Paz Rojas: Memoria contra la barbarie

SANTIAGO (Proceso Especial 35).- Desde la terraza del último piso del hospital de la Universidad de Chile, Paz Rojas vio que el cielo se volvía gris. Escuchó el tableteo de las ametralladoras y ese estrepitoso ruido se mezcló con el del impacto de las balas. Los helicópteros se arremolinaban como aves de rapiña que esperaban el momento para arremeter contra su presa, el palacio en el que el presidente Salvador Allende vivía sus últimas horas.

Los ojos de Paz se llenaron de estupor. A su lado había médicos, personal del hospital y estudiantes; entre ellos Michelle Bachelet, hija de un general de la Fuerza Aérea que le era fiel a Allende.

A las cinco y media de la tarde del 11 de septiembre de 1973, la profesora en neurología, especialista en memoria y sus implicaciones en la psique, recibió una llamada. Uno de los más cercanos colaboradores de Allende le espetó: “Pacita, todo se acabó. Allende se suicidó, Patricio Guijón lo vio. Nos hizo salir y se rindió… ¡Nos salvó a todos! Pero todo se acabó… Se terminó”. Luego la voz se desvaneció en un silencio sepulcral.

Durante unos minutos Paz y quienes la rodeaban tuvieron la impresión de que la Tierra había dejado de girar. Comprendieron o presintieron que algo terrible iba a pasar. Paz, como todos los que creyeron en la experiencia socialista en Chile, se dio cuenta de que comenzaba el infierno.

Las horas, los días y las semanas siguientes convirtieron el fin de la Unidad Popular en una tragedia sangrienta. Hombres con uniformes caqui y botas negras rompieron puertas, se llevaron a opositores, los torturaron y los desaparecieron, mientras que los ciudadanos aterrados se quedaban escondidos en sus casas. El estado de sitio inmovilizó a la sociedad, consagrando sólo a los militares el derecho a circular, matar y hacer reinar el orden. “Su” orden.

Paz no se rindió. Decidió resistir. Digna hija de Manuel Rojas, escritor anarquista nacido en una familia pobre que había emigrado a Buenos Aires a principios del siglo. Rojas tuvo que dejar la escuela a los ocho años para realizar todo tipo de trabajos, volvió a Chile a los 16 atravesando la cordillera a pie, se casó y tuvo tres hijos —dos mujeres y un varón— y enviudó en 1936, cuando Paz tenía cuatro años.

En 1938 se mudó a la calle Matucana, en un barrio pobre de Santiago, y compartió casa con su amigo Máximo Jeria —abuelo de Michelle Bachelet—, también viudo y padre de cuatro niños. Juntos educaron a sus siete hijos.

Fue en ese barrio donde Paz enfrentó por primera vez la brutalidad de los servicios sanitarios chilenos. Cuenta: “Sacaban a la gente de sus viviendas y rociaban cada pieza con gamexano —más tarde se descubrió que era neurotóxico—, tal como se desinfecta a los perros sarnosos”.

La imagen de un ser humano que humilla a otro quedó grabada en la mente de Paz. “Fue una de las cosas que me motivaron para estudiar medicina”, reconoce. Quise conocer a la persona enferma y ayudarla. Mi padre no estaba de acuerdo. Temía por mi salud. Me repetía: “Te vas a enfermar. Estos estudios son duros y exigentes”.

Manuel Rojas tenía razón. Demasiado frágil, la joven Paz estuvo 12 meses encamada con tubercu-losis cuando cursaba el cuarto año de medicina. No se desanimó. Siguió adelante y acabó la carrera.

Confía: “Cuando tenía dudas me bastaba pensar en la dura vida de mi padre y volverlo a ver firme, jamás desfalleciente, siempre fiel a sus sueños y valores”.

Solidaridad

En octubre de 1973, poco después del golpe de Estado, una mujer se le acercó discretamente en la esquina de su calle. Le dijo que se necesitaba su ayuda. Explicó: “Se creó un comité ecuménico que reúne a las iglesias cristianas y a las autoridades judías para recibir a mujeres y hombres víctimas de torturas y a familias de detenidos-desaparecidos. Llegan en estado de choque. Necesitan ayuda, hay que asistirlos, escucharlos. Pero la mayoría de los médicos rehúsa recibirlos, le tienen miedo a las represalias. ¿Tú podrías?”. “Yo lo hago”, respondió Paz.

