Legorreta: Una arquitectura tercamente mexicana

MÉXICO, D.F. (apro).- A fines de 2003, el arquitecto Ricardo Legorreta concedió una entrevista para el libro México: Su apuesta por la cultura (Proceso/Grijalbo/UNAM), donde expuso el bache en que cayó la arquitectura mexicana durante las tres últimas décadas del siglo XX, y habló de dos sueños para la actual: volver a la excelencia y recuperar la dignidad para la vivienda social en México, pues en este momento los arquitectos “estamos dedicados a la publicidad y la fama”.

Desgraciadamente la muerte lo sorprendió sin haberlos cumplido. La conversación se reproduce íntegra:

El día 11, el arquitecto Ricardo Legorreta fue distinguido por la Asociación de Arte Japonés con el Premio Imperial, el más importante del mundo en disciplinas artísticas, y le será entregado el 19 de octubre. A finales de 2003, Legorreta concedió una entrevista para el libro México: Su apuesta por la cultura (Proceso/Grijalbo/UNAM), donde expuso el bache en que cayó la arquitectura mexicana durante las tres últimas décadas del siglo XX, y habló de dos sueños para el actual: volver a la excelencia y recuperar la dignidad para la vivienda social en México, pues en este momento los arquitectos “estamos dedicados a la publicidad y la fama”.

El lugar de trabajo de Ricardo Legorreta no podía estar diseñado sino en cuanto a la geografía del lugar –Bosques de Las Lomas–, aprovechando una pendiente de la barranca, y metido hasta abajo del edificio de amplios pasillos en desniveles. Pero al visitante que llega de noche por primera vez y espera encontrarse con un despacho superluminoso, como si fuera alguno de esos grandes espacios característicos de su arquitectura, lo desconcierta una luz que no estalla, sino que se concentra en una especie de medio tono monacal que privilegia los restiradores. Esa atmósfera, siendo tan íntima pero tan azul, casi nívea, brumosa, ¿acaso fría?, contrasta enormemente con el discurso de este hombre cuya palabra preferida es “pasión”, y que llega a calificar en su esfera personal como “desmedida”.

En ese estudio, en ese templo, en ese reducto, el tiempo parece transcurrir sin tiempo. Diversos tópicos: su vaga inclinación vocacional; el análisis de los grandes maestros; la manera como levantó, a contracorriente, el hotel Camino Real, con la idea de que el lujo contemporáneo no son los materiales sino los espacios; y los retos: volver arquitectura el orgullo de ser mexicanos.

Porque Ricardo Legorreta no deja de hacer hincapié en que el mexicano no es producto de una arquitectura, sino al revés, y con esa arma contempla optimista al futuro, presente siempre el eco de sus frases “tercamente mexicano”, pero “más allá de patrioterismos”.

Apenas menciona un listado breve de construcciones suyas preferidas, además de los hoteles Camino Real (también el de Ixtapa): la fábrica Chrysler, de Toluca; la nueva catedral de Managua, Nicaragua; el Papalote Museo del Niño; el nuevo campus del TEC en Santa Fe, Distrito Federal, que construye (e innumerables contratos que su despacho atiende en el mundo entero). No se refiere al plan maestro del Centro Nacional de las Artes, por ejemplo. Pero sí se atreve a confesar sus sueños: recuperar la excelencia, “porque los mexicanos nos hemos dejado caer en la mediocridad”, y otro, el más apremiante, su disposición a colaborar para que la vivienda social en México recupere la dignidad, “que eso es lo que viene”, pues en este momento los arquitectos mexicanos “estamos dedicados a la publicidad y la fama”.

–¿Cómo descubre su vocación en la arquitectura?

–No tengo en mente un momento en que yo haya decidido ser arquitecto. A veces me preguntan: ¿por qué es usted arquitecto?, un poco irónicamente, a veces para ver mi reacción. Toda mi familia fue financiera. Se me juntó una combinación que era que mi padre fue financiero pero era un funcionario, no era dueño de empresas ni de bancos, era un funcionario y junto con eso era un enamorado de México, es decir, él me llevó por todo México y a través de eso me empecé a sentir muy a gusto en los lugares mexicanos. Mi padre era muy aficionado a la cacería. Mientras él hacia eso, yo creo que ahí fue donde empecé a ver, sobre todo, la felicidad que te puede dar un espacio. Obviamente, de joven no lo racionalizaba así, pero siento que ahí fue donde empecé a tener cariño por México. Yo creo que México es un país de arquitectos.

