Martha Sánchez Néstor: Reivindicación indígena

ACATEPEC, Gro. (Proceso Especial 35).- Después de maldormir en el suelo, Martha Sánchez Néstor se despierta a las 6:00, se pone su huipil negro, peina su largo cabello negro, pinta de rosa sus labios, se pone zapatos de tacón bajo y se sienta. Tiene una cita importante: esperar a un grupo de 30 amuzgas como ella, a las que organiza para hacer funcionar la Casa de la Mujer Indígena de Acatepec.

“Si yo salí del pueblo para superarme, ellas también pueden”, señala esta mujer de ojos brillantes que sacrificó dos de las tradiciones más fuertes de su etnia y de la sociedad mexicana –el matrimonio y la maternidad– para luchar en favor de sus paisanas tres veces violentadas: por ser mujeres, por ser indígenas y por ser pobres.

Originaria de Xochistlahuaca, municipio de la Costa Chica guerrerense que colinda con Oaxaca, Martha, de 37 años, dirige a las Mujeres Organizadas del Cerro del Carrizo (Guu Kam Ba Xun Ku Ba I’/N, en lengua mephaa’), a quienes les imparte un taller de género que promovió la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas.

Cuando tenía 14 años Martha dejó Xochistlahuaca porque ahí nada más podía estudiar la secundaria y ella quería hacer algo más con su vida. Primero se fue a la casa de una tía política en Acapulco, pero meses después su anfitriona emigró a Estados Unidos y Martha tuvo que volver a su tierra natal.

“Tuve esos vaivenes de la vida que son como las olas del mar, que te llevan y te traen y te regresan a otra realidad”, dice pensativa. A su regreso ya tenía la idea de trabajar por su comunidad, que estaba muy lejos del nivel de vida que vio en el puerto turístico.

Pero aún era muy pronto. A los 16 años sus familiares la convencieron de estudiar secretariado en Iguala. Como taquimecanógrafa participó en un censo agropecuario tres meses y después operó la única caseta telefónica que existía en el pueblo allá en 1989.

“Trabajé ahí como nueve meses –relata–, pero había algo que no me dejaba tranquila. Yo quería aprender más, producir otras cosas, no estar atrás de un escritorio. Quería interactuar con más gente.”

Por eso volvió a irse, esta vez a Chilpancingo, donde sólo pudo conseguir trabajo en un sitio de taxis. Pasó penurias, pero pensó: “No me voy a regresar a mi pueblo sin haber encontrado un camino a seguir; voy a regresar diferente, con otras ideas”.

Ella continuó buscando trabajo hasta que entró al Consejo Estatal Electoral, que le cambió la vida: ahí encontró a otras mujeres con intereses políticos y sobre todo en la defensa de los derechos de su género. Martha encontró su rumbo.

“Ahí empecé a encontrar un eco. Yo dije que quería ser como esas mujeres que participan, hablan”. Estaba impresionada con la labor de María de la Luz Gama Santillán, diputada federal del PARM en la LIII Legislatura, y también con la entonces diputada local perredista María Luisa Garfias, originaria de Matías Romero, Oaxaca, que actualmente imparte talleres de género en la Costa Chica.

En 1992, cuando aún trabajaba en el Consejo Estatal Electoral, Martha cumplió 18 años y por primera vez ejerció su derecho al voto. Su trabajo consistía en transcribir las sesiones, pero mientras tanto “estaba aprendiendo, escuchando otras cosas, otras historias”. Éstas la influyeron mucho, y al quedar desempleada le hizo caso a una amiga que le recomendó irse a trabajar al Consejo Guerrerense 500 años de Resistencia Indígena.

“Yo no sabía qué era esa organización –admite– pero fui muy bien recibida. Todo el equipo era masculino. Llegué en febrero de 1994 y esta organización fue la primera que se manifestó públicamente a favor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. El 19 de febrero de ese año hizo una marcha de Guerrero a México que se llamó ‘No están solos’.”

Martha cuenta que la contrataron para hacer tareas administrativas y recoger las peticiones de los indígenas en el trayecto al Distrito Federal. Demandaban acceso al agua, autorización para vender distintos productos y la construcción de carreteras o caminos en sus comunidades.

“Es en esa marcha donde me reencuentro y reencuentro a mis compañeros de las comunidades indígenas de la región. En 13 días que duró la marcha aprendí muchas cosas, porque entraba a los círculos de liderazgo de los indígenas, a marchas y cabildeos internos, o con los gobiernos estatales o municipales que trataban de evitar la llegada de la marcha a la capital del país”, recuerda Martha.

“A partir de ahí me reencontré con otro mundo. Ese fue el momento que llego a la participación como mujer y me reivindico como mujer indígena a pesar de que (algunas autoridades) me acusaban, a mis 20 años, de participar con la guerrilla al apoyar al EZLN.”

