Un expaparazzo francés, Apesteguy, recuerda arrepentido “la cacería humana y la futilidad” en que vivió diez años. Condenar a los “paparazzi”, “una gigantesca hipocresía si quedan impunes las agencias, revistas y consorcios que lucran y corrompen”

Desde el accidente automovilístico que costó la vida a la princesa Diana, a Emad Al Fayed y a su chofer Henri Paúl, la noche del 30 al 31 de agosto en París, no han cesado las falsas revelaciones, las informaciones manipuladas y los rumores difundidos por poderosos medios de comunicación masiva. Entre las manifestaciones preocupantes del frenesí de estos medios destaca el verdadero “linchamiento” que han hecho de los paparazzi, acusados de haber provocado el accidente desde antes de que se iniciaran las investigaciones judiciales correspondientes. Y lo más grave es que la justicia francesa se dejó llevar por esas pasiones: sin tener hasta ahora prueba alguna de la responsabilidad concreta de los paparazzi, los jueces encargados del caso decidieron confiscar las credenciales de dos de ellos, Romuald Rat, de la agencia Gamma, y Christian Martínez, de Angeli, medida que viola el Código del Trabajo y que causó controversia en Francia. Reporteros sin Fronteras, al igual que otras organizaciones, denunció el hecho y subrayó la gravedad de los cargos que los jueces presentaron contra nueve fotógrafos: “No asistir a personas en situación de peligro, homicidios involuntarios y heridas involuntarias”. Además, recordó a los jueces que “la justicia debe impartirse con calma y serenidad, lejos de las presiones de la opinión pública”. El viernes 19 se anunció que Trevor Rees-Jones, guardaespaldas de Emad Al Fayed, único sobreviviente del accidente (también el único pasajero del Mercedes que llevaba puesto el cinturón de seguridad), había sido considerado apto para ser interrogado por los investigadores, a pesar de la gravedad de su estado de salud. Su testimonio es considerado como un elemento capital en la investigación.
¿Quiénes son los paparazzi hoy satanizados? Para tratar de entender la mentalidad de estos fotógrafos, Proceso entrevistó a Francis Apesteguy, quien durante diez años fue uno de los más famosos, más temidos y más eficientes de Francia.
PARIS.- “Lo que me sorprendió en el accidente de la princesa Diana fue que algo semejante no hubiera ocurrido antes. Yo he vivido miles de situaciones parecidas. A veces las personas a las que perseguía estaban tan fuera de sí, que hacían locuras, conducían en sentido contrario, y yo hacía lo mismo…”, explica Francis Apesteguy.
De 1972 a 1982, Apesteguy fue uno de los mejores en su especialidad. Las agencias más conocidas, como Sipa, Angeli y Gamma, se peleaban sus fotos. Jackie Kennedy le tenía pavor; Onassis y su hija huían de él como de la peste. Provocaba pesadillas a Romy Schneider y llevó varias veces a Catherine Deneuve al borde de la depresión.

Era tan arquetípico, que el cineasta Raymond Depardon lo escogió como personaje de su película documental Reporters, realizada en 1980. Ahí se ve a Apesteguy persiguiendo en forma despiadada al actor norteamericano Richard Gere.
Después de diez años de paparazzo, Apesteguy se hartó e inició una nueva carrera de fotógrafo de actualidad, que le permitió recorrer el mundo. Desde hace dos años sólo se dedica a grandes reportajes de fondo para la agencia Gamma.
A pesar de la distancia que tomó respecto de su pasado, Apesteguy aceptó recordar la época en que “vivía sumergido en la cacería humana y la futilidad”. Lo hizo un poco a regañadientes, con una mezcla de pudor y honestidad. A veces le faltaban palabras para describir lo que fue y cómo dejó de serlo.
No es un intelectual, es un hombre de acción, un estupendo profesional, un aventurero que se descubrió a sí mismo a lo largo de 25 caóticos años de convivencia con su carrera.
