A debate, la legitimidad de la insurgencia armada. La conquista de la esperanza: diarios inéditos de la guerrilla cubana

El próximo sábado –25 de febrero–, en la excapilla del Palacio de Minería, dentro de la Feria Internacional del Libro, se presentará la obra La conquista de la esperanza: diarios inéditos de la guerrilla cubana, editado por Grupo Planeta, el cual recoge parte de los diarios del Che Guevara y de Raúl Castro. Paco Ignacio Taibo II y el firmante de esta introducción dan contexto a los diarios.
El libro recoge la odisea de la guerrilla cubana que se inicia el 25 de noviembre de 1956 con la partida del Granma de las costas veracruzanas, con 82 revolucionarios cubanos e internacionalistas a bordo.
Van “rumbo a la salida del sol” –anota Raúl Castro en su diario– porque el “pequeño ejército loco” del Movimiento 26 de Julio ha decidido que su destino es volverse hombres libres o mártires.
Son cazadores de la utopía de la dignidad. Tratan de convertir el gran burdel de la prostitución, del narcotráfico y de la represión en que habían convertido Cuba el sargento Batista y sus amos estadunidenses en una sociedad libre, democrática y soberana.

En los testimonios fieles del “Comandante de la Esperanza”, Ernesto Che Guevara, y del siempre guerrillero de la utopía, Raúl Castro Ruz, el lector puede internarse –si no en la selva de la Sierra Maestra– en esos “días de sacrificio y gloria” (Raúl Castro) a los que sólo algunos de los expedicionarios sobrevivirían para ver su sueño de libertad y justicia realizado.
Los diarios plantean tres tópicos de debate actual: la legitimidad del insurgente en armas, la antropología del guerrillero heroico y la vigencia de la vía revolucionaria como vehículo de transformación social profunda.

LA SALIDA

A continuación se reproducen una parte del diario de Raúl Castro, correspondiente al 2 de diciembre de 1956, en el que relata la salida del Granma hacia Cuba desde Tuxpan, Veracruz, y un fragmento del diario del Che sobre el ataque al cuartel de La Plata:
La noche del 24 de noviembre llegamos al pueblo de (hay un espacio en blanco: se trata de Tuxpan). A la 1 y media o 2 de la madrugada, partimos a toda máquina, una vez mar afuera, cantamos dos himnos. Al poco rato, por mar picada, todo el mundo vomita y se sienten mareos. La segunda noche es la peor. Nadie comía, poco a poco se van recuperando. Sólo un día y una noche fueron de calma. Hay que racionar los alimentos y el agua. Se pasa hambre. Iban 82 a bordo…
Por la tarde (del sábado 1 de diciembre) se les explicó la situación y el plan a grandes rasgos. Por la planta de radio receptora, oíamos al Estado Mayor de la Marina y sabíamos posición de los barcos. Una colilla de cigarro tenía un valor incalculable. Todo el mundo uniformado y con sus respectivas pertenencias, toman posiciones en todos los lugares de nuestro pequeño barco, para batirnos, era la orden, contra cualquier obstáculo que nos encontráramos en la recta final.
Como a las 10 de la noche cae (Roberto Roque) al agua turbulenta, y sin gasolina para luz, la premura y sólo buscándolo con una linterna, se estuvo a punto de abandonar la búsqueda, hasta que un grito desesperado de él nos indicó más o menos el lugar donde estaba, tragó mucha agua; en un mar agitado, y con botas, estuvo más de 25 minutos…

EL DESEMBARCO

Como a las 5 ó 6:00 a.m. por equis motivos, se tomó en línea recta y encallamos en un lugar lodoso para meternos en la peor ciénaga que jamás haya visto u oído hablar de la misma. Me quedé hasta el último tratando de sacar la mayor cantidad de cosas, pero después en aquel maldito manglar tuvimos que abandonar casi todas la cosas. Más de cuatro horas sin parar apenas, atravesando aquel infierno (…). Me iba encontrando, a lo largo del camino, compañeros casi desmayados (…). Hicimos tiempo por los alrededores, hasta bien avanzada la media tarde, para ver si aparecían los compañeros, con un avión constantemente dando vueltas y a cosa de 2 kilómetros de nosotros empezó a ametrallar el bohío donde pensábamos comer algo.
Avanzamos por una manigua de mucha hierba, pero de pocos árboles. Había que tirarse en el suelo cada rato. Ese día no habíamos probado bocado alguno de comida. Estuvimos dando varias vueltas completamente perdidos, hasta que valiéndose de las orientaciones del primer campesino pudimos orientarnos algo. Dormimos todos extenuados esa noche y sin comer. Faena inmensa la de ese 2 de diciembre.

