Clinton no sabe qué hacer con los balseros de Guantanamo

LA HABANA.- “La suerte de los balseros cubanos en la base naval de Guantánamo tiene entrampado el gobierno de William Clinton: simplemente no sabe qué hacer con ellos.”
Carlos Fernández de Cossío, director de América del Norte de la Cancillería de Cuba, afirma lo anterior, y explica: “tiene la presión de sus familiares y algunas organizaciones en Estados Unidos para admitirlos, pero sabe que si comienza a aceptarlos, estimulará de nuevo la salida de los balseros potenciales que aún existen en Cuba. Al mismo tiempo, no logra que terceros países los acojan y sabe que su estancia en la base puede ser peligrosa y explosiva”.
Joseph Gerard Sullivan, jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, marca la posición de la Casa Blanca frente al problema: “no queremos que Guantánamo se interprete como un punto intermedio para llegar a Estados Unidos”. Tajante, reitera: “los que fueron interceptados en el mar y llevados a Guantánamo van a quedarse ahí, salvo casos humanitarios”.
Sullivan considera que hay dos hechos que “violan el espíritu del acuerdo migratorio”: que se haya aumentado el precio de los pasajes de avión a los cubanos que reciben visa de emigrantes, y la lentitud con que el gobierno cubano autoriza el regreso de los balseros que quieren repatriarse.