“Después ya al entrar a la escuela fue cuando empecé a descubrir, gracias a que la escuela estaba en el centro de la ciudad, la maravilla que era toda la arquitectura. Descubrí cómo la vida de estudiante, incluyendo la parte de diversión, de pachanga, se desarrollaba en unos ambientes muy mexicanos; me empecé a apasionar por los ambientes mexicanos, es decir, los teatros, los cabaretes; todo lo que salía después de clase de nueve de la noche era muy mexicano, no tenía que ver con nada más que con México. Me empecé a aficionar enormemente a eso, a la música popular, etcétera, y ahí sí ya se juntaron las dos cosas: la arquitectura, con una pasión que a veces pienso es desmedida.”

–¿Es pasión? O de pronto usted dice: tengo que llevar lo mexicano a mis proyectos.?

–No, yo creo que es pasión, es decir, nunca empiezo nada conscientemente como decir “tengo que hacerlo mexicano”. No, porque he descubierto, y cada vez más conforme pasan los años, que no hay algo que digas esto es o no es mexicano, es decir, lo que lo hace mexicano es el mexicano. Si tú ves cómo absorbemos culturas, cómo las transformamos, es fascinante.

“Un ejemplo reciente, ahora descubrir el sushi y ponerle chile y aguacate, entonces, ¿qué cosa es mexicano? Dices tú, mexicano son los muros aplanados. No, pues esto existe en todo el Mediterráneo. Entonces el color. No, pues ese color también existe en África. Entonces qué es lo mexicano. Es cómo lo usamos. Así, no traigo una actividad preconcebida de lo que es ser mexicano.

“Más bien yo creo que casi la aplicaría a todos nosotros, es decir, todos somos tercamente mexicanos, aunque no queramos. Entonces lo que haces sale mexicano, tu trabajo lo haces a la mexicana y sí, recibes estudios y sistemas, y cómo se lleva a cabo el periodismo y lees, pero lo haces a la mexicana, y eso es lo que a mí me parece que es la forma de hacer las cosas y es lo que te vuelve universal. Yo te puedo decir que más bien hay muchísimas fuentes de inspiración que no son mexicanas, pero que ya que se realizan resulta con que tienen una personalidad que va bien, que la gente mexicana es, al final de cuentas, la medida fuerte. Lo que pasa es que en la arquitectura te das cuenta ya que existe, ya si ‘cuajó o no cuajó’, como decía Villagrán que decía al famoso doctor Chávez. Le decía: doctor, ustedes los doctores nos llevan una enorme ventaja, porque ustedes entierran sus errores…”

–Cuando hablamos de arquitectura mexicana del siglo XX, ¿en qué piensa?

–Creo que afortunadamente México tiene unas raíces arquitectónicas sumamente fuertes, no sólo de historia, no sólo de cultura, sino de forma de vida muy particular. Y en este momento en que la arquitectura en el mundo ha caído en la moda, en el comercio, ha caído en la fama, sin embargo México es de los menos afectados. Sí existe en México esta tendencia, sí existe un grupo técnico en eso, pero te puedo decir que el reconocimiento mundial de la arquitectura de México es al otro campo, es al campo de esa fuerza impresionante de México. Ésa es la visión que veo yo del siglo XX, tratando de contestarte.