Es también un hombre “lleno de coraje”, que denuncia el mercantilismo de los dueños de los grandes grupos de prensa que transforman cada vez más la información y a los periodistas en “productos rentables”, a los paparazzi en “monstruos” y a los lectores en “consumidores drogados por escándalos y chismes estúpidos”.
“No sé si algunos de los fotógrafos que perseguían al Mercedes tienen o no responsabilidad indirecta en el accidente; hay que esperar que acabe la investigación. Pero me parece abyecto enjuiciarlos solamente a ellos. Es todo el sistema perverso en el que vivimos al que hay que enjuiciar, y eso no se hará nunca”, dice con amargura.
Estamos sentados en un modesto café de un suburbio de París. Apesteguy pide una cerveza, prende un Gitanes y, casi con timidez, recuerda:
“La escuela me aburría. Era un alumno pésimo. Nunca acabé la secundaria. Mis padres y mis profesores entendieron que era un caso perdido. Dejé el colegio y a los 17 años empecé a trabajar como asistente de un fotógrafo de moda. Lo ayudé y lo observé durante dos años. Cuando cumplí los 19, decidí que me las podía arreglar solo. Junté mis ahorros, pedí 100 francos a toda la gente que conocía, me compré dos cámaras y salí para Belfast, donde la situación estaba difícil. Fue mi primer reportaje de actualidad. Empecé a trabajar con Sipa Press, una agencia muy pequeña entonces.
“Me dediqué a temas de actualidad durante un tiempo y no tardé en toparme con los paparazzi. Me contaron lo bien que la pasaban. Me pareció mucho más divertido que lo que hacía.”
–¿No le había gustado reportear en Belfast, por ejemplo?
–La verdad es que era muy joven. No medía realmente lo que estaba en juego allá. Ni me importaba mucho. Tomé fotos. Corrí riesgos para tomar fotos fuertes. Fue todo. ¿Por qué esta gente se peleaba? Eso no me interesó mayormente.

La cacería humana

–¿Por qué la parecía divertido lo que hacían los paparazzi?
–Me contaban que su trabajo era una cacería, una mera cacería. Se veían excitados. Eran como los duros de las películas. Me lancé a trabajar con ellos. Después me lancé solo.
–¿Y le resultó excitante?
–Por supuesto. Lo que me fascinaba era que realmente perseguía a un animal.
–¿Un animal?
–La persona que uno caza es un auténtico animal. El paparazzo la ve así. Y al ser perseguida por un paparazzo, esa persona no tarda en comportarse como un animal acosado. Se esconde. Intenta escapar. Se defiende. Pasa de la defensiva a la agresividad. Se asusta. Comete errores. Cae en las trampas que uno le prepara. O las descubre y las evita. A mí eso me excitaba.
–Una auténtica cacería humana…
–Exacto.
–¿Y eso le provocaba excitación?
–En esa época me excitaba más de lo que usted puede imaginar. No hay que perder de vista que una presa siempre tiene más posibilidades de escapar que el cazador de atraparla. No es nada fácil. Además, muchas veces me golpearon. Por eso cuando atrapaba a mi presa, me decía a mí mismo que lo había merecido. Y era cierto. Era mi trofeo.
–Entonces se volvió cazador…
–Sí. Adopté la mentalidad del cazador. Un paparazzo funciona con esa mentalidad, la cual, por cierto, nada tiene qué ver con la de un policía que persigue a alguien.
–¿En qué es distinta?
–Es difícil decirlo. Conocí a bastantes policías; casi todos sólo sentían asco o desprecio ante sus víctimas. Cuando era paparazzo nunca sentí cosas parecidas ante mis animales. Si usted habla con cazadores, comprobará que sienten algo ante la pieza que acosan. Yo también sentía algo con las mías.
–Algo… pero ¿qué?
–Una especie de sentimiento… No era amor… no era afecto… Era… un extraño lazo afectivo.
Apesteguy acaba su cerveza de un solo golpe, pide otra. Mira atentamente los gestos de la mesera.
“Intento recordar bien esa época para poder explicarle mejor.”
