de mutilar su gran obra, ¡preferiría que todo el mural fuera destruido!” Nelson le hizo notar a Rivera que no había sido comisionado para pintar propaganda comunista y que, con base en el boceto original mucho menos provocador, el mural no tenía razón para aceptarse tal y como estaba terminado. No pudo llegarse a ningún acuerdo, a Rivera se le pagó hasta el último centavo y fue despedido. (“Se hizo un intento por trasladar el fresco y preservarlo, pero resultó imposible y esta obre de arte debió ser destruida”.)

A finales de la década de los treinta, Rivera reprodujo el mural agregando “el retrato de mi padre bebiendo un martini con un grupo de damas maquilladas”, fresco que adorna el Palacio de Bellas Artes. Rivera declaró en su momento: “El señor Rockefeller, o una de dos: o no supo lo que hizo, o creyó que con su dinero podía comprar mis opiniones y mis convicciones (Proceso 526).”

La crítica de artes plásticas Raquel Tibol asegura que 30% del dinero pagado a Rivera fue para que a señora Paine, contratista de trabajo; 8 mil dólares los gastó Diego en salarios y el resto, unos 7 mil dólares, los invirtió en realizar aquel mismo año de 1933 los 21 tableros del Retrato de los Estados Unidos (sin aguantar las ganas de pintar en uno a John D. Rockefeller) para la New Workers School de los trotskiskas neoyorkinos (Proceso 32). A decir de Guadalupe Rivera Marín, los discípulos de Rivera en Estados Unidos siguen contándose por montones; pero luego del incidente del Rockefeller Center (“como puede demostrarse con los archivos del FBI”), el senador republicano Joseph McCarthy (1908-1957) impulsó a través de la CIA una guerra para mediatizar el arte social de los muralistas mexicanos, apoyando el surgimiento del pop art en los años cincuenta.

Hacia 1965, luego de las excavaciones para levantar las Torres Gemelas del World Trade Center, los tabloides neoyorkinos bautizaron a ambos edificios “Nelson y David”. Para el año 2000, los Rockefeller y sus socios vendieron el Rockefeller Center en casi 2 mil millones de dólares.

Comentarios