Optimismo en El Salvador sobre el proceso que podría dar un santo a la opción de los pobres La beatificación de Oscar Arnulfo Romero “es un hecho; el Papa lo reconoce como mártir”

SAN SALVADOR.- Con la eventual beatificación de monseñor Oscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado en marzo de 1980 por los militares salvadoreños, el Vaticano, que ya lo elevó al rango de “Siervo de Dios”, reconocería formalmente al primer mártir de la corriente progresista del clero latinoamericano.
A quince años del crimen, la jerarquía eclesiástica de El Salvador, con la aprobación de la Santa Sede, terminó ya de recopilar toda la documentación sobre la vida, el martirio y la devoción popular de que es objeto Oscar Arnulfo Romero, ultimado por órdenes del mayor Roberto D’Aubuisson, debido a su oposición al militarismo.
El proceso de beatificación ha sorteado las acusaciones en el sentido de que Romero murió por su postura ideológica más que por su prédica del Evangelio, las cuales fueron hechas por el sector conservador salvadoreño y por algunos dicasterios (grandes organismos de la curia romana) opuestos a la beatificación.
El sacerdote Rafael Urrutia Herrera, postulador de la causa, afirma:

“Desde el punto de vista político, la causa de monseñor Romero provoca rechazo, controversia. Es juzgada desde un amplio abanico ideológico: la izquierda la juzga desde la izquierda, y la derecha desde su perspectiva, pero no debemos ver su beatificación desde esta óptica política. Para comprender su martirio, debemos captarlo desde el Evangelio.”
–¿Se ha convertido ya monseñor Romero en el principal mártir de la corriente de la opción preferencial por los pobres?
–Sí. Yo diría que, desde una dimensión práctica, monseñor Romero representa al prototipo de esta opción preferencial.
–Sin embargo, esta opción ha sido muy golpeada por el Vaticano, por el propio Papa Juan Pablo II. ¿A qué se debe que la Santa Sede haya aceptado iniciar la causa?
–A que el Espíritu Santo también anima y vivifica al Papa Juan Pablo II. Si monseñor Romero fuera un mártir incómodo para el Vaticano, no se hubiera abierto su causa de beatificación, que es la primera etapa para canonizarlo, es decir, para hacerlo santo. Y si el Papa ha dicho “procédase”, es porque el Espíritu Santo ha venido a hablarle. Debido a sus posiciones ideologizadas, muchos eclesiásticos ven con recelo el proceso de beatificación. Esto ocurre mucho. Se piensa que hay una postura política cuando se opta por los pobres. Pero en ocasiones representa una posición mucho más política cuando se opta por los no pobres, con el fin de cuidar intereses personales.
–Para el clero latinoamericano ¿qué representará la beatificación de monseñor Romero?
–Contribuirá a una gran renovación de nuestra fe, enriquecida por la espiritualidad del pobre de Nazaret. Será una buena noticia para nuestros pobres y oprimidos. Y bueno, pues significará que la Iglesia sigue creyendo en el Evangelio, en sus documentos de Medellín y Puebla.
Urrutia Herrera habla en sus oficinas del arzobispado de San Salvador, decoradas con enormes fotografías de monseñor Romero. En las estanterías se alinean los casets que contienen las grabaciones de las homilías del mártir, transmitidas en su tiempo por la radiodifusora católica YSAX. Hay también un pequeño busto producto del fervor popular y un exvoto donde se agradece a “San Romero” una gracia concedida. Archiveros de metal, dos escritorios, una impresora y una computadora componen el resto del mobiliario de la oficina, instalada para coordinar el proceso de beatificación.
Asegura el postulador:
“A monseñor Romero los pobres ya lo han canonizado. Por aclamación y por un sentido de fe natural, aquí ya es considerado un santo. Muchas veces, el sentir del pueblo es diferente al de la jerarquía de la Iglesia. Monseñor Romero ha despertado gran simpatía entre los pobres. Su fama de martirio es clara.”
Actualmente, en los tianguis que circundan la catedral de San Salvador, la imagen de monseñor Romero se confunde entre las estampas del Sagrado Corazón, de San Martín de Porres, de San José…
Y en los amplios sótanos de la catedral, la tumba de Romero –adornada con flores, exvotos y veladoras– se ha convertido en centro de devoción popular. Lo mismo el apartamento donde vivió, situado en un asilo para cancerosos, conocido como El Hospitalito.
“Estamos tratando de contener la venta de estampas y estatuillas con la imagen de monseñor Romero, para evitar que la devoción popular se desboque, hasta el grado de rendirle culto público a través de peregrinaciones y misas”, dice Urrutia Herrera.
La razón, señala, es que el Vaticano les prohíbe venerarlo públicamente antes de reconocerlo formalmente como santo.
“Debemos acatar los ordenamientos de la Santa Sede, y que la devoción sea únicamente privada. Inclusive, entre nosotros los sacerdotes tenemos oraciones en las que invocamos a monseñor Romero, pero son exclusivamente para nuestro uso particular.”
–¿Ya han recabado testimonios de milagros?
–No propiamente milagros, sino lo que se conoce como gracias, que son, podríamos decir, pequeños favores que monseñor Romero concede a quienes se encomiendan a él. El milagro es una gracia extraordinaria, sobrenatural. Necesitamos presentar por lo menos un milagro ante el Vaticano, pero no ahora, sino hasta después de que se le haya beatificado y esté en marcha su canonización. Y sí, hemos reunido muchas gracias. Pero no son importantes para la beatificación, son más bien detalles colaterales.

