Miles de progresistas y marginados, en pie de guerra El Papa amordazó a un obispo, Gaillot, y Europa vocifera

Desde la condena de los sacerdotes obreros por el papa Paulo VI en los años 60, no había habido semejante escándalo en Francia. Hoy los católicos progresistas franceses están en pie de guerra. No aceptan la decisión del Vaticano de destituir a Jacques Gaillot, el carismático obispo de Evreux, protector incansable de los marginados. Desde el anuncio de esa medida brutal y excepcional, el 13 de enero, se multiplican las manifestaciones de apoyo al religioso castigado, quien recibe diariamente un promedio de 5,000 mensajes de solidaridad y cuya misa de despedida, el domingo 22, movilizó a más de 20,000 personas que llegaron de toda Francia y de varios países europeos. Paralelamente, crece el repudio ante “el totalitarismo” de la Santa Sede, que alcanza extremos tan graves como la quema del último libro de Juan Pablo II enfrente de la sede de la nunciatura en París, aumenta el malestar de la muy conservadora jerarquía católica francesa, se abre aún más el abismo entre la Iglesia monolítica y autoritaria de Juan Pablo II y las angustiadas sociedades europeas. A continuación, la crónica de dos semanas de escándalo ininterrumpido.

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Viernes 13 de enero. 11:31. París. La agencia noticiosa France Press anuncia la destitución de monseñor Jacques Gaillot.
13:00. Roma. El servicio de prensa del Vaticano confirma la noticia con un escueto comunicado: “El Santo Padre Juan Pablo II retiró el gobierno pastoral de la diócesis de Evreux (Francia) a S.E. Monseñor Jacques Gaillot, transfiriéndolo a la sede de titular de Partenia”.
Precisión: Partenia es un obispado de Mauritania que no existe desde hace siglos.
14:00. Evreux. Jacques Gaillot entra en “su” obispado, ubicado a dos pasos de la catedral. Se reúne con los miembros de su consejo episcopal. Los presentes intentan contener las lágrimas. En vano. El exobispo de Evreux logra sonreír. “No estamos en un velorio”, bromea. Todo mundo calla. La aparente serenidad del exobispo de Evreux no engaña a nadie.
15:00. Roma. Nuevo comunicado del servicio de prensa del Vaticano. Es breve. Su tono es tajante. Consta de cinco puntos; cuatro para señalar la desobediencia sistemática del obispo, y el último para concluir: “Desafortunadamente, el prelado no se mostró apto para ejercer el ministerio de unidad que es el primer deber de un obispo”.
París. Sede de la Conferencia de los Obispos de Francia. El padre Di Falco, portavoz de esa Conferencia, lee un comunicado de su presidente, monseñor Joseph Duval. Habla de tristeza, de dolor y de la gran paciencia de Roma que Gaillot había agotado. Se ve bastante incómodo. Un poco más tarde se logrará saber que el Vaticano ni siquiera había avisado a la Conferencia Episcopal francesa de su decisión.
Evreux. El obispado está lleno. Religiosos. Laicos. Amigos, parroquianos. Vecinos. Católicos. No católicos. Periodistas, muchísimos periodistas, fotógrafos, camarógrafos. Todo mundo quiere saber. ¿Cómo fue? ¿Qué pasó? ¿Qué va a pasar ahora? ¿Y después?
Gaillot saluda, escucha, abraza y, finalmente, con su voz muy suave, cuenta:
“El nuncio apostólico me envió una carta, en la que me señalaba que el cardenal Gantin quería verme el lunes 9 de enero a las 9:00. Ese procedimiento no me pareció muy cortés. Pedí que se aplazara un poco esa convocatoria. Por un lado, tenía compromisos que no podía cancelar; por otro, ese método me exasperaba. Pensé que íbamos a tener un diálogo para explicarnos, para comprendernos. Finalmente el cardenal Gantin, prefecto de la Congregación de los Obispos, me convocó para el jueves 12 de enero a las 9:30. Monseñor Tauran, de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, y un obispo argentino, acompañaban al cardenal. En las pláticas que tuve antes en Roma solía tener un solo interlocutor. Tener a tres esta vez me sorprendió. Había gruesas carpetas en la mesa. El obispo argentino tomaba apuntes. Los tres estaban sentados en sus sillones y yo enfrente de ellos. Sentí que algo importante iba a pasar. La atmósfera era grave y solemne. El cardenal Gantin recordó mi historia de los diez últimos años y concluyó: `En vista de lo cual hemos decidido que mañana a partir de las 12 del día se le retirarán a usted sus responsabilidades como obispo de Evreux y se declara vacante esa sede’.”
