Agasajos de octubre

Rodolfo Obregón

Como ya es costumbre, octubre depara para el espectador ávido de confrontaciones un agasajo estético. La edición XXX del Festival Internacional Cervantino, ofrece un suculento menú en términos de las artes escénicas, que habrá que degustar con fruición.

En primer lugar, y por derecho de antigüedad, el programa del FIC y sus extensiones al DF y otras ciudades, ofrece una experiencia que puede ser única en la vida: el Bunraku, teatro de marionetas japonés que combina una forma de relato más cercana a la narrativa que al drama, con la música  la manipulación de grandes muñecos (tres manipuladores para cada uno) de un virtuosismo claramente oriental. La perfección formal y la humanización de la marioneta que este teatro consigue, constituyen la materialización del sueño de un Von Klesit o un Edward Gordon Craig. Como sucede con otras artes orientales, como el teatro noo, el objetivo de esta manifestación escénica es crear un vacío en el cual pueda trabajar la imaginación del espectador. Se trata, por tanto, de una experiencia no apta para quienes carecen de ella.

En segundo lugar, y cada contundente presencia con tres obras distintas, está el regreso del Theater an der Ruhr, con su gran repertorio (tal y como lo había hecho en 1992). Según las palabras de su director, Roberto Cuilli, se trata de un bastardo de la gran tradición teatral alemana. Si bien El principito ya había sido  presentado en México (Proceso 1269), el rigor intelectual y el altísimo nivel actoral de la compañía  prometen alcanzar momentos de “lucidez emocional” (ese instante al que deberíamos consagrar nuestro trabajo, según Cuilli) en el encuentro con dos de los más grandes textos del repertorio universal: Antígona, de Sófocles y La ópera de tres centavos, de B. Brecht.

En el mismo tenor de las grandes interpretaciones de los textos clásicos, es de esperar que el Tio Vania, de Chejov, que presenta el rumano Tatrul Bulandra, ofrezca grandes actoralidades aunadas al singular imaginario visual que caracteriza al teatro de una nación teatral por excelencia.

Y hablando de imaginarios, ése es el ingrediente fundamental de ¡Ay! Quixote, la puesta en escena del director de origen colombiano asentado en Suiza Omar Porras, que ha entusiasmado tanto a los públicos europeos como desatado violentas reaccionados de la crítica internacional.

Finalmente, y aunque se anuncie dentro del terreno de la danza, hay que subrayar la presencia de la Schaubühne de Berlín. Refundado en 1970 por Peter Stein, Claus Peymann y Dieter Sturm, en un barrio obrero del antiguo Berlín Occidental, este teatro, que en 1982 trajo al Cervantino El enemigo de clase, revolucionó la estética del teatro alemán rechazando las condiciones de producción de los grandes teatros oficiales y adoptando una postura política radical sin menoscabo de su inteligencia. Pese a ello, cuando la Schaubühne cambió su sede (1986) a un edificio de la más alta tecnología y diseño, en pleno corazón de la ciudad dividida, la esclerosis hizo su fatal aparición. La reciente entrega de su dirección artística a la joven mancuerna integrada por Thomas Ostermeier y Sasha Waltz (la nueva gran figura del tanztheater), evidenció el deseo de devolver al que se había convertido en “templo de las musas”, el espíritu crítico y provocador que le dio origen y que constituye uno de los capítulos esenciales del teatro a finales del siglo XX. ¡A la carga!

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