Puedo decir que veo que el siglo XX comprueba y refuerza la solidez de base de la arquitectura mexicana y la presenta, y así espero que suceda, como una de las posibilidades para el siglo XXI. Una de las esperanzas que tengo yo del siglo XXI es que el humanismo regrese, y si regresa el humanismo a la arquitectura México va a ser uno de los países con una postura enorme, es decir, puede volverse centro de los caminos no sólo de la arquitectura, sino culturales –pero vamos a concentrarnos en la arquitectura–, en la arquitectura de todo el continente, inclusive sobre el poderío económico estadunidense. Lo veo con mucho optimismo. Veo una comprobación de esa fuerza que tuvo la arquitectura precolombina, que tuvo la arquitectura colonial, que la perdimos en el XIX al lograr la independencia, y ahora para mí el siglo XX inicia una reafirmación de eso. Con una pérdida en los últimos 20 años fuerte, un bache –yo diría más que pérdida–, y la veo enfrente de un resurgimiento muy sólido en el sentido que lo veo en los jóvenes. Veo a los jóvenes muy jóvenes, muy convencidos de la cultura mexicana. Todavía hay generaciones un poco mayores que están en ese bache de la moda, pero yo tengo las esperanzas.

“Y por raíces entiendo –no estoy hablando de historicismo ni mucho menos– una forma de ser que se está nuevamente descubriendo. La veo con muchos deseos de hacerlo, es muy impresionante y te lo puedo decir por experiencia nuestra: es impresionante por qué nos llaman a trabajar fuera. Yo no creo que sea porque somos muy talentosos, es que ven una arquitectura con raíces, y los comentarios que nos hacen muy frecuentemente tienen que ver con eso.

“Por ejemplo, lo que tanto se habla de cómo es la base de nuestra arquitectura. Qué curioso que esté eso sin el color, qué curioso que ustedes no puedan vivir sin luz natural, qué curioso que les guste el misterio, que estén en contra de la simetría. Ese tipo de cosas que son para mí los valores fundamentales de la arquitectura mexicana, les sorprende y lo admiran y lo reciben como un enriquecimiento. Entonces a México lo veo ahorita ya no como una búsqueda de raíces, más que verlo hago la invitación a salir afuera y llevar a México, no a imponerlo, pero a contribuir a la cultura universal. México tiene mucho que dar y nos hemos concentrado, se concentró mucho en los últimos 30 años, en defendernos de una invasión extranjera; entonces con lo que se dio en los cincuenta empezamos a decir no, no, no, hay que ser mexicanos para que no nos invadan, para que no nos quiten el trabajo, y ya lograda esta apertura mundial –no la quiero llamar globalización, la quiero llamar apertura–, es una oportunidad de México para salir ya.”

–¿Quiere decir esto que el nacionalismo no se agotó o esta vuelta de los mexicanos sobre sí mismos tiene que ser de otra manera, ya no la búsqueda de raíces?

–No, yo creo que es de otra manera. Es el orgullo de la cultura como cultura, es el orgullo de la forma de ser, es el orgullo, es el orgullo de ser mexicano, y no quiero ser patriotero ni mucho menos; de un orgullo de ser como somos.

“Si viene este resurgimiento del humanismo, oye, los mexicanos estamos en primera línea del humanismo. Yo no he tenido nunca un problema con un mexicano, con excepción de los que están buscando la inspiración en otras culturas; con eso tengo muchos problemas. Los veo en conflicto. Entonces yo no veo el camino en regresar y decir ‘vamos a estudiar’; eso es obvio: tenemos que estudiar nuestra historia para poder dar un paso adelante, pero no lo veo más adelante basado en eso, sino en ofrecer a través de la arquitectura una forma de ser y de pensar muy mexicana.”

–¿Está hablando de romper una barrera para penetrar en la aceptación del otro México?
–Exacto, en la aceptación y en el orgullo de ser nosotros mismos, que está muy difícil, sí, porque nos hemos golpeado o autogolpeado muchísimo. Existen todos los argumentos para estar avergonzados de México, y hay que romper eso porque tenemos cosas maravillosas. Lo que se presenta ahora es un valor de México increíble; para hablar del tema de moda, por ejemplo, yo no me puedo imaginar que México sea atacado con ese resentimiento y con ese odio tan grande. Somos un país al que quiere todo mundo. Y te preguntas por qué y no te saben decir por qué. Pero hay una simpatía por todos lados, hay una admiración y no hemos sabido mostrar eso.

