64 años de grilla La FEG: entre el escándalo y la sorpresa

En otros tiempos, el hallazgo de cinco cuerpos inhumados de manera clandestina en el edificio de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG) el 14 y 15 de diciembre pasado hubiera sido un escándalo de mayores proporciones. Y aun cuando en los tiempos que corren en el país hubiera sido una noticia ordinaria, de no ser por la forma en que reaccionaron los gobiernos estatal y municipal, autoridades educativas, partidos, grupos políticos y los medios de comunicación locales –nacionales e incluso extranjeros, como al cadena televisiva CNN–, así como internet y las redes sociales. A todos les sorprendió saber que la “negra organización estudiantil” no sólo no ha desaparecido, sino que sigue impune y cuenta con el cobijo de innumerables actores.
De pronto los jaliscienses nos vemos inmersos en una comedia de equívocos, declaraciones absurdas y risibles y comentarios interesados de unos y otros. Al mismo tiempo asistimos a un proceso jurídico de pasmosa lentitud, de extrema cautela y a contentarnos con recibir información a cuentagotas: y, por si fuera poco, a un escenario político convertido en una mesa de billar en la cual una noticia de nota roja golpeó a muchos personajes en una carambola de varias bandas.
El asesinato de cuatro estudiantes de la preparatoria 8 de la UdeG y el padre de uno de ellos es algo más que un delito común. Debe entenderse como el hilo de una madeja larga y enredada que hizo entrar a escena a personajes propios de una novela policiaca: no sólo obligó a directivos de la universidad a hacer declaraciones; también implicó al exgobernador Alberto Cárdenas, a funcionarios centrales del gobierno estatal y del ayuntamiento de Guadalajara, como Emilio González Márquez y Aristóteles Sandoval; a los líderes actuales de la FEG y la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), a comerciantes y a opositores al padillismo, y puso en evidencia a priistas, panistas y a las izquierdas tapatías.
Lo extraordinario se presentó como algo sumamente ordinario: un posible ajuste de cuentas por el cobro de piso a un comerciante que vendía churros en las inmediaciones de La Normal, muy cerca del edificio de la FEG, que rápidamente derivó al contexto de la complicidad de las autoridades municipales con líderes estudiantiles (tanto de la FEG como de la FEU) para permitir la venta irregular y condicionada de distintos productos en los alrededores de las instalaciones educativas.
También quedaron al desnudo la denunciada anuencia de las autoridades educativas para que líderes estudiantiles medren a su antojo en escuelas públicas; así como la responsabilidad de priistas y panistas para que la organización fegista siga tan viva y tan campante. Y lo esencial: saltó de inmediato la negra historia de la organización a la que muchos pertenecieron alguna vez, la que fue cubierta de gloria en diversas épocas, que tuvo enemigos dentro y fuera y que desde el principio fue vituperada y mal entendida.
La caja de sorpresas incluye la responsabilidad de unos y otros, y al mismo tiempo la posibilidad de que tras el crimen múltiple se esconda la historia continuada de una supuesta organización criminal de largo alcance, con apoyos gubernamentales y políticos y una considerable base financiera.
En la modorra tapatía del fin de año, la película corrió lenta y parsimoniosa. El procurador de Justicia del estado, Tomás Coronado, informó sobre dos versiones de los hechos relacionadas con el cobro a los comerciantes callejeros. En ese trayecto irrumpieron en la escena pública el actual presidente de la FEG, Israel Mariscal, y Mayo Ramírez (hijo del ingeniero Álvaro Ramírez Ladewig), primer presidente fegista en la época pospadillista. Ambos intentaron deslindarse: el primero lo hizo con una tranquilidad pasmosa que no dio cuenta de nada, porque casi no va al edificio de la organización que dirige; el segundo, para decir que él no es el líder moral fegista.
