Cartearse para quererse

En ocasiones, los críticos literarios también tienen edad, como usted o como yo. La solapa del libro dice que Miguel Capistrán tenía 28 años cuando entregó al primer fruto doble, ya muy maduro y sazonado, de su profesión de historiador de nuestras letras: una serie de cartas y textos cruzados entre Reyes, Villaurrutia, Gorostiza y el periodista Pérez Martínez, bajo el título de México, Alfonso Reyes y los contemporáneos, y otra serie de ellos entre ellos, Los contemporáneos por sí mismos. El libro que ahora existe se titula como la segunda reunión de testimonios y es una de las decisiones más acertadas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA) en todo el amargo 1994: Los contemporáneos por sí mismos (Lecturas mexicanas, 3a. serie; 1993). Capistrán es una de las cuantas personas a las que debemos la organización y edición de los escritos literarios y personales de aquella generación que desde el primer día se supo hacer presente. Ahora Capistrán ya no tiene 28 años, el resultado es su servicio puntual para que podamos comprender y ubicar al famoso “archipiélago de soledades”.
Acaso tiene razón el editor del CNCA: “no hallaremos aquí la iluminación teórica ni el dato secreto o revelador. Más bien se trata de las huellas que el autor deja en esa ruta (…) entre su vida y su obra”.
Dice el editor, y tiene razón. Bueno, tiene razón si el comprador del volumen es un aficionado fuerte a Contemporáneos; pero si no lo es o si quiere serlo, muy bien, esta compilación de cartas y testimonios le empezará a revelar las personas detrás de las obras. El colega de Capistrán puede reclamar al volumen que falta mayor documentación y precisión de datos por su parte. Abundan nombres, fechas, alusiones, referencias oblicuas que –a diferencia de lo que él cree en un momento dado– no se explican solos o no suficientemente; esto, tanto si pensamos en el público conocedor como en los legos. Pero el pecado es venial ante el valor y temblor de los textos, junto con el orden, claridad y notas –que sí las hay– con que Capistrán presenta sus hallazgos. Otro error (¿apresuramiento?) editorial fue no actualizar las múltiples referencias que Capistrán hace entre sus diversos trabajos; había que ajustarlas para llevar de uno a otro texto aquí reunidos; además de podar las citas múltiples a un solo documento. Parece como si quien preparó la edición no hubiera leído el libro que “cuida”.
El libro presupone una pregunta tácita: ¿para qué leemos las cartas de alguien a quien no conocemos personalmente? Esa variante del morbo o fisgonería está al borde de una forma de la comunicación humana: la búsqueda del otro, el deseo de percibir sus emociones. Esto es bello. Es bello percibir el mesurado y, al parecer, franco cariño entre Reyes y Villaurrutia; que se hace extensivo a todo el grupo entonces juvenil. Hay formas de quererse y de identificarse que no piden gestos grandilocuentes ni promesas de incondicionalidad. Es bello que otro de los amigos le escriba desde una ciudad lejana a Villaurrutia, en mucha confidencia. “Una vez por semana veo al admirable Alfonso. También él ha dicho ya que soy un ser frío. Y esto no te lo digo en son de reproche o de chisme. ¡Cuánto quiero a Alfonso! Pero soy un imbécil y torpe para manifestarme. Cuando lo soy, lo soy excesivo, y entonces… tampoco lo hago bien”.

La cita anterior es útil para comprender al hombre que es… Carlos Pellicer. Que viene a ser un “dato secreto o revelador” –contradiciendo al editor–, pues supongo que pocos lectores nos imaginaríamos este filón de torpeza y frialdad en el tabasqueño del grupo. Claro que la misma conversación a distancia entrega otras sorpresas más típicas de Pellicer, como su reporte anímico… “nostalgia de la luz (París es horrible), y una respiración de lo religioso, franca y fuerte”. Las 11 secciones del libro son un asomo de intimidad. Lo dice bien Capistrán: “¿historia literaria? Sí, pero también, y sobre todo, crónica íntima de una generación. Tiempo detenido, recobrado en la brevedad de una carta”.
La brevedad del instante, el comentario emocional, los planes de escritura, las artimañas editoriales, las confirmaciones y rupturas de alianzas confidenciales: eso es lo que atrapan las cartas. La cercanía, el detalle, la anécdota: la cara diaria de lo que después será historia cultural. Las personalidades no serán necesarias, pero ayudan a sentir los versos y comprender las poéticas. Las ideas, los sentimientos, afectos y reacciones son el material con el que se harán conjuntamente estas obras tan celosas de su individualidad y el panorama de la cultura que ellos crearon.
Hay en la compilación piezas simpáticas, como la legendaria reseña de Novo a Cuestiones gongorinas de Reyes… que consistió en una ácida lista de erratas, justo “a don Alfonso, pasándole enfrente no un fantasma únicamente sino una ristra de ellos enfundados en la sábana de la errata”. Hay textos fuertes y conmovedores, como la descripción del cuarto de Owen en Nueva York o la tristeza de José Gorostiza. ¿Honestidad y lucidez sobre los propios sentimientos? Fueron un grupo, estuvieron vivos y pueden no estar muertos si los seguimos leyendo, cartearse. Para quererlos.

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