Fue Helmut Frentz, pastor protestante de origen alemán, quien fundó ese comité ecuménico. Conversó con el obispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, y lo convenció de que las iglesias debían organizarse para salvar a quienes estaban en la mira de la dictadura.

Y fue así como Paz, Katia Reszczynski y Margarita Pérez, psiquiatras que tomaban un curso de neurología, empezaron a tratar a adultos y jóvenes con el cuerpo tumefacto y los ojos apagados, como si sus pupilas se hubieran llenado de tinieblas. Habían sido humillados, quebrados, destruídos. Habían sufrido torturas. Se les había obligado a asistir a ejecuciones.

Paz recuerda: “Cada uno contaba la tortura de manera diferente. Cada uno con su dolor, pena, rabia y desesperación. La tortura es una de las experiencias más fuertes del ser humano, porque la finalidad del verdugo es destruir al otro. Nadie sabe cómo resistir la tortura. Frente al torturado, uno siente una impotencia, un enojo y un asombro abismales. Resulta imposible comprender la violencia y la brutalidad del otro”.

En marzo de 1974 Paz se enteró de que el embajador de Suecia también necesitaba médicos para atender a chilenos refugiados en la sede diplomática.

Otra vez Paz se comprometió animada por una mezcla de solidaridad para con quienes sufrían y de desesperación ante los acontecimientos que desgarraban su país. Con la complicidad del primer secretario de la embajada de Suecia, Martin Wilkens, fue clandestinamente a una casa donde se escondían personas que habían sufrido persecución y tortura. Las escuchó, las ayudó, siempre atenta, disponible, pendiente de las heridas de sus cuerpos y de sus almas.

Paz empezó a recoger testimonios: “Quienes habían sido torturados sabían que teníamos empatía con ellos, que éramos del mismo bando. Katia formaba parte del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Yo no pertenecía a ningún partido político, era de izquierda como mi padre, que era amigo de Allende. Sabían que podían confiar en nosotros. Nos contaban todo, hasta el menor detalle. Nuestra escucha y afecto les daban confianza y fuerza para continuar”.

Pero insiste: “No se sale de la tortura como de una prueba en la vida, que se olvida y fortalece. Cuando la tortura quiebra a un ser, éste puede no lograr levantarse nunca”.

Los testimonios se convirtieron en fichas escritas y pruebas de peso que permitieron que el comité ecuménico acusara a Pinochet de violaciones a los derechos humanos y que alertara a la opinión pública internacional, transformándose de inmediato en blanco de la dictadura.

Exilio

En septiembre de 1974, a un año del golpe de Estado, Paz estaba acostada en su casa, en reposo absoluto debido a una fractura del sacro. Le tocaba ir al hospital el 17 de septiembre para una radiografía, pero decidió adelantar la cita. Esa decisión permitió que escapara a la persecución de la Dina (Dirección de Inteligencia Nacional, el servicio secreto de la dictadura), que llegó al hospital y detuvo a Katia Reszczynski.

Narra: “Katia sabía que yo estaba en cama y que una persona debía buscar a mis niños para llevarlos al colegio. Comprendió que la Dina quería ir a detenerme a mi casa, trató de ganar tiempo y me salvó”. En el hospital el terror era tan grande que ningún médico llamó por teléfono para alertar a Paz, quien ya había salido de su hogar cuando llegaron por ella.

Tuvo que esconderse. Su familia salió de Santiago. “Nunca tuve miedo”, recalca, “pero me dio una inmensa tristeza ver mi hogar destruido”.

Siguió con sus consultas en la embajada sueca. Conscientes de las amenazas cada vez más graves contra ella, los diplomáticos suecos le ofrecieron asilo. Lo mismo hicieron los de Gran Bretaña y Francia.

Recuerda: “No quería salir de Chile sin pasaporte. No quería exiliarme para no perder mi libertad, para poder volver cuando lo deseara y no cuando la dictadura me diera permiso. Quería conseguir un pasaporte a como diera lugar. Un día supe de una mujer que tenía una agencia de viajes y que podía obtener el documento sin estar yo presente. Aceptó ayudarme”.

