“El presidente quiere saber si tiene alguna esperanza…” Las enfermedades, la agonía, la muerte de Mao, en el relato de Li Zhisui, su médico personal

” ‘Presidente, ¿me mandó llamar?’ Mao luchó por abrir los ojos y mover los labios. La máscara de oxígeno resbaló de su cara y empezó a jalar aire para respirar. Me incliné sobre él. `Ah…ah…ah…’ fue todo lo que pude oír. Su mente estaba clara, pero su habla no tenía remedio.”
El doctor Li Zhisui fue el médico personal del presidente de China, Mao Zedong, durante 22 años, desde 1954 hasta su muerte, el 9 de septiembre de 1976. La mayoría de esos años, Mao gozó de excelente salud y eso le dio oportunidad al médico de tratar con él muchos asuntos políticos y personales. El doctor Li estuvo en contacto diario y cada vez más personal con Mao y con su círculo íntimo de poder. Registró en su diario y conservó en su memoria todas sus conversaciones con ellos, todo lo que vio y oyó, todo lo que pasaba a su alrededor. De ahí nació su libro –casi 700 páginas– La vida privada del presidente Mao, que acaba de salir a la venta, publicado por Ramdom House de Nueva York.
Li nació en Beijing en 1919. Descendiente de una línea notable de doctores. Su abuelo fue médico del emperador de China. Terminó sus estudios y se recibió de doctor en 1945. En 1950 fue nombrado director de las instalaciones médicas secretas que daban servicio al círculo íntimo del poder. En 1954 se convirtió en médico personal de Mao hasta su muerte. En 1980 fue elevado a la vicepresidencia de la Asociación Médica China y de la Sociedad China de Gerontología, y fue director general de Revista médica nacional. En 1988 se trasladó a Chicago, donde vive con sus dos hijos y sus familias.
Li cuenta la muerte de Mao. Atendían al presidente 16 de los mejores doctores de China y 24 enfermeras escogidas, que trataban de salvarle la vida desde hacía dos meses, junio 26 de 1976, cuando Mao sufrió su segundo infarto al miocardio. Hacían guardia las 24 horas del día y tres doctores y ocho enfermeras estaban constantemente al lado de su cama, mientras otros dos médicos vigilaban su electrocardiograma. Se turnaban cada ocho horas. La oficina de Li, jefe del equipo médico, era un cubículo justo afuera del cuarto de Mao.

El pueblo chino ignoraba la enfermedad de Mao. “Pero los que estábamos al lado de su lecho sabíamos que era cuestión de horas, tal vez de minutos. Hua Guofeng, primer vicepresidente del partido, genuinamente leal a Mao y preocupado por su salud, moderado; Wang Hongwen, segundo vicepresidente del partido, radical; Chang Chunqiao, radical, integrante del politburó, y Wang Dongxing, moderado, elemento del politburó, vigilaban por pares en turnos de 12 horas”.
Hua Guofeng comprendía el esfuerzo de los doctores por salvar la vida del jefe. Si querían utilizar un tratamiento nuevo, como alimentarlo con una sonda por la nariz, Guofeng ensayaba primero en sí mismo para ver si funcionaba. “Me simpatizaba Hua Guofeng. Su integridad y su sinceridad eran insólitas en medio de la corrupción y de la descomposición de las élites del partido. Mao lo quería enormemente. Le gustaba la derechura con que le decía la verdad”.
Mao le dijo un día al doctor Li: “nadie más dice la verdad como Hua Guofeng”. Hua fue el sucesor de Chou Enlai, como primer ministro de China, a cargo del gobierno, y como heredero de Mao para dirigir el partido.
Eso le costó a Hua la enemistad y la guerra de la esposa de Mao, Jiang Qing, y de sus incondicionales de Shanghai, Chang Chunqiao, Yan Wenyuan y Wang Hongwen, componentes de la “Banda de los Cuatro”, que terminaría en la cárcel algún tiempo después. A consecuencia de esa guerra, Hua decidió retirarse.
Dice Li: “estaba en la piscina, el 30 de abril de 1976, cuando Hua le dijo a Mao que los ataques contra él le hacían imposible seguir sirviendo. Después de la reunión, Hua me contó la conversación y me enseñó las notas de Mao. Eran tres. Una decía: `si tú estás a cargo, mi mente está en paz’. Otra: `actúa de acuerdo con las decisiones tomadas’. La tercera: `no te pongas nervioso, tómalo con calma’. Para entonces, el habla de Mao era ya incomprensible y tenía que comunicarse por escrito”.
El 8 de septiembre de 1976, los médicos le pusieron a Mao una inyección intravenosa de un compuesto de ginseng, para estimular su corazón. Su presión arterial subió de 86-66 a 104-72 y mejoró su pulso. “Yo sabía que era transitorio”. Hua llamó aparte al doctor Li y le preguntó si se podía hacer algo más. Chunqiao y Dongxing se acercaron para oír. Li no contestó. Se hizo el silencio. Sólo se escuchaban los jadeos de Mao. Li murmuró: “hicimos lo que pudimos”.
Wang Dongxing era director de la Oficina General del Comité Central y jefe de la escolta de Mao encargada de su seguridad. Hua le dijo que llamara de inmediato a Jiang Qing y a los integrantes del politburó.
Chang Yufeng era la secretaria confidencial de Mao. Lo había sido desde 1974. Mao la conoció en una fiesta en Changsa, cuando ella tenía 18 años. Fue ella –grandes ojos redondos, maravilloso cutis blanco, aire de inocencia– la que sacó a bailar a Mao. Al terminar el baile, Mao se la llevó a su casa de huéspedes. Pasaron la noche juntos. A pesar de que su relación fue tumultuosa y de que Mao tuvo muchas otras mujeres, Chang era la que más había durado. Aun ahora, varias de las enfermeras que lo atendían eran jóvenes bailarinas que lo alimentaban y limpiaban su cuerpo con esponjas.
Chang Yufeng se las había arreglado para conservar la confianza de Mao, a pesar de que se había vuelto alcohólica y soez. Su tarea era recibir y enviar el enorme volumen de documentos que Mao leía y comentaba todos los días. Cuando falló la vista de Mao, ella le leía todos esos materiales. Dongxing la nombró secretaria confidencial del presidente en 1974. Salvo el doctor Li, nadie –incluidos la esposa Jiang Qing y los elementos del politburó– tenía acceso a Mao, si no era a través de Chang Yufeng, que trataba con desdén a todos.
Un día de junio de 1976, Hua fue a ver a Mao. Chang Yufeng dormía la siesta. Nadie se atrevió a despertarla. Dos horas más tarde, el segundo hombre de China, inferior sólo a Mao, Hua Guofeng, se tuvo que ir sin ver a su jefe. Mucho del poder de Chang venía del hecho de que era la única que entendía el habla de Mao. Y la interpretaba para los demás.
Al lado del lecho de Mao, Yufeng le preguntó a Li: “el presidente quiere saber si tiene alguna esperanza”. Mao asintió con la cabeza y lentamente extendió su mano hacia el doctor. Li tomó la mano fláccida y con dificultad encontró el pulso. Mao había perdido la redondez de la cara y su piel era ceniza. Sus ojos estaban vacíos.

