Con un solo brazo y a contracorriente

Casi todas las historias de éxito en el deporte parapanamericano y paralímpico se escriben pese a las autoridades que no brindan a los atletas el apoyo que sí dispensan a los competidores “normales”. Así ocurre con el nadador sudbajacaliforniano Armando Andrade Guillén, quien obtuvo ocho medallas en los pasados Juegos Parapanamericanos Guadalajara 2011 y debe sufragar él mismo sus gastos de entrenamiento y transportación. Además, el gobierno de Baja California Sur se niega a indemnizarlo por el accidente en el que hace 10 años perdió el brazo izquierdo.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- “Mamá, mi brazo ya no sirve”, sollozó Armando. Tenía sólo seis años. “¿Cómo que no sirve?”, le preguntó su madre. “No, mamá, porque quiero mover mi mano y no puedo. Ya no sirve”, explicó con sus palabras de niño. “No importa, hijo, tienes otra manita”, le dijo la mujer para consolarlo. “Sí, pero es que con ésta escribo”, agregó el pequeño.

El niño estaba internado en un hospital de La Paz, Baja California Sur, a consecuencia de un accidente automovilístico. En el percance quedó atrapado bajo un autobús desvencijado. Tenía el brazo izquierdo destrozado. Su mano pendía pegada a la piel. Los deditos morados.

En ese momento las radiografías no revelaron la gravedad de la lesión. El traumatólogo Martín Abaroa se aventuró a decirle a Bertha, la madre del niño, que creía que podía salvar al menos la mitad de la extremidad, quizá un poquito más abajo del codo. Sin embargo, la mamá de Bertha, una mujer dura, enfermera de profesión, sabía que su nieto perdería el brazo izquierdo. “No hay mayor dolor que una madre le diga eso a otra, y más si esa madre es su hija, pero ella me habló con honestidad”, recuerda.

Transcurrida una hora de que Armando entró al quirófano, los médicos mandaron llamar a sus padres. Ahogada por la incertidumbre, a Bertha se le hizo infinito el pasillo del hospital. Pensaba en su hijo ya muerto. Las malas noticias le carcomían la cabeza.

“El doctor dijo que la lesión estaba peor de lo que creían. ‘Si quieres que tu hijo tenga una esperanza de vida vamos a tener que amputarle casi todo el brazo. Le voy a dejar su hombro y un pequeño muñón para que pueda usar prótesis’, comentó.

Ahí le dije a Dios: ‘Es más tu hijo que mío. Tú sabes lo que haces’. Solté a mi hijo. No había garantía de que viviera. Una cosa era amputarle el brazo y otra evitar una septicemia porque la herida pegó en tierra y además por la edad que tenía. Creo que eso es la fe: entender que lo que está pasando es por algo, aunque no lo comprendamos”.

Si alguien merece el título de rey de los Juegos Parapanamericanos Guadalajara 2011 ese es Armando Andrade Guillén, nadador mexicano de 16 años que obtuvo ocho medallas: cuatro oros, tres platas y un bronce en su primera participación en una justa continental.

En la natación, México concluyó en segundo lugar, detrás de Brasil, con un total de 60 metales, de los cuales 20 fueron de oro, 21 de plata y 19 de bronce. Andrade forma parte de la nueva camada de jóvenes –Vianney Trejo, Enrique Reyes y Gustavo Sánchez– que pusieron al país como potencia continental en este deporte. Además, cuenta con amplias posibilidades de tener una participación exitosa en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, donde la delegación azteca aspira a 24 plazas, el doble de las que se tuvieron para Beijing 2008.

El joven tritón obtuvo preseas doradas en las pruebas de 100 metros estilo libre (1 minuto 04 segundos 28 centésimas); 100 metros mariposa (1 minuto 08 segundos 22 centésimas); 200 metros combinado individual (2 minutos 38 segundos 86 centésimas), y 50 metros libre (29 segundos 74 centésimas). En todas implantó récords panamericanos.

Las tres platas las ganó en 100 metros pecho individual y como miembro de los relevos 4×100 metros libre y 4×50 metros libre, mientras que el bronce cayó en la prueba de 4×100 metros relevo combinado.

Para Guadalajara 2011, el nadador sólo tenía programadas cuatro competencias en la modalidad individual, pero sus excelentes actuaciones hicieron que los federativos lo incluyeran en los equipos de relevo.