–¿Usted no se defendió? –preguntamos varios periodistas.
–Todo esto huele a hoguera –protesta un joven.
–Volvimos a la Edad Media –agrega otro.
Gaillot sigue contando:
“En esas carpetas había cartas de personas que denunciaban mi manera de actuar… documentos comprometedores, me imagino… No intervine mucho, en realidad. Yo sabía que todo estaba decidido de antemano. Hubiera podido no ir. Me hubiera ahorrado los 1,200 francos del boleto de tren… Sólo hice dos precisiones. Cuando el cardenal Gantin me dijo: `El Papa le había advertido que no debía cantar fuera del coro’, rectifiqué: `El Papa me dijo fraternalmente y con simpatía: No basta cantar fuera del coro, también es preciso cantar con los demás…’. Ese matiz tiene su importancia. Reiteré que, a mi manera, intentaba estar con los pobres, que mi meta era anunciar el Evangelio y servir a la Iglesia. Luego pregunté al cardenal Gantin si había pensado en las perturbaciones y el desasosiego que iba a provocar esa medida en Francia. Sólo me contestó: `¡No se trata de Francia, se trata de la Iglesia!’. Subía y subía la tensión… Finalmente me levanté y dije: `Creo que ya no tenemos nada más que decirnos’. Y me retiré. Había transcurrido solamente una media hora. Después caminé por las calles de Roma.”
¿Le pidieron renunciar? ¿Tiene un aviso escrito de su destitución? ¿En concreto, qué se le reprocha? ¿Su reciente viaje a Haití? ¿Su apoyo a los homosexuales? ¿Su posición a favor de los preservativos? ¿Su último libro que denuncia la política contra los emigrados del primer ministro Charles Pasqua?
–No acepté renunciar. No tengo notificación escrita de mi destitución. Sigo siendo obispo, pero sin obispado. Sólo tengo la convocatoria para la reunión del 12 de enero.
Jacques Gaillot busca la convocatoria. No la encuentra.
–Quizás la olvidé en Roma… Entre las cosas que se me reprocharon, efectivamente se habló de mi viaje a Haití y de mi participación en programas de televisión muy populares, pero no muy bien considerados por ciertas personas… También se mencionaron mis posiciones a favor de la ordenación de las mujeres, o sobre el celibato de los sacerdotes. Sigo pensando que urge que haya debates sobre todos estos problemas que afectan a nuestra sociedad moderna. La Iglesia tiene mucho que ganar en estar abierta. No se me reconoció acción positiva alguna.
Llegan más periodistas, más amigos, más gente.
–¿Cómo se siente?
–Excluido. Ya no gozo de la confianza de la institución a la que pertenezco. Conmigo pasaron de la suspensión a la exclusión. La exclusión nunca ha sido una solución. Ya hay bastante marginación en la sociedad. ¿Por qué la Iglesia agrega un caso más? ¿Cómo la Iglesia puede asumir la defensa de los marginados si ella misma los genera? Siempre busqué estar al lado de los marginados; quizás ahora, siendo yo mismo un marginado, los entenderé mejor, desde dentro… quizás así podré servirlos mejor.
Sábado 14 de enero. Evreux. El fax y los teléfonos del obispado no dejan de funcionar. Las dos asistentes del exobispo de Evreux corren de uno a otro. Entre los centenares de mensajes de solidaridad, muchos están firmados por eclesiásticos de todos los niveles, por simples sacerdotes, seminaristas, vicarios generales, una decena de obispos, ateos, sindicalistas, católicos que no compartían las posiciones de Jacques Gaillot, pero que están enojados por su destitución.
El obispo corre de una entrevista a otra. Da ruedas de prensa. “Desde que se intentó callarme, jamás me había tocado hablar tanto”, confía el prelado, con su voz suave de siempre.