EL EDIFICIO 202

El 28 de julio de 1976 tuvo lugar el terremoto que destruyó la ciudad de Tangshan, a unos 160 kilómetros de Beijing, y buena parte de esa región. Murieron más de 250,000 personas. En Beijing murieron pocos, pero los daños físicos fueron grandes. Hubo que trasladar a Mao. El edificio 202 era la única posibilidad. Había sido construido en 1974 especialmente para Mao y precisamente para resistir terremotos mayores. Allí llevaron a Mao. En la tarde vino el segundo temblor, igualmente fuerte, en medio de una lluvia torrencial. Casi no se sintió en el 202.
Hua y Li estaban calladamente junto al lecho de Mao. Chunqiao, Hongwen y Dongxing entraron sin ruido. Poco a poco se llenó el cuarto con los demás integrantes del politburó. De pronto irrumpió Jiang Qing pegando de gritos: “¿me quiere decir alguien qué está pasando?”. Jiang era la cuarta esposa de Mao. Se casaron en Yanan en 1938. Al principio se había llevado bien con todos en Yanan. Para 1949, se había convertido en una mujer irascible, exigente e insoportable. E inmensamente aburrida. Volvió a despertar con la Revolución Cultural, que ella aprovechó para sus venganzas personales y para acumular poder. Se le nombró integrante del politburó. Jiang y Mao llevaban vidas separadas, por años. Pero Mao no quería divorciarse, porque habría quedado libre para casarse con alguna otra de sus muchas mujeres. Prefirió evitarlo.
Jiang resentía el dominio de Chang Yufeng sobre Mao. Pero supo inclinarse ante lo inevitable y empezó a cortejar a Chang para poder comunicarse con el presidente. También tenía problema en aceptar la enfermedad y la muerte de Mao. Se desgarraba entre el miedo de perder su poder con la muerte de Mao, de quien dependía enteramente, y la esperanza de suceder a su marido en el poder supremo. Le disgustaban la enfermedad y la incontinencia de Mao.
La enfermedad había empezado en 1971, a raíz de la traición de Lin Biao, el hombre que Mao había escogido como sucesor, que se alzó contra él y quiso deponerlo. El episodio de la conspiración y de la muerte del traidor deprimió mucho a Mao. Le era imposible dormir. Pero se negó a todo tratamiento, hasta febrero de 1972, tres semanas antes de la primera visita del presidente Richard Nixon. Mao llamó el doctor Li. Pero “su condición era tan grave que la recuperación total era impensable. Cuando llegó Nixon, Mao estaba tan débil, que casi no podía hablar. La infección pulmonar no había cedido y sufría una seria congestión cardíaca. Estaba tan hinchado, que tuvo que usar un traje más grande. Así recibió a Nixon”.