“Los Parapanamericanos representaron la coronación de muchos esfuerzos. Yo fui sincera cuando tuvo el accidente. Le dije que su brazo nunca iba a salir y que debía aprender a hacer con el brazo derecho lo que antes hacía con el izquierdo. Se esforzó y lo hizo. Esa fortaleza se hereda, se transmite. Creo en la educación por imitación. A mis hijos siempre les he dicho: ‘Si ustedes no se rinden yo no me rindo. Si yo no me rindo ustedes tampoco’. Y está probado que él se convierte en otro ser cuando se avienta al agua”, reflexiona Bertha.

Tragedia

La devoción por nadar se la inculcaron sus padres a Armando y sus hermanos desde que en 1996 dejaron la Ciudad de México para mudarse a La Paz. Armando y su gemelo, Alberto, tenían apenas un año; aún no sabían caminar y ya pataleaban y se mantenían a flote en las aguas de la bahía.

Cuando los niños estaban a punto de salir del kínder, su hermano mayor, José Carlos, tuvo que viajar a San José del Cabo donde disputaría un partido de futbol americano con Frailes, equipo en el que ya tenía algunos años jugando.

Los entrenadores invitaron a las familias a que acompañaran a los jugadores. Todos se trasladarían en un camión de la Academia Estatal de Policía que habían rentado. Volverían a casa después del encuentro. Bertha no pudo ir con su esposo e hijos, pues se quedó al frente del negocio de pollos adobados que les daba sustento.

Cuando venían de regreso, el chofer del camión Ubaldo Vizcarra se empeñó en tomar la carretera de San José, que es la más larga y peligrosa. Nadie pudo persuadirlo de viajar por la que va de Cabo San Lucas a La Paz. Como a las ocho de la noche Bertha comenzó a angustiarse. Su familia no había regresado. Trataba de comunicarse con su esposo por teléfono móvil, pero la llamada no entraba. Intentaba tranquilizarse pensando que no había señal en la carretera.

Casi a las 11 de la noche, por fin, su esposo Juan Manuel la llamó. El hombre no hallaba cómo explicarle que a la altura de Santa Rosa, el chofer perdió el control y el camión se volcó. No sabía cómo decirle que José Carlos tenía una tremenda herida en la cabeza que lo dejó bañado en sangre y que en cada centímetro del cuerpo de Alberto había miles de diminutos trozos de vidrio encajados. Buscaba cómo contarle que Armando estuvo atrapado en la oscuridad del monte, entre la tierra y los cuerpos, hasta que fue rescatado.

“Dice mi marido que oía los gritos de mis hijos y que Armando le decía que le dolía el brazo porque nunca perdió el conocimiento. Mi esposo trataba de desenterrarlo y le limpiaba la tierra de la cara. Le decía que no hablara para que no se tragara la tierra. Los rescatistas rompieron las ventanas y por ahí sacaron a los niños y a los demás, pero para sacarlos a ellos tuvieron que usar gatos hidráulicos para levantar el camión. Dice mi esposo que cuando alzaron el camión se dio cuenta que el brazo de Armando estaba deshecho”, narra.

Ya sin su brazo izquierdo, Armando permaneció 72 horas en terapia intensiva. Su familia rezaba para que pegara en el muñón un injerto de 10 centímetros cuadrados de piel que los médicos extrajeron de la pierna izquierda.

“Cuando ya estábamos por cumplir las 72 horas fue casi como si hubiera vuelto a parir a mi hijo. Esperar otra vez el parto, que nazca bien y todo esté en su lugar. Fue como ir a dar un paseo al infierno. No comí. No tomé agua. No podía moverme de donde estaba. No podía separarme un segundo de él porque decía ‘si se muere quiero estar aquí’. Quienes lo atendieron ahí fueron unas pediatras que no se cómo pueden ser médicos de niños. Les falta ante todo calidad humana. Yo estaba llorando cuando mi hijo todavía estaba inconsciente y una de ellas me dijo: ‘Guarde sus lágrimas para ahorita que lo tenga que llevar a enterrar’. Le dije: ‘Mírame a los ojos, mi hijo va a salir de aquí caminando’. No sé quién era ella. Ya olvidé su rostro y su nombre”.

