Neurasténica, Jiang Qing torturaba a los demás para desquitarse de las infidelidades de Mao

“Jiang Qing tenía lo que llamaban los chinos ‘sabiduría de centavo’. Era lista para los pequeños detalles, pero se atoraba en los asuntos grandes. Carecía de habilidad analítica. Siempre traía en la mano una copia de los ‘materiales de referencia’, pero rara vez los leía. Y cuando los leía, no tenía capacidad para distinguir lo que era importante. Su ayuda era útil a Mao Zedong, sabía muy poco de la historia de China y todavía menos del resto del mundo. Alguna vez había oído algo acerca de las naciones grandes y sabía los nombres de unos pocos líderes importantes en el mundo. Pero su conocimiento era muy limitado.”
Así describe el doctor Li Zhisui, médico personal de Mao Zedong, a la cuarta esposa de Mao, Jiang Qing, en su libro recién publicado La vida privada del presidente Mao. Jiang Qing nació en 1913, en Shucheng. Tuvo otros nombres: Li Jinhai, Li Yunhe y Lan Ping. Fue esposa de Huang Qing en los inicios de los años treinta. A mediados de esa misma década fue actriz en Shanghai. En 1936 casó con el dramaturgo Tang Na. Un año más tarde, en 1957, se trasladó a Yanan, donde Mao se había establecido, y se convirtió en su cuarta esposa en 1938. El politburó accedió a ese matrimonio, con la condición de que Jiang nunca apareciera en público ni se metiera en política. Tuvieron una hija, Li Na. Jiang alcanzó prominencia política durante la Revolución Cultural. Fue arrestada después de la muerte de Mao, como lideresa del Grupo de los Cuatro, un grupo radical y excesivo. Fue sentenciada a morir cuando cumpliera dos años en la cárcel. En 1983 se le conmutó la pena de prisión perpetua. Se suicidó en la cárcel en 1991.
El doctor Li: “con frecuencia perdía el sentido de lo que leía. Su conocimiento de la lengua china era muy limitado. Era grande su escasez de palabras. En cambio, se burlaba de las deficiencias intelectuales de otros. A Mao le perturbaba la indiferencia de Jiang por la historia y los acontecimientos actuales. Con frecuencia le mandaba libros, documentos y resúmenes de noticias, que ella nunca leía. En cambio, se pasaba horas viendo películas importadas de Hong Kong, toda la mañana, toda la tarde y hasta entrada la noche. Siempre estaba enferma. Veía películas como un tratamiento para su neurastenia”.
En 1953 le asignaron un médico personal, Xu Tao. Jiang le hizo la vida miserable. Lo acusó calumniosamente de contrarrevolucionario y acoso sexual. Hasta Mao tuvo que salir en defensa del doctor ante el politburó. Fue exonerado. Pero Jiang fue implacable en su persecución de Xu Tao. Le asignó la tarea de ver cuanta película importaba y de seleccionar las que a ella sirvieran para relajarse. Si no le gustaba su selección –con frecuencia no le agradaba–, lo acusaba de tortura mental.

