Argelia: tres años de vivir y morir en el terror En el nombre del Islam, el asesinato, el secuestro, la tortura, la violación

PARIS.- Desde hace tres años la vida de 27 millones de argelinos es un calvario cotidiano: tienen que soportar al mismo tiempo las consecuencias de una crisis económica sin precedente (escasez de productos de primera necesidad, salarios bajos y altísimo costo de vida, desempleo masivo); el terror creciente impuesto por grupos islámicos fanatizados y armados, que secuestran y asesinan a quienes se oponen a su proyecto de crear una república islámica en Argelia, y la represión feroz, muchas veces indiscriminada, desatada por los militares en el poder para erradicar el terrorismo.
Resultado: el caos absoluto. Se calcula que en los tres últimos años 30,000 argelinos murieron en condiciones violentas, y actualmente se habla de 800 y 1,000 muertos semanales. Entre ellos se encuentran soldados y policías asesinados por los terroristas, terroristas exterminados por las fuerzas de seguridad, ciudadanos comunes víctimas de la violencia de las fuerzas de seguridad; otros han sido condenados a muerte por los integristas o víctimas de sus coches bomba. También cada vez hay más muertos en enfrentamientos entre campesinos y ciudadanos, que organizaron espontáneamente grupos de autodefensa, y sus agresores islámicos. Finalmente, en esa anarquía total, se multiplican los arreglos de cuentas personales…
Sin embargo, quienes son acusados de cometer más asesinatos son los integristas. Sus métodos resultan escalofriantes: usan armas de fuego, pero sobre todo puñales, por lo que ya se perdió la cuenta de sus víctimas degolladas y mutiladas. Ultimamente decapitan a quienes secuestran. A menudo, sólo aparece la cabeza del muerto. Recurren a coches bomba manejados por “voluntarios de la muerte”, como el automóvil Fiat Fiorino lleno de explosivos que su conductor suicida lanzó contra la delegación central de la policía, en el corazón de Argel, el lunes 30 de enero. Oficialmente, el atentado costó la vida a 42 personas (oficiosamente se habla de muchísimas más) e hirió a otras 200.
El “cadáver” bomba es también un método usado esporádicamente por los extremistas islámicos. Se colocan en lugares “estratégicos” cadáveres llenos de explosivos.

En las largas “listas negras” de los terroristas se hallan sobre todo los políticos democráticos, los intelectuales, artistas y periodistas independientes, dueños de cafés, bares, restaurantes y tiendas que venden bebidas alcohólicas, todos los centros de enseñanza del país, desde las escuelas primarias hasta las universidades, incluyendo a los maestros, profesores, alumnos y estudiantes.
Los extremistas asesinaron ya a 40 educadores, se perdió la cuenta de los heridos, incendiaron 600 escuelas y 26 centros de formación profesional. El último operativo lanzado contra un centro de estudios se produjo el 7 de diciembre en la ciudad de Bufarik. Hombres armados con metralletas acribillaron a unos jóvenes en la puerta de su liceo: nueve adolescentes resultaron heridos y una niña muerta.
Los policías, los militares y sus familiares representan por supuesto los blancos prioritarios de los grupos islámicos. La mayoría de los policías vive ahora en una semiclandestinidad. Los soldados no se atreven a salir solos de sus cuarteles. Las autoridades ya no comunican más las cifras de las bajas en sus filas.
En los barrios de Argel y de las grandes ciudades argelinas, o en las zonas del país más o menos controladas por los islamitas, las mujeres que se rehúsan a llevar el hidjad (velo corto) corren grandes riesgos. Algunas fueron degolladas; otras desfiguradas, con vitriolo…
Las fábricas, las pequeñas empresas, las centrales eléctricas, las vías ferrocarrileras no escapan a la furia destructora de los grupos armados: se calcula que se han cometido alrededor de 3,000 atentados contra ese tipo de blancos.
Para medir la profundidad de la tragedia que viven los argelinos no bastan, sin embargo, estas terribles cifras ni esa lista incompleta de atentados. Sólo la voz de quienes sufren y resisten permite acercarse un poco más a esa tragedia.

“¿ENTONCES, QUIEN ME VA A MATAR?”

En los tres últimos años, 32 periodistas fueron asesinados en Argelia. Jamás en la historia de la prensa contemporánea se había llegado a ese extremo en otro país.
Said Mekbel era el director del periódico independiente Le Matin (La Mañana). Su columna diaria era la más popular de Argelia, pues el periodista tenía el valor de denunciar, con un humor corrosivo, los males de su país, y de enfrentarse a la “barbarie” islámica.
