El “olvidado” comandante Slim Helú

En marzo del año pasado, en su edición 1793, Proceso convocó a su primer Premio Internacional de Periodismo, como parte de los festejos por sus 35 años de existencia. Se recibieron 54 trabajos, de entre los cuales el jurado –Alma Guillermoprieto, Jon Lee Anderson, Juan Villoro, Vicente Leñero y Rafael Rodríguez Castañeda– seleccionó tres: “Carrizalillo, el infierno a cielo abierto”, de Marlén Castro Pérez y Rogelio Agustín Esteban; “Nadie se acuerda de Julián”, de Diego Enrique Osorno González, y “El bombero al que nadie llamó”, de Wilbert Torre. El premio de 200 mil pesos se repartió a partes iguales entre los autores. Este semanario inicia ahora la publicación de los trabajos ganadores. El primero de ellos, el escrito por Diego Enrique Osorno, es una reveladora investigación sobre la historia de un comandante policiaco de los años de la guerra sucia que siempre se mantuvo alejado de los reflectores: Julián, el hermano desconocido de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo.

 

El joven profesor de matemáticas Manuel López Mateos entró el 22 de enero de 1975 a las oficinas de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal. Estaba ahí para denunciar a Miguel Nazar Haro y Julián Slim Helú por secuestro y lesiones. Ellos eran agentes del grupo policial de fama más negra en la historia de México: la Dirección Federal de Seguridad (DFS).

Al calor de la Guerra Fría –bajo cuya lógica maniquea toda disidencia era “comunista”– las acusaciones contra aquella poderosa policía a las órdenes de la Secretaría de Gobernación eran inusuales: como primera línea de defensa contra los enemigos del Estado, la DFS era intocable. Todo valía “para garantizar la gobernabilidad”.

La denuncia de López Mateos nunca se investigó.

Treinta años después, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió la Presidencia de la República. El Partido Acción Nacional (PAN) llegó al poder. La alternancia puso fin a siete décadas de monopolio partidista y se inició la época actual, de transición política.

Para investigar los asesinatos, desapariciones forzadas y otros delitos cometidos durante el conflicto al que absurdamente se le llama “la guerra sucia” (¿acaso existen “guerras limpias”?), el nuevo gobierno de Vicente Fox Quesada creó una Fiscalía Especial. De forma paralela, buena parte de los archivos de la antigua DFS se abrieron y con base en ellos se produjeron toneladas de notas periodísticas y textos académicos; libros de reflexión sobre aquellos años traumáticos e informes especiales de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Pero de todo ello poco se tradujo en justicia. La impunidad prevaleció, ahora dispersa entre el caos “democrático”.

En uno de esos expedientes desclasificados y guardados en lo que habían sido las crujías de la antigua cárcel de Lecumberri –“El Palacio Negro”, le decían entonces–, hoy sede del Archivo General de la Nación, está guardada la reseña interna de la denuncia de López Mateos registrada bajo una averiguación previa de efímera duración: la 8430/SC/74.

El informe interno de la DFS al respecto dice:

El 22 de enero de 1975, Manuel López Mateos (Sobrino del ex presidente) presentó denuncia en la Procuraduría General de Justicia y Territorios federales, en contra de Miguel Nazar Haro y Julián Slim Helú, por los delitos de privación ilegal de la libertad y los que resulten, motivo por lo que la mencionada Procuraduría, solicita la comparecencia de ambos Nazar y Slim ante la Mesa 15 a efecto de que rinda su declaración acerca de los hechos referidos en la denuncia.

El tono administrativo de la nota tuvo una respuesta inmediata y enfática. En el mismo documento oficial, marcado con la clave 21–500–75, una nota manuscrita ponía las cosas en su lugar, indicaba las prioridades del Estado y definía lo que tenían que hacer Nazar Haro y Slim Helú ante el citatorio del Poder Judicial:

De ninguna manera se presenten, por orden Superior.

Y así fue.

 

La memoria en donde ardía

 

Estreché la mano de Manuel López Mateos a mediados de 2009 en la recepción de un lujoso hospital de la Ciudad de México. Estaba ahí para revisarse el corazón. Aquel joven –que quizá por ser sobrino del expresidente Adolfo López Mateos se atrevió a denunciar a los intocables comandantes de la Dirección Federal de Seguridad– era ahora un hombre calvo y con gafas, que tenía a su cargo la dirección de la recién fundada Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO). Detrás de los lentes, su mirada sugería los episodios trágicos que vivió décadas atrás por los que yo quería entrevistarlo.