Una historia abigarrada

A tres semanas de la exhumación de los cuerpos nadie ha rendido su testimonio formal ante la autoridad judicial, por lo que es imposible aún contar con los datos más elementales del crimen múltiple. Eso sí, muchos de los participantes en la feria de declaraciones se hicieron los sorprendidos; otros optaron por las ocurrencias.
Llama la atención la actuación de la directora de Inspección y Vigilancia del ayuntamiento tapatío, Verónica Martínez.
Más allá del miedo a los fegistas, del desconocimiento de las actividades de la FEG por parte de la dirección del Hospital Civil y más allá de la petición que hizo la UdeG de que el gobierno suprima a la supuesta organización criminal y devuelva el edificio de la calle Carlos Pereyra 100 a la universidad; más allá de las imprecisiones de los medios de comunicación en torno a la historia rápida que han dado a conocer en días pasados sobre la FEG, campean en el ambiente temas que reclaman una aclaración pertinente ante la opinión pública.
El primer asunto urgente es aclarar quiénes son los causantes directos de la muerte de los preparatorianos y del padre de uno de ellos; saber si los responsables intelectuales están aparte; el móvil y, desde luego, las condiciones en que sucedió el hecho criminal. Urge aclarar también qué tan extendido está el uso de las armas de fuego entre los estudiantes fegistas y feuístas; revisar las redes de extorsión del comercio en los alrededores de las instalaciones educativas con la aparente complicidad de autoridades educativas estatales y dirigentes del SNTE.
Es menester también resolver el tema pendiente del supuesto comodato que, primero el ayuntamiento tapatío y luego el gobierno del estado, otorgaron a la FEG sobre el edificio de la calle Carlos Pereyra (según el actual secretario de Gobierno, Víctor M. González, el proceso está inconcluso), y el destino futuro del inmueble que los dirigentes de la UdeG quisieran para sí, los panistas como pieza de cambio en su ajedrez político y amplios sectores sociales para beneficio de los tapatíos.
Es una historia abigarrada que empezó hace 64 años y que está llena de datos verificables, pero también de leyendas y personajes de una película que parece no tener fin. Para empezar, debe decirse que la FEG de hoy no es la misma de antes; ha sido, eso sí, una muestra camaleónica de la política a la mexicana y que los rescoldos de los viejos tiempos siguen prendidos en el nuevo siglo.
La fundación

La FEG nació en un congreso realizado entre el 15 y el 23 de enero de 1948 en las instalaciones de la Preparatoria de Jalisco. Ahí estuvieron estudiantes de la preparatoria nocturna, de las secundarias para varones, de la nocturna por cooperación y la de señoritas; de ingeniería química, comercio y administración, medicina, obstetricia, enfermería y del Instituto Politécnico. El nombre de la federación fue propuesto por Gilberto Alcocer; el lema ganador: “Divulgación de la cultura”, se debe a Ernesto González, quien se impuso a los otros ocho concursantes.
Y en la votación final, José García, quien cursaba la carrera de medicina, quedó como presidente de la naciente organización que se comprometía a renovar directiva un año después, justo en el mes de noviembre. Carlos Ramírez Ladewig, hijo del gobernador Margarito Ramírez Miranda, famoso por salvar la vida en una ocasión al general Álvaro Obregón, no participó en dicha fundación. Fue a partir de noviembre de 1949 cuando fue electo presidente del comité de la Escuela de Derecho de la UdeG, que se interesó por la política estudiantil, no directamente en la FEG, sino del Frente Estudiantil Socialista de 
Occidente (FESO). La organización vivía su etapa final y tenía como presidente a Raúl Padilla Gutiérrez, padre de Raúl Padilla López.
Durante sus dos primeros años, la FEG fue un simple membrete. En 1950 el fegista Gustavo Naranjo convenció a Carlos Ramírez de abandonar el FESO y sumarse a sus filas. Él aceptó tras muchas pláticas. En la primera quincena de febrero de 1951 se realizaron elecciones con dos candidatos a la presidencia: el hijo de Margarito Ramírez y un muchacho de apellido Rentería, quien perdió y cayó en el olvido.