Mekbel escapó a dos atentados. Lejos de dejarse intimidar, siguió su labor periodística y su lucha en favor de una democracia laica argelina. El 3 de diciembre último fue asesinado con dos balazos en la cabeza, después de haber entregado su última columna, titulada: “¿Entonces, quién me va a matar?”. Fue publicada al día siguiente en la primera plana del diario:
“Me gustaría saber quién me va a matar. ¿Pero acaso es eso lo que prefiero saber primero? Porque quizás hay otras preguntas más importantes. Por ejemplo, ¿cómo me van a matar? o ¿por qué me van a matar y cuándo? Noto que no empleo la palabra asesinar. ¿Por qué? Probablemente porque pienso que asesinar o matar… pues… eso da igual. El resultado es el mismo: en un caso o en otro acabaré en el fondo del mismo hoyo. Entonces, ¿cuál es para mí la pregunta más importante? Creo que es la primera, porque supongo que si logro saber quién me va a matar –o más bien quién va a ordenar mi muerte–, sabré de paso por qué y cuándo me matarán. Ahora, en cuanto a saber cómo me matarán… seguramente se escogerá una manera no prevista por mí…”
Además de Said Mekbel, otros 34 periodistas han sido asesinados últimamente en Argelia. Hace dos semanas, los extremistas amenazaron de muerte a todos los periodistas de radio y televisión, y para demostrar que no se trataba de amenazas al aire, dos días después asesinaron a uno de ellos, encargado de un programa para sordomudos que nada tenía que ver con la política…
Muchos reporteros de la prensa independiente ya renunciaron; los que no quieren dejarse intimidar sacrificaron su vida privada, la convivencia con sus familias. Buscan dormir en lugares distintos, llegan a sus periódicos a horas distintas, pero en el fondo todos están conscientes de que en cualquier momento los puede alcanzar un balazo…

“EL MARTIRIO DE LAS MUJERES VIOLADAS”

Bajo ese título, Zazi Sadu, reportera de El Wattan (La Nación), que con Le Matin es el diario independiente más leído de Argelia, publicó el 27 de enero los testimonios estremecedores de muchachas secuestradas y violadas por los grupos armados islámicos. Estos últimos se apoyan en una ley chiíta que autoriza “el matrimonio de gozo” para cometer sus crímenes.
Desde hace algún tiempo circulaban rumores al respecto, pero hasta el reportaje publicado por El Wattan no se había dado a conocer públicamente testimonio alguno de víctimas. Y eso por dos razones. La mayoría de ellas reaparecen muertas, a menudo decapitadas, y las escasas sobrevivientes por lo general no se atreven a hablar.
Escribe Zazi Sadu:
“Asaltadas en la calle, a la salida de una escuela o de una tienda, robadas en presencia de sus padres, centenares de muchachas son secuestradas por grupos armados terroristas para ser utilizadas durante `el descanso de los guerreros’.
“Secuestradas durante muchos meses en condiciones infrahumanas, están sometidas al terror de muchachos armados, llenos de odio y totalmente desequilibrados. Guisan, lavan la ropa y por supuesto son violadas, golpeadas, quemadas… A estas muchachas agredidas hasta en lo más profundo de su ser los emires les explican que `el Islam les autoriza a tomarlas temporalmente como esposas en nombre de la ley que regula el matrimonio de gozo’.
“Se trata en realidad de una práctica común en Irán, pero los cánones del chiísmo son muy estrictos: este tipo de matrimonio implica el consentimiento de ambas partes para una unión que puede durar una hora o varios años. Implica también, después de la separación, una indemnización a la mujer (dinero o bienes) por parte del hombre que, además, debe asumir la vida material del o de los niños nacidos de esa unión.
“En ningún caso esa costumbre chiíta puede justificar las atrocidades cometidas por esas sectas de asesinos, que en nombre de una fetwa secuestran, violan y decapitan mujeres simplemente porque son mujeres, es decir, hablando prosaicamente: rebaño sexual.
“Una de estas jóvenes acepta testimoniar. La llamaremos Uarda. Sólo tiene 17 años. Antes de que sus verdugos la raparan, tenía una larga cabellera negra. Hoy en su mirada sólo se lee angustia. `¿Por qué me hicieron eso?’, repite. Su madre intenta calmarla, explicarle lo inexplicable…
“Ese día Uarda regresaba a su casa, en un barrio céntrico de Argel; un joven se le acercó, parecía pedir ayuda. La muchacha no tuvo tiempo de entender lo que pasó. El joven la empujó a un coche, le vendó los ojos y empezó el camino hacia el infierno.
“`Estaba tan aterrorizada, que durante todo el trayecto no pude decir una sola palabra. El me amenazaba con un cuchillo’.
“Finalmente Uarda llegó a una casa vieja de la que no salió durante varios meses. Se encontró con otras diez muchachas, todas muy jóvenes, una de ellas tenía sólo 12 años.