López Mateos se recargaba en el brazo de su esposa, que lo acompañaba mientras nos dirigíamos a la cafetería del hospital. Tras charlar de su natal Veracruz, de amigos en común y de la insurrección de Oaxaca en el 2006, le pregunté sobre su denuncia contra Nazar Haro y Slim Helú, quienes –según los archivos desclasificados– lo habían detenido bajo la sospecha de que pertenecía al grupo Unión del Pueblo, una organización armada cuyos fundadores, los hermanos Cruz Sánchez, siguen en la clandestinidad ahora y operan bajo las siglas del Ejército Popular Revolucionario (EPR), uno de los grupos guerrilleros que persisten en el México del siglo XXI, además del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

López Mateos pareció desconcertarse. Volteó a ver a su esposa y le acarició el rostro. Después me compartió su resumen de aquellos años: tras las masacres de estudiantes perpetradas por el régimen del PRI en 1968 y en 1971, aumentó el número de jóvenes que decidían encarar la represión gubernamental con grupos armados inspirados en Fidel Castro y Ernesto El Che Guevara, dijo, aunque el gobierno de Cuba, en esos años, tenía mejor relación con el emblemático policía político de la época, Fernando Gutiérrez Barrios, que con cualquier dirigente guerrillero mexicano. Me habló luego del sueño revolucionario, la liberación de México y las características autoritarias del régimen cuya esquizofrénica naturaleza (revolucionaria pero institucional) hizo que fuera definido por Mario Vargas Llosa como “la dictadura perfecta”.

En 1974, alguno de aquellos grupos guerrilleros colocó una bomba en la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde López Mateos estudió y apenas empezaba a impartir clases de matemáticas. El acto provocó que varios universitarios fueran detenidos y llevados a los separos de la DFS, sospechosos de ser los dinamiteros. Uno de ellos fue el sobrino del expresidente.

A López Mateos lo golpearon y encerraron a partir de la una de la tarde del 29 de noviembre de 1974 y por 24 horas en la sede policial ubicada junto al Monumento a la Revolución Mexicana. Frente al mausoleo nacional en el que yacen los restos de Pancho Villa y otros héroes de la patria, el agente Miguel Nazar Haro le daba puñetazos al “sospechoso”, a quien en los archivos se le clasifica como “elemento revolucionario”, aunque durante la golpiza se le decía “pinche revoltoso”.

Dos meses después, López Mateos decidió ir a poner la denuncia contra los agentes que lo habían detenido y lo habían golpeado.

–¿Julián Slim Helú también lo torturó? –pregunté.

–¿El hermano de Carlos Slim? –reviró– No, él no me golpeó.

–En la denuncia usted incluyó su nombre –dije mientras acercaba el documento.

–Él también estaba ahí pero él no me golpeó. Sólo fue Nazar Haro.

Tras escuchar su historia fue difícil no pensar en el título (tomado de un verso de Quevedo) de una novela del exguerrillero y escritor argentino Miguel Bonasso… La memoria en donde ardía.

 

Era la guerra

 

El principal grupo guerrillero de esos años fue la Liga Comunista 23 de Septiembre. En el otoño de 1973, la organización de inspiración marxista ejecutó las dos acciones más radicales de su breve existencia: el 17 de septiembre el empresario cervecero Eugenio Garza Sada fue asesinado en Monterrey por uno de los comandos de la Liga en un intento de secuestro; un mes después, otro comando guerrillero plagió en Guadalajara al cónsul británico Anthony Duncan Williams y al empresario del almidón Fernando Aranguren Castiello. Garza Sada era un dirigente carismático de Nuevo León –el estado más industrializado del México de esos tiempos–, mientras que Aranguren Castiello era uno de los líderes empresariales más destacados de la zona occidental del país.

La Liga expresó sus demandas: a cambio de liberar a Duncan Williams y a Aranguren Castiello pedían 200 mil dólares y el traslado de 51 opositores presos a Corea del Norte. El gobierno rechazó el emplazamiento a través de un mensaje de radio transmitido en cadena nacional. Un día después, el cónsul británico fue liberado, aunque Aranguren no corrió con la misma suerte: fue ejecutado a sangre fría y su cadáver encontrado en la cajuela de un automóvil abandonado.

Era la guerra.