HACIA LOS ALTARES

Cuenta el postulador que la iniciativa para llevar a los altares la imagen de monseñor Romero surgió justamente por su fama de mártir entre el pueblo pobre. Y que, además, a monseñor Arturo Rivera y Damas, quien sucedió a Romero en el arzobispado, se le presionaba para que introdujera la causa.
Finalmente, al celebrarse el décimo aniversario de “la muerte martirial” de Romero, el 24 de marzo de 1990, Rivera y Damas anunció formalmente que introduciría la causa. Luego de recoger información sobre la vida y martirio de Romero, en mayo de 1993, se presentó ante la Santa Sede la “Solicitud de Introducción a la Causa de Canonización de Monseñor Oscar Arnulfo Romero”.
En el “marco referencial” de su solicitud, la arquidiócesis de San Salvador aseguró que el martirio de monseñor Romero cumplía con los requisitos exigidos por la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos.
Argumentó que en el martirio había “ante todo un acontecimiento histórico, donde los autores son: un perseguidor que inflinge, por odio a la fe u otra virtud cristiana, la muerte a un cristiano, que acepta voluntariamente la muerte y soporta pacientemente la misma muerte, por amor a Cristo y por serle fiel; y, además, la obra de reconocimiento de la Iglesia, que acepta en el fuero externo el evento martirial como expresión de fortaleza heroica, fundada sobre la caridad…”.
El documento agrega que, por tal motivo, la arquidiócesis “se siente llamada a poner en acto su obra de reconocimiento, ya que la Iglesia, desde el inicio de su historia, ha tenido grande honor por sus mártires y ha reconocido su eminente santidad. Precisamente la convicción por parte de los fieles de la unión íntima de Cristo y de los mártires, fue lo que indujo a los cristianos perseguidos a invocarlos para que orasen por ellos e intercedieran ante Dios, a fin de obtener la gracia de imitarlos”.
La canonización de Romero, prosigue el texto, “contribuirá a rescatarlo para la vida de la Iglesia e iluminar el ministerio pastoral y la opción preferencial por los pobres y los pecadores, ya que su recuerdo sigue siendo también interpelación, denuncia, desenmascaramiento y exigencia de conversión, y estaríamos reivindicando, en el justo sentido del término, la persona y vida de monseñor Romero: muchos lo criticaron, lo desprestigiaron, lo condenaron, aplaudieron su crimen. Muchos que se decían católicos. Otros han querido manipularlo con fines no precisamente evangélicos. Pero es innegable que es un mártir salvadoreño, un cristiano contemporáneo a carta cabal. Es parte de nuestra historia de salvación en El Salvador”.
A los cuatro meses de haber solicitado la introducción de la causa, la Santa Sede concedió el llamado Nihil obstat (“no hay obstáculo”), con el que aceptó abrir el proceso para la canonización y, automáticamente, declaró Siervo de Dios a Oscar Arnulfo Romero.
Fechado el 22 de septiembre de 1993, y dirigido a Rivera y Damas, dice el Nihil obstat:
“Explorada la cosa, me place transmitir a su excelencia que por parte de la Santa Sede nada obsta para que la causa de beatificación del Siervo de Dios, Oscar Arnulfo Romero, pueda instruirse”. Firmaba el cardenal Angelo Felici, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.