Nuevo trago de cerveza. Nuevo silencio.
–Fíjese… curiosamente casi nunca me lancé a cazar a una persona por la que no sintiera absolutamente nada. El policía no funciona así. Por eso insisto en que existe una especie de lazo afectivo entre el paparazzo y su presa. ¿Me entiende?
–No sé… Debe tratarse de una especie de afecto bastante perverso, en todo caso…
–Por supuesto. Es un juego muy especial. Entran bastante elementos pasionales allí. A veces se llega hasta sentir odio.
–De parte de la persona cazada, sin duda…
–Y de parte del cazador también, cuando no logra atrapar a su presa.
–Cuando no lograba su cometido, ¿aceptaba darse por vencido?
–No.
–¿Concretamente, cómo se organizaba para perseguir a sus víctimas?
–Lo principal es mantener una vigilancia constante sin que nadie se dé cuenta de nada.
–Me imagino que usted tenía sus “soplones”, empleados en grandes restaurantes, discotecas y hoteles, veladores de edificios…
–Los soplones… Bueno, obviamente cada quien tiene los suyos… Pero… No es lo más importante. Lo que cuenta es vigilar, saber observar y esperar. Las presas siempre dejan huellas y señales que, con la experiencia, uno percibe.
–Como un detective privado.
–Exactamente. Hay que tener mucha paciencia y nervios de acero.
–Se dice que el paparazzo que logró fotografiar a Juan Pablo II en traje de baño en su piscina dedicó ocho días y ocho noches a esa aventura.
–No lo dudo. Es la única manera de atrapar semejante pieza de caza mayor. Yo llevé batidas que duraron semanas y semanas. Es complejo: uno debe ser sumamente paciente, pero cuando la pieza sale un segundo de su madriguera hay que ser súper rápido para capturarla justo en ese segundo. A veces, cuando me cansaba de estar al acecho, me lanzaba sobre otro animal, para descansar un rato. Y luego volvía sobre el que se me escapaba.
–¿Nunca abandonó una pieza?
–No. Nunca.
–¿No podía dejar de volver a cazarla?
–No.
–Pero entonces eso se estaba convirtiendo en una especie de obsesión. No sé… casi una dependencia… una droga…
Silencio. Apesteguy se vuelve pensativo.
–En esa época no me daba cuenta de eso. Pero ahora, con la distancia… hay que reconocer que había algo obsesivo en todo esto… Tiene razón… una especie de dependencia…
–¿El hecho de acosar a alguien durante meses y meses para robarle una parcela secreta de su intimidad no le planteó nunca el mínimo problema?
–Ya le dije. Me golpearon más de una vez.
–No. No me refería a eso. Sino a problemas de conciencia.
–Durante diez años, no. Un paparazzo no piensa en esas cosas. Un paparazzo no piensa, caza. Punto. Si piensa, deja de hacer ese trabajo. Fue lo que me pasó.
–¿Ganó mucho dinero?
–Bastante. Muchísimo más que en este momento. Y me divertí como enano.
–¿Cuánto más ganaba que en este momento?
–Hoy gano a duras penas la tercera parte de lo que ganaba entonces.
–Bueno, de los 20 a los 30 años se la pasó cazando a gente famosa, llenándose los bolsillos y divirtiéndose…
–Exactamente. Para mí todo eso era una gigantesca farsa. Mi vida era una farsa y me gustaba así. Las cacerías, el dinero, los trofeos, la gente del medio, la excitación. Pasarla en grande. Estaba totalmente sumergido en ese mundo de futilidad. El resto me valía madre.
–¿Qué pasó? ¿Qué lo hizo cambiar?
Larguísimo silencio.
–Bueno… Empecé a sentir algo raro, una especie de malestar que no lograba identificar.
Nuevo silencio.
“Me llegó de repente, como puede llegar un dolor de muela o de cabeza. Al principio pensé que era pasajero, que iba a pasar. Pero siguió.”
–¿Era físico? ¿Psíquico?
Nuevo silencio.