Los grupos económicos de Monterrey y Guadalajara ya estaban enemistados con el presidente Luis Echeverría Álvarez debido a su discurso nacionalista, a la buena relación que tenía con Fidel Castro y a que había emprendido programas sociales que ellos veían como protocomunistas. Tras los crímenes de Garza Sada y Aranguren Castiello, arreció la disputa entre los empresarios y el régimen. Algunos líderes patronales de Monterrey desconfiaban del gobierno, incluso al grado de sospechar que el presidente Echeverría había ordenado los asesinatos de ambos empresarios y trataba de encubrirlos haciéndolos pasar como una acción de la guerrilla.

La tensión aumentó y la DFS recibió la orden de encontrar de inmediato a los autores materiales e intelectuales de los dos asesinatos para contener los reclamos empresariales y proteger así al titular del Poder Ejecutivo. La cacería de los guerrilleros se desató en invierno y no se prolongó demasiado: en los primeros días de febrero de 1974 aparecieron muertos los dos dirigentes nacionales de la Liga Comunista 23 de Septiembre que habían planeado los secuestros de los empresarios. La geografía de los hallazgos no fue casual: el cadáver de José Ignacio Olivares Torres fue arrojado en el cruce de las calles Altos Hornos y Metalúrgica, de Guadalajara… muy cerca de la casa de la familia del empresario Aranguren. El cuerpo del otro dirigente guerrillero, Salvador Corral García, apareció en un lote baldío de la colonia Fuentes del Valle, de San Pedro Garza García, Nuevo León, el municipio donde residían los deudos del empresario Garza Sada.

Ambos guerrilleros tenían señales de haber sido largamente torturados antes de su ejecución.

Era la guerra.

 

El tributo

 

Con la lectura de los archivos desclasificados de la DFS puede conocerse con mayor detalle la forma en que reaccionó la corporación ante los asesinatos de Garza Sada y Aranguren Castiello, y el afán con que buscó a los guerrilleros involucrados.

Los redactores habituales de la corporación eran policías anónimos con un nivel medio de estudios. Algunos tenían inquietudes literarias y una prosa de extravagante precisión, con guiños infrarrealistas. A Salvador Corral García se le describe así en uno de los reportes: “Tiene 26 años de edad. 1.63 metros de estatura. Complexión delgada. Color blanco. Pelo castaño, semiquebrado y abundante (acostumbra peinarse de raya). Ojos negros, vivaces y profundos. Nariz roma, grande. Boca regular. Labios gruesos. Barba cerrada. Mentón agudo. El pabellón de la oreja izquierda, más abierto que el de la derecha. Medio jorobado o de espaldas cargadas. Camina en forma peculiar porque tiene los pies planos. Mueve mucho los brazos al andar”.

Un oficio interno del 15 de noviembre de 1973 prueba que Corral García era uno de los principales blancos de la cacería, junto con sus hermanos, de los cuales uno, Luis Miguel, también murió tiempo después bajo una granizada de balas policiales, y el otro, José de Jesús, fue detenido por la DFS el 8 de marzo de 1976. Desde entonces, hace 25 años, José de Jesús se encuentra desaparecido. Su ausencia es testimonio de una verdad: no todos los muertos de la guerra sucia tienen una tumba.

De otro hermano más, Roberto, la Federal de Seguridad consignaba:

Ciudad Juárez, Chihuahua.– En virtud de que se señala a SALVADOR CORRAL GARCÍA, de 26 años de edad, originario de Corrales, Municipio de Tepehuanes, Durango, como uno de los presuntos asesinos del señor Eugenio Garza Sada y de quien se presumía se encontraba en esta población, elementos de esta Dirección Federal de Seguridad y de la Policía Judicial de Monterrey, NL, se abocaron a su búsqueda, localizándose únicamente a su hermano ROBERTO CORRAL GARCÍA, de 28 años de edad, mismo que fue detenido a las 17:50 horas de hoy en su negocio denominado “Ferretería Industrial”, ubicado en las calles de Ayuntamiento y Central, de la Colonia Industrial de esta ciudad, el que quedó detenido en el Primer Batallón de Infantería.

Muy respetuosamente

EL DIRECTOR FEDERAL DE SEGURIDAD

CAP. LUIS DE LA BARREDA MORENO.

Otros expedientes de la pesquisa de los asesinos de Aranguren Castiello y Garza Sada tan sólo contienen notas periodísticas plagadas de eufemismos y que ofrecen poca información. Pero hay un documento, asegurado en 2005 mediante una diligencia solicitada por la investigadora Ángeles Magdaleno “para evitar la mutilación de documentos clave en los trabajos de nuestra memoria histórica”. Se trata del expediente 11–235–L6, que de la página 163 a 167 consigna la presencia del guerrillero Salvador Corral García en la Ciudad de México el 1 de febrero de 1974, donde fue interrogado “por el licenciado Julián Slim H. quien se desempeñaba como jefe del Departamento Jurídico de la DFS”.