Carlos Ramírez dio un salto de calidad en el Primer Congreso Ordinario de la FEG. Celebrado entre el 25 y el 28 de febrero de ese año (los estatutos habían cambiado para permitir que el presidente de la organización estuviera al frente no uno, sino dos años) en ese encuentro hubo presencia notable de autoridades universitarias y gubernamentales.
En los hechos fue la confirmación de una nueva época de la FEG, pues se consolidó como la organización mayoritaria reconocida de manera oficial; también creció su representación en el Consejo General Universitario (CGU) y se pusieron las bases para centralizar su poder: el CGU propuso una terna de universitarios para que el gobernador en turno seleccionara de entre ellos al siguiente rector. Así, entre 1953 y 1975 el grupo comandado por Carlos Ramírez fue el que determinó que el rector no saliera de la presidencia de la FEG.
De manera paulatina la federación se transformó en un grupo político. En 1955 Ramírez Ladewig obtuvo la diputación federal por el distrito VII. Fue la primera de las 19 diputaciones conseguidas por los fegistas en los siguientes 20 años. Las disensiones internas empezaron a aflorar. Entre 1952 y 1959, Jesús González Gortázar, hijo del entonces gobernador Jesús González Gallo, y José Guadalupe Zuno Jr., hijo del también exgobernador y fundador de la UdeG del mismo nombre, quisieron imponer sus propios candidatos y toparon con pared. El primero fundó una nueva organización: el Frente Revolucionario de Estudiantes Unidos (FREU), que tuvo un histórico enfrentamiento con la FEG en 1962; el segundo encabezó junto a Miguel Naranjo la primera escisión fegista en 1959, año en que abandonó la federación por diferencias con el jerarca.
A partir de 1960 y durante 15 años, con entradas y salidas de la escena debido a sus labores como diputado o como abogado, o a su habilidad para capotear las adversidades políticas, Carlos Ramírez fue el jefe de un grupo de poder indiscutido. Su control sobre la UdeG era apabullante; antes que nada tenía una representación institucional y legal claramente establecida; también una presencia en puestos de representación popular, así como en el Supremo Tribunal de Justicia y en la delegación regional del IMSS.
La transformación

El uso de las armas en la FEG proviene, según testigos, de los enfrentamientos con los gallistas del FREU en 1962. La lucha por la representación estudiantil mayoritaria en esa época provocó las primeras balaceras en las que murió un estudiante de apellido Ledezma.
Con el incremento de las cuotas de poder, la mayor participación de estudiantes provenientes de colonias populares en las luchas de comités estudiantiles y la creciente presencia de miembros de las juventudes del Partido Comunista Mexicano, la FEG se convirtió en una verdadera torre de Babel. Los actos delictivos y vandálicos dieron origen a la leyenda negra de la organización.
Entre 1968 y 1970 el terreno fegista se convirtió en un campo minado. Sus integrantes recibieron armamento sofisticado del presidente Gustavo Díaz Ordaz y apoyo político de los gobiernos federal y estatal, aunque de manera simultánea se agudizaron las diferencias internas. Sus principales colaboradores pidieron a Ramírez Ladewig que presionara para que un fegista llegara a la rectoría y le exigieron aplastar de una vez por todas a los opositores.
Grupos nutridos de estudiantes y pandilleros de colonias populares se aglutinaron en el Frente Estudiantil Revolucionario (FER) para disputar a la FEG la hegemonía en la UdeG; los pistoleros y guaruras de esta federación, al amparo de sus negocios ilícitos, exigieron mayores cuotas de poder, incluso empezaron a matarse entre ellos mismos. Muchos fegistas –entre ellos Javier Balvaneda, Javier El Güero Barba y Carlos El Pelacuas Morales García, quizás el más famoso– eran agentes confidenciales de la XV Zona Militar y de la temida Dirección Federal de Seguridad (DFS); pronto se convirtieron en activos miembros del narcotráfico.