LAS ENFERMEDADES

Ahora, a los 83 años, tenía muchas enfermedades. Su adicción a fumar, de toda la vida, había destruido sus pulmones y tenía frecuentes ataques de bronquitis, de pulmonía y de enfisema. Al perder elasticidad la mucosa de los pulmones, la tos convulsiva había desgarrado las paredes de su pulmón izquierdo y había dejado tres enormes burbujas de aire que le hacían difícil respirar. Podía aspirar, pero le costaba trabajo exhalar, y sólo podía acostarse sobre su lado izquierdo, de modo que el peso de su cuerpo oprimiera las burbujas de aire y le permitiera respirar con el pulmón derecho. A veces sólo podía respirar con la ayuda de una máscara de oxígeno. En los momentos más difíciles usaba el respirador artificial que le había regalado Henry Kissinger después de su viaje secreto a China en 1971.
En 1974 se le diagnosticó otra enfermedad, rara, incurable y fatal, esclerosis amiotrófica lateral, que en Occidente se conoce como el mal de Lou Gehrig, porque de esa enfermedad murió el famoso beisbolista de los Yanquis de Nueva York. Las células nerviosas motoras de la médula y de la espina dorsal, que controlan los músculos de la garganta, de la faringe, de la lengua y de la pierna y de la mano izquierdas, se degeneran y mueren. Se producen la atrofia muscular y luego la parálisis de las partes afectadas. Durante el proceso de la enfermedad, el paciente pierde la habilidad de hablar y de tragar y es necesario alimentarlo por una sonda nasal que baja hasta el estómago. Los músculos afectados se vuelven inútiles y la respiración se dificulta cada vez más. Aumentan continuamente las infecciones pulmonares. No hay cura ni tratamiento adecuado, y la mayoría de los pacientes muere en dos años.

EL FINAL

La enfermedad de Mao había progresado. Pero ya no lo mataba solamente el mal de Gehrig sino también el corazón, debilitado por la edad y por la enfermedad crónica de los pulmones. Sufrió el primer infarto al miocardio en mayo de 1976, en medio de una discusión con Chang Yufeng. El segundo, el 26 de junio. El tercero, el 2 de septiembre. El doctor Li:
“Mao luchaba. Su mano en la mía, le dije: `todo está bien, presidente. Le vamos a ayudar’. Por un instante, los ojos de Mao parecieron alegrarse. Lentamente empezaron a aparecer manchas rosadas en sus mejillas. Exhaló profundamente. Sus ojos se cerraron. Su mano derecha, sin vida, resbaló de la mía. La línea del electrocardiograma se volvió recta. Miré mi reloj. Eran las 12:10 horas del 9 de septiembre de 1976.
“No sentí pena por su muerte. Había estado con él 22 años, todos los días, a todas horas, en todas partes. Más que su médico, yo era su confidente personal y político, más cercano a él que ningún otro, salvo, quizá, Wang Dongxing. Al principio lo adulé. Mao era el salvador de China, el mesías. Para 1976, hacía mucho que eso había pasado. Mi sueño de la nueva China, en la que todos los hombres fueran iguales y en la que se acabara la explotación, se había hecho trizas desde hacía años. Yo no tenía fe en el partido comunista, al que todavía pertenecía. Lo mejor que pude pensar frente a la línea recta del electrocardiograma fue que había terminado una era; había pasado el tiempo de Mao.”
Lo sacó de sus pensamientos el grito de Jiang Qing: “¿qué han estado haciendo? A ustedes se les va a hacer responsables”. Su acusación no fue ninguna sorpresa. Jiang Qing veía conspiraciones y conjuras hasta en los actos más inocentes. Desde hacía cuatro años, Qing había acusado de espía al doctor Li. Intervino Hua Guofeng: “hemos estado aquí todo el tiempo, y el equipo médico –¡todos ellos!– ha hecho lo mejor posible. Wang Hongwen, el más joven del politburó, confirmó: “el equipo médico nos ha estado reportando cada detalle. Sabíamos todo perfectamente”. Qing replicó: “entonces, ¿por qué no me informaron antes?”.