Este documento demuestra algo que hace 30 años se dio como un hecho en los círculos opositores al gobierno, pese a que no se conocían las pruebas oficiales que lo probaran: que el guerrillero Salvador Corral García había sido detenido en Sinaloa y llevado a la Ciudad de México para ser interrogado, y que cinco días después fue asesinado y su cadáver acabó siendo arrojado en San Pedro Garza García, Nuevo León, como tributo de sangre ofrendado por el gobierno priista al empresariado mexicano.

 

Un policía limpio

en una guerra sucia

En 2006, tras conocerse los informes con los resultados de las investigaciones especiales de la guerra sucia, tanto de la CNDH como de la Fiscalía Especial, éstos fueron menospreciados y criticados prácticamente por todos los involucrados: por un lado, los funcionarios y exfuncionarios señalados descalificaron las conclusiones al tacharlas de “tendenciosas”; lo mismo pasó con los familiares de las víctimas y los antiguos guerrilleros, para quienes los reportes eran insuficientes y sus conclusiones encubridoras. En suma, la memoria oficial que se trató de hacer de aquellos años turbios recibió pocos comentarios encomiásticos.

En ambos informes hay reportes internos y cientos de testimonios recogidos después de 30 años. En esos documentos están las voces contundentes que confirman, una tras otra, secretos que ya no se pueden negar: el hecho de que en la DFS la tortura era un método común de investigación policial, que la DFS era la principal máquina represiva del poder y que hubo cientos de testigos y víctimas de sus atrocidades.

Luego de ser detenidas –la mayoría de las veces sin órdenes judiciales de por medio– las personas eran interrogadas con los ojos vendados y se les obligaba a firmar declaraciones y confesiones a base de amenazas, golpes y tortura con toques de corriente eléctrica en los genitales. O se les desaparecía para siempre. Son tantos los casos y tan vasta la documentación al respecto que se necesitarían entre 800 y 900 notas a pie de página para incluir a cada una de las víctimas en este reportaje.

También aparecen los nombres de casi un centenar de policías que participaron en esta guerra sucia: Arturo Durazo Moreno, Salomón Tanús, Jorge Obregón Lima, Francisco Sahagún Baca, Luis de la Barreda Moreno, Francisco Quirós Hermosillo, José Guadalupe Estrella, Florentino Ventura, Miguel Nazar Haro… Sin embargo, un nombre que nunca se menciona en los informes históricos de la CNDH ni de la Fiscalía Especial es el de Julián Slim Helú, quien ni siquiera fue citado a declarar como testigo, como sí sucedió con la mayoría de los policías de la DFS.

Después de tener en mis manos los documentos oficiales en los que se revelaba que Slim Helú había interrogado a Corral García antes de que fuera asesinado y tirado en una calle de San Pedro Garza García, Nuevo León, pregunté a varios sobrevivientes de esos años, como los exguerrilleros Héctor Escamilla Lira, Elías Orozco, Alberto Sánchez, Manuel Saldaña, si habían oído hablar del policía Slim Helú. Ninguno lo recordaba bien. Sólo alcanzaban a señalar que podría tratarse de un pariente –“primo o tío lejano de Carlos Slim Helú”– que después de haber estado en la DFS al parecer se había ido de comandante a la Procuraduría General de la República y del que luego no se volvió a saber nada.

El apellido Slim Helú sí ocuparía un lugar en la memoria nacional, pero en los noventa y por la venta de Telmex, la empresa paraestatal más importante de todas las que privatizó el régimen priista en su recta final, antes de que llegara el 2000 y la transición democrática a México.

 

El comandante Slim

 

El 27 de mayo de 2008, a través del Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI) solicité a la PGR el expediente laboral de Julián Slim Helú sin la certeza de que realmente existiera. El 3 de julio, la Unidad de Enlace de la PGR me respondió: sí había un expediente de un policía con ese nombre, pero no podía entregarlo debido a que era información confidencial. Apelé la decisión de la PGR con el argumento de que el policía Slim Helú ya no estaba en funciones y habían transcurrido los 20 años reglamentarios para mantener bajo reserva cualquier documento catalogado como confidencial.