El “caso Gaillot” está en la primera plana de todos los diarios franceses, los nacionales y los regionales. Es el tema principal de todos los noticiarios radiales y televisivos. Es ampliamente comentado en Bélgica, Alemania, Irlanda. Los reportajes y análisis que suscita la destitución del obispo rebasan el hecho en sí y desembocan sobre el inmenso malestar de la Iglesia católica de Europa, en general, y de Francia, en particular; sus divisiones internas, su falta de propuestas y respuestas ante los graves problemas que angustian a las sociedades europeas: el sida, el desempleo, la marginación, el vacío ideológico, el individualismo, el consumismo, la brecha creciente entre el Norte y el Sur, el racismo, la xenofobia, la drogadicción…
También abarcan “el anacrónico reino” de Juan Pablo II. Los comentarios al respecto son poco agradables. Escribe una editorialista del vespertino Le Monde: “Juan Pablo II logró una proeza: impuso en el mundo la imagen de un pontífice que defiende los derechos humanos, pero no los respeta en su propia Iglesia”.
Se yuxtaponen imágenes: la del Papa triunfante en Manila y la del obispo brutalmente reprimido. O la del fundador del Opus Dei canonizado y la de Gaillot destituido. Se recuerda que en Francia la última vez que se tomó una medida tan drástica fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se pidió la renuncia de tres obispos que habían colaborado con las fuerzas de ocupación nazi…
16:00. Evreux. Se acaba de crear un comité de apoyo a Jacques Gaillot. Se llama “Evreux sin Fronteras”.
Domingo 15 de enero. 10 de la mañana. Evreux. Como cada domingo, el obispo celebra una misa en la cárcel de Val de Ruell. Los presos están consternados. Le entregan una carta: “Tenemos un punto en común. Como nosotros, ahora eres un marginado. Desde luego, no por las mismas razones. Tu crimen, si se puede emplear esa palabra, es haber estado al lado de los más débiles, de los marginados. Queremos ayudarte a cargar tu cruz. Jacques, no te dejes. Estés donde estés, tú atraerás a las multitudes…”
Evreux. En la catedral, toda la mañana se celebran misas sin el obispo. Hay muchísima gente.
16:00. Cinco mil personas están reunidas en la explanada de la catedral. Todo mundo habla. Hay pancartas: “No a la Inquisición”; “Juan Pablo II, jubílate”; “Jacques, te amamos”.
16:50. La multitud grita: “¡Jacques, te queremos ver!”; “¡Al balcón! ¡Al balcón!”; “¡Un discurso!”. El obispo aparece. Ovaciones. Un diácono le da un megáfono. Se hace un largo silencio y se oye la voz dulce del obispo: “Ustedes son maravillosos”. Luego agrega: “Es fantástico asistir al despertar de un pueblo… ¡Ustedes demostraron que saben bajar a la calle para expresarse. ¡Es formidable! Hoy no puedo estar mucho tiempo con ustedes. Discúlpenme”. Desaparece. Un coche lo espera. Se va a París. Estará en el noticiario del Canal 2.
En todas las grandes ciudades de Francia hay movilizaciones más o menos amplias, enfrente de los obispados, arzobispados, de las iglesias y catedrales. En Lyon, los católicos progresistas de la revista Golias construyen un muro de ladrillos en la entrada de la catedral Saint Jean. “Rompamos el muro de una iglesia ghetto”, dice una gran pancarta al lado de un retrato de Gaillot amordazado, mientras se anuncia la creación de la Coordinación para más Libertad en la Iglesia (CLE).
Dieciséis sacerdotes de la diócesis de Metz hacen “la huelga de las homilías”. En París, la gente se manifiesta ante Notre Dame y el arzobispado. En la nunciatura los manifestantes agitan pancartas que dicen: “Juan XXIII, tienes que regresar, se volvieron locos”; otros gritan: “¡El nuncio, al balcón!”. No se abren ni la puerta ni las ventanas de la nunciatura. Entonces, un grupito quema un ejemplar del libro de Juan Pablo II Entren en la Esperanza, ante las cámaras de televisión.
Lunes 16 de enero. Titulares de la prensa: “El Caso Gaillot: la Iglesia bajo el choque”; “La Iglesia de Gaillot contra la Iglesia de Roma”; “La onda de choque Gaillot”.
París. 10 de la mañana. Con unos 50 miembros de organizaciones de defensa de marginados, el obispo se dirige hacia una oficina de ayuda social del distrito 14, para pedir que se solucione la situación de doce jóvenes sin recursos, obligados a vivir en la calle.