Nadie respondió. Todos sabían que se le había informado todos los días y que cada día había acusado a los médicos de exagerar la enfermedad de Mao. El 28 de agosto se le informó con detalle sobre la gravedad y la muerte cercana. Y se fue a Dazhai a hacer la inspección ocular de un proyecto agrícola. Hua la hizo regresar el 5 de septiembre. A su regreso, ni siquiera preguntó por Mao. Estaba cansada. El 7, el equipo médico la citó para informarle sobre la inminencia del fin. Su respuesta fue: “ya pueden estar todos felices ahora”. Pensaba que ella iba a tomar el poder y que todos estaban felices por eso. Felicitó a cada uno de los médicos en persona.
Wang Dongxing, uno de los hombres más poderosos y declarado enemigo de la mujer, comentó a Li: “Jiang Qing está convencida de que el presidente es lo único que le impide el poder supremo”. Sólo esperaba su muerte. Wang no le temía. La ignoraba. El era jefe de la Oficina General del Partido Comunista, director de la Oficina Central de Guardias, secretario de la Unidad de la Guarnición Central encargada de la seguridad de los jefes y de las instalaciones. Y había sido vicepresidente del Ministerio de Seguridad Pública de China.
Wang ignoró el arranque colérico de Jiang y llamó a Chang Yaoci, comandante de la Guarnición Central. El cuerpo de Mao debía ser velado en el Gran Salón del Pueblo. Desfilarían frente a su féretro decenas de miles. Había que organizar una estricta seguridad. De pronto, Jiang Qing se relajó, se volvió amable y, como si ya hubiera asumido la dirección de China, empezó a agradecerles a todos sus esfuerzos. Le ordenó a una enfermera que planchara su vestido negro de seda, el que se había mandado hacer para la muerte de Mao. Ya estaba lista para llorarlo.
Se produjo el segundo grito lacrimoso, esta vez de Chang Yufeng: “el presidente se ha ido, ¿ahora qué va a pasar conmigo?”. Jiang Qing fue rápida. Le echó el brazo al hombro: “ya puedes trabajar para mí ahora”. Yufeng dejó de llorar y se iluminó con una sonrisa: “gracias, camarada Jiang Qing”. Jiang se la llevó aparte: “de hoy en adelante, no dejes que nadie más que yo entre al despacho o a la habitación del presidente. Recoge todos sus documentos, ponlos en orden y dámelos personalmente”. De allí se fue al salón de conferencias, donde iba a empezar la junta del politburó. Chang Yufeng se fue tras ella. Le iba prometiendo que cumpliría sus órdenes. El doctor Li había oído toda la conversación.
Yaoci, el jefe de la Guarnición Central de Seguridad, preocupado, le preguntó a Li si había visto el reloj de Mao, “el Omega suizo que le regaló Guo Moruo durante las negociaciones de Chongqing en 1945”. Guo Moruo era escritor, calígrafo, intelectual multifacético, presidente de la Academia China de Ciencias, amigo y adulador de Mao. En agosto de 1945, en Chongqing, Estados Unidos usó las negociaciones para animar al Guomindang y a los comunistas a que formaran un gobierno de coalición y solventaran sus diferencias. El fracaso de las negociaciones marcó la inevitabilidad de la guerra civil y el fin de la cooperación de los comunistas con Estados Unidos. El Omega de Guo Moruo tenía enorme valor histórico.
Li: “estábamos tratando de salvar la vida de Mao. Nadie le puso atención al reloj. ¿Por qué no le pregunta a Chang Yufeng?”.
Yaoci: “vi a Mao Yuanxin merodear por el cuarto, manosear todo y escurrirse fuera de allí. El debe haberlo tomado”.
Li: “nadie pudo haberse atrevido a tomarlo”.
Yaoci no respondió, corrió al cuarto del presidente. Mao Yuanxin era hijo del hermano menor de Mao, Mao Zemin, que fue ejecutado por partidarios del general Chiang Kaishek y del Guomindang cuando Alemania invadió la Unión Soviética. La esposa de Zemin fue encarcelada. Yuanxin nació en la cárcel. Mao se hizo cargo de la educación de su sobrino, pese a que rara vez lo veía.