Convencida de que debía hacerse pública dicha documentación, la comisionada del Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), María Marván Laborde, tomó el caso y me ayudó a ganar el recurso de revisión, un año después. El IFAI exigió a la PGR entregarme el expediente donde constaba que Julián Slim Helú había iniciado labores como primer comandante de la PGR el 16 de junio de 1983 y había renunciado el 7 de junio de 1984, una semana después de la muerte del entonces columnista político más influyente de México, Manuel Buendía Tellezgirón, asesinado por un pistolero contratado por la DFS.

De acuerdo con el expediente, Julián Slim Helú tenía el cargo de primer comandante de la Policía Judicial Federal. Estaba adscrito al aeropuerto internacional de la Ciudad de México y su clave de cobro era la No. 17007011500.0. Recibía un sueldo mensual de 21 mil 240 pesos y un sobresueldo de 7 mil 434 pesos. En el rubro de “Percepciones extraordinarias variables” puede leerse que además le pagaban una “compensación adicional por servicios especiales” de 47 mil 326 pesos”, es decir, una cantidad mayor que la cifra conjunta del sueldo y sobresueldo que recibía. En total sus ingresos alcanzaban la cifra de los 76 mil pesos mensuales. Los cheques que cobraba estaban firmados por Carlos Madrazo Pintado, hermano de Roberto, candidato presidencial priista en 2006. Además, el comandante Slim Helú contaba con un seguro de vida por 1 millón de pesos, contratado con la Aseguradora Hidalgo.

De acuerdo con el documento que conseguí vía la Ley de Transparencia, Slim Helú recibió su cartilla militar el 18 de marzo de 1952, tras acudir a 50 sesiones del Ejército Mexicano y ser calificado positivamente por su conducta, aplicación y aprovechamiento. Asimismo, la cédula profesional 106050 lo acreditaba como licenciado en derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Sin embargo, la precisión de algunos datos contrasta con la oscuridad de otros. Los motivos de su salida de la PGR no quedan claros. En su expediente laboral existe una carta de renuncia fechada el 7 de junio de 1984 y dirigida por el comandante Slim Helú al entonces procurador general de la República, Sergio García Ramírez:

 

Estimado señor Procurador y dilecto amigo:

Lo saludo cordialmente con la expresión de mi más caro aprecio ligado a mi gratitud por el alto honor que tuvo a bien conferirme al ser designado, el 16 de junio de 1983, Primer Comandante de la Policía Judicial Federal.

Durante el desarrollo de mi función, que siempre entendí como una gran responsabilidad, más que como un privilegio, invariablemente me vi alentado por el aseguramiento de su confianza, simpatía y afecto, lo que reafirma una vez más los atributos de su calidad humana que siempre he estimado del más alto rango.

Considerando haber cumplido con la delicada encomienda que se designó asignarme, ruego a usted se sirva, sí para ello no hay inconveniente, relevarme de tan señalado cargo.

Me valgo de la ocasión para reiterar a usted las seguridades de mi solidaria amistad y consideración.

Julián Slim Helú.

 

El columnista de Reforma Miguel Ángel Granados Chapa, amigo de Buendía y uno de los hombres que conoció a detalle las investigaciones del crimen del principal columnista del país, unos meses antes de fallecer me dijo en entrevista que la renuncia de Slim Helú a la Policía Judicial Federal nada tenía que ver con el asesinato, pese a que ocurrió en ese contexto.

De acuerdo con Granados Chapa –que preparaba un libro sobre el caso y planeaba presentarlo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011– Buendía fue asesinado por órdenes de José Antonio Zorrilla, quien había llegado a la dirección de la DFS en 1982 en sustitución de Miguel Nazar Haro. Zorrilla tenía pactos con capos del narcotráfico de los cuales supo Buendía Tellezgirón. Durante una reunión en casa de Zorrilla, el periodista lo encaró sobre el tema, lo que provocó que el todopoderoso jefe policiaco dictara una sentencia de muerte en su contra. El asesinato lo ejecutó un motociclista que le disparó al columnista cinco veces por la espalda.

–Julián Slim Helú renunció unos días después del asesinato de Buendía. ¿Su renuncia no tuvo nada que ver con este caso?

–No.

–Don Miguel: ¿Por qué nadie sabe nada del policía Slim Helú? Parece que ni siquiera existió.

–Hay zonas del delito que no son tan glamorosas y quizá por eso no sonaba mucho el nombre de Julián Slim. Tal vez él se movía en una de esas zonas.

–¿Cuáles son esas zonas del delito no tan conocidas?

–Como delitos arqueológicos o algo así; pero efectivamente, de Julián Slim Helú no sabemos nada. Es uno más de nuestros misterios.