Li: “la neurastenia de Jiang era el resultado de una vida sin sentido y de su miedo incesante de que Mao la fuera a dejar. Su enfermedad tomó la forma de un malestar general, de un exceso de sensibilidad a la luz y al ruido y de un temperamento imposible de soportar. Adquirió el hábito de las pastillas. Durante la Revolución Cultural, la perversidad de sus denuncias destruyó muchas carreras y vidas. Nunca estaba satisfecha con nada y siempre tenía que quejarse de algo. Era obsesiva, arbitrariamente exigente y perversa. Sembraba angustia, ansiedad y pena a su alrededor”.
El doctor relata: “más tarde comprendí que eran los continuos amoríos de Mao con otras mujeres lo que más acongojaba a Jiang Qing. Yo estaba a cargo de las enfermeras de Jiang, que con frecuencia eran jóvenes atractivas y fáciles presas de Mao. Jiang me urgía a que las previniera de que no se enredaran con su esposo. Un día la encontré llorando en una banca del parque. Me pidió que a nadie dijera de sus lágrimas. Dijo que así como nadie, Stalin incluido, podía ganar a su esposo una batalla política, tampoco había ninguna mujer que pudiera ganar la batalla de su amor. Su gran terror, intensificado a lo largo de los años conforme se hicieron más flagrantes sus amoríos, era que su esposo la abandonara”.
Al principio, Mao tenía cuidado de guardar cierto respeto a su mujer en lo que concernía a sus amantes. Pero al pasar el tiempo, se fue haciendo más descuidado. Varias veces lo sorprendió Jiang Qing en brazos de las amantes, que incluían a sus enfermeras mismas.
Una noche despertó de pronto. Tenía sed y necesitaba otra pastilla para dormir. Su enfermera no respondió a su llamado. Jiang Qing la buscó en el cuarto de enfermeras. No estaba allí tampoco. Irrumpió en el cuarto de Mao. Allí estaba ella en su cama. Así pasó muchas veces, en muchas partes y con muchas mujeres.
Jiang Qing había tenido siempre el orgullo de su belleza y de su competencia. La conducta de su esposo la hirió profundamente, pero no podía mostrarlo en público. Tenía demasiado miedo de que él la dejara y era sumamente impotente para retener sus aventuras amorosas.
Mao lo sabía. Un día dijo al doctor Li: “Jiang Qing se preocupa siempre de que ya no la quiera. Ya le dije que no es verdad, pero no puede dejar de preocuparse. ¿No te parece raro?”.
Li: “Mao era incapaz de entender que su conducta pudiera en verdad herir a Jiang Qing. Tampoco podía entender que ninguna esposa quisiera que su esposo se enredara con otras mujeres. Como tampoco podía entender la continua inseguridad de su esposa por esa razón”.
Jiang Qing le dijo: “doctor, usted no entiende al presidente. Es demasiado disoluto en su vida amorosa. Su placer físico y su actividad mental van por caminos separados, y siempre hay mujeres dispuestas a servirle de presa. ¿No lo entiende? Usted tiene que enseñar a estas enfermeras algo de moralidad. Deben ser corteses con sus jefes, pero cuidadosas en sus contactos con él.
“El apetito sexual de Mao era enorme y su amor y su sexo estaban separados”, concluyó el doctor.
Li: “aislada, solitaria y frustrada, Jiang desquitaba sus frustraciones con todos los demás. No sé si le dolía, pero tenía que estar de acuerdo con Mao en todos los detalles de todos los asuntos, y no podía hacer nada sin su permiso. Despojada de todo poder frente a él, usaba su condición de esposa para esclavizar a los demás. Su inseguridad la hizo cruel y perversa. Sobre todo con los guardias de seguridad, porque sabía que ellos eran quienes le conseguían mujeres a Mao, aunque era poco lo que podía contra ellos. Se desquitaba doblemente con el resto del personal, en particular con los más indefensos, como el equipo médico”.
Siempre acusaba a los demás de que la torturaban. La verdad es que ella vivía torturando incesantemente a quienes la rodeaban. Parecía creer que, mientras ella fuera infeliz, todos a su alrededor debían sufrir y ser infelices.
Li: “me sorprendía la naturalidad con que Mao discutía el sexo. No entendía el sistema reproductivo del ser humano, pero el sexo le preocupaba notablemente. Le daba curiosidad”. Muchas veces habló Mao Li acerca de la vida sexual de Gao Gang, el jefe de Estado de Manchuria, quien se suicidó en 1954. A Mao le maravillaba que hubiera tenido relaciones sexuales con más de 100 mujeres diferentes. Mao a Li: “¿puedes imaginarte que haya tenido sexo dos veces la misma noche en que se suicidó?”.
Li: “también Jiang Qing hablaba libremente de sexo. Me sorprendía oírle decir con orgullo y en varias ocasiones que en la noche había hecho el amor con Mao. Alababa la pericia sexual del presidente”.
El 8 de julio de 1966, Mao escribió una carta a Jiang Qing: “no dejes que la victoria te intoxique. Piensa con frecuencia en tus debilidades, en tus limitaciones y en tus errores. No sé cuántas veces te he dicho esto. Debes recordarlo”.
El 20 de marzo de 1974, volvió a escribirle: “será mejor que no nos veamos. Por años te he advertido sobre muchas cosas, pero has ignorado casi todo. Así que no tiene caso que nos veamos. Hay libros marxistas-leninistas –y libros que yo he escrito–, pero no has de estudiarlos con seriedad. Tengo 81 años y estoy seriamente enfermo, pero tú escasamente muestras algún interés. Ahora gozas de muchos privilegios, pero ¿qué vas a hacer después de mi muerte? Tú eres también de esas personas que jamás discuten conmigo los asuntos importantes de política, pero todos los días me informan de trivialidades. Piénsalo”.
Los ataques de Mao contra Jiang Qing por sus posturas ideológicas y políticas dentro y fuera del politburó, especialmente en relación con el Grupo de los Cuatro, fueron despiadados.
Un día, Jiang Qing alcanzó a Mao en Lushan y se hospedó con él en la antigua villa de Chiang Kaishek. Su presencia era un impedimento para los enlaces de Mao. Había baile todas las noches y las parejas de Mao eran muchas. Pero ahí estaba Jiang Qing.
A ella siempre le había molestado que Mao escribiera poesía para otras mujeres. Por ejemplo, a su primera esposa, Yang Kaihui, le escribió un peán –himno de guerra y de victoria– e hizo otro para una de sus conquistas. Pero Jiang Qing nunca había sido objeto de los versos de su marido. Le enseñó a Mao las magníficas fotografías que había tomado en Lushan. Pasaba mucho tiempo tomando fotos y se había convertido en una buena fotógrafa. Mao quería suavizarla por lo de los bailes y premiarla por las fotografías. Tomó la foto que más le gustó y escribió un poema en ella:
“En el crepúsculo verdiazul veo los ásperos pinos
serenos bajo las nubes tumultuosas.
La cueva de los dioses se originó en el cielo,
una inmensa belleza en vientos de luz y sombra
sobre la cumbre peligrosa.”
Jiang Qing estaba fascinada. Enseñó el poema a todo mundo, y se compuso ella un poema A mí misma:
“Dominando el río se remonta una cumbre,
su rostro velado por la niebla.
Casi nunca se le puede contemplar,
sólo ocasionalmente se revela su majestad.”

Comentarios