“`Cuando vi a todas estas niñas, me calmé un poco. Algunas tenían mi edad, otras tenían 20 años. Todas habían sido secuestradas en la calle o en sus casas. Siempre había un grupo de muchachos armados que nos vigilaban. Se turnaban. Cada mañana repartían las tareas: unas guisaban, otras lavaban, otras cosían. A mí me tocaba lavar la ropa’.
“Algunos días después de su secuestro, en el momento de la comida, Uarda sintió la mirada de sus dos vigilantes. La miraban y se reían.
“`Me dio terror. Pensé: Dios mío, hoy va a ser mi turno. Ya sabía lo que hacían con otras muchachas… No me equivoqué’.
“Uarda tiene muchos problemas para contar la escena que siguió. Cada vez que intenta hablar, llora. Su cuerpo se mueve de un lado a otro, aprieta convulsivamente las piernas. La dejamos descansar… Le hablamos… Le decimos que es muy importante que hable, importante por ella, por las demás muchachas, por nosotras las mujeres. Es tan importante, que ya nadie pueda decir: `no sabía…’.
“`Sacaron a las otras muchachas, y dos terroristas con armas se quedaron conmigo. Uno se quedó cerca de la puerta para vigilar a las demás y el otro me ordenó desvestirme. Me negué. Le dije que lo que iba a hacer estaba mal, que Dios condenaba eso porque no nos habíamos casado. Me amenazó con su cuchillo, me dijo que me iba a desfigurar, me dijo también que Dios le permitía hacer eso porque él era un mudjahid y que de todos modos más tarde se casaría conmigo. Casi me desmayé cuando empezó a tocar mi mejilla con su cuchillo. Me desvestí. Pero intenté resistir. Entonces me quemó con su cigarrillo. Aullé. Me seguí defendiendo. Me quemó por todas partes y me desmayé. Cuando me desperté, estaba tirada en el piso. Había sangre, mucha sangre. No quise hablar con las otras muchachas cuando se me acercaron…
“`Una noche una de ellas decidió escaparse. Nadie pudo disuadirla. Ya llevaba varios meses aquí. Siempre lloraba, pensaba en su madre, en su familia, en el deshonor que había caído sobre su familia; intentamos todo para retenerla, pero en plena noche intentó salirse. Uno de los vigilantes se despertó, la agarró por el cabello, prendió la luz y la mató con dos balazos en la cabeza, enfrente de nosotras. Apenas nos alcanzó el tiempo para tapar los oídos de las más jóvenes para que no oyeran las detonaciones. Después nos echamos todas a llorar. Varias tuvieron ataques de nervios. Los terroristas sacaron el cuerpo, y al día siguiente la enterraron por ahí cerca’.
“Uarda fue víctima de numerosas violaciones a lo largo de sus meses de secuestro. Se ve profundamente afectada física y psíquicamente. Como sus compañeras, debe su vida a un grupo de campesinos que sospecharon que algo extraño ocurría en esa casa e intervinieron para salvarlas. Hoy esa muchacha vive en la angustia permanente ante el temor de que haya represalias contra su familia o contra ella misma. Todos los suyos la rodean y la ayudan. Pero es difícil tranquilizarla. Está obsesionada por la idea de `haber manchado el honor de la familia’.
“Leila no tiene `la suerte’ de Uarda. Fue secuestrada por otro grupo y logró escaparse. Cuando regresó a su casa, su padre la acogió con una total indiferencia. `Para él, ya había dejado de ser su hija, sólo era la que había causado la vergüenza de la familia. Cuando le dije que en estas condiciones yo me iba a vivir a casa de mi tía, sólo me pidió que no pusiera una demanda…’.
“Entre agosto y octubre de 1994, 215 mujeres fueron asesinadas. En la mayoría de los casos, antes de ser ejecutadas con armas de fuego, degolladas o decapitadas –como acaban de serlo Zulika, de 21 años, estudiante; su hermana Saida, de 15, alumna de un colegio, y su madre, en la ciudad de Blida–, la mayoría de las víctimas fueron violadas y mutiladas, y las distintas partes de su cuerpo fueron tiradas en la vía pública.
“Estas muchachas, a menudo secuestradas ante sus padres, a veces logran ser liberadas por las fuerzas de seguridad; en muy pocos casos, sus mismos secuestradores las sueltan. Por lo general su liberación es muy dolorosa por culpa de los tabúes dominantes y de la cobardía y el miedo de sus familiares.
“`¿Qué nos queda cuando nuestra dignidad ha sido pisoteada? ¿Cómo podemos aceptar que las vidas de nuestras hijas hayan sido echadas a perder por estos bárbaros’, se lamentaban ante las cámaras de la televisión argelina los escasos padres que aceptaron hablar del hecho. Incapaces de defender a sus hijas ante la amenaza de las armas, asistieron o consintieron impotentes su violación.”