Durante un mes Armando permaneció internado en el hospital Salvatierra. A los 15 días, comenzó a sentirse mejor. Estaba tan contento que le dijo a su mamá que le hiciera una fiesta para celebrar que no había muerto. El doctor Abaroa autorizó que se usara uno de los jardines del nosocomio para que recibiera a sus compañeritos del kínder que le llevaron fruta, gelatina y pastel. El niño bajó en una silla de ruedas todavía con una bolsita de sangre conectada con una pequeña manguera a su vena.

“Los niños se le acercaron y le preguntaban: ‘¿Qué te pasó? ¿Qué es eso? ¿Dónde está tu brazo?’. Y las mamás en los rincones lloraban. De pronto Armando les dijo: ‘¿Por qué tanta tristeza si esto es una fiesta? Les voy a contar un chiste…’

“Ese momento fue muy significativo. Creo que cuando naces guerrero lo demuestras desde chiquito. Yo nunca he visto llorar a mi hijo por lo que le pasó; por otras cosas sí, pero por eso nunca. Quien lo vivió lo va a recordar como un ejemplo de fortaleza.”

Humillaciones, amenazas…

Hasta que el médico dio de alta al niño y el personal de administración le pasó la cuenta a la familia, Bertha pensó por primera vez quién debía pagar esa suma que hoy ya ni recuerda a cuánto ascendía. Aunque el chofer era empleado del gobierno estatal, nadie asumió la responsabilidad.

Bertha y su esposo juntaron 6 mil pesos. Los papás de los jugadores de Frailes y los de los compañeritos del kínder cooperaron para costear los gastos del material para atender al niño. No había más. Entre el cuidado de sus otros hijos y el de Armando, Bertha y su esposo descuidaron el negocio familiar. Ni lo atendían ni fueron a sacar sus cosas que después les embargaron quienes les rentaban el local.

“No teníamos dinero ni para la navaja que le iba a cortar la piel para el injerto. Los primeros tres días se le ponía cada ocho horas una ampolleta que costaba mil pesos. Tuvimos que pagar la incineración del brazo y nos entregaron una constancia. Ahí tenemos las cenizas todavía. Pagamos la cuenta y saliendo del hospital, aún con el impacto de la situación, nos preguntamos quién se iba a hacer responsable de tantos daños.”

Nadie dio la cara. Con el tiempo, Armando necesitaría dos cirugías más para cortar el trozo de húmero que crecería por el desarrollo de los huesos y que se saldría de la piel. Mientras tanto, los gemelos seguían nadando en el mar. Era la única actividad que podían hacer gratis.

Desesperados por la situación y la emergencia económica los padres del menor se entrevistaron con el entonces secretario de gobierno de Baja California Sur, Víctor Guluarte Castro, para pedirle que el estado asumiera el pago de los gastos médicos.

“Le expliqué que el chofer trabaja para ellos y que también el camión era del gobierno. Me dijo que no debí haber subido al chamaco, que nosotros teníamos la culpa. Le comenté: ‘Señor, no tengo dinero para atender a mi hijo’. Se metió la mano a la bolsa y me dijo: ‘Mira, es todo lo que tengo’, y me aventó un billete de 20 pesos en el escritorio. Después, alguien me sugirió que demandara al estado y me di a la tarea de buscar un abogado. Fue muy complicado. Algunos me calificaron de loca y otros se negaron a representarme por miedo al gobernador Leonel Cota. Finalmente dimos con Rafael Ortega Cruz, quien aceptó ayudarnos y jamás no ha cobrado, ni las copias.”

En noviembre de 2001 la familia presentó la demanda, lo que despertó la ira del gobernador. Bertha fue amenazada de muerte y durante meses sufrió el acoso de quienes se supone deben resguardar la seguridad ciudadana.

“El que era subprocurador, un sujeto de apellido Palos, me dijo en su oficina: ‘Señora no sé qué pretende. Usted no es nadie, no entiende de leyes, ¿cómo se le ocurre ponerse con nosotros? ¿No le da miedo amanecer muerta?’.

“Le contesté: ‘Mira hijo de tu puta madre, mátame ahorita. Asegúrate de dejarme bien muerta, desgraciado, porque si no me matas se van a acordar de mí toda la vida’. Nos fuimos. Nos intervinieron los teléfonos. Por la casa durante meses pasaban las patrullas de judiciales.”

