Los cuadernos del purgatorio

Los cuadernos de Juan Rulfo. Transcripción y nota de Y. Jiménez de Báez. Ed. Era; México, 1994.
Los cuadernos manuscritos y mecanografiados de un autor no ofrecen, por principio, grandes tesoros en términos de obra consumada que por algún azar no llegó a las páginas de imprenta; son más bien reflejo y expresión del escritor: no piezas definitivas de escritura sino rasgos, atisbos e iluminaciones del ser humano. La foto de portada de Los cuadernos de Juan Rulfo que Ediciones Era pone en circulación es elocuente: unos lentes de grueso carey negro junto a una pluma atómica de viejo diseño; cualquiera que haya visto retratos de Rulfo acepta estos dos signos de identidad; descansan, además, en la cima de un montículo de cuadernos de pasta dura, viejos y usados, a medias desencuadernados por el uso.
¿Sólo para eruditos compulsivos y admiradores fetichistas? No necesariamente; cualquiera que haya gozado y siga amando esos dos libros que seguirán únicos puede aceptar la invitación de percibir el aura de Rulfo. Este libro, de muy bella edición, ofrece una serie de borradores y materiales no concluidos: fragmentos narrativos, parlamentos y párrafos sueltos, cuentos esbozados y hasta casi concluidos, notas para guiones de cine y para conferencias literarias… y quizá, sobre todo, fragmentos de Pedro Páramo que no llegaron a la novela definitiva y también lo que esta edición amorosa llama “Manuscritos atribuibles a La cordillera”. El montículo de cuadernos de Rulfo son, pues, las prendas sueltas que él nunca quiso sacar de sí y que la muerte hace posible a nuestros ojos curiosos, entrometidos y atentos. Es, como siempre con la muerte, la posibilidad un poco excesiva e impredecible de mirar no lo que el artista rubrica y donde ha moldeado y transfigurado su yo sino justamente todas esas frases y pasajes sueltos que permanecen como balbuceos y gestos del frágil ser humano.
La primera impresión que a este curioso le producen es orfandad de amores y avidez de cariño. La sobria y vigorosa construcción definitiva de sus relatos deja paso aquí a una serie de semirrelatos que hablan más directamente (la página autobiográfica, “Mi tía Cecilia”, “Cleotilde”) de aquel estado anímico que podemos rastrear en Macario, Juan Preciado y, bien mirados, en tantos hijos desamparados que pueblan esta obra: el ser un muchachito huérfano y perdido en el mundo exterior. La muerte de la figura materna inaugura la vida del personaje: “me acuerdo de eso porque, al cerrar los ojos con mis dedos, pareció como si para siempre se acabara la luz y todas las cosas se llenaran de oscuridad.”

En esta o cualquier otra cita directa de los manuscritos, una marca indeleble del escritor: un estilo de escritura, es decir, un ritmo peculiar, único, de expresión verbal, y una combinación también inconfundible de vocablos de diferente naturaleza y estirpe. Rulfo es ante todo una forma exitosa y seductora de unir descripción rasa sobre asuntos sombríos con un lirismo pleno de imágenes sensoriales y directas. Una lengua que no titubea para expresar exterior y plásticamente estados emocionales internos. El lugar común de lo oscuro o sombrío vinculado a la muerte se vuelve en boca del narrador una experiencia concreta donde “todas las cosas se (llenan) de oscuridad.” No es ciertamente un Rulfo mayor de relatos consumados; pero el lector tiene aquí también la irrepetible expresión de esa sensibilidad, acaso la más triste y huérfana de las recientes letras en español.
De modo que estos cuadernos invitan más que a una lectura estrictamente literaria a la pesquisa psicocrítica: el mundo de carencias y anhelos tímidos por los que ese hombre se convirtió en el autor de dos libros fundamentales. Lo que también propicia la cacería de versiones y variantes, en particular de Pedro Páramo. Imágenes que Rulfo pensó como posibles y que hubieran llevado la novela a otros cauces (acercamientos a personajes que en la novela definitiva deben su fuerza a la lejanía en que finalmente se les mantuvo, como la eterna amada inasible Susana San Juan que aquí es ofrecida como ser deseante y no sólo objeto de anhelos, como el padre que aquí se llama Villalpando y se configura por una orfandad dolorosa y por el deber moral de traicionar a su protector…) En todos estos fragmentos Rulfo parece haber intentado trasponer y mesurar sus estímulos vitales encarnándolos en personajes de ficción; lo cual patentiza de nuevo su sensibilidad para que un ser cualquiera se deshaga en palabras lentas, mansas y líricas para configurar su pena: (Susana “Foster”)… “Sabía hacer eso: espantar sus recuerdos. Sabía decirles que se fueran, y ella misma, yendo de un lugar a otro, los dejaba olvidados en todas partes. Los dejaba allí, escondidos, para que aterrorizaran a otros.”
Yo llamaría purgatorio al carácter de estos escritos: porque son borradores purgados de los libros definitivos (y tal vez alguno de ellos hubiera sido rescatable, pero lo que no se puede objetar es que el estado en que el autor cerró sus dos libros no echa nada de menos); porque lo que el autor proyecta aquí son las emociones que va purgando a lo largo de su vida y literatura definitiva; porque lo que anima a estos esbozos de personajes son dolores y penas estancados en un limbo de sufrimiento… en un purgatorio. Y lo más bello y perenne de este caudal de frases hoy publicadas es el estilo de Rulfo; esa mezcla sutil y segura de palabras y expresiones abstractas bruscamente corporalizadas y vueltas coloquiales en símiles e imágenes de algo que podríamos llamar naturalismo poético, y que es una de las claves mayores, de los secretos, que vuelven fascinantes sus dos libros. Sea así y asomémonos al purgatorio de Los cuadernos de Juan Rulfo.

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