“Clinton y Castro juegan con nosotros como peones, como peloticas”. Los balseros de Guantánamo, entrampados entre la furia, la esperanza y el hastío

BASE NAVAL DE GUANTANAMO.- “Yo me viro para Cuba, me viro”, dice y repite, furioso, Amé Alvarez Peón, un mocetón cubano de 18 años de edad.
El 17 de agosto pasado, como miles de compatriotas suyos, se “tiró al mar” en una balsa de cámaras de neumático. Rescatado por un guardacosta estadunidense pocas horas después, llegó como refugiado a esta base. Fue uno de los casi 8,000 balseros que accedieron a ser trasladados a los campamentos de Panamá. Estuvo allá seis meses, en espera inútil de la visa para viajar a Estados Unidos. Ahora lo traen de regreso a Guantánamo, como a todos sus compañeros. “Me viro, ahora mismo me viro”, insiste apenas seis horas después de su arribo.
–¿Por qué?
–Estoy cansado. Ya no aguanto. Cansado de que me traigan como pelotica de futbol. Ya quiero irme para mi país.

–¿Por qué saliste de Cuba?
–No lo sé –ríe–. Estaba ebrio. Andaba de juerga y no supe ni cómo fui a dar a esa balsa…
Otros como él quisieran volver, pero dicen que no pueden. “Si te viras, te cogen preso”, advierte Ernesto Alvarado. “O te tienen en la mira, ya te tienen marcado y en la primera oportunidad te cogen”.
Pese a todo, 660 balseros cubanos habían regresado a su país hasta el 15 de febrero y otros 467 estaban en la lista en espera de la autorización del gobierno de Fidel Castro para retornar.
Con el regreso de los “panameños”, son ya más de 26,000 los refugiados en este jirón del oriente cubano ocupado por Estados Unidos desde hace 90 años. Ellos viven entre el hastío y el polvo, bajo un sol infame, en 22 campamentos rodeados por rejas y alambradas de púas. Desde que se inició la “crisis de los balseros”, apenas 3,464 refugiados aquí han logrado la ansiada visa estadunidense, en su mayoría por razones de salud.
“Aquí nadie sabe cuándo se va a ir”, se queja Bernardo Díaz Céspedes, un economista oriundo de Camagüey. “Nadie informa nada. Eso es lo peor: la incertidumbre”.
El éxodo de cubanos se precipitó a principios de agosto pasado, cuando Fidel Castro dispuso la salida libre de la isla de todos los que quisieran irse. El presidente de Estados Unidos, William Clinton, anunció entonces que su país recibiría a todos los refugiados que llegaran a sus costas. Miles de cubanos se “tiraron al mar”; pero Clinton dio marcha atrás y el 18 de agosto decidió impedir la entrada libre de emigrantes cubanos. Y los balseros rescatados en el mar empezaron a ser concentrados en la base de Guantánamo.
“Estamos como cogidos en una trampa”, describe Lorenzo Contreras, de 28 años de edad, también recién llegado de Panamá. “Ahora ni podemos volver a Cuba ni nos vamos para Estados Unidos, ni nos reciben en ningún otro país. La verdad es que han jugado con nosotros. Fidel y Clinton, los dos”.

“BIENVENIDOS OTRA VEZ”