 

La buena y mala fe

 

Julián Slim Helú nació en 1938 en la Ciudad de México. Fue el primer varón que tuvo su padre Julián Slim Haddad, oriundo de la aldea de Jezzine, Líbano, de donde viajó a México en barco a principios del siglo XX. Al poco tiempo de su llegada, Julián Slim Haddad se asoció con su hermano José para abrir La Estrella de Oriente: una tienda de telas en el centro histórico de la Ciudad de México. Más tarde se casó con Linda Helú, hija de migrantes libaneses nacida en Parral, Chihuahua.

Cuando Julián Slim Helú tenía 15 años de edad, su padre murió de un problema en el corazón. Tiempo después, el primogénito de la familia entró a estudiar leyes y contrajo nupcias con Magdalena Seade, cuyo padre –Carlos Seade– había sido junto con Luis Farah, de Guadalajara, uno de los primeros inmigrantes libaneses en graduarse como médico en México.

Una revista de la comunidad libanesa que circulaba en aquella época reseñó la boda entre Julián y Magdalena. En la nota de sociales aparece una foto donde se ve a Julián de traje, con una ligera sonrisa en el rostro y la mano izquierda descansando en su pecho, mientras que con la otra abraza a su esposa Magdalena, vestida de blanco.

Recién egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM, el 22 de junio de 1960 Julián asumió la secretaría de la Asociación Libanesa Internacional, un proyecto lanzado por el empresario del calzado Antonio Domit, cuya “alta meta”, de acuerdo con un manifiesto difundido en publicaciones libanesas en México, era “lograr la unificación y organización de los libaneses residentes en cada país, fomentando entre ellos el compañerismo y la amistad sincera y desinteresada, así como entre las comunidades libanesas de todo el mundo”. El documento iba acompañado de una fotografía en la que aparecen los ocho “hombres de prestigio y completa solvencia moral y material” que conforman la directiva. Al centro puede verse a Julián Slim Helú vestido con traje oscuro, junto a Domit, quien era el presidente de la naciente organización.

Julián tuvo cinco hermanos: Nour, José, Alma, Linda y Carlos. Todos ya fallecidos, con excepción de Carlos, presidente del grupo Carso y dueño de más de 200 empresas de diversos ramos, a quien la revista Forbes calificó como el hombre más rico del mundo, mientras que un análisis de la revista Sentido Común calculaba en 2010 que su fortuna ascendía a 75 mil millones de dólares.

La relación entre los hermanos Julián y Carlos se afianzó tras la muerte de su padre. En 1966, el primogénito Julián acompañó al altar a su hermano Carlos, durante el matrimonio de éste con Soumaya Domit –hija de Antonio Domit–, oficiado por el sacerdote Marcial Maciel, a la postre fundador de la Legión de Cristo.

De acuerdo con su expediente en la PGR, Julián fue miembro de la generación de 1957 de la Facultad de Derecho de la UNAM. Sin embargo, del mismo modo en que su nombre no aparece en los reportes de la CNDH y de la Fiscalía Especial, en la Facultad de Derecho su tesis (“Efectos de la buena y mala fe en el derecho civil mexicano”) tampoco es fácil de encontrar. Es mucho más fácil localizar en la Facultad de Ingeniería la de su hermano Carlos, de nombre “Aplicaciones de programación lineal a algunos problemas de ingeniería civil”, la cual inicia con la dedicatoria: “A mis hermanos”.

Siguiendo la pista de los documentos consultados, da la impresión de que la carrera policial de Julián iba en ascenso, pero justo cuando su hermano Carlos empezó a ser conocido en el mundo empresarial, Julián desapareció del escenario público. En 1991, cuando Carlos ganó la licitación de Telmex –la empresa de mayor importancia estratégica para la seguridad nacional de todas las que se privatizaron durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari– el comandante Julián Slim Helú prácticamente abandonó el servicio público y se convirtió en una especie de leyenda.

Al especialista en temas de seguridad nacional Fernando Montiel T., a quien relaté la historia de los hermanos Slim Helú, le recordó en cierta forma el mito de los hermanos Rómulo y Remo bajo el cual se construyó Roma: uno de los hermanos (Remo) es sacrificado para que el otro hermano (Rómulo) pueda ser el rey y así levantar después uno de los mayores imperios de la historia.

Otra analogía, menos elevada, es la del expresidente Carlos Salinas de Gortari y su hermano Raúl, bautizado en una legendaria portada de la revista Proceso como “el hermano incómodo”, tras ser denunciado, detenido y procesado por actos de corrupción ocurridos en la década de los noventa, durante la administración de su poderoso hermano.