¿COMO EMBALSAMARLO?

Wang Dongxing salió del salón de conferencias, donde deliberaba el politburó. Llamó a Li. Se había decidido preservar el cuerpo de Mao por dos semanas para que la gente pudiera venir a presentar sus respetos. Era septiembre. Todavía hacía calor en Beijing. Había que empezar de inmediato. La preservación por dos semanas no presentaba problema.
Pero un capitán de la guarnición de Yaoci interrumpió: “doctor Li, es mejor que se prepare. Sospecho que las noticias que vienen del politburó no van a ser buenas para usted. Si algo sale mal, usted no podrá huir”. Li supo que lo iban a acusar de haber asesinado a Mao, como acusaron a los médicos de Stalin. Recuerda: “lo esperaba y estaba preparado. Mao solía decir: `un puerco muerto no le teme al agua hirviendo’. Me sentía como un puerco muerto”.
No había aún amanecido cuando Li telefoneó a la ministra de Salud Pública, Liu Xiangping, viuda del que fue ministro de Seguridad Pública, Xie Fuchi, ambos devotos de Jiang Qing. Liu había sido nombrada ministra de Salud en plena Revolución Cultural por intervención de Jiang Qing, porque ella en sí no tenía ninguna cualificación para el puesto.
Li fue a verla a su casa: “el presidente Mao murió a la medianoche”. Ella dio un grito y se puso a llorar. Li continuó: “tengo mucho que hacer y no puedo perder tiempo. La autoridad central quiere que preservemos el cuerpo del presidente por dos semanas. Debemos apresurarnos. Nos están esperando”. Liu dejó de llorar: “¿qué podemos hacer?”. Volvió a llorar.
Li: “tenemos que hablar con la gente de la Academia de Ciencias Médicas. Los departamentos de anatomía y de histología tienen especialistas”.
Liu: “está bien, pero primero tenemos que hablar con Huang Shuze y con Yang Chun”.
Huang Shuze, médico, había sido viceministro de Salud y era consejero de Liu. Ella lo consultaba para todo. Yang Shung era secretario de la Academia de Ciencias Médicas.
Liu y Li se reunieron con Huang y Yang en la Academia. Ya estaban allí dos especialistas en preservación de cadáveres, uno anatomólogo, otra históloga. No sabían para qué los habían despertado a la mitad de la noche, pero uno de ellos, el anatomólogo, Chang Bingchang, ya estaba acostumbrado. Durante la Revolución Cultural lo llamaron mil veces para firmar los falsos certificados de defunción de la gente que había sido asesinada. Los jóvenes militantes de las guardias rojas no querían que se registraran sus crímenes. Bingchang se resistía a servirles de tapadera. Muchas veces lo golpearon. Una vez le contó al doctor Li: “no me importaba que me golpearan. Lo que realmente temía era que me etiquetaran como contrarrevolucionario”. Una noche, tiempo atrás, lo llamaron a practicar la autopsia de un viejo ministro de Seguridad Pública que se suicidó con una sobredosis de barbitúricos. Eso certificó Bingchang, y lo encarcelaron por más de dos meses.
Los especialistas estuvieron de acuerdo en que el cuerpo de Mao se podía preservar fácilmente por dos semanas. Era cuestión de inyectarle dos litros de formaldehído en una arteria de la pierna. Nadie tuvo objeción. La históloga y el anatomólogo empacaron sus jeringas y sus frascos y todos marcharon juntos. Las calles estaban desiertas y aún oscuras. El politburó seguía reunido.
El oficial que estaba al mando de la guardia armada se acercó a Li: “el director Wang Dongxing ha preguntado por usted varias veces y también lo ha buscado el mariscal Ye Jiangying. El politburó aprobó que se anuncie la muerte del presidente. El mensaje se hará público por radio a las cuatro de la tarde”.
Li: “este era el anuncio que yo estaba esperando. Tenía que dar el veredicto oficial sobre las causas de la muerte de Mao y decir si el equipo médico o yo éramos responsables. Pregunté con ansia qué decía el comunicado sobre la enfermedad y la muerte del presidente. `Véalo usted mismo’, me dijo el oficial, y me dio la hoja de papel. Leí: `… recibió excelente atención médica durante su enfermedad, pero al final su condición se agravó más allá de toda ayuda. Murió a las 12:10 de la madrugada, el 9 de septiembre de 1976, en Beijing’. No tenía necesidad de leer más. Había sido exonerado. Varios días después, el 13 de septiembre, mi nombre apareció en el Diario del pueblo como director del equipo médico de Mao. Me había salvado.
“Wang Dongxing vino hacia mí tan pronto entré en el salón donde estaba reunido el politburó, 17 personas en total:
–Vámonos a otra parte. Necesitamos hablar. ¿Ya viste el comunicado?
–Lo acabo de ver. Sólo leí el primer párrafo.
–El politburó acaba de tomar otra decisión. El cuerpo del presidente debe ser preservado permanentemente. Tienes que averiguar cómo se puede hacer eso.
–Pero me dijiste que lo preservara sólo por dos semanas. ¿Por qué quieres preservarlo para siempre? En 1956, el presidente Mao fue el primero en firmar el pacto que hicimos para que nos cremaran. Lo recuerdo claramente.
–Es una decisión del politburó. La acabamos de tomar hace un momento.
–Pero es imposible. ¿Cómo te sientes tú con esto?
–El premier Hua y yo, los dos, aprobamos la decisión.
–No se puede hacer. Hasta el hierro y el acero se corroen, para no decir nada del cuerpo humano. ¿Cómo puede no deteriorarse?
–Recuerdo mi viaje a Moscú con Mao, en 1957. Visitamos los restos de Lenin y de Stalin. Los cuerpos parecían encogidos y secos, y me dijeron que las narices y las orejas de Lenin se habían podrido y las habían tenido que reponer con cera. A Stalin se le cayó el bigote. Y las técnicas soviéticas de embalsamamiento son mucho más avanzadas que las de China. No me puedo imaginar cómo podemos preservar el cuerpo de Mao.
–Debes tener alguna consideración para nuestros sentimientos.
–Por supuesto. Pero la ciencia china simplemente no ha avanzado tanto como para lograrlo.
–Por eso tienes que buscar gente que te ayude. Lo que necesites, equipo, instalaciones, lo que sea, sólo déjamelo saber.”
