“El tigre de Santa Julia”

“Lo agarraron como al Tigre de Santa Julia” era un dicho muy de uso entre los viejos del México de antes, del que  cabalgaba aun entre Porfirio Diaz y la Revolución Mexicana. Hasta ahora, nunca he escuchado a un joven de la actualidad referirse a El tigre de Santa Julia. Sonaba poco probable que Alejandro Gamboa, el director de La primera noche y La segunda noche, ocupado en mostrar la iniciación sexual de los adolescentes y sus conflictos familiares, de una menara muy complaciente pero divertida.

En El tigre de Santa Julia (México, 2002), Alejandro Gamboa se arriesga a salto de mata por la nopalera y los charcos; medio enlodado y medio espinado, no queda tan mal parado. Pese a sus fallas, inevitables por ese derrotero, su aventura es divertida y cuenta con momentos brillantes. Lo más atractivo en una cinta de este tipo, que escapa al didactismo aunque no a las recetas, a la solemnidad de la reconstrucción histórica bajo la excusa de la leyenda, y a lo políticamente correcto, es inspirarnos para imaginar y querer saber más sobre el tema.

Antes de ser conocido como El tigre de Santa Julia, a José de Jesús Negrete (Miguel Rodarte) lo conocían como el Aventado, por que su padre lo había arrojado por la ventana al nacer. Al principio se alista en el Ejercito Federal de Porfirio Díaz, no sin antes iniciarse sexualmente con una tía prostituta (la primera noche no podía faltar, por lo visto), a la que después sacará de “güila”; en medio de una batalla entre Ejército y sublevados  contra el régimen porfiriano, su propio jefe, el malvado teniente Calleja, lo balea.

Después, cojo y desertor, se refugia en el pueblo de Santa Julia, donde mata al tipo que golpea brutalmente a una mujer; la gente lo protege y lo convierte en un héroe. El tigre, forma  una banda de asaltantes con “puras viejas”, para dedicarse a robar el dinero de los ricos y repartirlo entre los pobres. Robin Hood de los magueyes, El tigre le debe más a Chucho el roto que a Hollywood. Gamboa y el guionista Francisco Sánchez con Tin Tán; desfachatado pero digno y valiente, aunque rara vez dé una, desarrapado pero irresistible para las mujeres, sin mucha jactancia.

No es fácil entrar en este México virtual de cielos tan bonitos, de sets tan bien diseñados inspirados en litografías de principios del siglo XX, donde todo se quiere tan auténticamente mexicano que resulta irreal; sobre todo cuando asistimos al ligue entre el payo y Gloria Galicia (Irán Castillo), más escena de telenovela o de centro comercial de Las Lomas que del México de don Guillermo Prieto. Pero casi de manera imperceptible, los actores se muestran más y más identificados con sus personajes, moviéndose a sus anchas dentro de naguas y rebozos, sin la tiesura de tantas películas de época; empezamos a reconocer que el diseño de vestuario es realmente bueno, que ese México tan colorido recuerda a los pintores mexicanos de los años treinta y cuarenta, a cuadros de Guerrero Galván. De repente, el periodista don Nando (Fernando Luján) y El tigre que parece que han bebido pulque toda su vida.

Con todo, Alejandro Gamboa y Francisco Sánchez descubren una fórmula, muy eficaz y divertida, que ayuda al espectador a mantener distancia logrando, así, su complicidad. Don Nando, escritor y borrachín, construye con sus panfletos  de ampuloso estilo, en el verdadero sabor de la época, la leyenda de El tigre de Santa Julia; las descripciones de los hechos que acabamos de ver son tan hiperbólicas que hasta el mismo Tigre se escandaliza. La lectura pública, sobre todo en la pulquería, de los textos transmutan la visón de los habitantes del pueblo que cobra conciencia de sí mismo; el héroe se nutre de su propia leyenda, en vida; y Santa Julia se convierte en una especie de Fuenteovejuna, la mera venganza de María Candelaria.

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