El enorme C-14l de la fuerza aérea estadunidense aterriza en el aeropuerto de esta base naval. Minutos después, de su vientre brotan uno a uno, en fila india, 100 refugiados cubanos y 50 marines que los custodian.
“Bienvenidos otra vez”, pone un letrero de cartón a la entrada del hangar en que son recibidos.
Es uno de los cinco vuelos que cada día trasladan a los balseros que habían sido llevados desde aquí a Panamá en septiembre pasado. El gobierno panameño accedió a recibirlos, por un lapso de seis meses, en la zona del canal bajo control estadunidense.
Un total de 7,930 cubanos, en su mayoría hombres solos, aceptaron el traslado con la esperanza de que en Panamá les sería más fácil conseguir la visa para viajar a Estados Unidos, su sueño y su obsesión.
No ocurrió así. Los seis meses transcurrieron en espera sin resultado, en las campamentos instalados a orillas del canal panameño. En uno de esos campos, los cubanos protestaron el 7 de diciembre por las condiciones deplorables de su hacinamiento. Los marines antimotines intentaron reprimirlos, a macanazos, pero los balseros respondieron con piedras, palos y todo lo que tenían a su alcance. El zafarrancho se repitió al día siguiente, en otro campamento. Como resultado de esos enfrentamientos, 221 marines y 28 cubanos resultaron heridos, dos balseros murieron ahogados al tratar de huir y 284 fueron detenidos.
Y la pesadilla no termina. Ahora están de regreso en Guantánamo. Al vencerse el permiso del gobierno panameño, se inició el operativo de traslado, el 1º de febrero, que concluyó el 17 del mismo mes. Se efectuaron 82 vuelos, en aviones militares y comerciales. En cada uno viajaron entre 90 y 100 refugiados y unos 50 custodios de la Marina estadunidense.
Al llegar, los refugiados se miran contentos, limpios. Casi todos –jóvenes en su mayoría– visten shorts y camisolas con leyendas o marcas en inglés, zapatos tenis, cachuchas de pelotero. En la muñeca de su mano derecha llevan una suerte de pulsera negra, de plástico, que semeja un reloj, pero sin carátula: es un chip electrónico que contiene la identificación y el número de cada refugiado.
Llevados al hangar a través de una valla de sonrientes marines, reciben vasos de agua, café y lonches y ocupan las sillas colocadas ex profeso. Ahí, muy ordenados, calladitos, escuchan las palabras de bienvenida, en inglés, del comandante de la base naval, Raymond Ayres, que son traducidas por un oficial. “Estamos muy contentos de tenerlos nuevamente aquí…”, dice de entrada. Como cumpliendo un ritual, los refugiados aplauden al final del discurso. Luego son llamados por sus nombres, uno por uno, para registrar en una computadora su ingreso.
De ahí son trasladados en autobuses al muelle del ferry, en el cual se atraviesa la bahía caribeña. Finalmente, de nuevo en autobuses, llegan al campamento que les ha sido asignado. Otra vez, a esperar.
En el trayecto, a bordo del ferry, algunos platican su odisea: la balsa, la sed, los tiburones, el rescate, la primera llegada a Guantánamo, el traslado a Panamá, las barracas inmundas, el motín, la espera… y el regreso a Guantánamo.
“¿Sabes qué es lo que más le preocupa a uno?”, pregunta Lenin Castro Llera, uno de los pocos viejos en el grupo. “La familia de uno –dice–, el no saber cómo la estarán pasando en Cuba en nuestra ausencia. Eso es lo más jodido”.
–¿Extraña su país, entonces?
–Aquí la enfermedad más grave es la añoranza.
Aunque desde el 9 de septiembre pasado ambos gobiernos negociaron un acuerdo, según el cual Estados Unidos aprobará 20,000 visas anuales a emigrantes cubanos, su otorgamiento ha sido escaso y lento, muy lento.
En los cinco primeros meses, apenas 2,020 recibieron el visado y viajaron a Estados Unidos. El ritmo ha aumentado en las tres últimas semanas, con un promedio de 400 visados semanales; pero hay 26,000 refugiados en espera, Miami como obsesión.
“¿Cuándo, imagínate, cuándo nos va a tocar?”, pregunta y repregunta Melisa Reyes. Ella es una de las casi 6,000 mujeres refugiadas aquí. Hay también 2,670 menores de 17 años y 62 niños solos, sin familia.
De que la espera será larga es indicio la construcción de nuevos campamentos. A diferencia de los primeros, compuestos por barracas militares de lona, provisionales, los nuevos campos están bien planeados, y en ellos los marines construyen albergues de madera, como pequeñas cabañas, con mejores instalaciones sanitarias y con energía eléctrica.
“Esto es para durar, ¿no es cierto?”, dice Melisa desconsolada.
El mayor Jack H. Fouts, vocero de la comandancia de la base naval, sólo dice que el plan es tener instalaciones suficientes y adecuadas para 20,000 refugiados, incluidos comedores, bibliotecas y escuelas.
–¿Para cuánto tiempo?
–No lo sé. Eso depende de la política. A nosotros no nos corresponde.