El mariscal Ye se unió a Hua y a Li. Le preguntó a Li su opinión sobre la preservación del cuerpo de Mao. Li reiteró sus objeciones. Le dijo: “como están las cosas, no tenemos alternativa, doctor Li, hay que aceptar la decisión del politburó. ¿Por qué no consulta con algunas personas de su confianza, algunos instructores del Instituto de Artes y Artesanías, a ver si pueden fabricar en cera un duplicado de Mao. Dígales que traten de hacerlo real. Y más tarde, quizá, si llega a ser necesario, podemos usar ese modelo como sustituto”.
Li descansó. Por lo menos el mariscal Ye, uno de los primeros elementos del Partido Comunista, fundador del Ejército de Liberación del Pueblo, vicepresidente de la Comisión de Asuntos Militares e integrante clave del politburó, no insistía en lo imposible. Wang estuvo de acuerdo, pero les pidió a ambos secreto absoluto. Li volvió a los restos de Mao.
La habitación se había llenado de equipo médico. Cambiaron el cuerpo de Mao a otro cuarto, junto al salón de conferencias, donde estaba reunido el politburó. La temperatura era de 25 grados centígrados, demasiado alta para el cuerpo. Li ordenó que la bajaran a diez. “No podemos –le dijeron–, los altos jefes están todos allí y Jiang Qing ha impuesto medidas muy severas en cuanto a la temperatura del cuarto. Tendríamos que pedirle permiso”. En el edificio 202 no había manera de controlar individualmente la temperatura de los cuartos, ni siquiera en el de Mao. Li fue al salón de conferencias y obtuvo el permiso del politburó.
Cuando regresó, los especialistas estaban terminando la inyección de formaldehído. “Les hablé de la decisión del politburó sobre la preservación permanente. Se quedaron estupefactos: `es imposible. No tenemos idea de cómo hacerlo'”. Li insistió: “tendremos que inventar algún modo. Que alguien vaya a la biblioteca de la Academia de Ciencias Médicas y vea si hay libros sobre el tema”. Fue la históloga. Una hora después habló por teléfono: “hay un procedimiento para preservar el cuerpo por un tiempo más largo. Debemos inyectar otra enorme dosis de formaldehído, entre 12 y 16 litros, según el tamaño del cuerpo, y entre cuatro y ocho horas después de la muerte, hasta que se llenen de líquido los dedos de las manos y de los pies”. Pero la históloga no estaba segura. Había encontrado la fórmula en una revista occidental, pero no sabía si funcionaba. Había que consultar con el politburó.
Li habló con Hua. El hombre lo pensó y le dijo: “imposible convocar otra junta en este momento. Y no serviría de nada, porque los integrantes del politburó no sabemos de estas cosas. ¿Por qué no sigues adelante con tu plan y simplemente lo haces? No puedo pensar en otra cosa”.
Habían llegado otros dos especialistas. Chen, del departamento de anatomía de la Academia. Ma, del departamento de patología del hospital de Beijing, especialista en maquillaje de cadáveres. Le inyectaron al cadáver de Mao 22 litros, seis más de los que decía la fórmula, por si las dudas. Terminaron a las diez de la mañana.
El resultado fue espantoso. La cabeza de Mao se infló como un balón y el cuello se hizo del ancho de la cabeza. La piel se volvió brillante y el formaldehído se salía por los poros, como gotas de sudor. Las orejas se hincharon y se disparaban de la cabeza en ángulo recto. El cuerpo era grotesco. Los guardias y otros asistentes estaban horrorizados. Chang Yufeng: “¿qué han hecho para que el presidente se vea tan terrible? ¿Ustedes creen que la autoridad central va a aprobar lo que han hecho?”. Li conservó la calma: “no se apuren, ya pensaremos en algo”.
Había que regresar el cuerpo de Mao a su forma original, pero ya no había modo de sacar el formaldehído. Li: “no importa que el cuerpo permanezca inflado, lo tapamos con ropa. Pero más vale que hagamos algo con la cabeza y el cuello. A lo mejor, si le damos masaje, podemos empujar el líquido hacia el cuerpo”. El equipo empezó el masaje con toallas y bolas de algodón. Intentaba bajar el líquido y retacarlo en el cuerpo. Chen presionó la cabeza demasiado fuerte y se desprendió un pedazo de la mejilla derecha. Chen empezó a temblar. Ma lo consoló: “podemos maquillarlo”. Puso en el hoyo estropajo con vaselina y lo cubrió con líquido color carne. Funcionó.
Los cuatro especialistas trabajaron hasta las tres de la tarde. La cara de Mao parecía normal. Las orejas ya no se disparaban. El cuello seguía hinchado, pero todos estuvieron de acuerdo en que, dadas las circunstancias, no estaba tan mal. Cuando trataron de vestirlo, el pecho estaba tan inflado que no cerraba el saco. Se hizo un corte por la espalda al saco y a los pantalones para que ajustaran bien por arriba.
Estaban acabándolo de vestir, cuando llegó a presentar sus respetos Xu Shiyou, comandante en jefe de la zona militar de Guangchou. Era uno de los más famosos generales de China, elemento del partido desde su juventud, sobreviviente de la Gran Marcha. De niño, forzado por la pobreza, entró de monje budista al Templo Shaolin, mundialmente famoso por sus artes marciales. Aprendió a leer en el Ejército Rojo. Era un hombre burdo e ignorante. Pero –solía decir Wang Dongxing– podía enfrentarse solo a 20 hombres y acabar con ellos. Xu no podía ver a Jiang Qing, pero era ferozmente leal a Mao.
Cuando vio el cadáver, Xu hizo tres reverencias, al modo tradicional chino. Luego dio dos vueltas alrededor del cuerpo, murmurando “maldita sea”, se inclinó, examinó la piel del pecho y preguntó, como para sí mismo: “¿qué son estas magulladuras azuladas en su cuerpo?”. Hizo otras tres reverencias profundas, se cuadró ante Mao y se fue.
Ma terminó el maquillaje. El cuerpo parecía de Mao. Lo cubrieron con la bandera del Partido Comunista y, 24 horas después de su muerte, lo colocaron en un ataúd de cristal al vacío. Varios elementos del politburó se hicieron fotografiar junto al féretro. Una ambulancia lo llevó al Gran Salón del Pueblo, donde sería velado.

