“The Faerie Queen”

El estreno del Ballet British Columbia en el Teatro de la Cuidad, como parte del Festival Internacional Cervantino, fue una experiencia desastrosa.

Basada en El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, The Faerie Queen (La reina de las hadas), de John Alleyne, director y coreógrafo principal del Ballet British Columbia, es una mera fascinación de la nada en lo que a la puesta en escena se refiere.

Parecería que todo está bien: el trazo y diseño coreográfico, aun cuando no tienen nada de novedoso, buscan establecer el lenguaje personal del creador; la dramaturgia es correcta  y juega con las analogías para hacerse más actual –las confusiones amorosas implican homosexualismo, por ejemplo-,  la escenografía es funcional, bella, el vestuario magistral, la música a partir de The Faerie Queen de F. Pourcell tiene momentos muy bien logrados, pero hasta ahí.

Es en el terreno de la interpretación donde todo se va hacía el precipicio: los bailarines no son de primera fuerza. Es decir, no tienen ni el terreno físico ni en el de la actuación nada interesante.

Contra todo lo esperado, el British Columbia no es una compañía de primera línea. Los errores y las deficiencias saltaron a la vista en la primera escena de The Faerie Queen.

Por ejemplo: cómo es posible que una compañía de ballet permita zapatillas mugrosas, percudidas y llenas de lamparones. Ni en las academias “patito” se permite una apariencia así. Una de las claves del ballet es que los bailarines siempre deben lucir deslumbrantes, aun cuando sus personajes sean oscuros o cotidianos.

Esto es tan riguroso, que incluso en ciertas escuelas, como la de la Ópera de París o el American Ballet Theater, muchos de los bailarines entran a clase casi como si fueran a dar función. Las zapatillas mugrosas se guardan para los ensayos y se lavan en forma cotidiana, por que dan mala imagen.

En forma, pero sin las cualidades físicas que definen per se el estilo del ballet, agunos de los bailarines no tienen del todo las proporciones adecuadas, el peso requerido –dos o tres de ellos deberían bajar unas cuantas libras-. Pero tampoco tienen arrojo, la proyección  o, cuando menos, la fuerza y la personalidad para hacer olvidar lo anterior. Con todo esto, los enamorados resultaban fingidos, Puck un sangrón, la magia de la obra de Shakespeare sólo una anécdota insignificante.

A la frialdad de esta pobre comunicación se incorporaron las fallas técnicas, incluidos errores de audio y un pésimo afore con una pierna –área donde los bailarines permanecen en espera  de su entrada a escena- sin comunicación hacia adentro del teatro, lo que permitía ver a tramoyistas, bailarines calentando y de todo.

Apenas unas cuantas personas  -de las cuales un elevado número eran los familiares de las pequeñas alumnas de la escuela de ballet de la Ollin Yoliztli que participaron titubeantes como parte del cortejo de la obra-, asistieron a la función. El teatro estaba a menos de 20% de su capacidad.

Resulta desconcertante que el principal festival artístico del país se permita espectáculos que no sean impecables y absolutamente de primer nivel. Si bien el país vive una crisis económica brutal y mucho de lo que se hace a nivel de presentaciones de grupos internacionales es a través de intercambios, valdría más la pena volver los ojos hacia los grupos mexicanos. Por ejemplo Dido y Eneas, de Óscar Rubalcaba, con la Compañía Nacional de Danza del INBA, es estupendo. Lo mismo muchas de las obras de los grupos independientes.

¿Cuál era la aportación del Ballet British Columbia frente a los grupos mexicanos que dejaron con la boca abierta y fueron  recibidos con aplausos contundentes y asombrados en Lyon, Francia; Praga, Checoslovaquia, y Dusseldorf, Alemania, y que aquí no dan funciones y cuando se las dan se las pagan tarde y mal?

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