Jorge Carrión analizó la corrupción en México

Hace 25 años Jorge Carrión, entonces miembro del Instituto de Investigaciones Económicas (IIE) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), analizó en profundidad la corrupción en México como concepto, como reflexión sociológico-filosófica. La serie de textos, que ahora han acrecentado su  validez, se encuentran en la antología El sistema político mexicano, compilada en 2010 por Josefina Morales, Marta Quesada y Oscar Alzaga para ambas instituciones. Este es un resumen realizado por Raquel Tibol, quien fuera colega del intelectual en la revista Política dirigida por Manuel Marcué Pardiñas entre 1960 y 1967.

El espíritu crítico y el conocimiento irónico, que el doctor Jorge Carrión utilizaba con certitud, le dan a su examen una actualidad que conviene resumir, dada la expansión en nuestro país de ese enorme mal social. Se entiende que en mi resumen todas las palabras son de quien en 1938 se recibió de médico cirujano con la tesis “La prostitución de México”.

La explotación del hombre por el hombre es la matriz en que prosperan y crecen todas las formas de corrupción.

No puede decirse con facilona simplicidad que la corrupción “somos todos”. No: si algo disgusta a toda la mayoría que es el pueblo trabajador, es la carga adicional que sobre sus espaldas y el aparejo de la inflación, de los salarios del miedo y hambre, de la desapacible intemperie y los andrajos del vestuario, es al corrupción.

Conviene al poder público, que no es sólo el Estado y es muy pesadamente el económico de los privilegios, ofrecer de vez en cuando ejemplos de corrupción y ceñir ésta a los espacios “dentales” de las “mordidas”, la venalidad, los siempre explicables enriquecimientos “inexplicables”. Hacerlo así permite eludir el carácter político social de la corrupción.

La corrupción más directamente ligada con la explotación del trabajo: la que une a empresarios, industriales, comerciantes, provistos casi todos de contabilidades dobles y aun triples.

La obtención de permisos, “aliviane” de trámites, concesiones rápidas, concursos ganados a la ligera, peritajes concedidos a solicitud (¿lo quiere favorable o desfavorable?), es el verdadero tejido conjuntivo de la corrupción. Combatirla equivaldría a destruir el sistema mismo.

Existen casos de corrupción que no lo parecen. ¿No lo es que oscuro y mediocre exrector universitario acuda a jurar, brazo en alto, ante la Comisión Permanente del Congreso que gozará con “fidelidad a la patria” de la beca diplomática en Italia que se le otorgará al nombrarlo embajador? (se refiere al médico Octavio Rivero, rector de la UNAM en 1981-1984). ¿Y no lo es que un encumbrado oligarca, cuyo origen como tal se remonta a un individuo estadunidense que durante la Revolución se autosecuestró y exigió millonario rescate, imparta lecciones de economía política moral? (se refiere a William Jenkins, cónsul estadunidense en Puebla, cuyo autosecuestro ocurrió en octubre de 1920).

Que la Ley de Responsabilidades de Funcionarios Públicos dejara de ser garrote vil para carteros y modestos conserjes, y se convirtiera en flamígera espada contra los secretarios de Estado ladrones, contra los jefes de departamento enriquecidos con la dizque aplicación de la reforma agraria.

Las leyes de la burguesía están hechas para proteger y defender a ésta. Aún las que, como la de Responsabilidades de Funcionarios Públicos, parecen forjadas para protegen intereses colectivos, son únicamente leyes simuladoras que corresponden a la reiteración por la burguesía burocrática en el poder, de una moralidad, una honestidad y una eficacia sólo existentes en la propaganda electoral en los informes presidenciales y en las promesas de los candidatos a la presidencia de la república.

Los nexos de la oligarquía en el poder son precisamente los de la deshonestidad, los muy poderosos que establecen la complicidad en la corrupción; en fin, los vínculos de explotación en que se basa la unidad ideológica de la clase burguesa. Si la explotación de las masas es la esencia de la clase en el poder, la corrupción resulta un mal menor, aledaño. Pero es para la burguesía incrustada en el aparato de gobierno el más sólido cemento y la coraza más dura en la defensa de su dominio.

La corrupción en el manejo de las cosas del Estado no solamente beneficia a la oligarquía burocrática y la toma invulnerable dentro de la trinchera de la complicidad, sino que establece nexos con los otros sectores de la burguesía que se aprovechan de la corrupción oficial para aumentar los privilegios de que gozan.

¿Acaso la oligarquía en el poder va a poner fin a la corrupción de los líderes sindicales y de las organizaciones campesinas? ¿No es sobre el fangal de esa corrupción como el aparato electoral del gobierno obtiene “arrolladoras victorias” que a la vez demuestran, según los voceros oficiales, el admirable adelanto cívico del pueblo y su ya casi putrefacta madurez política?

La burguesía no se va a golpear a sí misma con las leyes que redacta para proteger sustancialmente un sistema que, juzgado desde el punto de vista moral, se funda en la corrupción esencial de la explotación de una clase por otra, y en la propiedad privada de los instrumentos y medios de producción. Al lado de esta corrupción esencial la muy hedionda de los funcionarios públicos huele a ámbar.

Los principales beneficiarios de la corrupción no son los humildes carteros, el hambriento policía de esquina, el empleado de ventanilla que alarga la mano para que ésta, mediante unos cuantos pesos, se guíe certera en la búsqueda de expedientes y la fluidez del trámite. No, “la corrupción no somos todos”. La corrupción auténtica es la que se infiltra no por contacto de las manzanas podridas. Dimana ante todo del ayuntamiento entre la corrupción privada de las grandes empresas y negocios, y la oficial. Y de ella derivan no sólo los desmesurados negocios con pies escondidos, pero de lodo; también las reetiquetaciones, los kilos de 800 gramos, el fraude de la calidad menguada, la violación de las normas cuantitativas y cualitativas en el gran comercio, la alteración de las facturas, la evasión de impuestos… Ciertamente la mano oficial tiene y sujeta la pata.

Los insondables abismos sociales que la corrupción alcanza en tiempos de crisis del sistema.

“La corrupción somos todos” dicen voceros oficiales y empresariales, diestros en hacer “transparente”, es decir invisible a la corrupción. Pero el clamor popular en contra, la lucha aún incipiente de los trabajadores en el nivel organizado independiente, la crítica de la corrupción, demuestra que ésta en el país es ya síntoma de declinación histórica de un sistema caduco, podrido.

La persecución sistemática emprendida por caciquillos medianos y menores y caciques magnos, contra los mexicanos progresistas, la clase obrera y campesina y las luchas de liberación en cualquier sector social, verifican en la práctica la nueva, compleja trama en que se teje el cacicazgo en todo el país, y sus componentes económicos acordes con la existencia de una burguesía antinacional y proimperialista.

Mientras se mantengan intervenidas las organizaciones obreras y campesinas –en dimensión regional y nacional–, se reprimas los derechos de asociación, protesta y reunión de los ciudadanos; se insista en el fraude y el monopolio político como sistema y procedimiento electoral; y se declare contumazmente la identidad de la riqueza y los privilegios de una minoría con el progreso de México, no se podrá hablar sin agravio de la verdad, ofensa a la honradez e insulto al pueblo mexicano de la liquidación del caciquismo. Ese seguirá siendo oprobio y realidad de la nación.

He de cerrar este resumen, que ejemplifica la lucidez de Jorge Carrión como analista social y político, con una frase expresada por él en 1965: “De espaldas al pueblo no se defiende a México”.

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