Felipao: un sargento del Futbol

Yana Marull

“Deja que la vida me lleve”, dijo Luiz Felipe Scolari. Y la vida parece llevarlo a dirigir la selección mexicana de futbol. Felipao –como le conocen en Brasil—tendría el reto de llevar al equipo mexicano a los primeros ocho lugares en la Copa del Mundo en el 2006. Pero este tipo de retos no le son nuevos: este hombre que bebe mate, come churrascos, lee Selecciones y escucha a los BeeGees, ya ha sacado del pozo a los equipos que ha dirigido, incluido el de la selección de Brasil, con la que ganó la recién concluida Copa del Mundo Corea-Japón. Sus atributos –dicen los conocedores—se lo permitieron: “íntegro”, “transparente”, “osado”, “inflexible”…

Sao Paulo.- Luiz Felipe Scolari –el técnico que llevó a la selección brasileña a ganar su quinta Copa del Mundo– quería nuevos rumbos, especialmente en Europa. Pero dejó abierta la puerta a otras opciones. “Deja que la vida me lleve” dijo parafraseando un verso de una conocida samba, justo el día que abandonó la selección “verde-amarela”, tras un juego amistoso que Brasil perdió ante Paraguay 1-0. De ello hace apenas dos meses.

Nacido en el Sur de Brasil, el 9 de noviembre de 1948, en el municipio de Passo Fundo, del estado de Río Grande do Sul, Scolari es un perfecto gaúcho, como llaman aquí a los habitantes de esa área vecina a  Uruguay y Argentina. Toma mate, le gusta el churrasco y el vino con moderación, y es, sobre todas las cosas, amante de la vida familiar.

En el sur de Brasil se casó con su esposa Olga Pasinato, se formó en educación física, y fue durante casi 13 años jugador profesional. No destacó, por cierto, por su brillantez técnica.

En sus más recientes años, ha comenzado a investigar sus orígenes italianos. Por el momento, descubrió que hay Scolaris en 285 ciudades italianas.

En Brasil se le conoce como Felipao (Gran Felipe), tal vez por su 1.82 de estatura y sus más de 90 kilos de peso. Llegó a la Selección brasileña en junio de 2001, cuando ésta pasaba por el peor momento de sus recientes años. La selección que ha obtenido las mayores glorias de la historia del futbol acababa de pasar por las manos de los entrenadores Wanderley Luxemburgo y Emerson Leao, este último insólitamente destituido en un aeropuerto en Japón, tras el impresionante fracaso brasileño en la Copa de las Confederaciones.

Además, en ese entonces el futbol brasileño se encontraba en medio de varias investigaciones del Congreso, que inspeccionaron a fondo a los dirigentes de la Confederación Brasileña de Futbol (CBF). La Comisión Parlamentaria de Investigación del Senado pidió en diciembre pasado el procesamiento de 17 dirigentes y empresarios del futbol. Fueron acusados, entre otros delitos, de evasión de divisas y fiscal, apropiación de bienes ajenos y lavado de dinero.

Felipao –el hombre que recomendó el libro El arte de la guerra a sus jugadores, pero también prometió “un dulce a quien marque gol”– todavía tuvo que llegar al fondo del pozo: la selección brasileña fue eliminada de la Copa América, en los cuartos de final, por Honduras, y sólo se clasificó al Mundial, atrás de Argentina y Ecuador, tras vencer el último de los juegos a Venezuela.

Cuando llegó a la selección, Scolari estaba al frente del Cruzeiro, equipo del estado céntrico de Minas Gerais. Y a sus espaldas arrastraba una carrera marcada por las victorias. Con su penúltimo equipo, el Palmeiras de Sao Paulo, ganó la Copa Libertadores 1999 y las Copas Brasil y Mercosur en 1998. También con el Gremio de su natal Rio Grande do Sul ganó la Copa Brasil en 1994, el Brasileño en 1996 y la Copa Libertadores en 1995.

En Brasil, su primer gran título fue la Copa Brasil en 1991 con el modesto Criciúma, del sureño estado de Santa Catarina.

Su experiencia internacional fue en el Medio Oriente, donde conquistó la Copa del Golfo con la selección de Kuwait y la Copa del Rey con el equipo Al Qadsia, ambos en 1990. En esa zona estuvo varios años, entre idas y venidas, desde 1984 y hasta 1992. En 1997 entrenó durante cinco meses al equipo Júbilo Iwatta de Japón. Desde donde fue directo al Palmeiras.