Es en ese contexto en el que fue asesinado Carlos Ramírez Ladewig el 12 de septiembre de 1975 en las calles Niños Héroes y Colonias, en esta capital. Tras su muerte, varios expresidentes fegistas: Genaro Cornejo, Enrique Alfaro Anguiano, Enrique Zambrano Villa, Guillermo Gómez Reyes y Félix Flores Gómez, así como el hermano del desaparecido líder, Álvaro Ramírez Ladewig, se disputaron la vacante dejada por Carlos Ramírez.
Ninguno de ellos pudo convertirse en el máximo jefe. La pelea interna duró casi una década. En 1984, de manera sorpresiva irrumpió Raúl Padilla López. Cinco años después, en 1989, llegó a la rectoría y realizó una operación política sencilla pero demoledora: entendió que no podía navegar con el lastre de la FEG y se deshizo del membrete con la idea de desembarazarse también de la leyenda y de sus amigos que ya no le servían.
Varios opositores, sobre todo Álvaro Ramírez, Horacio García Pérez –sobrino del primer presidente del membrete FEG en 1948–, Oliverio Ramos y Mayo Ramírez, agarraron el anzuelo y se quedaron con el membrete, la historia familiar, el edificio de Carlos Pereyra y una cuota nada despreciable de varias decenas de miles de estudiantes de secundaria y de la Escuela Normal de Jalisco.
Al término de la disputa, en 1992 Padilla López consolidó su poder total. Logró restaurar bajo nuevas condiciones el grupo de poder que había tenido Carlos Ramírez. Los otros salieron del viejo imperio del jefe histórico y se conformaron con vivir en la periferia de la UdeG a cambio de seguir con su propio grupo político que ya no era, en los hechos, el mismo que consolidó su mentor. Se quedaron también con el peso de la historia negra.
Como grupo de poder, la FEG está en el centro de la cultura del poder mexicano. Hoy, el fantasma vuelve a la vida de la clase política local. A lo largo de las últimas décadas han desfilado por los pasillos de los grupos de Carlos Ramírez, Raúl Padilla y Álvaro Ramírez los políticos más contrastantes: Guillermo Cosío Vidaurri, Juan Gil Preciado, Jesús Limón, Jesús González Gortázar.
También el cronista Juan López, Salvador Cárdenas Navarro, los hermanos Gustavo y Miguel Naranjo, José Luis Lamadrid Souza, María Esther Scherman, los hermanos Gustavo y Miguel Naranjo, Ramón y José Guadalupe Zuno Jr., Félix Flores Gómez, Rafael Castellanos, Enrique Alfaro Anguiano, Guillermo Gómez Reyes, Samuel Meléndrez, Claudio Palacios, Gilberto Parra, Tonatiuh Bravo Padilla, Carlos Briseño, Gustavo Cárdenas Coutinho, Armando Macías, Horacio García, Víctor M. González Romero y Samuel Romero Valle, entre una lista interminable.
Álvaro Ramírez dijo en una ocasión: “La FEG ha dado para todo”. Cierto. En 64 años de vida ha servido para hacer grilla estudiantil, tener diputados y pistoleros, defender al sistema político mexicano, protestar contra Vietnam, reivindicar el nacionalismo –pero también el socialismo científico–, solicitar precios bajos en los boletos del pasaje urbano, secuestrar y reprimir, hacer negocios chuecos, pelearse a muerte entre los mismos compañeros y tener dos víboras con dos cabezas: una dentro de la UdeG y otra fuera. l
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*Autor de A la sombra del árbol y lejos (Casa del Mago, Guadalajara, 1995, 310 p.), crónica periodística en torno al grupo FEG-Universidad y al grupo padillista, así como a las relaciones entre el PRD y Raúl Padilla López.

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