Durante un viaje que por esas fechas realizó al Vaticano, Rivera y Damas pudo comprobar –según escribió después– que “algunos dicasterios no eran favorables” a la beatificación. Empero, “el Papa ordenó el procedatur (procédase)” y venció las resistencias de quienes ven en Romero a un pastor marxista.
Urrutia Herrera aclara:
“Monseñor Romero jamás fue de izquierda. Tampoco perteneció a la corriente de la teología de la liberación. Siempre fue un hombre conservador que quiso estar dentro de la ortodoxia católica y en comunión con el Papa. Basta leer sus homilías para comprobarlo. Ni siquiera se apartó de la ortodoxia en los años en que se le consideró progresista, que van de 1977 a 1980. Lo que sucedió fue que, dentro de la ortodoxia, reencontró el Concilio Vaticano II, que es parte del magisterio de la Iglesia.”
El postulador apoya su afirmación con la experiencia que le da el haber reunido catorce tomos que contienen la correspondencia privada de Romero, sus diarios, sus homilías, sus artículos periodísticos y los testimonios de más de 30 personas que lo conocieron. Esta es la documentación que se enviará al Vaticano para su estudio.
Dice Urrutia:
“Desde 1988 estoy empapado de la vida de monseñor Romero. Entonces yo estudiaba derecho canónico en la Universidad Lateranense, en Roma. Rivera y Damas me pidió en aquel tiempo que, durante un año, realizara un curso que me preparara para llevar la causa. Y así lo hice. Después me nombró formalmente postulador.”
–¿Actualmente en qué etapa va el proceso de beatificación?
–Ya concluyó aquí en El Salvador, donde recopilamos toda la información sobre monseñor Romero y se presentó ante un tribunal eclesiástico. Ahora sólo falta enviarla a la Santa Sede para que revise la causa y emita su fallo.
–¿Con qué obstáculos se toparán en el Vaticano?
–Con los mismos obstáculos políticos de aquí. Sabemos que hay dicasterios opuestos a la beatificación. Monseñor Rivera y Damas nunca reveló cuáles, pero los hay. Sin embargo, será un consistorio compuesto por un pequeño grupo de cardenales el que finalmente dará el fallo. Por lo pronto, nosotros no hemos pedido apoyo de ninguna organización, para que no se interprete como un apoyo político. Queremos que la Santa Sede nos vea trabajar de la manera más libre, sin ningún compromiso. Nuestro único objetivo ha sido la fidelidad a la verdad.
El postulador señala que la muerte de Rivera y Damas, a fines de 1994, no sólo dejó sin titular a la arquidiócesis de San Salvador, sino que también detuvo momentáneamente el proceso de beatificación. Se espera el nombramiento del nuevo arzobispo para enviar la documentación al Vaticano.
“Tenemos que trabajar en comunión. Ojalá y Dios nos dé el arzobispo que necesitamos para continuar el proceso. Dependemos mucho de eso”, dice el religioso.
Bajo su coordinación, el sacerdote Ricardo Urioste se hizo cargo del aspecto moral y doctrinal de la causa, mientras que Jesús Delgado Acevedo, biógrafo de monseñor Romero, se dedicó a la cuestión histórica.