15:00. Gaillot visita a otras personas sin vivienda, que invadieron un edificio desocupado en el distrito 6:
“Para mí empieza otro combate que va a intensificarse. Quizás mi exclusión me dará una libertad de acción más amplia para poder luchar a favor del derecho a tener una vivienda, por ejemplo.”
16:00. Tres obispos proponen “una asamblea plenaria extraordinaria para reiniciar un diálogo con los cristianos y la opinión pública”.
Evreux: Ya los faxes de solidaridad con el obispo destituido se cuentan por miles.
Martes 17 de enero. La prensa empieza a publicar las reacciones internacionales ante “el caso Gaillot”. Las reacciones más numerosas vienen de Alemania. El teólogo Eugen Drewermann, también perseguido y castigado por el Vaticano, denuncia: “Esa destitución se llevó a cabo sin seguir un procedimiento normal ni respetar el derecho de la Iglesia. En plena libertad, yo pregunto si ya para Juan Pablo II no ha llegado el tiempo de renunciar como obispo de Roma y como símbolo de la unidad de la Iglesia”.
Ocho teólogos alemanes, entre los cuales están Norbert Greinacher y Hans Kung, piden la reintegración de monseñor Gaillot y califican la decisión del Vaticano de “acto arbitrario del Papa”.
En Suiza, Jean Claude Huot, secretario general de Justicia y Paz, y Martin Bernet, secretario general de Pax Cristi, temen que la destitución del obispo de Evreux genere una pérdida de credibilidad de la Iglesia. El Consejo de la Juventud Católica belga se dice “aterrado y entristecido” por el hecho y da cuenta de numerosas manifestaciones de apoyo a Gaillot en Bélgica. El teólogo laico italiano Giancarlo Zizola afirma que “Roma no midió las consecuencias de esa destitución porque pensaba que Gaillot se encontraba solo”. Sectores progresistas de la Iglesia católica irlandesa salen en defensa del prelado castigado.
Miércoles 18 de enero. Monseñor Joseph Duval, presidente de la Conferencia Episcopal francesa, se pronuncia en contra de una asamblea plenaria extraordinaria de los obispos, en contradicción abierta con la opinión de su antecesor, monseñor Jean Vilnet.
Se hace más patente que nunca la división de los obispos. El de París, Jean Marie Lustiger, quien acompaña a Juan Pablo II en su gira por Filipinas, denuncia la “desviación sectaria” de Jacques Gaillot, mientras que el obispo de Amiens, Jacques Noyer, habla de “decisión brutal de la que no supimos nada”, y Jean Charles Thomas, obispo de Versalles, advierte: “Es impensable fingir que no pasó nada. Lo que acaba de ocurrir afecta a todos los obispos y cristianos de Francia. Hay que rebasar las pasiones para tocar los problema de fondo: nuestras relaciones con la autoridad romana, nuestras relaciones entre obispos, la manera de resolver nuestras divergencias, para que no se conviertan en separación…”
El diario católico La Croix decide abrir dos páginas diarias a sus lectores para que debatan libremente del tema.
Jueves 19 de enero.
Frederic Monfer, periodista de La Croix encargado de esa nueva sección, recibe incontables cartas, faxes y llamadas telefónicas, y declara que una edición especial del diario, totalmente dedicada al caso Gaillot, apenas “bastaría para dar cuenta de la inmensidad de las reacciones episcopales y otras”.
Cita sólo algunos testimonios colectivos de indignación: organizaciones de padres de alumnos de enseñanza laica, misiones obreras de muchas diócesis, comunidades cristianas, revistas jesuitas, organizaciones de cristianos de apoyo a los enfermos de sida, homosexuales, organizaciones laicas antirracistas.
La asociación Evreux sin Fronteras y el semanario católico progresista Temoignage Chretien empiezan a organizar la celebración de la misa de despedida que monseñor Gaillot celebrará en la catedral de Evreux el domingo 22 de enero. El alcalde comunista de Evreux hace lo mismo. El editor de Jacques Gaillot anuncia que su último libro se agotó y que ya está en reimpresión.
Sigue el malestar entre los obispos. Cuatro anuncian que concelebrarán la misa con Gaillot. Ocho se reúnen para publicar un comunicado en el que critican a la vez el camino solitario del obispo de Evreux y la severidad papal. Otros hacen lo mismo a título individual. Todos recalcan el desasosiego de los fieles.