EN LAS GARRAS DE LOS ISLAMITAS

Lounés Matub es mucho más que un poeta y un cantante famoso: es el ídolo de todo el pueblo cabila. Encarna su lucha secular en defensa de su identidad. Los cabilas son beréberes, no son árabes. Descienden de los antiguos númidas. En Argelia los beréberes viven en las regiones orientales montañosas de Kabilia y de Aurés, en Marruecos, en los montes de Rif. Tienen su propio idioma, el tamazight, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, y una cultura fuerte y bella.
Los cabilas se sienten beréberes antes de sentirse argelinos. Resistieron ferozmente la colonización francesa y española, participaron con un valor incomparable en la guerra de liberación de Argelia, pero la independencia del país no les dio lo que esperaban con tanta ansia: el reconocimiento oficial de su lengua, de sus tradiciones, de su cultura.
Por el contrario, la política de arabización acelerada, emprendida sobre todo a partir de la era Bumedien, acabó con sus últimas ilusiones. Entonces se volvieron a movilizar. Crearon el Movimiento Cultural Berébere, que se enfrentó al Frente de Liberación Nacional (FLN) durante todo el tiempo en que estuvo en el poder. Hoy el MCB resiste tanto a los militares que gobiernan el país como a los islamitas que luchan por tomar el poder. En los pueblos montañosos de Kabilia y de Aurés los campesinos armados se defienden con mucha determinación contra los ataques de los grupos integristas.
Lounés Matub canta a esa resistencia. Sus poemas musicales, que todos los cabilas conocen de memoria, pusieron dos veces su vida en peligro. La primera vez fue en el agitado mes de octubre de 1988, en vísperas de la sangrienta represión de las rebeliones de los jóvenes en las calles de Argel. Unos policías persiguieron a Matub, quien repartía volantes sobre Tizi Uzu, capital de Kabilia. Uno de los uniformados le disparó a quemarropa. Matub cayó gravemente herido. Tenía cinco impactos de bala en el cuerpo. Sobrevivió de milagro. Sufrió 14 operaciones quirúrgicas para poder volver a caminar.
La segunda vez fue el 25 de septiembre de 1994. Matub fue secuestrado por el Grupo Islámico Armado. Quince días más tarde fue liberado. Es hasta ahora el único caso de secuestrado no ejecutado. ¿Cómo se explica esa “extraña clemencia”? Durante las dos semanas que duró su detención, los cabilas estuvieron en pie de guerra. Organizaron manifestaciones multitudinarias para exigir su liberación, mientras miles de jóvenes armados empezaron a “rastrear” los montes para encontrarlo. Por primera vez retrocedió el GIA.
Lounés Matub publicó en estos días un libro titulado Rebelde, en el cual relata su secuestro:
“Sabía que me buscaban. Me lo habían dicho, amigos me habían avisado, se multiplicaban las advertencias. Recibía cada vez más cartas anónimas, todas de amenaza. En estas cartas se me acusaba de ser responsable de todos los males. Como impío, representaba el blanco ideal, el hombre que se debía exterminar, del que había que deshacerse imperativamente. Un peligro no sólo para Kabilia sino también para todo el país.
“Más o menos tres meses antes de mi secuestro, pegaron carteles en las calles de Tizi Uzu en los que estaba escrito mi nombre. Sabía también que me encontraba en muchas listas negras integristas. Estaba condenado a muerte.
“Nunca quise tomar muy en serio estas amenazas. De haberlo hecho, habría tenido que salir de Kabilia, dejar de cantar o encerrarme en mi casa, como lo ha hecho tanta gente. Me gusta vivir. No soporto los obstáculos ni las restricciones. Aun si mi seguridad está en juego, me encanta salir, estar en los bares y quedarme ahí hasta altas horas de la noche –no hay toque de queda en Kabilia–; me encanta platicar con la gente, tomarme mis tragos y regresar a casa sólo cuando me siento cansado. Es así como concibo mi vida de artista…
“Me había enterado por la gente de la región de que, en varias oportunidades, habían organizado falsos retenes en la carretera que va de Taurirt Musa, mi pueblo, y Tizi Uzu, para agarrarme. Los falsos retenes son igualitos a los verdaderos retenes. De ahí el peligro. Los verdaderos están controlados por la policía y los falsos, por los terroristas. Siempre me las arreglaba para viajar en pequeñas carreteras secundarias.
“El 25 de septiembre regresaba de Argel, donde había visitado a mi padre hospitalizado. Llovía mucho. Estaba con dos amigos. Como me había cansado mucho manejar bajo tanta lluvia, decidimos pararnos en un bar para tomar una copa. Eran más o menos las ocho de la noche. Nos sentamos en la barra y pedí un whisky. Estaba armado. Tenía mi pistola escondida en la espalda. En el momento en que me aprestaba a tomar mi trago, se oyó un enorme ruido en la entrada del bar. Las puertas se abrieron violentamente y un grupo de unos 15 hombres irrumpió en la sala. Gritos, alaridos y conato de pánico.