Consciente de los riesgos, Martha participó en la creación de la Convención Nacional Democrática en la Selva Lacandona. Ahí conoció a Rosario Ibarra de Piedra, actual senadora del PT y quien durante años luchó frente a distintas instancias oficiales en busca de su hijo, desaparecido en la guerra sucia de los setenta.

Mediante su trabajo en el Consejo Guerrerense 500 Años de Resistencia se convirtió en una de las defensoras más destacadas de los derechos de las mujeres indígenas e impulsora de su organización.

Martha Sánchez es fundadora del Consejo de la Nación Amuzga Ñe’ cwii ñ’oom AC y de la cooperativa de tejedoras Flores de la Tierra Amuzga. También encabezó la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas en la región norte.

En 1998 participó en la creación de la Comisión de la Mujer en el Consejo Guerrerense y en 2001, en la movilización para que se aprobara la Ley de Derechos y Cultura Indígena. Al año siguiente inició el proyecto Voces de Mujeres Indígenas de Guerrero, con el objeto de hacer visibles los procesos sociales relacionados con el género en el estado. De ahí surgió la Coordinadora Guerrerense de Mujeres Indígenas.

Después de impulsar en 2003 un diagnóstico médico y social sobre la mortalidad materna en zonas indígenas y crear la Casa de la Salud en Ometepec, ahora esta joven líder amuzga es integrante de la directiva estatal de la Coordinadora Guerrerense de Mujeres Indígenas (CGMI), de la Convención Estatal Indígena y Afromexicana (CEIA), coordinadora de la Alianza de Mujeres Indígenas de Centroamérica y México y miembro de la organización Petateras Articulación Feminista.

Recientemente se incorporó al Consejo Ciudadano para la Promoción y Defensa de los Derechos Políticos de las Mujeres del Inmujeres.

Un lenguaje común

“Somos Mujeres Organizadas del Cerro del Carrizo”, repite este sábado una treintena de tlapanecas formadas en círculo al iniciar el taller que la Coordinadora Guerrerense de Mujeres Indígenas lleva a cabo para enseñarles a defender sus derechos humanos, específicamente como mujeres, indígenas y pobres.

Acatepec, Guerrero, está ubicado en la punta de la montaña guerrerense donde cae la neblina y las casas son de adobe con techo de lámina. La pobreza es extrema; ya quisieran tener juntos los 6 mil pesos mensuales con los que podrían subsistir sin problemas, según el dictamen del exsecretario de Economía y aspirante a la Presidencia Ernesto Cordero.

Con este taller, los organizadores pretenden capacitar a las habitantes de Acatepec para que gestionen ante las autoridades la construcción de una Casa de la Mujer Indígena y así combatir el alto porcentaje de mortalidad materna que padece el municipio: cada año se reporta el fallecimiento de mil 200 mujeres por causas obstétricas.

La sede es el auditorio del ayuntamiento. Ahí mismo se está negociando la creación de la institución en un terreno cercano al kiosco, muy céntrico, ante el presidente municipal perredista Federico Cantú Guzmán, que insiste en cambiarles el terreno que ya les donaron por otro que está cerca de las barrancas, donde suelen ocurrir deslaves. El motivo del alcalde es que pretende construir un rodeo en el cual organizar palenques y jaripeos.

La líder amuzga se presenta como observadora del trabajo realizado por las coordinadoras Enriqueta, Martha de Jesús y Lulú, a quienes deja hablar. Enriqueta estimula a las mujeres de Acatepec preguntándoles cómo les hablarán a los funcionarios de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas que irán a preguntarles para qué quieren una casa como la que solicitan.

“¿Así van a hablar? ¿Despacito, fuerte, o estarán calladas, todas apenadas?” –las reta en español y en mephaa’.

Estas mujeres comenzaron a organizarse desde 2009 por el alto índice de muerte materna reportado en la región, además de la violencia intrafamiliar. Martha les dice: “Estos son sembradíos que hacemos para que ustedes cosechen sus frutos en beneficio de los derechos de las mujeres indígenas. Juntas podemos hacer una fuerza mayor”.

La coordinadora Enriqueta se encarga de traducirlo al mephaa’, ya que Martha sólo habla amuzgo y español.

“Aquí estoy para apoyarte”

“Martha siempre me apoyó: ‘Chica, tú puedes, siempre ve por delante; tú puedes y aquí estoy para apoyarte’”, afirma Francisca de la Cruz Victoria, quien actualmente encabeza la Coordinadora Guerrerense de Mujeres Indígenas.