“Yo, a través del deseo de mostrar a México, te puedo decir que el ciento por ciento de las experiencias con visitantes, que yo los llevo, que yo los atiendo, descubren una cosa que no tienen idea que existe. Me dicen: ‘No lo puedo creer’. Hay una experiencia muy bonita de Richard Rogers, el famoso arquitecto inglés, quien por una coincidencia decidió venir, le arreglé yo el viaje, y todo salió bien por esa forma de ser del mexicano: por ahí apareció un arquitecto que le prestó su casa en Puerto Escondido sin conocerlo, el director de Obras Públicas lo acompañó en un vuelo por helicóptero, yo lo atendí y al final él me dijo: ‘Dime cuándo vuelvo a trabajar, cuándo me llevo mi restirador a México, porque cuando tú vengas a Londres no voy a tener amigos que te presten casa, el director de Obras Públicas va a estar muy ocupado y a lo mejor yo tengo tiempo nada más para cenar.

“Para mí el reto enorme es cómo volvemos eso arquitectura. Cómo vuelves eso espacios. Porque la equivocación es decir que eso es producto de la arquitectura precolombina, y no, la arquitectura precolombina es producto de eso. Es decir, la arquitectura es producto de una cultura, no la cultura producto de una arquitectura. Y el riesgo que veo es que pensemos que el camino para lograrlo es perder esto a cambio de volvernos internacionales, y creo que debemos ser universales.

“Creo que la literatura ha dado mejores ejemplos, los ejemplos de nuestros escritores han sido sensacionales, son profundamente mexicanos y profundamente universales; eso es lo que tenemos que lograr y es donde yo veo a los muy jóvenes con una dirección no de soluciones, pero sí de pensamiento más clara que la de unas generaciones arriba.”

–¿Qué hay de los nombres, la gente, los maestros? Háblenos de personas concretas, las que usted considera que han creado lo mejor del siglo XX, los que admira, además de Barragán.

–Veo un inicio curiosamente un poco producto o simultáneo de la reacción de la pintura muralista. Tiene Orozco por ahí unos cuadros de una lección de arquitectura. Al mismo tiempo nombres; creo que el movimiento que inició, desde el punto de vista del pensamiento, José Villagrán es valiosísimo al tomar muy en serio la arquitectura, al crear una teoría de la arquitectura, al incorporar a esa teoría de la arquitectura el concepto servicio social muy para México. En él veo a uno de los grandes personajes de la arquitectura mexicana, más por su pensamiento que por su creatividad; como era un hombre muy disciplinado, logró una creatividad, pero era por disciplina.

“Después viene una generación extraordinaria, de principios de los cuarenta o del 35 hasta el 55, ahí había muchos nombres, unos más conocidos que otros, pero todos merecen reconocimiento. Está Obregón Santacilia con un concepto de modernidad muy mexicano, está Enrique del Moral, luego está esa personalidad fascinante de pensar en grande –de que cuando en México se da eso, se da maravilloso– que fue Mario Pani. Hizo planos que no lo podías creer, es decir, rehacer la frontera con Estados Unidos, en fin, era convertir la Ciudad de México e irla remodelando, estructurando para vivienda de interés social.

“Viene después la labor, que para mí no ha sido suficientemente reconocida, de Ramírez Vázquez, quien para mí marcó un nivel altísimo de postura del arquitecto y de la arquitecta en la vida de un país. Lo llevó a niveles políticos, a niveles de planeación nacional, no nada más de trabajo de arquitectos… Su trabajo en las Olimpiadas, de generar el diseño y la belleza, es extraordinario.

“Junto con eso hay una serie de nombres de arquitectos disciplinados muy serios, muy trabajadores. Augusto Álvarez, Juan Sordo Madaleno; vaya, fue una generación que, si sigo, puedo llegar a 20, pero fue una época, que a mi modo de ver es lo que hace la arquitectura, no hace arquitectura a una gente, y ahí fue un movimiento, una generación de arquitectos muy buena.

“Enrique Yáñez en la parte hospitalaria, con una seriedad y una humildad enorme, trabajando. Lo que se hizo en diversos puestos, en los comités de escuelas, comenzando por Ramírez Vázquez, el mismo Artigas. Artigas, lo que logró de la dignidad de la localización de las escuelas, de escoger los mejores terrenos para la educación, pues eso para mí es donde está ese concepto de pensamiento.