“Entendí en seguida. Inmediatamente se identificaron como miembros del GIA. Sorprendido, me quedé bloqueado. Nos avisaron que otros se habían quedado afuera, vigilando la calle…
“Estaban armados: varios fusiles de caza, un puñal, algunos fusiles con cañón cortado, ninguna arma de guerra. No tenían el rostro cubierto. Hablaban cabila. Sabían que me encontraba aquí porque habían visto mi coche estacionado enfrente del bar. ¿Qué podía hacer? Eran tan numerosos, que el mínimo intento de defensa hubiera provocado una carnicería. Empezaron a catear a todo el mundo. Cuando me tocó el turno, revisaron mi espalda. Con el codo intenté esconder mi pistola debajo de la camisa. Uno gritó: `¡es él, es él!’. Se veía muy nervioso. Otro me puso el cañón cortado de su fusil en la sien. En ese instante pensé que iba a disparar. Sabía que eran capaces de hacerlo. Un tercero intervino. Dijo: `¡cuidado, es Matub!’.
“Me ordenaron sentarme un poco lejos de los otros clientes. En el bar, nadie se movía, nadie se atrevía a respirar. Un cuarto terrorista se acercó a mí. Me dijo: `si sientes que te vas a morir, ¿estás decidido a rezar y a decir: Alá es grande y Mohamed es su profeta?’. Contesté: `por supuesto’. Pensé: `más vale ser un miedoso vivo que un héroe muerto’. Aparentemente contento con mi respuesta, se calmó mientras los demás confiscaban todas las credenciales de identidad de los clientes. Empezaron a destruirlo todo. Se apoderaron de la caja. Rompieron todas las botellas de licor y robaron toda la comida. Fue un trabajo muy minucioso. En algunos minutos el bar quedó totalmente destruido. Después de haber lanzado amenazas violentas contra el dueño del bar, pusieron todo su botín en un camión. Era el tercer bar que destruían en esa misma noche… Advirtieron que estos operativos iban a seguir mientras se siguieran sirviendo bebidas alcohólicas. Que ésa era su última advertencia. Que la próxima vez, si el dueño del bar no obedecía, lo matarían. Y que los clientes serían castigados con latigazos. Así lo exigía la ley de la Charia.
“Me pidieron las llaves de mi coche. Dos subieron adelante. Un tercero se sentó atrás, a mi derecha, y un cuarto, a mi izquierda. El camión lleno de terroristas nos abrió el camino. Los que habían vigilado el bar llevaban pasamontañas.”
Después de un largo trayecto en coche, luego en camión, luego caminando en el monte, durante el cual Lounés Matub temía ser ejecutado en cualquier instante, el grupo llegó a un campo secreto del GIA. Durante tres días nadie le dijo nada. Intentaba comunicarse con sus vigilantes. En vano.
“Al tercer día llegó un muchacho que conocía. Yo sabía que había ingresado en el GIA y que llevaba varios años en el monte. Me alivió su llegada. Lo conocía muy bien. Era un judoka de alto nivel, dos veces campeón de Africa y considerado como el séptimo de su categoría a nivel mundial. Varias veces había venido a mi casa. Se había quedado para dormir. Mi madre lo recibía como si fuera su propio hijo. ¡Eso me dio tanta esperanza! Pero cuando empezó a hablar, me di cuenta de que el tono de su voz había cambiado por completo. No tenía nada que ver con el que conocía. Había dejado a un amigo y ahora encontraba a un combatiente, seguro de sí mismo y determinado en su lucha.
“Sus palabras me llenaron de terror. Le pedí ayuda, le pregunté lo que iba a pasar conmigo. Me contestó: `cuando alguien ataca la religión, aun si se trata de mi padre, me da igual. Hay que ejecutar a esa persona’. Se derrumbaron mis esperanzas. Tenía que prepararme a morir.
“La fría metamorfosis de mi amigo me había aniquilado. ¿Cómo era posible pasar de un estado mental equilibrado a un fanatismo que transforma a un ser normal en máquina para matar? Nuestra sociedad estaba realmente muy enferma. El terrible cambio de mi amigo era un presagio muy oscuro para el país. Ese descubrimiento atroz me absorbió totalmente. Por primera vez desde mi secuestro, mi situación personal me angustiaba menos que el caso de ese muchacho y lo que eso implicaba profundamente.”
Por fin llego el emir, autoridad religiosa. En realidad, un muchacho de unos 25 años.