EL MILAGRO DE ROMERO

Optimista, dice Delgado Acevedo:
“La beatificación es un hecho. El mismo Juan Pablo II está convencido de que monseñor Romero es un mártir. Me lo dijo en 1983, cuando personalmente le entregué las vísceras de monseñor Romero.”
Relata:
“Cuando mataron a monseñor Romero, en la clínica que lo atendieron, al hacerle la autopsia y embalsamarlo, tiraron sus vísceras. Unas religiosas las recogieron con mucha piedad. Las metieron a una bolsa de plástico y las enterraron en el jardín del asilo donde vivió, en El Hospitalito, como a un metro de profundidad. Tres años después, en 1983, se anunció la visita del Papa a El Salvador. Las religiosas desenterraron las vísceras para entregárselas al Papa. ¡Estaban iguales! Conservadas como la palma de mi mano. Monseñor Rivera y Damas exclamó que se trataba de un milagro.
“Desgraciadamente, durante la rápida visita del Papa, no hubo tiempo de entregárselas. Las metieron en un frasco y me encargaron que se las llevara personalmente al Vaticano. Al dejarle el frasco, su Santidad me palmeó el hombro y me dijo: `Monseñor Romero no necesita ya hacer milagros. Es un mártir’.”
Autor del libro Oscar A. Romero: biografía, el sacerdote Delgado Acevedo asegura que el Papa está convencido de que monseñor Romero puede canonizarse sin necesidad de que antes lo hagan beato:
“La teología católica enseña que un mártir no necesita hacer ningún milagro para ser canonizado. Lo que pasa es que, en este caso, el Vaticano quiere dejar pasar un tiempo, hasta que desaparezcan las tensiones y controversias políticas que suscitaría la canonización de monseñor Romero. Se necesita que todos los actores del conflicto hayan muerto. Hasta entonces se podrá valorizar la figura real de monseñor.”
Y compara al mártir centroamericano con el mártir inglés Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, asesinado en el siglo XII en las mismas circunstancias: en recinto sagrado y en el ejercicio de su oficio. Becket muere por defender los derechos de la Iglesia ante el poder del trono; Romero, por defender los derechos de la persona ante la tiranía militar. Aquel, sin embargo, fue hecho santo al poco tiempo.
El biógrafo de Romero, quien además fue su intérprete durante los viajes que el arzobispo hacía a Europa, señala otro hecho significativo: la visita de Juan Pablo II a la tumba del mártir, durante su estancia en El Salvador, el 6 de marzo de 1983.
Luego de orar de hinojos ante la tumba, dijo el pontífice en la catedral:
“Mi visita a este venerado templo quiere ser una invitación a todos vosotros para dejaros guiar siempre por vuestros pastores… Reposan dentro de sus muros los restos mortales de monseñor Oscar Arnulfo Romero, celoso pastor a quien el amor de Dios y el servicio a los hermanos condujeron hasta la entrega misma de la vida de manera violenta, mientras celebraba el sacrificio del perdón y la reconciliación.
“Por él, igual que por los otros venerados pastores, que a su tiempo apacentaron la grey salvadoreña, dirigimos nuestra plegaria al Dios justo y misericordioso para que su luz brille perpetuamente sobre ellos, que se sacrificaron por todos, y a todos llamaron a inspirarse en Jesús, el que tuvo compasión de las multitudes a la hora de comprometerse en la forja del mundo más justo, humano y fraterno, en que todos queremos vivir.”

LA IMPUNIDAD DE LOS ASESINOS

Entrevistado en su parroquia de San José de la Montaña, Delgado Acevedo exclama:
“En este país sigue existiendo la misma injusticia que cuando monseñor Romero vivía. Incluso parece que la sociedad se está volviendo más pobre todavía. La realidad sigue igual.”
–¿Y los asesinos materiales de monseñor Romero? ¿Qué pasó con ellos?
–La impunidad lo cubrió todo. No se les llamó a cuentas. Les cubrieron las espaldas. Aún seguimos esperando que el gobierno haga justicia.
Para aclarar el crimen de Romero, entre otros, el 27 de abril de 1991 se creó una comisión de la verdad, a cargo del expresidente colombiano Belisario Betancur y de otras personalidades de reconocida imparcialidad.
Dicha comisión concluyó en su informe:
“El 24 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador, monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez fue asesinado cuando oficiaba la misa en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia (El Hospitalito).
“El exmayor Roberto D’Aubuisson dio la orden de asesinar al arzobispo y dio instrucciones precisas a miembros de su entorno de seguridad, actuando como `escuadrón de la muerte’, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato.
“Los capitanes Alvaro Saravia y Eduardo Avila tuvieron una participación activa en la planificación y conducción del asesinato, así como Fernando Sagrera y Mario Molina.
“Amado Antonio Garay, motorista del excapitán Saravia, fue asignado para transportar al tirador a la capilla. El señor Garay fue testigo de excepción cuando, desde un Volkswagen rojo, de cuatro puertas, el tirador disparó una sola bala calibre .22, de alta velocidad, que mató al arzobispo.”

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