Los discursos de Gabriel Figueroa ante la Sociedad de Fotógrafos de Cine de Estados Unidos

Se reproducen aquí los dos discursos de Gabriel Figueroa Flores al recibir el Premio Internacional de la Sociedad Americana de Fotógrafos de Cine: el primero, breve, verbal, y el segundo, escrito por Figueroa para ser leído por Pedro Armendáriz. El actor lo leyó en inglés con traducción de Pilar Mata. Ambos discursos los entregó a Proceso el propio Figueroa
Jorge Luis Borges, el gran poeta argentino dijo… que debemos tomar en consideración el momento, porque la vida se construye de momentos. Esta noche es un buen ejemplo… este es… este es mi momento… mi gran momento emocional por tener el honor y el placer de recibir el Premio Internacional de la Sociedad Americana de Fotógrafos de Cine, cuyo presidente es el señor Víctor Kemfer, y del director, mi buen amigo, el gran fotógrafo Stanley Cortez. También tengo el privilegio de unirme a dos grandes fotógrafos, Freddy Young y Jack Cardiff, a los que conocí en México. Perdónenme… no quisiera ya torturarlos más con mi mal inglés… voy a dejar que Pedro Armendáriz continúe.
Gracias.

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En 1957 Jack Cardiff invitó en la ciudad de Londres a Gabriel Figueroa a visitarlo durante la filmación de El príncipe y la corista, estelarizada por Lawrence Olivier y Marilyn Monroe.
Tres cosas importantes sucedieron ese día: el encuentro con Jack, la halagadora alusión de Olivier al trabajo de Gabriel y el encuentro con un hombre muy alto que al presentarse dijo: “Mr. Figueroa, my name is Arthur Miller”.
Miller estaba interesado en saber si Figueroa había visto una puesta en escena de su obra Las brujas de Salem, dirigida por un director japonés en México (Seki-Sano). “La vi y me gustó mucho, sobre todo por el gran paralelo que logró establecer usted entre las brujas y los horrores políticos del macartismo, que han destruido la cultura estadunidense”. Figueroa ignoraba que Arthur Miller acababa de ser citado a declarar por el comité macartista en Washington, y que compartían el mismo destino.
Después, cuando Figueroa hacía con Luis Buñuel El ángel exterminador, irrumpió en la filmación Marilyn Monroe. No se conocían, pidió hablar con él. El encuentro fue una especie de mensaje cariñoso y solidario en recuerdo a la plática con Miller.
La vida de Gabriel Figueroa relacionada con Hollywood comenzó formalmente en 1935, cuando recibió una beca de la Empresa Cinematográfica Latinoamericana de México para estudiar en California.
Llegaba por vez primera a Norteamérica con una carta de recomendación de su maestro Alex Phillips señor, dirigida a Gregg Toland, quien hacía Splendor con Miriam Hopkins.
Toland adoptó muy pronto a Figueroa como discípulo en el más alto sentido profesional: lo mantuvo cerca; siguió su trabajo y lo recomendó. Quizás descubrió la intuición fotográfica de Figueroa cuando éste le confesó no poder descubrir cómo había logrado hacer esas sombras en la película Los miserables. Toland las había pintado. Terminada la beca, cuando Toland viajaba a Acapulco, pasaba por la ciudad de México para ver el trabajo de su discípulo. En uno de estos encuentros, viendo rushes, platicaron de cómo Toland había desarrollado el “panfocus” en El ciudadano Kane. Este pensaba que para Figueroa era una guía importante a seguir en la búsqueda de un estilo fotográfico. Figueroa le expresó su más profunda admiración por el resultado visual y dramático de la película pero le explicó que para lograr el “panfocus” se requería demasiada luz y que el presupuesto de las producciones mexicanas no podía solventarlo.
Le propuso entonces que lo probara al “estilo mexicano” en su próxima producción, y Figueroa le llevó a cabo este homenaje en una de las más famosas secuencias de la película Río escondido.
Por diferencias con John Ford, Sam Goldwyn no permitió a Toland salirse de su contrato con él para filmar El fugitivo en México. Toland recomendó entonces a Figueroa diciéndole a Ford que existía en México un discípulo suyo que tenía más fuerza que él.
La recomendación de Toland vendría acompañada de otro de los “momentos” importantes, de suerte, como los llama Figueroa. Ford envió a Miria C. Cooper (productor y director del primer King Kong) a ver su trabajo. Los rushes que Cooper vio fueron la escena final de Enamorada, en la cual Gabriel cree, hasta la fecha, haber logrado el mejor de los finales filmados por él.
Ford y Figueroa trabajaron en El fugitivo. Por el resultado de la película y las anécdotas relatadas por ambos después de ella, es evidente el enorme interés que tenían por continuar juntos. Ford le propuso entonces firmar un contrato por tres años con él, y el gobierno estadunidense le negó el permiso de trabajo.