Francisca –o Chica, como la llaman– sustituyó a Martha Sánchez en el cargo después de que la nombraron coordinadora nacional y tuvo que trasladarse a la Ciudad de México.

Ellas se conocieron en Xochistlahuaca. Chica fue a pedirle ayuda a Martha porque su marido la golpeaba: “Ahí cambió mi vida. Antes estaba dentro de una olla… allá, escondida. En el pasado mi función en la vida era atender a mi marido y a mis hijos, pero en los talleres me di cuenta de que no era la única y aprendí a quererme como soy”, afirma.

Interviene Martha: “Necesitamos apoyo para salud, educación, salud reproductiva. La mortalidad materna es un grave problema en comunidades indígenas, pero como cada tres años se cambia el ayuntamiento, cada tres años debemos empezar de cero a pedir ayuda. Otro problema es que no llega el dinero aplicado a las organizaciones de parteras, promotoras y organizadoras”.

Chica valora mucho esta labor: “Es una mujer que día con día lucha para que otras mujeres se empoderen. Martha es una maestra, un ejemplo. He aprendido a ser una mujer fuerte que sabe salir adelante. Es nuestra guía. Es una indígena que trabaja para otras indígenas. Ella siembra y está viendo lo que cosechó. Es la que me ha llevado a ser la que soy ahorita”.

En cuanto a Enriqueta, es la representante de las mujeres indígenas de Acatepec y tiene mucha confianza con Martha. Documenta casos, toma fotografías y hace los reportes, ya que es una de las cuatro del grupo que saben leer y escribir.

A sus 29 años, Enriqueta tiene una hija de 10 que la acompaña a donde tenga que ir en su labor comunitaria. También quiere enseñarle a defender sus derechos. Por eso las dos van con Martha a la comunidad El Izote, aún más arriba en la montaña, para conocer a Marisol, una niña de 11 años que ya tiene un bebé de dos meses y medio llamado Ismael.

En el camino Enriqueta cuenta la historia de Marisol. Nadie sabe si fue violada, pero todo indica que quedó embarazada contra su voluntad. No quiere decir quién es el padre, aunque demandó en Tlapa a un jovencito de 12 años señalado como tal. Pero Enriqueta no lo cree, le ve parecido al bebé con el padrastro de Marisol.

En la escuela se dieron cuenta del embarazo de Marisol y su primera medida fue pedir a las autoridades de la comunidad que la encarcelaran. La niña estuvo arraigada 24 horas. Le pedían 10 mil pesos de multa para que otras niñas no hicieran lo mismo. Enriqueta comenta que a Marisol, ya con panza, le gustaba jugar en el lodo con sus hermanitos.

Ahora envuelve a su bebé con un rebozo que se amarra a la espalda. Prefirió quedarse con su familia en lugar de vivir en un albergue, donde daría en adopción al bebé a cambio de estudios y otro sitio donde vivir. Es una niña.

Cuando le preguntan su nombre completo, su madre, Natalia Cayetano de la Cruz, contesta por ella: que se llama Marisol Cayetano de la Cruz y que Ismael tendrá los mismos apellidos. Legalmente todos son hermanos.

Este no es el único caso. En una comunidad aledaña se reportó a 30 niñas embarazadas de entre 10 y 12 años, cuyas madres no querían denunciar los abusos para evitar las reacciones de su comunidad.

Por la noche, Martha y su equipo se reúnen con el presidente municipal Federico Cantú Guzmán para hablar de los problemas de la comunidad que están directamente relacionados con las mujeres y las niñas tlapanecas. Lo exhortan a agilizar la construcción de la Casa de la Mujer Indígena en el terreno que ya les donaron.

El alcalde les informa que existía la oportunidad de establecer un convenio con médicos cubanos para que realicen una especie de residencia en la comunidad y atiendan a las indígenas, porque los médicos mexicanos no quieren hacerlo. El proyecto costaba 6 millones de pesos, uno lo daría el municipio y el resto el gobierno del estado. Pero el gobierno de Zeferino Torreblanca nunca se pronunció al respecto y el del expriista Ángel Aguirre no lo ha autorizado.

Al finalizar su jornada en el pueblo de la eterna neblina, Martha promete llevar la demanda de las habitantes de Acatepec a la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas para darle seguimiento. También se compromete a seguir ayudándoles con la organización de la Casa de la Mujer Indígena, para combatir la violencia intrafamiliar y disminuir el índice de mortalidad materna.

Como despedida, las participantes del taller abrazan a Martha, la besan en la mejilla, le regalan las artesanías que hacen, alimentos que ellas siembran, lo que tienen a su alcance en su extrema pobreza. Martha agradece, pero al final de cuentas se va triste, porque una vez más comprueba que a las mujeres de estos pueblos no las escucha ningún gobernante.

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