EL TEDIO, EL CALOR, LA ESPERA

Mientras tanto, la vida en los campamentos transcurre en el hastío. En 15 de ellos están concentrados hombres solos; en seis, las familias y mujeres solas, y hay un campamento de “tránsito”, donde se alberga por una noche a quienes han obtenido la visa y viajarán a Estados Unidos el día siguiente.
Las barracas en hilera forman “calles” de unos 60 metros de largo. En los campamentos de varones, en cada barraca se aloja un promedio de 20 refugiados, que duermen en catres militares. En los campos familiares, las carpas están divididas en cuatro habitaciones relativamente independientes, una para cada familia. En cada campamento hay una veintena de letrinas, un área de regaderas y varias piletas para lavar ropa que los balseros utilizan también para su aseo personal.
Vladimir Hernández se consuela:
“Aunque se dice que vivimos en campos de concentración, acá tenemos la libertad que en Cuba no teníamos. Aquí podemos hablar.”
Las condiciones higiénicas, dicen los refugiados, han mejorado notablemente. Los marines asean cotidianamente las letrinas y semanalmente hacen una limpieza general de los campamentos. Ahora se dispone también de teléfono: la ITT instaló casetas en los campamentos, para llamadas por cobrar. Los cubanos pueden llamar inclusive a su país, mediante una “triangulación” con Miami y con cargo a algún teléfono en Estados Unidos.
También se han improvisado pequeños templos –evangelistas y católicos–, donde los refugiados acuden a los servicios religiosos. “Vine a alabar a Dios”, canta a coro una treintena de cubanos en el templo evangélico del campamento Tango, las banderas cubana y estadunidense a ambos lados del podio. “Dios no nos trajo hasta aquí para volver atrás…”.
Hay aulas, donde se imparten clases de inglés a cargo de refugiados habilitados como profesores.
Las autoridades militares no imponen ningún régimen u horario en los campamentos. Cada quien mata el tiempo como puede. Entre las 12 del día y las cuatro de la tarde, los balseros pueden salir de su campamento para visitar algún otro, para caminar o para acudir al correo.
Francisco Páez Duarte sintetiza la rutina en que viven:
“Dormir, comer, descansar, caminar de un lado a otro… Es el tedio, chico, el tedio. Todos los días lo mismo: la misma comida, el mismo paisaje, la misma cerca, el mismo calor, las mismas caras. Así, día tras día, semana tras semana, mes tras mes.”
Y Guillermo Armas Muñoz, abogado y masón, se queja:
“No tenemos ni qué leer. Estamos sin periódicos, totalmente desinformados desde hace dos meses.”
Otros se quejan del calor, de la humedad en las barracas, de la comida, de la falta de atención médica.
“Condiciones muy malas tenemos acá”, dice el “panameño” Reynaldo Cervantes, recién regresado. “En Panamá estábamos mejor: mejor comida, mejores condiciones. Podíamos ver la televisión, leer periódicos”.
–No te quejes, hombre –le dice su compañero Carlos Rafael Arteaga–. No estamos para exigir condiciones sino para agradecer. Estos gringos nos salvaron la vida, nos dan de comer, nos dan un techo…
–Sí, sí –replica Cervantes–, pero ellos también tienen su culpa. Mira que se ponen a negociar con Fidel y a nosotros nos usan como peones, nada más. Yo no entiendo: por un lado hacen el bloqueo a Cuba y, por otro, tienen flexibilidad con el tirano. No entiendo.
Llama la atención la pulcritud de los refugiados: limpia su ropa, limpia su persona. En las barracas, pese al hacinamiento, hay cierto decoro, cierto orden. Los balseros se las ingenian para improvisar sillas, roperos, escritorios a base de cajas de cartón. En los campamentos de hombres solos, muchos tienen recortes de revistas con fotos de mujeres desnudas –único consuelo para el largo ayuno sexual–, aunque a menudo al lado de estampas religiosas o fotografías familiares.
No faltan los “inventores”, como Bernardo Díaz Céspedes, el economista. El y sus compañeros tienen una “fábrica” de sobres para cartas. Hacen “queso”, a partir de la leche en polvo que les entregan con el almuerzo. Y hasta se dan el lujo de preparar su propio “vino”:
“Utilizamos los paqueticos ésos con jalea –¿viste?–; que de fresa, que de uva, que de manzana”, platica el cubano con orgullo. “También el refresco en polvo. Todo lo ponemos con agua y usamos pan o galletas como levadura. Y ya está el vino. ¿Quieres probar?”