“Todo el mundo lo esperaba. En un silencio pesado, tomó la palabra y me dijo: `eres el enemigo de Dios’. No contesté. Luego explicó todo lo que se me reprochaba. Entendí que `mi juicio’ se estaba preparando. Por supuesto, mis canciones encabezaban la lista de acusaciones. `Por tus canciones, Kabilia se está hundiendo en la nada, eres el responsable’. Debía dejar de cantar. El ejemplo, el modelo que siempre me presentaban, era el del cantante estadunidense Cat Stevens, que todos llamaban por su nombre musulmán, Yusef Islam. Ese artista mundialmente conocido decidió de la noche a la mañana dejar su vida pasada para convertirse al Islam y meterse en el djihad, la guerra santa.
“Si él había hecho eso, ¿por qué no lo podía hacer yo? Ciertamente perdería mi público, pero ganaría mucho más: me acercaría a Dios. Sus palabras eran de una sencillez sin matiz. No importaba lo que había hecho en el pasado, no importaban mis errores anteriores, aun los más graves; si decidía arrepentirme, rezar y adoptar el Islam, el paraíso estaba abierto para mí. Todo iba a ser borrado, inclusive si había matado. Sólo tenía que transformarme en un ferviente musulmán. Dios iba a recompensarme. En cambio, si me obstinaba en mis errores pasados, sobre todo si seguía cantando contra la religión y el Islam, estaba definitivamente perdido. Por tanto, debía comprometerme a no atacar más la religión…
“Su actitud se veía decidida, mas no agresiva. Una nueva esperanza nació en mí. Si me hablaban de esa forma, ¿no significaba que tenían la intención de liberarme? (…) Haram (pecado) era la palabra que más usaban cuando hablaban de mis canciones. Nunca escuchaban música. Lo prohíbe el Corán. Repetían que yo era peligroso para la sociedad.”
Después de nueve días, llegó Abu Dahdah, otro emir, que los secuestradores presentaron a Lounés Matub como “el más sabio”. Le dijeron: “conoce el Corán más profundamente que todos nosotros. Es nuestra referencia. Se encarga de los asuntos de justicia y de religión”. Matub compareció ante los dos emires y su examigo, el judoka. Lo interrogaron durante horas. Una grabadora registraba todo. Analizaron uno tras otro todos los textos de sus canciones. Lo compararon con Salman Rushdie, “ese enemigo de Dios”. Lo interrogaron también largamente sobre el Movimiento Cultural Berébere. Finalmente, le pidieron grabar un mensaje para su pueblo cabila.
“Entendí que lo que buscaban no era tanto mi confesión, como la posibilidad de manipularme, de usarme. Querían utilizarme para hacer oír su voz. Pero en el fondo, nada ni nadie me garantizaba que después de haber cumplido `mi contrato’, después de haber grabado el mensaje, no me iban a matar de todos modos. Pasé por momentos de duda y angustia. Finalmente grabé el mensaje: `Hermanos míos, esa gente no está contra la cultura berébere. Lo que les piden es que ustedes les dejen explicar lo que quieren…’. En ese casete me dirijo al MCB; digo que el MCB debe evitar meterse en política y sólo dedicarse a defender la lengua berébere. Que no le corresponde luchar contra los integristas. Además, prometí –eso está en la grabación que tienen– que iba a dejar de cantar, ya que es haram, un pecado.
“Mi vida estaba en juego. No intenté salvar mi cabeza a expensas de los míos. Me habían secuestrado solo. Tuve que defenderme solo… (…) En ese monte estaba totalmente solo frente a ellos. Para enfrentar el peligro sólo me quedaba la astucia y conocía sus límites.
“Hoy ese casete existe. Los integristas pueden utilizarlo, hacerlo público, difundirlo por radio. Poco importa, la gente me conoce. Conocen mi voz. Entenderán que hablé bajo amenaza, que no tenía otra elección. Morir así me pareció absurdo. Pensé que más valía intentar sobrevivir para después volver a tomar la palabra.
“Dos días después me dieron el veredicto: en principio yo estaba condenado a muerte porque había ofendido al profeta venerado. Al mismo tiempo, tuve la impresión de que me vigilaban mucho más. Sentía que algo iba a pasar. No podía saber qué. Mis secuestradores se veían cada vez más tensos.