“Más adelante encuentro ya otros nombres con otras características, pero igualmente respetables; creo que Teodoro González de León ha marcado una forma de ser arquitecto de un nivel muy alto. Y no estoy hablando de estilos ni estoy hablando de diseños, estoy hablando de la esencia de la arquitectura. Creo que él ha marcado eso. Obviamente, Luis Barragán tiene su lugar muy claro y tiene la situación de que ha sido el más conocido internacionalmente, pero eso no le quita mérito ni mucho menos a los demás.

“Guadalajara tiene muy buenos arquitectos, inclusive ahora acabo de recibir el libro de los últimos premios y aquí hay una consistencia de arquitectura muy buena, o sea que ahí tienes otra serie de nombre. La trascendencia de Ignacio Díaz Morales en la arquitectura, al combinarse esto con su labor docente en Guadalajara, casi te puedo decir que es más trascendente que la de Barragán. La de Barragán es una influencia directa del diseño, pero Díaz Morales es una influencia de cómo ser arquitecto, es decir, lo comparo mucho con Villagrán. Te daban una ética, eran constructores, por ejemplo, es una cosa que se ha perdido en la arquitectura contemporánea, que el arquitecto se está volviendo diseñador, no sabe construir. Y Díaz Morales sabía construir, Villagrán sabía construir, y Augusto Álvarez sabía construir. Son nombres que me vienen a la cabeza como gente de la cual se puede aprender para siempre. Así es que ésos para mí son los pilares.

“Después existen otras gentes con otras características como… digamos la valentía, la congruencia de su arquitectura con su forma de pensar de Agustín Hernández es digna de mucho respeto, es decir, el llevar toda tu vida profesional con una definición clarísima, y no estoy hablando de terquedad, es de muchísimo mérito. Así es que para mí son los hombres que han marcado –seguramente se me olvida alguno–, pero son los que, respondiendo a tu pregunta, son los pilares.

“Existe por ahí otro que se me viene a la mente que es Segura, y Legarreta; digo, la vivienda popular que hicieron, esas cosas que hizo Legarreta hoy, es una cosa que si me preguntas qué me gustaría hacer, es lo que él hizo. Porque atacó el verdadero problema que tiene la arquitectura, que es la habitación. Y la habitación –la llamamos de interés social y me molesta mucho porque es un poco despectivo, como de calidad– es la vivienda. Porque yo comparo siempre cuando me hablan de eso, una de las fuentes de inspiración más grande que tengo son los pueblos mexicanos. Los pueblos mexicanos son vivienda de interés social, hecha por la gente, con elementos prefabricados en serie. Entonces, lo que hizo Legarreta fue extraordinario, y esas casas, ese concepto de arte, esa dignidad. Ahí tienes otro pilar, un pilar a mi modo de ver casi ignorado, porque no se le da ese reconocimiento a la gente que se entrega.

“Mira, te voy a mostrar quizá no como pilar, pero como pilar de pensamiento, lo que está haciendo Haggerman ahora, un hombre que coge su restirador, es una tabla, se va a recorrer los pueblos con una regla y les resuelve el mercado y les resuelve la casa; eso es extraordinario, fuera de serie. Lo pongo como ejemplo porque el resto de los arquitectos ahorita estamos dedicados a que se nos publique, a que se nos conozca, a la publicidad, a la fama, y encontrar una gente con esa sencillez es un pilar y una fuente, porque eso es lo que nos espera, eso es lo que nos viene.

“Fíjate que yo veo que lo que se nos viene en el mundo, es más yo creo que ya tocamos el punto, curiosamente –no sé si son puntos o se vuelven puntos por la situación–, pero alguien me decía que las dos últimas obras, estas famosas que se han hecho en el mundo, el Guggenheim de Bilbao y el Jet de Los Ángeles, marcaron casi el final de una época y ahorita tiene que venir una conciencia de ser diferentes en la forma de ver el mundo, en la forma de hacer arquitectura: entonces ejemplos como éste de Legarreta, de Villagrán, éstos que acabo de mostrar, me vienen a la cabeza como una luz de camino a seguir.”

Acerca del autor

Hizo estudios de filosofía en la UNAM donde ha impartido clases. Reportero de las Secciones Culturales de Excélsior (entre 1967 y 1976) y de Proceso de la cual es editor.

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