LA LUCHA POR EL PODER

La intensa lucha de poder que había empezado durante la enfermedad de Mao, se centró ahora en la posesión de sus documentos. Jiang Qing y Mao Yuanxin fueron al departamento de Mao, donde todavía estaba hospedada Chang Yufeng, y le pidieron que les entregara los papeles de Mao, especialmente la transcripción de sus conversaciones durante el viaje de inspección que hizo por el sur de China, del 14 de agosto al 12 de septiembre de 1971, justo antes de que Lin Biao se matara en su vuelo desastroso para huir a la Unión Soviética. Nunca se habían hecho públicas esas conversaciones de Mao, pero se sabía su contenido: eran las apreciaciones y los juicios de Mao sobre los altos dirigentes de China, incluidos Jiang Qing, Chunqiao, Hongwen y Wenyuan, que pronto serían conocidos como el Grupo de los Cuatro.
El responsable de la salvaguarda de esos documentos era Wang Dongxing, que en ese momento hacía guardia junto al féretro de Mao en el Gran Salón del Pueblo. Desfilaban frente al cadáver decenas de miles de ciudadanos, cuidadosamente seleccionados para el caso, y los grandes jefes vigilaban. Wang no sabía nada de las intrigas de Jiang para apoderarse de los documentos, hasta que Yaoci, el comandante de la Guarnición Central, le informó.
Fue de inmediato a ver a Yufeng y le pegó de gritos: “usted es la responsable de cuidar estos documentos, no se los vaya a dar a otros, pertenecen a la autoridad central del partido y nadie tiene permiso para llevárselos”. Yufeng se puso a llorar. Murmuró: “la camarada Jiang Qing es integrante del politburó y esposa del presidente Mao. Mao Yuanxin es su enlace con el politburó y es sobrino del presidente. ¿Cómo podía yo detenerlos?”. Wang la calmó: “está bien. Voy a mandar a alguien a que revise los documentos. Entretanto, usted vaya a decirle a Jiang Qing que devuelva los papeles que se llevó”. Jiang se rehusó. Wang tuvo que insistir personalmente. Jiang:
“Todavía no se enfría el cuerpo de Mao y ya quieren ustedes echarme.”
El doctor Li: “Wang me dijo más tarde que varios documentos habían sido falsificados. Jiang había intentado expurgar las críticas de Mao contra ella”.

LOS DOS MAOS

Li empezó a organizar un nuevo equipo de más de 20 especialistas en anatomía, patología y química orgánica, convocados de todas las escuelas y de todos los rincones del país, para trabajar en la preservación permanente de Mao. Estudiaron los antiguos métodos chinos de preservación. Hallazgos arqueológicos revelaron cuerpos enterrados hacía cientos de años, que estaban asombrosamente bien preservados. Concluyeron que las técnicas antiguas no le servirían a Mao. Los cuerpos antiguos habían sido enterrados en suelo profundo y nunca fueron expuestos al oxígeno. Habían sido cubiertos con una especie de bálsamo y estaban inmersos en un líquido que los científicos identificaron como mercurio. Apenas fueron expuestos al aire, se desintegraron.
Quisieron averiguar cómo fue preservado Lenin, pero las relaciones de China con la Unión Soviética estaban tan deterioradas que fue imposible. Dos investigadores fueron a Hanoi, para estudiar la preservación de Ho Chi Minh. El viaje fue un fracaso. Nadie quiso explicarles el proceso y no les dejaron ver a Ho Chi Minh. En secreto les dijeron que la nariz se había podrido y que la barba se había caído. Otros dos investigadores fueron a Inglaterra, para aprender el arte de las figuras de cera. Concluyeron que, al menos en esta materia, China estaba mucho más avanzada que Inglaterra. La figura de cera de Mao, hecha en el Instituto de Artes y Artesanías era extraordinariamente viva y parecida a Mao. Las figuras inglesas eran eso, figuras de cera.
La conclusión final fue que la preservación de Mao debía hacerse con una modificación del método ya usado. Remover y conservar las vísceras en frascos separados de formaldehído –corazón, pulmones, estómago, riñones, intestinos, hígado, páncreas, vesícula, vejiga y bazo–, por si surgiera una duda sobre las causas de la muerte. Llenar la cavidad visceral con algodones empapados en formaldehído. Insertar un tubo en el cuello, para hacer posible el relleno periódico de formaldehído. Llenar de helio el ataúd.
El trabajo debía hacerse herméticamente secreto. Se le dio el nombre de “Proyecto Subterráneo 19 de Mayo”, en recuerdo de las batallas fronterizas de 1969 entre China y la Unión Soviética, que desembocaron en una nueva relación de China con Estados Unidos, cuando Mao se convenció de que el enemigo verdadero de la seguridad china era la URSS, no Estados Unidos. El 19 de mayo de 1969, Mao dio la orden de construir enormes túneles subterráneos para almacenar granos y prepararse para la guerra. En las áreas urbanas, los túneles servirían de protección antiaérea. Beijing está todavía encima de ese laberinto subterráneo.
El 17 de septiembre de 1976 terminó el velorio de Mao. Su cuerpo fue trasladado al complejo subterráneo de Maojiwan, abandonado desde la muerte de Lin Biao, que allí había tenido su residencia. En el fondo del subterráneo está el Hospital 305. Allí, en una de las salas quirúrgicas, se instaló el cadáver. Allí llegó también el duplicado de cera.
Li: “allí lo vi por primera vez. La perfección de los artistas del Instituto de Artes y Artesanías era en verdad impresionante. La figura de cera era misteriosamente idéntica a Mao Zedong. Sólo unos pocos sabíamos que los dos Maos, uno preservado en formaldehído y otro fabricado de cera, permanecieron todo un año en el hospital subterráneo. Yo los inspeccionaba una vez por semana. La históloga que había participado en la preservación, Xu Jing, quedó a cargo de los dos Maos”. El funeral solemne se llevó a cabo el 18 de septiembre.
A las tres de la tarde se detuvo toda China. Todos los silbatos de las fábricas y de los trenes chillaron por tres minutos en un tributo final. Siguieron tres minutos de silencio. Wang Hongwen inició el servicio nacional. Hua Guofeng pronunció el panegírico. El cansancio retenido finalmente hizo presa del doctor Li, que luchaba por no desmayarse. Su mente estaba en las nubes. Sólo se dio cuenta de que el servicio había terminado.