Tras 10 años de litigio, en este momento la demanda se encuentra en un Tribunal Colegiado, pues el juez local condenó al gobierno estatal a pagar los daños, sentencia que fue apelada.

Después de que Armando fue operado para recortar el hueso que había crecido, el médico le sugirió que practicara natación como terapia para fortalecer el muñón y recuperar el equilibrio que perdió por la falta de su extremidad izquierda. Así llegaron los gemelos, con nueve años, a una alberca pública donde conocieron al profesor Francisco Guillén Patiño, quien vio en los niños potencial para competir.

La meta: Londres

En 2006 Armando participó en la Olimpiada Estatal. Compitió contra nadadores convencionales ante quienes ganó sus primeras medallas. Su desempeño le abrió la puerta para la Olimpiada Nacional de 2007, en Puebla, hasta donde viajó la familia para ver ganar al pequeño de 11 años tres preseas doradas en la competencia de deporte amateur más importante de México.

“Exactamente el 9 de junio de 2007, seis años después del accidente, estábamos llorando, pero ahora de alegría. Para nosotros fue una compensación. En ese entonces yo todavía decía ‘cambio todas las medallas por no vivir las penalidades que pasamos’. Ahora ya lo veo de diferente manera. Armando no dimensionaba lo que pasaba. Eran triunfos que tampoco teníamos idea de a dónde nos iban a llevar. Jamás nos lo imaginamos. No era la meta. Ellos nadaban por terapia, era algo recreativo. Qué bueno que gastamos en trajes de baño y no en psicólogos porque durante años mi hijo mayor se sintió culpable de lo que sucedió.

“A Armando le gustó ganar. Recuerdo su cara de felicidad. Cuando se enteró de que le iban a dar dinero por sus medallas, se puso muy contento porque por primera vez iba a tener algo que él había conseguido”, narra Bertha.

Por problemas con el entrenador, el joven tritón no compitió en 2008, pero un año después regresó a la Olimpiada Nacional en Sonora. Para acompañar a Armando a sus competencias, la familia vende ropa de segunda, tamales o lo que sea, pues los salarios del papá y de la mamá no alcanzan para sufragar los gastos.

En esa competencia Armando se convirtió en seleccionado nacional. El entrenador Fernando Vélez quedó fascinado con su forma de nadar y de inmediato lo convocó para los Juegos Juveniles Parapanamericanos en Bogotá, Colombia, donde ganó cinco oros y un bronce.

En su paso como seleccionado nacional, Armando arrasó en los selectivos nacionales. En 2010 participó en el Campeonato Mundial de Holanda, y en el año que está por terminar se consagró como el mejor nadador en los Parapanamericanos.

En los próximos meses buscará calificar a los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. Con solo 16 años, el sudcaliforniano tiene un futuro promisorio. Todos los días entrena dos veces y se levanta a las 4 de la mañana para tener una sesión antes de entrar a clases.

A pesar de sus éxitos el atleta ha sido ignorado e incluso ninguneado por el gobierno estatal. El Instituto Sudcaliforniano del Deporte (Insude) sólo le otorga una beca mensual de 400 pesos que le paga con muchos meses de retraso. También le permite entrenar de forma gratuita en la alberca del Gimnasio de Usos Múltiples.

Para acudir a los Juegos Parapanamericanos la familia tuvo que endeudarse para pagar transporte, hospedaje, alimentación y hasta los boletos de las competencias, pues los organizadores sólo les obsequiaron entradas para una prueba.

“Aquí jamás nos han dado nada para poder ir con él, pero no importa, con que le dieran a él bastaría, pero ni eso. No hay becas alimenticias. Nunca le han dado un bote de vitaminas; ni siquiera la tarjeta de la leche Liconsa. Es nuestro problema y lo resolvemos. No le dan unas chanclas, un traje de baño, sólo el pants y eso porque es el uniforme. Los boletos los compramos gracias a que nos prestaron una tarjeta de crédito. Estamos endeudadísimos. Debemos todo, pero nos sabe rico. Hasta con gusto paga uno esas deudas”, asegura Bertha.

Acerca del autor

Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras y Literatura Hispánica en la UNAM. Fue reportera de información general en los noticieros Monitor de InfoRed. Desde 2000 ha sido reportera y conductora de deportes en distintos medios radiofónicos y televisivos. Estudió la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos en el CIDE.

Comentarios