Paul Strand, el capítulo mexicano

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Considerado uno de los más grandes fotógrafos estadunidenses del siglo XX, vivió en nuestro país entre 1932 y 1934. El trabajo que realizó aquí durante ese periodo es el eje de la exposición “El murmullo de los rostros. Paul Strand en México”, que desde hace dos semanas se presenta en el Palacio de Bellas Artes.

I

A sí como en México se acostumbra destacar tres nombres cuando se habla de las principales figuras del muralismo, en Estados Unidos resuenan tres nombres cuando se piensa quiénes son los grandes artistas de la fotografía de ese país: Alfred Stieglitz (1864-1946), Edward Weston (1886-1958) y Paul Strand (1890-1976). No faltarán personas que piensen que los tres grandes de la fotografía estadunidense en realidad son dos: Strand. Quizá una de ellas habrá sido la desaparecida Susan Sontag, quien lo llamó “el mayor fotógrafo norteamericano… sencillamente el talento más grande, más vasto, más imponente en la historia de la fotografía estadunidense”.

Y uno de los grandes maestros de la fotografía en general, cabe añadir. Tener la oportunidad de ver una muestra de su trabajo en un espacio público es tan poco frecuente (hace 80 años que no ocurría) que nadie interesado en el arte fotográfico puede darse el lujo de perdérsela. Menos aun cuando se trata de una exposición que aborda un momento trascendental en la historia de la fotografía mexicana e internacional, y que está compuesta en buena medida por originales impresos por el propio Strand, quien a la destreza para captar imágenes aunaba una gran pericia para imprimirlas (era un experto en películas y papeles fotográficos, reveladores y equipos, y solía trabajar varios días en la impresión de una sola imagen hasta alcanzar el grado de calidad que él mismo se exigía).

Integrada por 220 piezas (entre fotografías, documentos, proyecciones de películas, carteles, etcétera), la muestra, curada por Alfonso Morales, despliega información de manera precisa e inteligente y en general es magnífica, salvo por algunas minucias en términos de montaje que no dejan de sorprender y de molestar –por ejemplo, la iluminación que se emplea sobre el mueble que despliega la serie de “Fotografías de México”, o “Portafolios mexicano”, arruina la posibilidad de disfrutar las imágenes que se encuentran colocadas enfrente porque la luz se refleja en el cristal y no permite apreciarlas bien (¿por qué no se utilizan vidrios antirreflejantes?)–. Pero una mosca no arruina una fiesta, y esta muestra de (y alrededor de) la obra de Paul Strand es precisamente una fiesta, una celebración del arte de la fotografía.

 

II

En 1938 alguien le planteó a Strand la consabida pregunta: ¿La fotografía es arte?

“Es una pregunta estúpida –respondió–. Usted podría igualmente preguntar si la pintura es arte. La respuesta es ‘No’. Mi parecer es que no existe un mérito intrínseco en los materiales, sino en la manera en que el artista los usa para proyectar su experiencia de la realidad, para crear una nueva entidad, algo que se añade a la vida, algo a lo cual uno puede volver una y otra vez para obtener placer y estímulo interminablemente.”

 

III

La historia de la relación de Paul Strand con México es también la historia de su amistad con el compositor Carlos Chávez.

Es generalmente aceptado que Chávez y Strand se conocieron en 1931 en Taos, Nuevo México, a través de Mabel Dodge Luhan, una millonaria nacida en Buffalo, Nueva York, quien se hizo notable por patrocinar e invitar a sus salones en Manhattan y en Florencia, Italia, a figuras relevantes del mundo cultural, como Gertrude Stein, D.H. Lawrence, John Reed y Leopold Stokowski. Pero hay documentos que indican que comenzaron a tratarse antes, posiblemente entre 1926 y 1928, años en que Chávez y Rufino Tamayo compartían un departamento en la calle 14, en Nueva York.