LAS SOSPECHAS

El 22 de septiembre, Li entregó su informe médico final al politburó y fue citado a la junta de los grandes. Li estaba explicándoles el proceso de la enfermedad, cuando se levantó el general Xu, el que había sido monje budista y había preguntado por las manchas moradas en el cuerpo de Mao. Los que mueren envenenados tienen esas manchas. Xu preguntó con fiereza: “¿por qué tenía esas manchas el cuerpo del presidente?”. Li trató de explicar: “en sus últimos días, el presidente casi no podía respirar. Tenía una seria falta de oxígeno. Eso causó las manchas”.
Xu, el general ignorante y burdo, lo retó: “he peleado mil batallas durante toda mi vida y he visto montones de muertos. Pero nunca vi a nadie en esas condiciones. Cuando vi las magulladuras en el cuerpo del presidente, el 9 de septiembre, hice una pregunta que usted no supo responder. Creo que el presidente fue envenenado. Sólo el veneno produce esas manchas. Debemos interrogar a los médicos y a las enfermeras y descubrir quién envenenó al presidente”.
Li explicó el complicado plan que se había puesto en práctica desde los primeros días de la República del Pueblo, para evitar que Mao fuera envenenado: “todo el equipo médico aprueba cada medicina que usamos. Se escribe una receta. Dos enfermeras certifican la receta. Dos médicos de guardia la vuelven a certificar. La receta se lleva a una farmacia especial creada sólo para los altos jefes. La farmacia surte la receta en frascos sellados que sólo los doctores pueden abrir al lado de Mao”.
Xu insistió: “esto puede ser un complot en el que todos están implicados. Tenemos que hacer una investigación exhaustiva”. Xu sospechaba, sobre todo, de Jiang Qing y sus secuaces. Y, sin saber que Jiang y Li no se toleraban, sospechaba que los médicos se habían hecho parte de la conspiración. Cuando Xu acabó de hablar, se hizo un silencio tenso. Lo rompió el mariscal Ye. Se dirigió a Li: “¿por qué tenía esos cardenales el cuerpo del presidente Mao?”.
Li: “había tres grandes burbujas de aire en su pulmón izquierdo y el presidente tenía pulmonía en ambos pulmones. Tenía gran dificultad en respirar y, en consecuencia, una severa falta de oxígeno. Esas contusiones azuladas –se llaman `parches de la muerte’– aparecen normalmente unas cuatro horas después del deceso. Cuando el camarada Xu vio el cuerpo a las 4 de la tarde, el presidente llevaba 16 horas muerto”.
Se levantó Jiang Qing: “camarada Xu Shiyou, el equipo médico ha estado trabajando muy duro por cuatro meses. ¿Por qué no los deja que simplemente terminen su informe?”.
Wang Hongwen: “desde que la enfermedad del presidente se volvió crítica, Guofeng, Chunqiao, Dongxing y yo estuvimos turnándonos…”.
No terminó. Xu se remangó ambos brazos y se fue derecho hacia Jiang Qing. Dio tales puñetazos en la mesa frente a ella que las tazas de té fueron a dar a la alfombra: “usted no les permite a los integrantes del politburó hablar en una reunión del politburó. ¿Qué clase de trucos están ustedes jugando?”.
Intervino Hua Guofeng: “camarada Xu, tengamos calma. Doctor Li, ¿por qué no se van ahora usted y su gente y retomamos el asunto más tarde?”. El equipo médico dejó la sala en silencio. Yaoci, el comandante de la Guarnición Central, los interceptó a medio camino: “el director Wang Dongxing les manda decir que es mejor no decir ni una palabra de lo que pasó en la junta del politburó. Ustedes sólo deben esperar la decisión del politburó”. Médicos y enfermeras se fueron a comer. Ninguno comió.
Li esperaba que lo acusaran de asesinar a Mao. Lo que no esperaba era que la acusación partiera del general Xu y que Jiang Qing saliera en su defensa. En realidad no defendió a Li, se defendió a sí misma. Pasaron los días y la respuesta del politburó no llegaba. Los elementos del equipo médico fueron devueltos a sus instituciones. Muchos pensaron que la crisis había pasado. Li sabía que la lucha por el poder apenas comenzaba.
Dos meses antes de la muerte de Mao, Wang Dongxing le dijo al doctor Li que pensaba arrestar a Jiang Qing y a sus secuaces en vida de Mao. Hua Guofeng, a pesar de sus maneras impecables hacia la esposa de Mao, quería lo mismo. Jiang Qing se portaba como si el poder de Mao fuera a ser suyo, pero sabía que no estaba a salvo. Mientras no se resolviera la batalla por el poder, el equipo médico estaría en una posición precaria. Acusaciones y contraacusaciones sobre la muerte de Mao eran parte del debate. Perdieron Jiang y sus secuaces.
Li: “después de haber vivido 27 años en Chongnanhai, había aprendido lo incierta que puede ser la vida. Habiendo sido responsable por 22 años de la salud y habiendo estado al frente en la enfermedad y, finalmente, en la muerte de Mao, yo sabía que nunca más estaría seguro”.

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