Pesadilla mexicana en Malasia

miércoles, 21 de diciembre de 2011 · 15:02
La situación de los hermanos González Villarreal –mexicanos acusados de narcotráfico en Malasia, donde se encuentran presos desde 2008– se complica: la Corte Federal de ese país rechazó un recurso de inconstitucionalidad interpuesto por los abogados de su defensa y el caso regresará a la Corte Superior de Justicia, cuyo presidente, el juez Mohamed Zawawi, condena a nueve de 10 acusados a morir en la horca. Sin embargo, aún pueden interponer otros recursos de apelación, pues a juicio de los abogados el proceso judicial presenta contradicciones e inconsistencias. Kuala Lumpur (Proceso).- Otra batalla perdida: la Corte Federal de Malasia rechazó un recurso de inconstitucionalidad interpuesto por la defensa de Luis Alfonso, Simón y José Regino González Villarreal, los tres hermanos sinaloenses acusados de narcotráfico en este país y por lo cual podrían ser sentenciados a la pena de muerte. Los abogados defensores habían presentado dicho recurso con el argumento de que la policía de Malasia cometió errores en la custodia de las evidencias del caso, pues desapareció una parte de la droga que presuntamente la policía decomisó en el lugar en que fueron arrestados los mexicanos. Además, señalaron que existen divergencias en los testimonios que describen los hechos. A juicio de la defensa, estos errores implicaban manipulación de pruebas y, por tanto, violaciones procesales, por lo que el caso debía ser desechado por completo, con la consecuente liberación de los hermanos. Pero la Corte Federal rechazó el argumento, lo que implica que el caso regresará a la Corte Superior de Justicia, donde se encontraba en trámite, pues aún no han declarado ni testigos ni acusados. El dictamen de la Corte Federal es un revés más que sufren los hermanos González Villarreal en su enredada pesadilla por los tribunales de Malasia. El miércoles 14 comparecieron en la sala de la Corte Federal con rostro abatido y sin apenas levantar los ojos del suelo. Los abogados les habían advertido que sería difícil que el recurso prosperara; se los habían dicho con el propósito de que no se crearan muchas expectativas y ellos parecían tomarlo al pie de la letra. Durante la audiencia, los hermanos atendían las explicaciones del traductor con gesto extraviado. No hablan bahasa melayu, el idioma local, y apenas José Regino, el menor, se defiende en inglés, pero no hacían falta palabras para captar en sus rostros la decepción. Su día empezó mal: problemas burocráticos en la prisión de Sungai Buloh, donde están recluidos, impidieron su salida a la hora convenida e ingresaron a la sala del tribunal cuando la sesión había iniciado. Iban vestidos de civil, esposados unos con otros. Sin pretenderlo, uno de los hermanos portaba escrito el destino del día en su camiseta: Next stop, se leía en el estampado posterior. Dedicados desde niños a la fabricación de ladrillos, los tres hermanos salieron de Culiacán a principios de 2008 para trabajar en el extranjero. Su numerosa familia sigue convencida de la versión aportada por ellos mismos: emigraron para laborar en el departamento de limpieza de una gran corporación en Malasia. De hecho, fueron arrestados a los pocos días de aterrizar en el país y los contactos con sus allegados en estos cuatro años han sido muy escasos. Dos hermanas, Leticia y Alejandrina, y la esposa de Luis Alfonso, Consuelo, viajaron en abril pasado a Kuala Lumpur para asistir a una de las sesiones de la Corte Superior gracias a la solidaridad de sus vecinos de Culiacán que sufragaron el costo de los pasajes de avión y los viáticos. Pero todos dudan de que una visita familiar se repita. El contacto de sus familiares se limita a periódicas llamadas telefónicas con uno de los abogados de la defensa, Kitson Foong, y a la constante correspondencia, especialmente las cartas enviadas por los hijos de los hermanos: dos varones de Luis Alfonso, una niña de José Regino y dos hijos más de Simón. Los abogados de la defensa reconocen que las misivas de los pequeños, repletas de colores, plegarias y buenos deseos, empujan a luchar todavía más por estas vidas. –¿Cómo se encuentran? –les preguntó Proceso en el único instante en el que la policía les permitió mirar al público durante la sesión. –Estamos bien... –dijo Simón –Sí, animados, gracias –completó José Regino En ese momento sus abogados les ofrecieron un consuelo muy menor: hamburguesas y papas fritas que rompieron la monotonía del arroz y curry en que se basa su dieta carcelaria desde hace más de tres años. Luis Alfonso, Simón y José Regino, esposados uno al otro, agradecieron humildes el presente. Sonreían con una mueca casi infantil, de verdadera ilusión. No hubo tiempo para nada más. Había que volver a las celdas. “Hemos perdido una batalla, pero creemos que vamos a ganar la guerra”, aseguró el abogado Foong. Inconsistencias La pesadilla de los hermanos González Villarreal se inició el 4 de marzo de 2008. El expediente judicial dice que a las 3:15 de la tarde de ese día la policía malaya realizó una redada en la fábrica de IPL Packaging Industries, una empresa de embalajes situada en el distrito fabril de Johor Baru, al sur de Malasia, cerca de la frontera con Singapur y una zona de gran tránsito de todo tipo de mercancías. Durante la redada la policía encontró en ese lugar a cinco personas: el malayo Lee Boon Siah, de 47 años; el singapurés Lim Hung Wang, de 54 años, y los tres hermanos González Villarreal: Luis Alfonso (de 43 años), Simón (de 36) y José Regino (de 33). La policía sostuvo que los cinco