“¿Usted piensa que es realmente interesante hablar de todo esto?”
–Lo creo.
Otro silencio.
–¿Era físico o anímico ese malestar?
Apesteguy prende de nuevo un cigarro.
–Era bastante confuso. Un poco todo al mismo tiempo… Una especie de malestar interior… Intentaba rechazarlo. Negarlo. No lo lograba. Di vueltas y vueltas… Y finalmente no pude escapar.
–¿Escapar?
–Tuve que enfrentar una pregunta muy simple y profundamente desestabilizadora.
–¿Cuál?
–¿Para qué sirve lo que estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo de mi vida? La respuesta no se hizo esperar. Me contesté: trabajo para embrutecer a la gente. A partir de allí me quedaron dos posibilidades: pisotear mi malestar, volverme totalmente cínico y seguir hasta reventar. O dejar las pendejadas. Me costó trabajo, pero escogí la segunda. Dejé el trabajo de paparazzo y me dediqué al fotorreportaje de actualidad. Cubrí todo en todas partes. Acontecimientos políticos, huelgas, terremotos, catástrofes…
–¿La agencia con la que trabajaba aceptó sin problema perder a uno de sus mejores paparazzi?
–Sin problema. Más allá de lo que puedo pensar de ellos ahora, esos diez años de experiencia como paparazzo me permitieron adquirir una formidable experiencia profesional. Fue una tremenda escuela. Sé que trabajo rápido y bien. Tengo ojo y reflejos. Eso me sirvió bastante durante los trece años que dediqué a la actualidad.
–Pero hace dos años, usted volvió a cambiar de orientación. ¿Por qué?
–La actualidad cansa. La inmediatez agota. Es demasiado apremiante. Además, con mayor frecuencia me sentía acorralado para hacer “fotos organizadas”.
–No entiendo.
–Eso me ocurrió sobre todo con los políticos. Estamos totalmente sumergidos en el mundo de la “imagen”. En las dos últimas décadas, sobre todo, bajo la creciente y nociva influencia de la televisión, los políticos acuden a especialistas en comunicación para crear su propia imagen, la que conviene a sus ambiciones y objetivos. No soportan que se les tomen fotos donde se ven espontáneos. Para ellos esa espontaneidad es peligrosa, porque permite distintas interpretaciones. Les aterra esa eventualidad. Quieren que haya una sola interpretación posible, la suya, la que fue elaborada por sus asesores en comunicación. No quise entrar en ese juego. Ya había vivido diez años de farsa. No quería soportar otro tipo de payasadas. Por eso me dedico ahora esencialmente a grandes reportajes de fondo.
–¿Cuál fue el último tema que trató?
–Pasé seis semanas en la India, donde viven miles y miles de refugiados tibetanos perseguidos, martirizados y expulsados de su propio país por los chinos. Viven en tugurios, en condiciones muy precarias. Tomé fotos verdaderas, al desnudo, para poder contar a la gente la tragedia del exilio tibetano. Evité caer en el folclorismo: los colores, las costumbres… Busqué captar su total desesperanza.
“Al Dalai Lama le duele que los reporteros se limiten a describir y fotografiar la superficie, el ‘espectáculo’ del exilio de su pueblo. Me hundí en su desdicha diaria y ahora quiero que mis fotos sean un testimonio de su inmenso dolor. Me acompañó una reportera de la agencia, que hizo un texto muy fuerte. Pero no sé si alguna revista comprará ese material.
–Lo siento escéptico.
–Soy lúcido. Hoy día las revistas están cada vez más invadidas por futilidades, beautiful people, las estrellas de cine y televisión… Hay cada vez menos espacio para historias reales, historias que, además, afectan los intereses políticos y económicos, nacionales e internacionales.
El tono de la voz de Apesteguy se va haciendo más duro.