Con su pasaporte, en noviembre de 1974 Paz Rojas viajó a Estocolmo. Luego se instaló en Francia con su marido y sus dos hijos, de ocho y 11 años. Meses después por fin pudo reunirse con Katia y con Patricia Barceló —médica torturada por la Dina y luego expulsada de Chile—. Prosiguieron su trabajo sobre tortura recibiendo más de 300 testimonios de expresos políticos chilenos.

Paz precisa: “No sólo trabajamos sobre lo que había pasado, sino que nos tocaba anticipar el futuro. La tortura es un tema del que difícilmente se sale. Tenía la impresión de que comprender sus mecanismos era nuestro deber.

“¿Qué había pasado? ¿Por qué Chile había llegado a ese grado de agresión y violencia? ¿Qué había llevado a hombres y mujeres a tratar a sus semejantes con tanto odio? ¿Dónde nacía el impulso de querer torturar a otro ser humano, a un semejante? ¿Cómo Pinochet había conseguido que las fuerzas armadas, los carabineros y los servicios secretos aplicaran la represión con tanto odio? ¿Cómo se había creado la imagen del ‘enemigo’ que debían someter, destruir? ¿Cuál era la estrategia usada para formar a los represores?”

Al mismo tiempo trabajaba en el hospital parisino Sainte Anne con el profesor Jean Bancaud, destacado neurólogo especializado en epilepsia.

Cuenta: “Estábamos metidos de lleno en el estudio de casos de epilepsia psicomotora. El tema me apasionaba porque tomaba en cuenta todas las funciones mentales. También trabajaba en otro hospital de París, Henri Mondor. Hacía electroencefalogramas. Así me ganaba la vida”.

El resto del tiempo Paz atendía a los expresos políticos refugiados en Francia.

“Al cabo de dos años de dobles jornadas de trabajo me sentí agotada. Mi marido me dijo: ‘O sigues atendiendo a la gente que llega a Francia destrozada y en crisis o sigues con el profesor Bancaud, pero con todo no puedes’. Con mucho pesar me separé del profesor Bancaud, quien entendió muy bien mi situación. Renuncié a mi especialidad de neuropsiquiatra para dedicarme de lleno a las consecuencias físicas y psíquicas de la violación de los derechos humanos.”

Paz, Katia y Patricia empezaron una investigación a fondo sobre el tema que culminó con la publicación de un libro: Tortura y resistencia en Chile.

Ese trabajo las llevó a Estados Unidos en 1976, donde entrevistaron a Orlando Letelier poco antes de que fuera asesinado por agentes de la dictadura. Un año más tarde fue capital para ellas descubrir el libro El poder militar en America Latina. La ideología de la seguridad nacional, de José Comblin y publicado en Francia en 1977. Siguieron sin descanso su labor con los exprisioneros políticos torturados.

Paz subraya: “Ellos describían las técnicas empleadas y a sus verdugos, con precisiones físicas y conductuales. Eso nos permitió identificar a unos 20 responsables”.

El retorno

Paz volvió a Chile en 1981. Encontró un país quebrantado donde persistían las mismas historias de represión, tortura y desapariciones. Su familia había sido duramente golpeada por la dictadura: su cuñado, su sobrino y un primo fueron encarcelados, torturados y desaparecidos.

Paz sintió la necesidad de estar “cerca de los que luchaban, aquí, en Chile”. Se incorporo a la Codepu (Corporación de Promoción y de Defensa de los Derechos del Pueblo), creada por una religiosa, Blanca Rengifo, y por Fabiola Letelier, hermana de Orlando. La dictadura consideraba a esta asociación de defensa de los derechos humanos como de extrema izquierda, figura que justificaba los métodos violentos de las autoridades contra cualquier organización de resistencia.

