En plena jungla tiroteos, bombardeos, miedo; “es como morirse todos los días”

CORDILLERA DEL CONDOR.- Esta guerra se libra en un infierno: la selva amazónica. Concretamente, en un triángulo de 75 kilómetros cuadrados de escarpada geografía, cubierta de una vegetación impenetrable. Temperaturas superiores a 40 grados centígrados. Aguaceros torrenciales. Malaria. Lodo, lodo por todas partes.
Aquí se enfrentan las tropas ecuatorianas y peruanas desde hace casi tres semanas, en una tierra de nadie por la falta de demarcación fronteriza. Es el valle del río Cenepa, que nace en las estribaciones de la Cordillera del Cóndor. Las fuerzas armadas de Ecuador tienen instalados en esta zona numerosos puestos militares, algunos de los cuales, según el gobierno de Lima, estarían situados en territorio peruano. El objetivo militar de Perú es sacar a los ecuatorianos de ese sitio; el de Ecuador, resistir.
Aunque se calcula que cada uno de los dos países ha movilizado alrededor de 20,000 efectivos a las inmediaciones de esta zona de conflicto, en los enfrentamientos directos participan por ahora unos 1,500 soldados peruanos y unos 800 soldados ecuatorianos. Aquéllos tienen superioridad numérica y de armamento, pero éstos poseen la ventaja de ocupar puestos estratégicos situados en partes altas, difíciles de atacar y más de asaltar.
En el teatro de las operaciones militares habitan unos 8,600 indígenas shuar, ashuar, quichuas, coas y yurumíes, principalmente, distribuidos en 530 pequeñas comunidades, aldeas perdidas en la selva. En su mayoría son monolingües y viven en condiciones de miseria extrema.
“Nosotros somos las víctimas de esta guerra, porque pasa en nuestra tierra”, dice Luis Macas, presidente de la Confederación Nacional de Comunidades Indígenas, de Ecuador. “Somos los que estamos pagando. Y esto es infame. Los organismos internacionales deben parar esta guerra y no, como hasta ahora, permanecer indiferentes”.
En torno de la zona de combates, a la orilla de los ríos Zamora, Santiago y Cenepa, hay numerosas poblaciones ecuatorianas, como Loja, El Oro, Larama, Macará, Méndez. Más de 15,000 habitantes de esas localidades han sido desplazados a raíz de la confrontación bélica y albergados en sitios más seguros. Aunque en condiciones de hacinamiento atroz, casi sin alimentos, en escuelas o galerones.
A muchas de esas comunidades sólo hay acceso por los ríos, a bordo de barcazas. Esto dificulta el desalojo de los desplazados, que además tienen que caminar durante horas a través de la selva.
Otro peligro son las zonas minadas por el ejército ecuatoriano para detener el avance de las patrullas peruanas. En cualquier momento alguien puede pisar una mina.
El jefe político del cantón Loja, Manuel Salinas, calcula en 10,000 el número de desplazados sólo en ese departamento. Están albergados en escuelas y casas en poblaciones pequeñas como Zapotillo. Ahí, sin embargo, la comida escasea y las condiciones de hacinamiento y falta de higiene han provocado una epidemia de diarrea entre los niños.
“Se nos quieren morir, ¡por Dios!”, dice la madre de uno de ellos.
En Huaquillas se han instalado comedores populares… pero no hay alimento. “La ayuda es escasa y tarda, tarda”, dice ahí Oswaldo Cárdenas, presidente del consejo del pueblo.
Del lado peruano, 4,800 personas han huido hacia la ciudad fronteriza de Tumbes. Nada se sabe de lo que ocurre en las numerosas comunidades indígenas que existen también en aquella parte.
“La frontera divide a nuestros pueblos”, dice el dirigente indígena Macas. “Hay shuaras del lado peruano y shuaras del lado ecuatoriano. Hay ashuaras de este lado y ashuaras de aquél. ¿Cómo es que quieren separarnos?”. Propone una solución: legalizar las tierras indígenas en la línea de la frontera.
Las condiciones del terreno dificultan acciones militares masivas. El coronel ecuatoriano Augusto Reyes explica que la densidad de la selva impide desde el aire descubrir los objetivos. “Es una manta de árboles, una alfombra verde que lo cubre todo”, dice.