“Durante la mayor parte de mi secuestro, fui el único preso, salvo una vez; me encontré con otro capturado que llevaba un uniforme de camuflaje y hablaba árabe. Durante las pocas horas que estuvimos juntos, no sé por qué, no me dijo una sola palabra. Ese hombre –un policía– fue ejecutado a diez metros del lugar donde me encontraba. No asistí a su ejecución; sólo oí dos detonaciones sordas. Luego, mis secuestradores me contaron su asesinato con detalles, para asustarme o impresionarme, quizá. Lo lograron, por supuesto. Justo antes de matarlo, le ordenan prosternarse ante ellos e implorar el perdón de Dios. El policía se negó. Dijo que eso no iba a servir para nada, puesto que ya habían decidido ejecutarlo. Los terroristas lo dejaron escoger su muerte. Le dijeron: `¿quieres que te degollemos? ¿Que te disparemos en la cabeza? ¿O que usemos el fusil con cañón cortado?’. El policía habría dicho: `mátenme con un puñal o con un balazo en la cabeza, pero no con el fusil con cañón cortado’. Entonces lo mataron con el fusil con el cañón cortado.
“`Era un policía, un representante del poder. Como tal, debía morir’, me explicaron simplemente.
“Algún tiempo más tarde, me tocó asistir al castigo colectivo de uno de los miembros más jóvenes del grupo. Se llamaba Sofian. Tenía unos 22 años. Había participado directamente en el asesinato del responsable de la compañía de seguros argelina Azazga. ¿Su culpa? No había transmitido correctamente las órdenes de un grupo a otro. Al parecer, había deformado las palabras de un emir. Fue condenado a recibir 60 latigazos. Como no tenían látigo, los terroristas cortaron un palo. Durante todo el castigo, Sofian se quedó de pie. Los golpes se daban siguiendo un ritual perfectamente determinado, sin demasiada violencia, de manera metódica, a lo largo de la columna vertebral…
“Los integristas no temen a la muerte. Se ven con una determinación total. Vi cómo les hablaba su emir. Los galvanizaba. Los arengaba. Cada una de sus frases estaba puntuada con versículos o citas del Corán.
“No hay discurso alguno en que no se evoque a Dios. Mientras habla el emir, las tropas esperan, escuchan, beben las palabras del maestro. Ese siempre es muy respetado porque es el primero en querer morir. Enseña la vía a los demás, que lo siguen con una fe ciega…
“Su objetivo es crear una república islámica. Para alcanzar ese ideal, están dispuestos a todo, por supuesto a la muerte, que no les asusta. Al contrario, la llaman, la buscan. Por la noche, cuando se reúnen, sólo hablan de ella. El emir los incita a matar. Si es necesario, seré el primero en morir, les dice siempre. Todo lo que es enemigo de Dios, taghut, tiene que ser eliminado. La muerte es su culto. Para sus oraciones escogen los versículos del Corán en que se habla más de la muerte. Los recitan al unísono…
“Exactamente como en las sectas, se ven condicionados de manera extrema. Se exacerba su odio. Se les prepara para la muerte, que se vuelve la finalidad de sus existencias. El acceso al paraíso y la felicidad suprema se merecen, y mientras más maten, más posibilidades tendrán de alcanzarlos. El discurso es de una sencillez aterradora. Y funciona porque los emires se dirigen a jóvenes perdidos, casi sin educación. Jóvenes que ya no esperaban nada de la sociedad y que fueron reclutados en las mezquitas. No se trata de un discurso político. No se basa en doctrina alguna. No tiene el Islam como fundamento. Sólo se apoya en el Corán. La democracia, la música, son kofr, es decir, impías…
“Cuando el emir evoca la muerte, siempre lo hace en términos muy suaves. El paraíso es miel, torrentes de leche, de dulce. La muerte en el djihad permite tener acceso a placeres sin fin.
“Los terroristas se dicen mudjahidines, combatientes. En la Tierra sólo les preocupa una cosa: matar en nombre de Dios. Todo el resto está prohibido. No tienen derecho a placer alguno. Pero el paraíso los liberará de todas las prohibiciones. Cada vez que un mudjahid muere en combate, las puertas del paraíso se abren para él y para 60 miembros de su familia. Basta arrepentirse y dedicarse totalmente a la religión para que todos los pecados estén perdonados.
“Gracias a estas nociones primarias y simplistas, los integristas reclutan muy fácilmente entre los delincuentes y los criminales. Pensaba que me iba a tocar escuchar grandes discursos estructurados. Pensaba que me iban a tocar `sesiones’ con los responsables políticos del grupo. Nada de eso. Sólo tienen una palabra en la boca: matar.
“Esa palabra la oí centenares de veces durante mi secuestro. Cuando Rabah Tambuli fue asesinado, fue el grupo que me mantenía secuestrado el que reivindicó su muerte. Otro enemigo de Dios que se alegraban de haber eliminado. Para ellos ese sociólogo, catedrático de la universidad de Tizi Uzu, militante del RCD (Reagrupación para la Cultura y la Democracia), `destruye en sus escritos y su enseñanza la religión musulmana, falsificaba la verdad coránica’. Rabah Tambuli era un demócrata y un auténtico resistente.