Las patas de los caballos

 

Fructuoso Pérez Galicia, amigo de Carlos Slim Helú desde que ambos estudiaron en la Facultad de Ingeniería Civil de la UNAM, me contó durante una larga entrevista en 2009, en su oficina de San Miguel Chapultepec, que entre Julián y Carlos había una excelente relación de hermanos, que Julián se dedicó en los noventa a trabajar en un despacho de abogados y que ofrecía asesorías de seguridad a las empresas de su hermano Carlos, además de que tenía un rancho en Veracruz donde pasaba largas temporadas.

–¿Usted conoce a Julián Slim?

–Sí, claro. Yo estimo mucho a Julián.

–¿Cómo es?

–Es abogado. Y bueno, toda la familia Slim son gente muy decente, muy sencilla. Sencillísimos, una cosa que nadie cree, de verdad.

–¿Cómo se llevan Julián y Carlos Slim?

–Perfecto. Se llevan muy bien.

–¿Qué hace Julián actualmente?

–Julián tiene un despacho y aparte creo que tiene unas, vamos a decir, asesorías, así entre comillas, para su hermano Carlos.

–¿Cómo es físicamente Julián?, ¿se parece a Carlos?

–Se parecen mucho. Julián es muy tranquilo. Una gente muy culta.

–¿Cómo cree que lleva Julián el que su hermano menor sea más reconocido que él?

–No, para nada hay envidias ni nada de eso. Hay un verdadero entendimiento de quién es Carlos.

–¿Y cómo son los otros hermanos de Carlos?

–El único que le queda es Julián.

–¿Y Julián participa de alguna forma en los negocios?

–Yo no sé qué tanto, pero yo me imagino que algo. Por ejemplo, el hijo de Julián es Héctor Slim Seade, el actual director de Telmex. Y otro hijo de Julián, Beto Slim Seade, es el que maneja los hoteles Calinda.

–¿Qué dice Carlos de la época de juventud en la que Julián estuvo como policía en la DFS y en la PGR?

–Carlos nos platicaba que era muy inquieto y que andaba en ese medio porque eso le gustaba.

–Pero era un mundo de muchos riesgos.

–No, pues sí, el mundo es peligroso siempre para todos los que andan entre las patas de los caballos.

 

Un buen policía… a la mexicana

 

Gustavo Hirales Morán fue uno de los dirigentes de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Junto a Ignacio Salas Obregón, Ignacio Olivares y Salvador Corral García formaba parte de la dirección colectiva del principal grupo guerrillero de los setenta. De todos, es el único que no está muerto o desaparecido.

Hace dos años el escritor Héctor Aguilar Camín me presentó a Hirales Morán en el restaurante Seps de la colonia Condesa, en la Ciudad de México, donde nos vimos para platicar sobre el Ejército Popular Revolucionario (EPR). El motivo de la reunión fue un reportaje que publiqué en Milenio sobre la fuga de un guerrillero del Campo Militar Número Uno, pero no en los setenta, sino en los noventa. Hirales Morán apoyó la crítica que me hacía Aguilar Camín por creer la versión del eperrista, la cual ambos consideraban rotundamente falsa.

Después de aquella ocasión, Gustavo Hirales y yo nos escribimos algunas veces. En julio de 2011 le pedí una cita y nos vimos de nuevo en la plaza principal de Coyoacán, el mismo fin de semana en que cerró la cafetería y librería El Parnaso. Caminamos a otra cafetería cercana. Mientras lo hacíamos me habló de lo que piensa de la actual guerra contra el narco, de algunos de los libros que ha escrito y de sus polémicas con excompañeros guerrilleros. Hirales, pese a ser uno de los dirigentes históricos de la guerrilla de los setenta, no goza de buena reputación entre la izquierda mexicana. El diario La Jornada dice que se trata de “un guerrillero arrepentido y enemigo jurado de la causa que defendió en su juventud”.

Busqué a Hirales no sólo por su participación y su conocimiento directo en la guerra sucia, sino también por la fama de su imparcialidad a la hora de analizar aquellos hechos. Sobre todo quería hacerle una pregunta que me asaltaba con respecto al comandante Slim Helú, cuya historia yo llevaba cuatro años reporteando.

La pregunta que me rondaba era: ¿Se podía ser un buen policía estando en la Dirección Federal de Seguridad?