Aunque hasta el jueves 9 de febrero se habían realizado 24 incursiones aéreas, en las cuales han intervenido aviones y helicópteros peruanos, la verdadera batalla se libra abajo, en la selva, palmo a palmo. Según relata en Gualaquiza el teniente ecuatoriano Gerónimo Naverez, dada la densidad de la vegetación, a la que además envuelve la neblina, en ocasiones los enfrentamientos entre las patrullas de uno y otro país se dan a menos de 20 metros de distancia, “casi cuerpo a cuerpo”. En cualquier momento el enemigo aparece entre el follaje. Y dispara.
Ecuador tiene apostadas en la zona tropas de élite, especialmente adiestradas para combatir en la selva. Les llaman “Diablos de la selva”. Un batallón, el Arutans (“Dios Todopoderoso”, en quichua) está integrado por indígenas shuaras. Son valientes, aguerridos, y muy útiles porque conocen el terreno –y los secretos– de la jungla. En sus refugios los ecuatorianos tienen túneles, al estilo vietnamita, y sus campamentos han sido rodeados de minas.
Perú –a su vez– ha privilegiado el uso en la contienda de tropa experimentada en la lucha antiguerrillera, veteranos del combate contra Sendero Luminoso en la zona de la selva central peruana y el Alto Huallaga.
La prensa tiene acceso, por el lado ecuatoriano, a poblaciones aledañas a la zona de enfrentamientos. Por el lado peruano, más incomunicado, sólo a las inmediaciones de bases militares distantes al menos 200 kilómetros del área de conflicto y a través de los ríos.
Desde Quito puede llegarse por vía aérea hasta la población de Macas, 600 kilómetros al sur de la capital. De ahí, por caminos de terracería, hasta Gualaquiza, lo cual implica un recorrido en vehículo de más de ocho horas. De ahí al más cercano puesto militar en la zona de guerra, Mirador Cóndor, hay unos 30 kilómetros y un río de por medio.
El ruido de aviones y helicópteros resulta permanente en esta zona. Los ataques aéreos peruanos son esporádicos –dos, tres al día–, pero la tensión se vive las 24 horas.
Los relatos de pobladores desalojados de la zona y de los militares ecuatorianos mismos llegados a los puestos de relevo describen un escenario de horror. A la inhospitalidad selvática se suman hoy los tiroteos, los bombardeos, el sobrevuelo de los helicópteros. Y el miedo. “Es como morirse todos los días”, dice Santiago Tsuta, un indígena sahur.
Cuenta que “hay muchos cadáveres” de soldados peruanos y ecuatorianos tirados en la selva, abandonados, algunos ya putrefactos.
Ecuador ha denunciado que las tropas peruanas utilizan a pobladores indígenas no enlistados en tareas militares, como construcción de trincheras y trochas en la selva, así como “parapetos vivos” y para “limpiar” campos minados. “Los obligan a caminar por delante de la tropa, por si acaso”, dice Felipe Tsenkush.
Por su parte, Perú acusa que las defensas ecuatorianas han disparado sobre comunidades indígenas.
Al recorrer la zona, por caminos lodosos cubiertos de niebla, pueden verse legiones de indígenas –mujeres y niños, sobre todo– que caminan hacia lugares de refugio. Muchas aldeas están abandonadas. El movimiento de tropas ecuatorianas es constante.
Aunque no hay informes precisos sobre las operaciones militares, se sabe que las brigadas peruanas han centrado sus ataques hacia el puesto militar ecuatoriano de Tiwinsa, el principal en el área. El viernes 10 lo tendrían rodeado, en preparación de un posible asalto con apoyo de paracaidistas.
Evidentemente, las tropas de Perú han encontrado una resistencia que no esperaban, lo que ha provocado un empantanamiento de la guerra, durante días y días.
La Asociación Latinoamericana por los Derechos Humanos denuncia, por otra parte, que las acciones militares han provocado ya un importante daño ecológico a la selva amazónica. “Se calcula que hasta la fecha se han disparado 100 cohetes o bombas en la selva”, dice Juan de Dios Parra, secretario ejecutivo de la organización. “Los expertos señalan que cada bomba o cohete deteriora alrededor de diez metros cuadrados de selva, árboles y plantas, sin considerar el daño a las aves y especies animales. Además, el ecosistema amazónico se está viendo severamente afectado por la contaminación”.
Y nadie para esta guerra.

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