Los médicos que trabajaban en la Codepu estuvieron financiados por el Fondo de las Naciones Unidas para las Víctimas de la Tortura a partir de 1983. Tenían acceso a las cárceles los miércoles y sábados para atender a presos y presas. Este trabajo se llevó a cabo en cinco regiones de Chile. Paz encontró en la Codepu un nuevo equipo de resistencia integrado por juristas, trabajadores sociales, médicos y psicólogos con una capacidad de trabajo y un entrega ina-gotables. Nadie parecía poder impedirles investigar y denunciar violaciones a los derechos humanos o tratar a las víctimas de la dictadura.

“En varias oportunidades pude haber abierto una consultorio privado”, recuerda Paz con sonrisa divertida. “Hubiera ganado mucho dinero. Pero, la verdad, eso no me interesaba. Me importaba la Codepu, donde ganaba muy poco.”

Ganaba poco y además corría muchos riesgos. Paz optó por hacer caso omiso de las llamadas telefónicas en plena noche, aguantó las amenazas de muerte, los allanamientos violentos y las innumerables detenciones “que podían durar de un día a una semana. Junto con otros detenidos resistíamos solidariamente a la violencia”.

Se involucró también en la creación de sedes de la Codepu en cinco regiones de Chile. Capacitaba a los grupos que iban a encargarse de estos nuevos centros. Insiste: “Esos grupos tenían una fuerza inmensa. Se enfrentaban con la dictadura de manera muy valiente, al mismo tiempo que investigaban el destino de detenidos-desaparecidos, ejecutados y exprisioneros políticos de sus regiones”. El equipo de Valdivia, en el sur, todavía está en pie, aunque los subsidios que recibía han ido desapareciendo.

La Codepu ha publicado numerosos libros sobre las víctimas y sus familias y sobre las repercusiones de la tortura, de las desapariciones, las ejecuciones y sobre todo la impunidad en los 37 años que siguieron al golpe de Estado.

“Todo este trabajo multidisciplinario, de atención, búsqueda de justicia y lucha incansable para conocer la verdad, para preservar la memoria, nos dejó a mí y a mis compañeros de trabajo un profundo sentimiento de solidaridad humana. También llegamos a la convicción de que resultaba determinante seguir explorando el amplio campo del significado de la violación de los derechos humanos.”

Paz recuerda con emocion el juicio llevado en la Cour d’Assises de París —el más alto tribunal penal francés— del 8 al 17 de diciembre de 2010, en el que 14 exfuncionarios chilenos de alto nivel fueron acusados en ausencia de haber asesinado a cuatro francochilenos: Jean-Yves Claudet, Alfonso Chanfreau, Etienne Pesle y Georges Klein.
Paz Rojas figuraba entre los “grandes testigos”. Su misión era describir el contexto histórico de las diferentes desapariciones y sus consecuencias.

Dice: “A partir de la desaparición de estos cuatro compañeros francochilenos pudimos exponer todo el espectro del drama que Chile vivió con la dictadura: Klein fue el símbolo del golpe de Estado del 11 de septiembre, pues estaba en La Moneda. Pesle estuvo ligado con la historia de la reforma agraria; testificaron campesinos y mapuches del sur de Chile. El destino de Chanfreau —detenido y desaparecido por la Dina—, evidenció la barbarie de los servicios secretos de la dictadura. Claudet —desaparecido en Argentina— fue un trágico ejemplo de lo que fue la Operación Cóndor.

Al oír la condena de la justicia francesa —los generales Manuel Contreras y Pedro Espinoza, jefes de la Dina, fueron condenados a cadena perpetua y otros 11 agentes de la represión a penas de 15 a 30 años— Paz se dio cuenta de que la sombra de Pinochet había rondado durante todo el juicio. Fue obvio que en realidad se había enjuiciado post mortem al dictador. Al finalizar el juicio Paz sintió una alegría indescriptible:

“Por primera vez experimenté una justicia verdadera, profunda y respetuosa. Tuve la impresión de que por fin el derecho triunfaba sobre la barbarie.” l

* Cristina L’Homme es periodista freelance. Colabora con el mensual GEO y con el diario electrónico francés Rue 89. Es también autora de una docena de libros periodísticos. El más reciente, Setenta días en el infierno de la mina, se publicó el año pasado y trata de la desventura de los mineros chilenos que quedaron atrapados en las entrañas de la tierra, contada por las esposas de tres de ellos.

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