Por ejemplo, hay una carta escrita el 3 de enero de 1929, en la que Rebecca Salsbury, primera esposa de Strand, se dirige a Chávez en nombre de ambos para felicitarlo por su nombramiento como director de la Orquesta Sinfónica de México, fundada unos meses antes. En otra carta de marzo de 1930 le comenta que todo mundo lo extraña mucho en Nueva York y le pregunta si piensa volver a esa ciudad.

Por los pequeños destellos de afecto visibles en ambas cartas puede suponerse que su trato ya había pasado de la mera cortesía a la confianza. Eso explicaría que cuando Strand decide viajar a México en automóvil, en noviembre de 1932, no vacile en recurrir a su amigo y solicite su ayuda para aligerar los previsibles trámites a los que habría de someterse ante la aduana mexicana e introducir, sin padecer muchas trabas, su voluminoso equipo fotográfico.

Chávez, que es ya un personaje relevante en la vida pública nacional, envía a Strand una “especie de invitación oficial” (así la describe el propio fotógrafo) y una carta al cónsul de México en Laredo, quien allana el trance. Así comienza a crecer una amistad que habrá de durar más de cuatro décadas, hasta el 31 de marzo de 1976, fecha en la que Paul Strand muere en su domicilio de expatriado en Orgeval, Francia –al día siguiente Hazle, su viuda, le transmite la noticia a Chávez mediante un telegrama.

Aunque la abundante correspondencia de Strand aún no ha sido publicada (la custodia el Centro de Fotografía Creativa de la Universidad de Arizona), el lector mexicano tiene oportunidad de conocer buena parte de las cartas que cruzó con el músico gracias al extenso Epistolario selecto de Carlos Chávez, organizado y anotado por Gloria Carmona e impreso por el Fondo de Cultura Económica en 1989, que por fortuna recoge cartas enviadas por el compositor como dirigidas a él.

Los intercambios entre Strand y Chávez revelan simpatía profunda y admiración mutua, pero la relación no siempre fue sencilla e incluso podría haberse quebrantado si no hubiese prevalecido la inteligencia por ambas partes.

Ahora, para acompañar la exposición de Strand en el Palacio de Bellas Artes, Aperture (la conocida casa editorial estadunidense especializada en fotografía) y Fundación Televisa ponen a circular un libro que es el complemento perfecto para comprender de manera cabal lo que el epistolario deja entrever y lo que esa amistad significó en el mundo del arte nacional e internacional del siglo XX: Paul Strand en México, que acepta ser leído como catálogo de la exposición del mismo nombre pero que es mucho más que eso: un ejercicio ejemplar de historia del arte y de las ideas.

A través del extenso ensayo que da título al libro, escrito por James Krippner, el lector puede enterarse de lo que Strand hizo en nuestro país a partir de su ingreso, el 26 de noviembre de 1932, hasta su salida, alrededor del 20 de febrero de 1935.

Krippner, especialista en historia de México y de América Latina, es sin duda el mejor conocedor del “capítulo mexicano” de Strand, y así lo había demostrado en un largo estudio anterior (Traces, Images and Fictions: Paul Strand in Mexico, 1932-34, publicado en la revista Americas, en enero de 2007), pero este nuevo ensayo es todavía más amplio y pormenorizado, y deja ver con toda claridad el porqué de la estadía del fotógrafo en nuestro país habría de ser determinante en su formación.

Como él mismo lo señaló en varias ocasiones, Strand comenzó a tomar fotografías en México tan pronto como cruzó la frontera. (Sus imágenes de Saltillo y San Luis Potosí, entre otras, fueron captadas en el curso de su viaje hacia la Ciudad de México.)

Le interesó en especial el paisaje rural de nuestro país, que le parecía marcadamente distinto del estadunidense. Le interesaron los indígenas, los objetos de su devoción religiosa. En las casi 250 fotos que Paul Strand en México reproduce –aunque no todas forman parte de la exposición– las ciudades no existen. No hay entre ellas un solo registro de vida cotidiana urbana. (Tampoco le preocupó retratar mexicanos eminentes, a pesar de que se codeó con muchos.)