“El grupo tiene una jerarquía singular. Para volverse emir, es preciso haber matado mucho. Ellos mismos reivindican una organización distinta de la de las Fuerzas Armadas, porque en sus rangos no hay grados. Y también porque los responsables siempre se encuentran en la primera línea. Quizá lo único que diferencia a un emir de los demás es su conocimiento perfecto del Corán. Para las tropas, el emir es también la encarnación del valor, del coraje. El responsable del grupo que me secuestró no tenía más de 25 años; la edad de sus hombres oscilaba entre 18 y 22 años.
“Es esa juventud lo que resulta más asombroso y lo más aterrador. Hay muchos menores de edad…
“Gran parte de la vida de los mudjahidines está dedicada a las oraciones. Cinco por día. Hay cantos y sollozos. Es preciso llorar mucho. Con fervor. Estas lágrimas demuestran que el creyente ya alcanzó la fe suprema y que está dispuesto a morir. (…) El resto del tiempo leen el Corán o escuchan casetes del Corán. Sus grandes maestros son Abassi Madani y Alí Belhadj (líderes del FIS actualmente encarcelados). Son objeto de un auténtico culto, una admiración sin falla, con quizás una preferencia por Alí Belhadj.
“El nivel de instrucción es bastante limitado. Muchos debían vivir en la calle, sin trabajo, sin verdadera formación profesional. La mayoría pertenece a familias miserables, numerosas. Presas fáciles, adoctrinados en la mezquita, se fueron después al monte. El poder carga con la responsabilidad de ese desastre. Estos jóvenes son los excluidos de un sistema que nunca logró integrarlos. Un sistema basado en la corrupción, el abuso, la mentira y que acabó con ese gigantesco fracaso.
“Cuando en las mezquitas se levantaron voces para denunciar al régimen, estos muchachos las escucharon. Tan sencillo como eso. Los integristas aprovecharon su ignorancia y su desasosiego social. Y ahora están en el monte animados por una fe diabólica, embrujados, a mi juicio irrecuperables. (…) Lo repito: el poder generó el integrismo. Me opongo tanto al FLN y al poder que hoy nos gobierna como a los integristas; se llamen FIS o GIA, son la misma cosa. Chadli Bendjedid (último presidente argelino miembro del FLN, apartado del poder por un golpe militar en 1991) capituló. Fue tan corrupto como los demás. Liamin Zerual, quien lo derrocó, es igualito. Hoy en Argelia los cambios de personas son meras mascaradas. Con sus vacilaciones y sus errores políticos, los responsables acumulan las catástrofes…”
Después de haber sido condenado a muerte, Lounés Matub soportó varios días de terror absoluto. A cada instante esperaba ser ejecutado. Luego sostuvo nuevas pláticas con los emires. Le explicaron que querían que fuera su intermediario con la resistencia cabila. Por supuesto, no le hablaron del levantamiento popular que había provocado su secuestro. Finalmente, la noche del 10 de octubre, fue liberado. Dos días más tarde, tres de los jóvenes que lo habían secuestrado llevaron a su casa mensajes que Matub debía entregar a los líderes de la resistencia cabila. El cantante cumplió ese requisito. Pero no su promesa de nunca volver a cantar.
“En cuanto a mi lucha, no hay ambigüedad alguna: sigo. No son estos 15 días de infierno los que me harán ceder. Durante mi detención, es cierto, anuncié que dejaría de cantar. Mis palabras están grabadas, los casetes comprueban el hecho. Pero me estaba jugando la vida. Es cierto que les prometí dejarlo todo y comprar una tienda, sin recurrir a la ayuda financiera que me proponían.
“Hoy lo afirmo, lo grito. Nadie ni nada podrá callarme. Seguiré denunciando lo inadmisible. Pienso en los míos, mi público, la gente que amo. Lucho por todos ellos. Asumo mi combate. No cambiaré una sola palabra de lo que he escrito.
“Tengo que subrayar lo siguiente: el día que me secuestraron, en el momento que mis secuestradores me empujaron a mi propio coche, era un hombre muerto. Durante 15 días no esperé nada, medí el odio que les inspiraba, no tenía ninguna posibilidad de salir vivo de eso. Centenares de veces imaginé la escena de mi asesinato. Centenares de veces viví mi muerte. Viajé hasta el final del horror. Hoy a nada temo.
“Matar, matar, matar. Hoy todavía sigo escuchando esta palabra. A veces pienso que me va a volver loco. Pues que lo sepan ellos: sólo lograron afianzar más mi determinación. Lucharé aún con más fuerza.”
La liberación de Matub provocó gran alegría en toda Kabilia, en los Aurés, en las grandes ciudades de Argelia. Presionado por su familia y sus amigos, Matub salió del país. Viajó un poco. Escribió un libro. Dio dos conciertos en París. Y ahora planea regresar a Kabilia.

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