EL ATAQUE

Diario del Che, 17 de enero de 1957, ataque al cuartel de La Plata:
Nos fuimos arrastrando hasta unos 40 metros de la posición enemiga y Fidel inició el tiroteo con dos ráfagas de ametralladoras seguidas por los disparos de todos los fusiles disponibles. Se conminó a rendirse a los soldados, pero sin resultado alguno. El ataque se había iniciado a las 2:40 de la madrugada, después de unos minutos de fuego se ordenó tirar las granadas. Luis Crespo tiró la suya y yo la mía, sin que explotaran, Raúl Castro tiró dinamita, se dio orden de quemar la casa de guano y Universo probó primero pero volvió precipitadamente cuando dispararon cerca, después fue Cienfuegos también con resultado negativo y luego Luis Crespo que la incendió y yo. Resultó que el objetivo nuestro era un rancho lleno de cocos. Luis Crespo cruzó bordeando una caballeriza o chiquero y le salió un soldado a quien hirió en el pecho. Yo le quité el fusil y lo usé de parapeto durante algunos minutos para tirarle a un hombre a quien creo haber herido. Luis Crespo le quitó la canana al herido y se trasladó a otro lugar. Cienfuegos se parapetó tras un árbol y disparó sobre el sargento que huía, pero no pudo abatirlo. El fuego había casi cesado en los dos frentes, y la gente de la casa de zinc se rindió. Cienfuegos entró al patio de la casa de guano encontrando sólo heridos.
Yo les di fuego a todas las dependencias de la casa de Honorio y alguien al cuartel que presentaba un espectáculo impresionante, pues lo habían convertido en una criba. Se dio orden de retirada hacia nuestro campamento con los tres prisioneros militares, a los que se dejó en libertad y se les entregó alguna medicina para los heridos. Se dejó también en libertad a los 5 detenidos civiles, haciéndole una seria advertencia al presunto chivato, y se inició la marcha a las 4:30 de la mañana rumbo a Palma Mocha adonde llegamos al amanecer.
Diario de Raúl sobre el mismo combate:
Como no teníamos medicinas allí, nada pudimos hacer por el momento con los heridos. Acordamos, pues, que los dos prisioneros y el herido leve nos acompañaran hasta el campamento para darle allí medicinas y que ellos lo curaran hasta por la mañana que llegaran sus compañeros, ya que por lo avanzado de la hora, nuestro médico no podía atenderlos debidamente, si no con mucho gusto lo haríamos. Le prendí candela al cuartel, la única casa que quedaba sin arder, y después de colocar los heridos distantes del fuego, nos marchamos. El herido que me regaló el cuchillo, creyendo que nos íbamos empezó a gritar lastimosamente: “No me dejen solo que me muero”. El ignoraba que momentos después volverían tres de sus compañeros con medicinas nuestras para curarlos.
Tomamos rumbo hacia el campamento. Me puse al lado de un prisionero y echándole un brazo por arriba de los hombros, así fui hablando con él de la ideología de nuestra lucha, del engaño de que eran víctimas ellos por parte del gobierno y todo lo concerniente al tema que el tiempo y lo corto del camino nos permitió. El me pidió que anotara su nombre y que en el futuro no me olvidara de él, ya que era pobre, que mantenía a su mamá, y él no sabía lo que iba a pasar. Nos despedimos de los prisioneros con un abrazo, soltamos a los civiles presos. Uno de ellos nos serviría de guía, y nos encaminamos rumbo a Palma Mocha, por un camino que bordea la costa.
Desde lo lejos, se veían arder sobre los cuarteles de la opresión, las llamas de la libertad. Algún día no lejano sobre esas cenizas levantaremos escuelas.

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