Primero hurgué en los recuerdos de Hirales sobre Salvador Corral García, el dirigente guerrillero que apareció muerto en San Pedro Garza García, Nuevo León. Hirales me dijo que Corral García era chaparrito, de cuerpo macizo y que, serio y cauteloso a la hora de hablar, sus formas no correspondían a las del estereotipo norteño. Me dijo también que había tenido “una muerte muy hija de la chingada” porque había sido sacrificado en honor de los industriales de Nuevo León. Para precisar, le pregunté si creía que la DFS había matado a Corral. “¿Quién más? –me respondió un poco agitado–. Si yo lo tengo y luego aparece muerto… ¿si no fui yo, entonces quién?”.

Entonces mencioné a Julián Slim Helú. Y me dijo que el hermano de “Don Carlos” era uno de los libaneses de la policía política (otros eran Nazar Haro, Tanús…), pero que al igual que ahora, en aquellos años Julián no era un policía muy conocido.

–¿Por qué cree que no era tan conocido?

–Retrospectivamente pienso que Julián Slim se cuidaba mucho para no afectar a su hermano que ya empezaba una carrera empresarial.

–¿Se podía ser un buen policía en la DFS?

–Mira, por ejemplo, muchos dicen que Luis de la Barreda, director de la DFS, fue un buen policía porque él no torturaba directamente. O sea, era un buen policía con el que llegabas a hablar después de que te pasaban por cuatro vías distintas de tortura que otros realizaban. Eso me pasó a mí, nadie me lo contó. Hay muchos casos conocidos. Por ejemplo, delante de Luis de la Barreda colgaron herido de un disparo a José Luis Moreno, hasta que se le pudrió el brazo y se lo tuvieron que cercenar. Si eso es la medida para ser buen policía, entonces él era un buen policía, pero en esos años quien fuera policía de la DFS torturaba, por lo menos.

–¿Pudo haber salido un buen policía de la DFS?

–La DFS fue la cantera de los jefes del narco. Miguel Félix Gallardo, Amado Carrillo, muchos capos de la droga estuvieron ahí… ¿Dónde están los buenos policías? Yo no sé.

 

Nadie se acuerda de Julián

 

Julián Slim Helú falleció la tarde del jueves 17 de febrero de 2011, a la edad de 74 años. Su cuerpo fue velado en su propia residencia ubicada en calle Sierra Leona, de la colonia Lomas de Chapultepec, en el Distrito Federal. La noticia de su muerte tuvo escasa repercusión en los diarios de circulación nacional, enfocados al día siguiente en la tristeza diaria que hoy es el país a causa de la llamada guerra del narco, en más de un sentido ligada a la guerra sucia que vivió México en los setenta.

En aquella fecha, Milenio, El Universal, Reforma y La Jornada publicaron en sus portadas fotos de las 30 mil velas que se encendieron en la explanada de la UNAM, tras la primera marcha que hubo en el Distrito Federal por los (en ese momento) 30 mil muertos desde el 1 de diciembre de 2006 en que tomó protesta el presidente Felipe Calderón. Los columnistas políticos tampoco mencionaron la muerte de Julián Slim Helú. En cambio, algunos resaltaron las promesas del secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, de depurar a los corrompidos cuerpos policiales del país para remontar, ahora sí, la guerra fallida.

Fue Excélsior el diario que dedicó el mayor espacio a la noticia de la muerte de Julián Slim Helú, así como a los eventos luctuosos que le siguieron. De acuerdo con la crónica firmada por la redacción, en el velorio del antiguo comandante lo mismo pudo verse al exsecretario de Gobernación Manuel Bartlett que al presidente de Banamex, Alfredo Harp Helú; al rector de la UNAM, José Narro, y al presidente de Kimberly Clark, Claudio X. González; al jefe de la policía del Distrito Federal, Manuel Mondragón, y al cantante Chamín Correa.

Héctor Slim Seade, el cuarto hijo de Julián Slim Helú, actual director general de Telmex, así como su tío Carlos Slim Helú, fueron los deudos más abrazados y consolados. El sábado 19 de febrero, ambos entraron juntos al Panteón Francés, donde una carroza fúnebre transportó, a las cuatro en punto de la tarde, el cuerpo de Julián Slim Helú en un ataúd de caoba. Tras una breve ceremonia de despedida y ante pocas personas, el cuerpo del policía fue acomodado en un mausoleo.

Localizado a la entrada del panteón, el monumento sobresale por el busto esculpido de Julián Slim Haddad, el patriarca de la familia de Carlos, el hombre más rico del mundo, y de Julián, el policía de la guerra sucia del que nadie se acuerda.

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