“Un fotógrafo que regresa de Chechenia o de Ruanda después de haber arriesgado su vida para hacer su trabajo, puede esperar vender sus fotos por 2,000 dólares, si le va bien. No es gran cosa si se toma en cuenta el costo de la vida aquí. El paparazzo que atrapa a la princesa Diana o a Carolina de Mónaco o al Papa en su piscina gana 50 veces más. Mínimo. Ese es el sistema en el que vivimos.
–Desde el fallecimiento de Diana, se multiplican las polémicas en la prensa europea y se tiende a decir que los lectores piden ese tipo de revistas escandalosas.
–¡Qué gigantesca hipocresía! ¿Quién inyecta cada vez más veneno a los lectores? Somos nosotros. Les inyectamos droga; entonces, lógicamente, se vuelven dependientes, piden más y más, como todos los toxicómanos. Y cuando ocurre una tragedia, se les acusa de ser idiotas y viciosos. Es asqueroso. Les vendemos una droga muy barata: 12 francos (alrededor de 2 dólares). Es lo que cuestan las revistas europeas que se nutren de chismes y escándalos, las más leídas por cierto: 48 millones de lectores. El lector es tan sólo la base de la pirámide.
–Veamos esa pirámide…
–Después de los lectores, están los paparazzi que hacen lo que se les compra. Arriba están las agencias de fotos fascinadas con ganar el dinero que obtienen con sus “exclusivas” y que se lavan las manos diciendo que la culpa la tienen las revistas… Más arriba están las revistas, de las que dependen económicamente las agencias. Esas revistas pertenecen a importantes grupos de prensa. Pero eso no acaba allí. Esos grupos pertenecen a gigantescos consorcios económicos, encabezados por un presidente-director general todopoderoso. Y ya hemos llegado a la cima de la pirámide. ¿Quiénes son estos nuevos dioses? Grandes industriales, empresarios, tiburones de la finanzas, que controlan gran parte de la prensa escrita, las cadenas de radio y de televisión.
Apesteguy sube la voz. En el café, tres personas que se encuentran en la barra lo escuchan atentos y mueven la cabeza en señal de aprobación.
“Esa gente nada tiene que ver con el periodismo. Consideran a la prensa como un negocio más. Convierten todo en producto: informaciones y periodistas. Ven a los lectores como meros consumidores. Linchar a los paparazzi y a los lectores, como se está haciendo ahora, es una gigantesca hipocresía. La investigación dirá si los paparazzi que rodearon el coche accidentado de la princesa Diana tuvieron una actitud delictiva. Si la tuvieron, serán castigados; pero los verdaderos responsables, los que corrompieron todo el sistema con su afán de lucro y rentabilidad, quedarán impunes.
Apesteguy considera ocioso dar los nombres de esos responsables. Pero Denis Robert, excolaborador del matutino Liberation, presentó en su penúltimo libro una lista no extensa de los verdaderos dueños de la mayoría de los medios de comunicación masiva franceses.
–¿Usted conoce a los nueve fotógrafos que la justicia investiga actualmente?
–Algunos, más o menos. Por supuesto, conozco a mi colega de la agencia Gamma, Romuald Rat, uno de los dos paparazzi cuya credencial de prensa fue confiscada por el juez.
–¿Por qué se tomó esa medida contra él?
–Rat fue uno de los primeros en llegar al coche accidentado. Tiene un diploma de socorrista. El dice que su primer reflejo fue abrir la puerta del Mercedes y tomarle el pulso a Diana. Me contó que Diana estaba muy agitada. Rat le pidió que se calmara, que no se moviera. Pero mientras estaba en eso, todos sus colegas tomaban fotos. Entonces tomó su cámara y empezó a disparar también.
–Es atroz.
–Por supuesto que es atroz. Todo eso es una monstruosidad. El sistema convirtió a los paparazzi en monstruos.
–¿En su época de paparazzo usted hubiera tomado el pulso de Diana o sacado fotos?
–Estoy aquí sentado en un café… tomando mi cerveza… Dejé ese mundo hace 15 años… ¿Qué le puedo decir?… Honestamente no sé lo que hubiera hecho.
–¿Es una respuesta?
–Por supuesto que lo es.

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