EL RUSO Y EL DELATOR

En el campamento Macalla 6 hay unas 400 familias de refugiados. En algunos casos, desde la abuelita hasta los niños de brazos. También hay madres solteras, mujeres solas.
Y un ruso.
Se llama Serger Vladimirovich Chermousov y tiene 18 años de edad. Nació en Voronech, cerca de Moscú. Tenía nueve años cuando su madre murió. Su padre volvió a casarse, y él fue a parar a un orfanato. Dos años después lo rescató su abuela, que lo llevó a vivir con ella al sur de Rusia, en la frontera con Chechenia. Con ella estuvo hasta 1992, cuando tenía 16 años.
Fue entonces cuando se le metió la idea de irse a vivir a Estados Unidos. “Para mí es como un sueño”, platica muy serio. “No hay nada que me importe más en la vida que llegar a Estados Unidos, que para mí es como un paraíso”.
Serger Vladimirovich dejó la universidad –donde estudiaba leyes– y se puso a trabajar para reunir dinero con el propósito de hacer el viaje. En julio de 1994 acudió a la embajada estadunidense en Moscú para solicitar la visa, pero le fue negada. “Tengo la cabeza muy dura”, dice. “No podía renunciar a mi sueño”. En un mapa encontró que Cuba estaba muy cerca de Estados Unidos. “No sabía nada de Cuba, pero pensé que sería más fácil llegar desde ahí”. Así que compró un tour y se fue a la isla. Llegó a La Habana el 15 de agosto, justo cuando estaba en apogeo el éxodo balsero. Ahí volvió a solicitar visa ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos. Y se la negaron otra vez.
Alguien le sugirió que se fuera en balsa a Miami. Indagó y encontró a dos cubanos que por 200 dólares lo montaron en una balsa, el 25 de agosto. Como otros miles de balseros, fue rescatado en el mar y traído a Guantánamo, donde espera su visa. “No entiendo mucho lo que pasa, pero quiero ir a Estados Unidos”, dice el testarudo.
El “soviético”, como le dicen los cubanos del campamento, no es muy querido por sus vecinos. “Aquí nadie lo quiere”, dice una mujer, iracunda. “Habla horrores de los cubanos. Ese no tiene nada que hacer aquí. Un día de éstos le vamos a entrar a palos”.
Algunos refugiados cubanos tienen ciertos privilegios, como permiso para transitar libremente por la base naval, fuera de los campamentos. Entre ellos está Carmelo Nieto Despaigne, de 32 años de edad.
Activista de la Revolución, militante de las juventudes comunistas, campeón nacional de judo, fue combatiente en Angola durante dos años y medio. Recibió condecoraciones y fue luego agente de la seguridad del Estado. Se casó con una soviética, con quien tiene un hijo. En agosto pasado, él y su mujer se “tiraron al mar” en una balsa, para huir de la isla.
“Me decepcioné de Fidel, de la Revolución”, dice. “Todo era pura fachada, puro engaño. Miré la corrupción, los privilegios de una camarilla. Se me quitó la venda de los ojos. Y tomé la decisión de irme”.
Nieto Despaigne confía sin pena que aquí se convirtió en informante de las autoridades estadunidenses.
–¿Un delator?
–Bueno, lo que pasa es que ya me siento un estadunidense.
Felices, los que se van. En el campamento de “tránsito”, horas antes de su salida a Miami, Paulo Villa Morales no oculta su gozo. “Ahora sí estoy feliz, ayer no”.
El, su esposa, Marien Doménica, y sus dos pequeños hijos llegaron a Guantánamo el 30 de agosto. Durante seis meses esperaron la noticia, que no se producía. Llegó de repente, apenas la víspera de su salida.
“Fue muy duro este tiempo acá”, dice ella, radiante. “Vivimos en condiciones muy precarias. Nos sentíamos como presos. Pero valió la pena”.
La noche anterior hubo fiesta en la barraca que ocupaban, en el campamento Macalla 3. Risas, abrazos, lágrimas. “No te creas, también da un poco de tristeza irse, dejar aquí a tantos compañeros”, dice Paulo, hijo de un expreso político en Cuba.
Otros hay, como Amé Alvarez Peón, que ya no pueden más. “Yo me viro para Cuba, me viro”, dice y redice.

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