Como lo señala una de las cédulas de la muestra, a Strand no le atraía lo pintoresco. Lo que le importaba, como le dijo a otro de los expertos en su obra, Calvin Tomkins, era “aquello que hace que un lugar sea lo que es; es decir, lo que hace que no se parezca a ningún otro lugar, aunque esté relacionado con otros lugares”.

Gracias a Carlos Chávez, en febrero de 1933 expone las fotografías hechas el año anterior, en Nuevo México, en la Sala de Arte de la Secretaría de Educación Pública, dirigida por los pintores Gabriel Fernández Ledesma y Roberto Montenegro.

A propósito de esa muestra, Carolina Amor Schmidtlein (hermana de la galerista Inés Amor y madre de la poeta Pita Amor) entrevista a Strand para Revista de Revistas. Al final de la conversación él le pide: “Si tiene ocasión de decirlo, dígalo: estoy agradecidísimo de la manera en que he sido tratado en México. No creo que haya otro país en el mundo en donde se preste ayuda tan inteligente y desinteresada a un artista extranjero”.

Esa ayuda desinteresada se hace patente con el nombramiento como profesor de dibujo en escuelas primarias de la Ciudad de México, ofrecimiento de Chávez poco después de convertirse en titular del Departamento de Bellas Artes, en marzo de 1933. Merced a ese cargo Strand se queda en el país.

La suerte de Strand entre 1932 y 1934 estará estrechamente ligada a la vida política de Chávez, quien siempre supo ver la calidad excepcional del trabajo de su amigo y fue siempre generoso con él.

Es asimismo Chávez quien invita a Strand a involucrarse en un proyecto cinematográfico de la Secretaría de Educación para producir películas que hagan a los trabajadores conscientes de sus derechos y de la necesidad de organizarse. Esa invitación es el resorte de la película que después de un par de años, y de numerosas dificultades, se llamará Redes, un mediometraje grabado en Alvarado, Veracruz, cuya realización es en gran medida obra de Strand (autor del guión y de la fotografía), y en la que intervinieron muchos y muy destacados artistas de diversos ámbitos, como el compositor Silvestre Revueltas y el novelista John Dos Passos –a quien se deben los subtítulos de la versión en inglés.

A pesar del paso del tiempo, y precisamente por el extraordinario genio de Strand como fotógrafo, Redes sigue siendo una gran película, llena de imágenes deslumbrantes.

Paradójicamente, fue un sobrino de Carlos Chávez que intervino casi marginalmente en la realización de la cinta quien produjo una serie de conflictos que causaron roces entre éste y el fotógrafo y que a final de cuentas harían que Strand abandonara México antes de terminar a cabalidad su proyecto. La historia de Redes es, como alguien ha dicho, digna de una película.

 

IV

La amistad entre Chávez y Strand se reestableció con el paso del tiempo. Nuevamente, el músico ayudó a su amigo cuando este produjo, en 1940, su espléndido portafolios Fotografías de México. El Archivo General de la Nación conserva copia de las muchísimas cartas que Chávez envió a conocidos y amigos instándolos a comprar un ejemplar del portafolios por 15 dólares.

Strand, sin embargo, no volvería a México sino hasta 1966.

Es extraño lo poco que se sabe sobre ese viaje. Las fotografías que tomó durante su curso son testimonio de los sitios que visitó (captó hermosas imágenes en Yucatán, Tabasco, Michoacán, Oaxaca y Guanajuato), pero casi no hay registro de sus encuentros con amigos o conocidos.

Por fortuna, una breve carta a Chávez enviada desde Orgeval el 27 de junio de ese año permite saber que se reencontraron durante su estancia en México:

“Memorable día aquél contigo y Otilia, Juanita y Anita. Habían pasado tantos años y, no obstante, sentí la misma cálida amistad inmutable. Por favor, da afectuosos saludos a todos y recibe mi cariñoso recuerdo, viejo y gran amigo.”

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