El miedo al fundamentalismo

EL CAIRO.- Pese a que falta celebrar las votaciones legislativas en dos terceras partes de Egipto, los resultados de la primera jornada electoral (los días 28 y 29 de noviembre en El Cairo y Alejandría) prendieron las alarmas: los islamitas obtuvieron resultados mejores de los que esperaban.

Los analistas pronosticaban que Alianza Democrática, dominada por los Hermanos Musulmanes, obtendría entre 20% y 25% de los votos; consiguió 41% de los 8 millones y medio de sufragios. En el caso de la Alianza Islámica los cálculos fueron aún más errados: se pensó que ganaría entre 5% y 10%, pero tuvieron 27%. Si ambas formaciones políticas se aliaran y la tendencia a su favor se mantuviera, podrían controlar dos terceras partes del futuro Parlamento e imponer una república islámica.

Sin embargo, musulmanes moderados, cristianos y laicos liberales o de izquierda expresan su preocupación por un hecho: Alianza Islámica está dominada por Al Nour, un partido afín a la corriente ortodoxa del salafismo.

El periodista Issandr el Amrani, creador de The Arabist, un blog de referencia sobre temas de Medio Oriente, escribió el lunes 5 que los votos obtenidos por la Alianza Islámica son “profundamente preo­cupantes”, pues “los salafistas han dejado claro que son un partido antiliberal con puntos de vista extremos en muchos aspectos”; entre ellos su proclividad a imponer la sharia (ley islámica) con el mismo rigor que en Arabia Saudita, donde las mujeres no pueden manejar, el alcohol está prohibido y se aplican castigos corporales como los latigazos y las amputaciones.

Según Amrani hay “una preocupación tremenda” acerca de que en el futuro la política esté dominada por dos fuerzas: por un lado, poderosos sectores que reivindican la identidad islámica; y por el otro, unas fuerzas armadas populistas e hipernacionalistas. Y afirma que Al Nour “nunca debió ser legalizado, de la misma manera que los partidos de extrema derecha con frecuencia están prohibidos en países europeos”.

 

Trabajo en las calles

 

“Los liberales son pocos. Los ves hable y hable en la televisión, pero no están con la gente”, afirma a Proceso el doctor Kamel Mohamed Abdel Gawad, secretario de Salud de Al Nour en la gobernación de Giza, en el área conurbada de El Cairo.

Afable y carismático, este hombre de barba frondosa y chamarra negra de cuero asegura que “son los medios de comunicación los que se empeñan en crear una mala imagen” de los salafistas. Señala que “los periodistas no nos vienen a ver, no quieren conocernos, sólo hablan”.

Este ortopedista de algo más de 50 años insiste en que es falso que su partido pretenda avasallar a los islamistas moderados, a los laicos y personas de otras religiones: “En la mezquita soy musulmán; en la iglesia alguien más es cristiano. En la calle todos somos egipcios”, expone.

Abdel Gawad ofrece pleno acceso a una de las numerosas clínicas que los salafistas operan “a lo largo de Egipto”. Se trata de la ubicada en Moa’ Tamedia, un barrio muy pobre de Giza, con calles sin pavimentar. En lugar de los blancos taxis del centro de El Cairo, en ellas circulan tuk-tuks (mototaxis con un asiento trasero largo y un caparazón, como los rickshaws indios). “Nosotros no tenemos que buscar a la gente para averiguar qué necesita. Vivimos con ella y por eso sabemos cómo ayudarla”, dice.

Un centenar de mujeres con niños acuden a la clínica. Son atendidas por una decena de médicos y cinco jóvenes voluntarios. Los salafistas contribuyen así a cubrir necesidades básicas de salud que el gobierno egipcio es incapaz de atender. “Desde los setenta en estos hospitales brindamos servicios gratuitos a miles de personas”, sigue el ortopedista. “El Corán dice que debemos ayudar a otros; es uno de los principios del Islam: si yo tengo y tú no, te ayudo”.

Los salafistas entregan a la personas una tarjeta que les sirve en farmacias, laboratorios y consultorios médicos: “Hablamos con el dueño de esos establecimientos y le preguntamos: ‘¿Puedes descontar un porcentaje en estos medicamentos o en estas pruebas?’. Los doctores nos dicen: ‘Cada semana puedo atender a cinco personas gratis o a diez personas’”.

Sus tareas de apoyo se extienden también a otras áreas, como conseguir empleos o realizar “ferias del vestido”, donde la ropa de segunda mano se regala y la nueva se vende muy barata.

Los salafistas aseguran que su único interés es cumplir con el deber religioso. Abdel Gawad admite, sin embargo, que intensificaron su labor en tiempos de campaña electoral y que realizan propaganda entre los beneficiarios. En la clínica, los voluntarios utilizan chalecos con el emblema del partido Al Nour.

Las ventajas electorales no se limitan a la población que recibe directamente sus servicios. En un país donde imperan la corrupción, el abuso y la desconfianza y donde además la información es precaria, la población observa la labor social de los salafistas como una muestra de honestidad y compromiso.

 

“Barbas que dan miedo”

 

Los Hermanos Musulmanes, que proponen un islamismo más moderado, también sostienen una extensa red de ayuda social. Tratan de ajustar partes de su discurso al mundo moderno.

Sorprendieron al presentar en sus candidaturas a un número de mujeres mayor al mínimo de 10% estipulado por la ley. Las fotografías de estas aspirantes, con el cabello cubierto por un pañuelo, contrastan con las de las candidatas salafistas, que usan nicab (varias prendas negras que las cubren de pies a cabeza, excepto los ojos) y portan un símbolo del partido.

“No proponemos ni existe algo así como una teocracia”, dice a Proceso Mahmoud­ Husein, secretario general de los Hermanos Musulmanes.

Agrega que su organización quiere construir “un Estado civil con un punto de referencia islámico”. Lo que las personas hagan en privado, asegura, no es algo que le importe: “Hay unos pocos miles de alcohólicos en Egipto. Y hay decenas de millones de personas que no tienen acceso al agua corriente. ¿Qué crees tú que me va a preocupar más?”, pregunta.

Inicialmente los Hermanos Musulmanes y los salafistas participaban unidos en la Alianza Democrática, pero los segundos la abandonaron. Argumentaron que no se les reconocía peso político en el momento de asignar candidaturas. Desde entonces los miembros de ambas organizaciones intercambian ataques: verbales, los dirigentes; físicos, los militantes de a pie.

Más que prepararse para una gran alianza islamista, Al Nour parece temer su exclusión del nuevo Parlamento, que los traten como parias. “Debemos formar parte de una coalición nacional amplia, no puramente islámica”, dijo el lunes 5 Emad Abdel Ghafour, presidente de esa organización, al diario Al Masry Al Youm. “Las coaliciones puramente islámicas dividen al pueblo y no sirven al interés del país”, sostuvo.

Husein descarta por completo coaligarse con Al Nour e insiste en la postura oficial de su partido: se aliarán con los cristianos y los laicos para redactar un texto constitucional representativo: “No necesitamos añadir nada. La sharia ya aparece en la carta magna actual como fuente de legislación. Queremos resolver los problemas de la gente, no crearle otros”.

“No podemos juzgarlos sólo porque tienen barbas y dan miedo”, comenta el periodista Ashraf Jalil. “A algunos les da pánico la idea de un Parlamento controlado por los islamistas… y ya hay indicios que empiezan a dar pánico. Que empiece el pánico, pero yo me quedo a ver qué ocurre”.

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