están implicados en una red de narcotráfico porque hallaron restos de droga en los almacenes, en los materiales de la fábrica y también en algunas ropas de los detenidos. El informe oficial señala que se confiscaron 29 kilos 460 gramos de metanfetamina, que en el mercado hubieran alcanzado un precio cercano a 14 millones de dólares. La defensa señala que la presencia de los tres hermanos en el lugar fue casual. Insisten en que su arresto tuvo lugar en el patio de la fábrica, sin que se haya podido demostrar que llegaron a pisar el interior del inmueble. El abogado Foong explica a Proceso que existen discrepancias entre la lista del primer informe pericial de la policía y las pruebas que se presentaron ante el tribunal. Así, un tercio de la droga incautada desapareció misteriosamente de los almacenes policiacos. Además, señala que en el tribunal aparecieron sustancias base y utensilios para fabricar droga que no constaban en el primer informe de la policía. Incluso, detalló que en este último las características de las sustancias (color, forma y composición química) eran distintas a las presentadas en el tribunal. De inicio los hermanos contrataron los servicios de un abogado malayo de nombre Chat Lee, oscuro expolicía que se retiró en 2009 luego de que la justicia de Malasia descubrió que realizaba actos de corrupción con los casos que litigaba. En 2010 el caso fue asumido por el actual equipo de abogados, formado por Kitson Foong, Ahmad Zaidi y Kamarul Hisham, quienes prestan sus servicios de forma gratuita. Sostienen que tomaron el caso debido a lo que consideran un abuso de autoridad, tanto de la policía como del sistema judicial de este país. En la vista del miércoles 14, los tres jueces federales desecharon en 10 minutos el argumento de la defensa. La conclusión de los magistrados fue rotunda: nada de apelaciones hasta que exista el veredicto final. Justificaron: de aceptar este precedente se abre la puerta a un “tsunami” de quejas de la misma naturaleza que colapsarían el sistema judicial. “Estamos muy contrariados, no nos han querido escuchar”, lamentó el penalista Kamarul Hisham, a quien la Corte Federal dejó literalmente con la palabra en la boca. El “Juez Soga” Pero no todo son malas noticias. Con sibilina prudencia los jueces abrieron la posibilidad de volver a revisar una nueva apelación del caso. El matiz no pasa inadvertido para los letrados, que conocen la cronología y dónde radican las opciones de evitar la horca. “Nos han animado a venir de nuevo con el veredicto de la Corte Superior en la mano para su apelación”, expone el abogado Kitson Foong durante una entrevista con Proceso. Malasia celebra sus principales vacaciones anuales en enero, en coincidencia con el Año Nuevo chino, por lo que se espera hasta febrero de 2012 el siguiente paso del proceso judicial: la comparecencia ante la Corte Superior de Justicia, que preside el juez Mohamed Zawawi. La Corte escuchará a todos los acusados y testimonios del caso, uno por uno y sin límite de tiempo. Así, cuando los hermanos González Villarreal realicen su primera declaración ante el juez, habrán pasado casi cuatro años desde su detención y encarcelamiento. “No es que tengan miedo, es que están aterrorizados. Imagínate el concepto de testimoniar para salvar tu vida, jugarte tu destino y el de tus hermanos. Sentirte responsable de su futuro por decir algo mal, equivocarte por nerviosismo en algo que ocurrió hace cuatro años y sobre lo que te van a hacer recordar hasta el detalle más mínimo. Y todo eso mientras te preguntan en una lengua que no es la tuya”, relata Foong. Sus circunstancias en un país extraño recuerdan a la conocida película de Sofia Coppola Lost in translation, en la que una pareja de estadunidenses encarnada por Bill Murray y Scarlett Johansson viven una burbuja de aislamiento cultural e idiomático en Tokio. Para paliar este inconveniente los hermanos contarán con la ayuda de traductores proporcionados por la embajada mexicana en Kuala Lumpur, pero “siempre existe el miedo a no entender bien y a que no te entiendan bien”, comenta el abogado malayo. Enfrente tendrán al que algunos maliciosos llaman el “Juez Soga”, Mohamed Zawawi, antiguo fiscal y hábil interrogador. Se trata del mismo magistrado de la Corte Superior con el que iniciaron el caso y que saben que no les guarda ninguna simpatía. Partidario de la mano dura, sus estadísticas son abrumadoras y elocuentes. Bajo su mandato sólo uno de cada 10 acusados termina absuelto y la mayoría son condenados a la horca. También es, a su vez, uno de los magistrados del país asiático ante cuyas sentencias se presentan más recursos de apelación. Y con más porcentaje de éxito, apuntan, esperanzados, los abogados de la defensa. “Constantemente interrumpe a los testigos, él mismo reformula las preguntas que no considera adecuadas, realiza comentarios personales innecesarios. Solía ser fiscal, tiene un sentido fiero de la justicia y eso se percibe todavía”, describe Foong . Los tres hermanos podrían concentrar sus esfuerzos en los órganos de apelación: en la misma Corte Federal que los ignoró esta semana y finalmente en la Corte Suprema, el máximo estamento judicial de Malasia. “Un solo juez puede tener prejuicios o ser parcial. La ventaja de las apelaciones es que se trata de tribunales con tres magistrados que actúan por consenso y permiten el diálogo. La tendencia señala que entre 60% y 70% de las apelaciones a la pena de muerte se conceden”, afirma Foong. Ahí radica la esperanza de los sinaloenses detenidos.

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