Se oye el eco de fuertes debates en seminarios, congregaciones religiosas, asociaciones católicas…
Viernes 20 de enero. Evreux. La ciudad se prepara. El alcalde, comunista, ateo convencido y gran admirador de Jacques Gaillot, decide impedir la circulación de vehículos en el centro de la ciudad a partir del día siguiente; se reúne con los bomberos, la Cruz Roja, la policía. El prefecto del departamento supervisa todo. Es la primera vez en toda su historia que esa tranquila ciudad de provincia vive tal efervescencia.
Hay discusiones. Algunos quieren colocar pantallas gigantescas para permitir a la multitud, que no cabrá en la catedral, asistir a la misa. Se descarta la idea por falta de tiempo y recursos. El jefe de la policía insiste. Puede haber sorpresas. Jacques Gaillot tiene que ser protegido por guardaespaldas…
Sábado 21 de enero. Ultimos preparativos. Se colocan altoparlantes en todo el centro de la ciudad. El coro repite cánticos mientras se hacen pruebas de sonido. Gaillot prepara su homilía. Sacerdotes y diáconos organizan la ceremonia. Bomberos y policías estudian el terreno. Asociaciones católicas forman su propio servicio de orden. El colectivo Evreux sin Fronteras anuncia, triunfante: 500 medios de prensa franceses e internacionales ya están acreditados, entre los cuales destacan 30 cadenas de televisión; más de 300 autobuses y cuatro trenes especiales saldrán de todas las ciudades de Francia y de cinco países europeos; un avión especial llegará de Canadá; se esperan miles de vehículos particulares; llega un promedio de 5,000 mensajes de solidaridad al día; con la colaboración de una radio local, se difundirán en la ciudad los mensajes de apoyo de quienes no pudieron viajar a Evreux.
Domingo 22 de enero. Llueve profusamente. Hay viento. Hace frío. Pero nada ni nadie para a la multitud. Es simplemente impresionante. 20,000 personas de todas las edades y clases sociales. Paralíticos en sus sillas se ruedas, homosexuales vestidos con poca discreción, monjas, personalidades políticas y sindicalistas, emigrantes africanos con su ropa tradicional, militantes trotskistas, campesinos, pescadores, enfermos de sida, marginados, musulmanes, protestantes, judíos, ortodoxos… Muchos llevan pancartas, unas para identificarse, otras para manifestar su indignación, su inquietud, su solidaridad…
Salen de sus trenes, autobuses, coches. Caminan tranquilamente protegiéndose con paraguas o grandes bolsos de plástico. Todo mundo se habla, se sonríe… Los altoparlantes difunden cantos religiosos y mensajes de solidaridad. Poco a poco la explanada de la catedral y parte del centro de la ciudad se convierten en un gran templo a cielo abierto, en el que se celebra una hermosísima ceremonia espontánea de tolerancia.
15:00. La misa va a empezar en la catedral. Se anuncia la llegada de los cuatro obispos que decidieron concelebrar con Jacques Gaillot. Ovación de la multitud. Arriba Gaillot. Inmensa ovación. Empieza la misa. Llega el momento de la homilía. Silencio.
De repente, de todos los altoparlantes sale la voz dulce y serena de Jacques Gaillot: “No tengan odio, no tengan violencia en su corazón… Basta con esa tierra que tiembla en Japón, con los sufrimientos de Chechenia, con el dolor de los jóvenes errantes en las noches salvajes de los suburbios… Este día debe ser un día de fiesta y alegría. Debemos seguir luchando a favor del derecho a la diferencia, del respeto a la libertad, del derecho a la democracia para todos…”
Se agitan las pancartas: “La Iglesia debe servir, no esclavizar”; “Sí a Jesús, no a la Inquisición”; “No a la dictadura del Vaticano”; “Jacques, resistimos contigo”; “Juan Pablo II, ¿qué hiciste?”; “Se quiso callar a un hombre, se despertó a un pueblo”.
Sigue la voz del obispo: “La Iglesia debe ser de los marginados, no la de la marginación…”
El viento sopla más fuerte que nunca y sus borrascas parecen llevarse lejos, muy lejos, las palabras del obispo que el Vaticano amordazó, y los cánticos de los fieles.

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