Hollywood quedó en su vida como un espacio de formación profesional y una oportunidad para conocer entrañables amistades y el trabajo de otros fotógrafos, como Stanley Cortez, Lee Garmes, James Wong How, Bert Glenon y George Barnes.
Figueroa comenzó a desarrollar un estilo que para él es difícil definir. Sin embargo reconoce tres puntos de partida: El expresionismo alemán de los veinte; Einsestein en el Acorazado Potemkin, y la experiencia con su maestro Toland. Dice: “comencé a trabajar para tener un estilo. Estudié primero a los flamencos, en especial a Rembrandt. De España a Velázquez, por sus perspectivas, y a Goya con sus Caprichos. En México a los grabadores Posada y Leopoldo Méndez y a los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y Alfaro Siqueiros, para quienes era yo un muralista en movimiento”.
Su apego, amistad y reconocimiento hacia los artistas de esta extraordinaria época en la plástica mexicana, hicieron que Figueroa no aceptara la propuesta de Sam Goldwin, a la muerte de Toland, para que éste continuara el contrato de su maestro en Hollywood, por los próximos diez años.
Respondió con lo que todavía sostiene: “fuera de mi país me sería imposible encontrar un estilo propio al tener que fotografiar todo lo que la productora me proponga y no lo que mi sentido común me dicte”.
La velocidad para encontrar el emplazamiento correcto de cámara, el ángulo y el cambio de gamas es de lo que Figueroa habla cuando se refiere a su estilo: “…en blanco y negro, cuenta, la gama era 6.5. En Río escondido la bajé a 5, y en Tierra del Fuego, Argentina, donde el sol permanece el día completo a 45º, pedí una prueba de 400 ft con gama 9, 9.5 y 10. Recibí el telegrama más hermoso de toda mi carrera, decía: `Gama 9.5 exacta, es el material de más alta calidad procesado en este laboratorio'”.
Sumados el encuadre y el ángulo de cámara a la utilización de filtros infrarrojos durante el día, en muy poco tiempo las imágenes de Figueroa se relacionarían a una definitiva autoría artística reconocida nacional e internacionalmente. El cronista mexicano Carlos Monsiváis escribió en un artículo: “Figueroa’s best work is what moving pictures are all about. That which struggle to say but cannot find the words”. (*) Una muy larga vida de trabajo y de relaciones personales acompañan la biografía de Gabriel Figueroa. Resumirla sería hablar de un destino de compromisos profundos en el sentido amoroso, artístico y político. Sin haber pertenecido jamás a un partido ha sido siempre un hombre de causas. Quiero rápidamente recordar que abrió su casa y su vida a los emigrados republicanos españoles, a los perseguidos por el macartismo y a los huelguistas de la mina de Nueva Rosita, Coahuila, en México. Que trabajó para formar y fundar el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica Mexicana; que apoyó la huelga de los laboratorios de Hollywood, así como la del Politécnico mexicano, y en especial, que junto con B. Traven ayudó a Esperanza López Mateos, su prima, a llegar a Nueva York para recolectar dinero en un sombrero entre la comunidad judía, para que Dobb Grunner zarpara en el Exodos a establecer el gobierno de Israel. Más tarde la comunidad israelita mexicana fundaría una escuela con el nombre de Esperanza.
Carlos Fuentes resumió este caleidoscopio biográfico en un artículo: “El creador Gabriel Figueroa ha sido inseparable del hombre político Gabriel Figueroa… Enemigo de todos los fascismos, de todas las opresiones, Figueroa no ha necesitado armarse de dogmas rígidos o ideologías ciegas para ser un hombre libre, un hombre decente y un gran artista. Es un honor llamarse su amigo”.
Su participación en las causas anteriores condicionó que de las 224 películas que hoy conforman su filmografía ninguna fuera filmada en los Estados Unidos de Norteamérica, ni obtuviera jamás permiso para trabajar en este país.
Hoy que Gabriel Figueroa es distinguido y homenajeado por la American Society of Cinematographers por su trabajo como director de fotografía, mexicano, durante más de 50 años, cabe una reflexión sobre la naturaleza del arte, sobre este lenguaje universal, en su más profundo sentido estético, que hoy confirma no reconocer ni territorios ni fronteras.
(*) La cita de Monsiváis fue tomada de una publicación en inglés y dice: “El mejor trabajo de Figueroa representa la sustancia de lo que el cine es. Eso que pretende decirse y para lo que no hay palabras”.

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