A la selección ingresó prometiendo la honorable batalla de la unión de los jugadores y de reconstruir un equipo en su más estricto sentido. El espíritu del compañerismo en pro de la victoria. Los brasileños pusieron sus esperanzas en él y una encuesta reveló que 65% de los habitantes de este país lo evaluaba positivamente. Dos meses después, sólo el 47% seguía confiando en él, mientras que el 43% lo consideraba regular o pésimo. En esa encuesta del grupo Datafolha, el 25% de los entrevistados consideró que Brasil no se clasificaría, y todavía le faltaba perder contra Argentina y jugarse la clasificación en el último partido contra Venezuela.

Todo o nada

“Felipao enfrentó el mayor fantasma del futbol mundial: la posibilidad de ser el técnico que no consiguió llevar a Brasil a la Copa del Mundo”, destacó un reciente editorial brasileño.

“Con su fe y su osadía, apostando en algunas figuras en las que ya pocos creían –los astros Ronaldo y Rivaldo– consiguió el pentacampeonato”, recuerda Juka Kfouri, uno de los más conocidos comentaristas deportivos brasileños.

Kfouri define a Felipao como un hombre íntegro, transparente, directo, y también inflexible, con esa idea de que “o están conmigo o están contra mí”.

Y eso se demostró desde su llegada a la selección, cuando –en contra de toda la opinión pública brasileña– se negó a convocar a Romario, el goleador brasileño de 36 años, con el que mantuvo un pulso que duró hasta el final de la Copa del Mundo y que estuvo a punto de costarle la mayor impopularidad de un entrenador en Brasil. Felipao no quiso convocar a Romario, según explica en una biografía recién publicada por el periodista Ruy Carlos Osterman, porque nunca le perdonó no haber ido a la Copa América justificando una operación en un ojo.

“Es ese juego del ‘todo o nada’ el que lo define”, continúa Kfouri. Este hombre, lector de Selecciones y amante de los BeeGees, tiene todas las características entremezcladas de un buen psicólogo que sabe vincular al jugador con el equipo y con el proyecto de juego. Es, además, un sargento de reglas estrictas, afirman los que lo conocen.

“Durante la Copa se llegó a decir que prohibió a los jugadores mantener relaciones sexuales. En realidad no fue así. Parece inflexible, porque sabe lo que quiere, y persigue lo que quiere, pero luego también sabe hacerse de la vista gorda”, afirma David Coimbra, periodista deportivo del periódico sureño Zero Hora.

Felipao también se hizo famoso por sus discordancias, y hasta enfrentamientos, con la prensa. Con ella perdió a menudo la paciencia. Y los periodistas mal interpretaron su estilo y vocabulario tradicionales del sur brasileño. “La verdad es que Luiz Felipe no estaba preparado para las amarguras del cargo de técnico de la selección. No había comparación ni con la hostilidad de la cual fue víctima cuando cambió el Gremio por el Palmeiras”, afirmó Coimbra en un artículo en su diario.

El periodista comentó que el técnico llegó a recurrir a un psicólogo y a un periodista para aprender a lidiar con los medios. No es fácil en Brasil el papel de técnico, que es ajusticiado a diario en el “país del futbol”, y de ello se dio cuenta Scolari cuando “ya estaba jugando contra Argentina y perdió. Sólo entonces comprendí que necesitaba aprender y cambiar”, dijo entonces Felipao.

Disciplina y determinación marcan a Scolari desde el inicio de su carrera. Desde que estaba en la escuela se desvelaba por el futbol: “Era una nulidad como jugador, pero se superaba por la determinación, tenía mucha garra. No se acobardaba, asumía un papel de liderazgo al llevar al equipo adelante. Nunca le gustó perder”, comenta su excolega Ilmo Santos, de 56 años, hoy profesor de economía, en su breve biografía Felipao, el alma del pentacampeonato.

De su juego destaca su capacidad de empuje: ganar a cualquier costo, no importa si el juego es bonito o feo, lo que por cierto, le valió nuevas críticas de los amantes del futbol arte. “Más que un táctico es un psicólogo a la antigua, un sargento que consigue llevar al equipo a un objetivo”, según Kfouri.

En la Copa del Mundo entró con un juego defensivo, “pero finalmente los jugadores con los que contó lo llevaron a avanzar al ataque y finalmente es lo que mejor le salió”, concluye.

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