“Esta lentitud estimula las salidas de la base por una zona fuertemente minada. No abogamos por el regreso inseguro (de la base naval a territorio cubano). Por eso queremos hacer ágil este proceso. Pero ahora tal responsabilidad está en el lado cubano, que no da respuesta a nuestras notas diplomáticas”, dice.
Y ofrece un dato: “desde el 18 de enero –fecha de la última ronda de conversaciones migratorias entre ambos países– no hay una sola autorización del gobierno cubano para la repatriación voluntaria”.
Fernández de Cossío responde: “hemos planteado siempre que no queremos una repatriación masiva. Tratamos de que sea un regreso ordenado por el efecto social que tiene para el país: necesitamos reincorporar a esas personas a su trabajo, a su familia, a su comunidad. Debemos, además, verificar que efectivamente salieron de Cuba. Eso lleva su tiempo”.
Y contraataca: “la pasividad para dejar salir a los balseros –e incluso para estimularlos en algunos casos– nos hace pensar que Estados Unidos quiere presionarnos para que aceptemos más cantidad de personas, y nos hemos visto obligados a advertirles que eso es peligroso: se está jugando con vidas humanas”.
Fernández de Cossío y Sullivan pertenecen a las delegaciones de sus respectivos países que el 9 de septiembre negociaron los llamados Acuerdos de Nueva York, que pusieron fin al éxodo masivo de balseros cubanos hacia las costas de Florida.
La parte fundamental de dichos acuerdos comprometió a Washington a otorgar “un mínimo” de 20,000 visas anuales para que ciudadanos cubanos residan en territorio estadunidense; a cambio, La Habana se comprometió a detener las salidas ilegales hacia Estados Unidos.
Ambas delegaciones se reunieron de nuevo en octubre, en La Habana, y en enero, en Nueva York, para evaluar la aplicación de los acuerdos. Coincidieron en que, salvo asuntos secundarios, se cumplen en tiempo y forma.
Pero hubo dos puntos que quedaron fuera y que hoy son los más espinosos y polémicos: qué hacer con los balseros de Guantánamo y cómo suspender las medidas que endurecen el embargo decretadas por William Clinton en plena “crisis de los balseros”.
Acerca de estos temas fueron entrevistados por separado Joseph Sullivan y Fernández de Cossío.
Sullivan considera que los acuerdos migratorios de Nueva York se cumplen “correctamente”, y que Cuba no ha permitido la salida de un flujo grande de balseros, como en agosto pasado, cuando lo hicieron más de 30,000 personas. (En los dos últimos meses han sido alrededor de un centenar.)
Informa que este año el gobierno estadunidense otorgará 26,000 visas a ciudadanos cubanos bajo distintos programas: los que tengan familiares directos en Estados Unidos, los refugiados y perseguidos políticos, lista de espera (rezagados de años anteriores) y la famosa lotería: un sorteo para que algunos cubanos puedan ir legalmente a Estados Unidos aunque no tengan familiares o vínculo alguno en ese país.
Se queja del alto precio del pasaje que cobra el gobierno de Fidel Castro para que esas personas puedan viajar: 900 dólares, cuando normalmente el boleto de avión cuesta 250.
Washington protestó en la última ronda de conversaciones efectuada en Nueva York. La Habana argumentó que el aumento se debía a los propios requisitos exigidos por Estados Unidos: exámenes médicos, documentos y trámites burocráticos.
“Un examen médico cuesta en el resto del mundo unos 100 dólares; sería extraño que en Cuba cueste 700. Los demás documentos son los mismos que solicitan otros países y no son tan caros”, dice Sullivan.
Fernández de Cossío responde: “me extraña esa actitud (estadunidense). Cualquiera que conozca el servicio médico en Estados Unidos sabe que una consulta inicial vale entre 150 y 200 dólares. Además, piden exámenes de sangre y placas radiográficas que, dadas nuestras limitaciones económicas, son aquí casi un privilegio, y eso se cobra”.
En plena “crisis de los balseros”, Clinton redujo las categorías de personas que podían viajar de Estados Unidos a Cuba y viceversa. Esto –que no se incluyó en los acuerdos migratorios– redujo los vuelos de avión de 11 a cuatro a la semana. El problema ahora es para quienes ya recibieron las visas y no pueden salir a Estados Unidos porque los vuelos están saturados. Eso, según La Habana, entorpece la normalización migratoria, pero Washington se niega a discutirlo.
Para Sullivan, ese problema es meramente económico, y como tal se resuelve: las compañías aéreas tienen la libertad de aumentar los vuelos, pueden ajustar el costo de los pasajes tomando en cuenta que vienen vacíos a La Habana, y se regresan llenos a Miami… “No creo que costaría 1,000 dólares por persona”.
–¿Qué hacer con los balseros cubanos que están en Guantánamo?
Fernández de Cossío: “es una responsabilidad que recae completamente en el gobierno de Estados Unidos. El acuerdo migratorio no entraña una solución para eso. A nosotros se nos va de las manos porque no está dentro de nuestra jurisdicción”.
Además, “Washington es responsable de esas personas, pues salieron de Cuba en respuesta de una invitación que les hizo durante 35 años y que los llevó a pensar que serían bien recibidos”.
Afirma que el gobierno estadunidense está “entrampado” y que “la falta de solución se debe a no querer lidiar con el centro del asunto: el problema de los balseros es un subproducto de la política de hostilidad de Estados Unidos hacia Cuba.
“Si Washington llegara a decir: `de ahora en adelante no aceptamos a nadie, y todo el que llegue a nuestro territorio lo devolvemos a Cuba’, tal como lo hace con México u otros países, la situación entonces sería distinta, porque despolitizaría así el tema migratorio.”
–En las negociaciones, ¿Cuba hizo esa propuesta?
–No la hemos hecho, pero es un tema que hemos conversado. Se trataría de un acuerdo de deportación. Estados Unidos no ha querido tener ese tipo de intercambio con nosotros.
–¿Aceptaría Cuba una salida mayor de balseros de Guantánamo hacia Estados Unidos de la que se produce actualmente, incluyendo solicitudes de familiares de Miami?
–No lo medimos por el número de personas. Lo que vemos con preocupación es que cualquier paso de ese tipo estimule de nuevo las salidas ilegales.
Esa constituye también la preocupación estadunidense. Sullivan es claro: “no queremos que Guantánamo se interprete como un punto intermedio para llegar a Estados Unidos”.
El diplomático estadunidense explica, empero, que más de 4,000 balseros cubanos salieron ya de la base por razones humanitarias: huérfanos, niños acompañados por sus padres, ancianos y enfermos crónicos. Afirma que Washington hace gestiones para que terceros países puedan recibir a estos refugiados. Anota, además, que un poco más de 500 regresaron con autorización a territorio cubano y otros 700 se fugaron.
En este último caso, plantea un problema: “como parte del acuerdo migratorio, comunicamos a Cuba los nombres de las personas que quieren regresar a su país. El lado cubano debe aceptarlas. Pero la aprobación ha sido bastante lenta. Esto puede estimular a las personas a repatriarse de manera insegura”.
Sullivan afirma que la autorización para repatriarse llega al refugiado con uno o dos meses de retraso, a veces cuando ya se escapó por los campos minados. Afirma que desde la última ronda de conversaciones migratorias –18 de enero– no hay ninguna nueva autorización de repatriación por el régimen de Castro. Así, hay más casos de fugados (700) que de autorizados (500).
–La semana pasada escapó más de un centenar de balseros. La mayoría de ellos había llegado de Panamá. Las autoridades militares de la base argumentaron que no querían usar “medidas extremas” para detener su salida. ¿Existe aquí un incumplimiento del acuerdo por Estados Unidos?
–El acuerdo –señala Sullivan– supone la disposición de ambas partes a cooperar en el regreso voluntario de quienes lo soliciten. Nosotros cooperamos en dar las listas de las personas que quieren regresar. El lado cubano tiene la obligación de responder rápidamente… Además, pienso que la base militar está construida para impedir la entrada de personas, no para prohibir su salida.
Cossío: “la pasividad de las autoridades de la base con los balseros que se fugan es para presionarnos y para que aceptemos más cantidad de personas… Si hubiera un control real y menos negligencia, la cifra de personas que cruzan las minas sería menor que la de las autorizadas para regresar”.
Cossío expresa que organizaciones del exilio anticastrista hacen gestiones ante Washington para sacar a balseros reclamados por familiares. Luego difunden por estaciones de radio en Miami –que también se escuchan en la isla– que los balseros están saliendo de Guantánamo gracias a sus gestiones.
Eso, señala, estimula de nuevo las salidas por balsa, pues “crea la sensación de que Guantánamo es una manera de salir de Cuba”. Refiere que –ante las explicaciones solicitadas por La Habana– Washington manifestó que no podía censurar radiodifusoras privadas.
Obviamente, dice que las organizaciones anticastristas utilizan a los balseros como capital político y económico, pues –supone– debe haber un pago de dinero por cada gestión que hacen con los familiares en Miami.
Al respecto, Sullivan reconoció como “legítimo” el interés de la comunidad cubana de Florida. Explicó que, en las gestiones y los pagos, tal vez exista una confusión. Esta estriba en los mecanismos que existen en Estados Unidos para que las personas que entran por razones humanitarias sean apoyadas por las organizaciones de Miami, para evitar que su carga sea pública o para que tengan “patrocinadores” y no usen los programas de bienestar social estadunidenses.
Washington anunció que los balseros podrán recibir visitas de sus familiares que residen en Estados Unidos. La Habana calificó de “hipócrita” esta medida pues, dijo, al mismo tiempo impide la reunificación familiar entre los cubanos de Miami y los de la isla.

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