Ante la coedición de tres libros, María Teresa Juárez rememora angustias, pasiones, persecuciones, atentados…”Con generosidad y lucidez, Heberto Castillo impulsó a Cárdenas en 1988, y eso cambió el rumbo político de México”

La decisión de Heberto Castillo de declinar su candidatura presidencial en favor de la de Cuauhtémoc Cárdenas, en 1988, cambió el rumbo político de México. “Ahí alcanzó Heberto su verdadera trascendencia”, dice ahora María Teresa Juárez, una viuda orgullosa, al repasar momentos imborrables de su vida en común. “Fue un acto de generosidad y de amor a su patria, un acierto de enorme lucidez política”.
Heberto, recuerda, “estaba plenamente convencido de que juntando las simpatías que tenía el ingeniero Cárdenas con las que tenía él había altas probabilidades de alcanzar la victoria en las elecciones. No se equivocó. En realidad siempre consideró que esa fórmula era la mejor, y desde antes de iniciar su campaña como candidato del Partido Mexicano Socialista (PMS), le propuso a Cuauhtémoc que asumiera la postulación, pero el ingeniero no aceptó”.
A dos años de la muerte del político veracruzano –ocurrida el 5 de abril de 1997– y en ocasión de la presentación de tres libros coeditados por la Fundación Heberto Castillo Martínez, AC, y Ediciones Proceso, que recogen su trabajo periodístico en este semanario, su compañera, a lo largo de 44 años, revive a saltos, en una extensa conversación, diversos episodios de una historia que conoció de logros y alegrías, pero también de esfuerzo tenaz, dolor, persecución, cárcel y sobresaltos sin cuento.
En los relatos de Tere Juárez –presidenta de la fundación que recoge el acervo de su marido–, la vocación política de Heberto Castillo despertó a raíz de su relación con el expresidente Lázaro Cárdenas y quedó definitivamente marcada por su estancia de dos años en la cárcel de Lecumberri, luego de los sucesos de 1968.

Maestro e imitador

Cuando ellos se casaron, en noviembre de 1953, Heberto era un muchacho de 25 años de edad recién egresado de la Facultad de Ingeniería de la UNAM. “Nos casamos creo que muy enamorados los dos”, rememora su viuda, con un dejo de confidencia. “Yo no sabía que tenía esa inquietud política en la sangre. Era un muchacho que a mí me parecía atractivo, guapo, sumamente inteligente. Le gustaba contar chistes, imitar voces. En las reuniones familiares era el centro de la atención, porque se ponía a imitar a los cómicos de aquel entonces, a los personajes de la radio, como el Monje loco. Era muy chistoso.
–¿No pensaba entonces en la participación política?
–Entiendo que no. Tenía inquietudes sociales, eso sí. Hasta que entró en contacto con el general Cárdenas. Él había sido maestro de Cuauhtémoc en Ingeniería, y Cuauhtémoc lo invitó a algunos viajes con su papá. Pienso que la gran admiración que siempre sintió por el general hizo que naciera en él un deseo de seguir ese camino por transformar este país. Transformarlo hacia una sociedad más justa, más libre; un país más independiente. Pero en aquel entonces no hablaba de una militancia política ni mucho menos; estaba dedicado a sus clases como maestro en la Facultad de Ingeniería.
Como profesor, Heberto tenía fama de estricto. “Con el tiempo entendió que no era un buen maestro. Decía que el buen maestro tiene que ser un poco más flexible y él había sido demasiado rígido, duro”.
Tere y Heberto se conocieron seis años antes de casarse. Ella estudiaba en la Escuela Nacional de Maestros y ahí trabó amistad con las hermanas de Heberto. Se encontraban en los tés danzantes que se organizaban en esa escuela. Duraron tres años de novios.
El inicio de su vida matrimonial fue como la de cualquier pareja joven de clase media, con sus apuros económicos. Un año después de casarse, en 1954, nació el primero de sus cuatro hijos, Heberto, que estudió arquitectura y se dedicó a la música. En 1955, nació Javier, el segundo, arquitecto dedicado a la construcción, y en 1956, Héctor, médico veterinario, doctorado en genética. Laura Itzel, la única mujer, arribó en 1957. Estudió también arquitectura y diseño, y acabó por dedicarse a la política, activa militante hoy del Partido de la Revolución Democrática (PRD), candidata a la secretaría general del partido en la elección de la dirigencia nacional prevista para este domingo 14 de marzo.
Tere había sido educada en la religión católica; Heberto era ateo. “Eso fue motivo de discusiones durante nuestro noviazgo, porque yo no podía entender que él no creyera en Dios, cuando yo era una católica practicante. Cuando nacieron nuestros hijos el tema volvió a debatirse, y aunque accedí a dejarlos que crecieran sin inculcarles una religión para que ellos decidieran cuando crecieran, a mí en el fondo siempre me quedó la angustia de que mis hijos no habían sido educados en la religión cristiana. Cuando en el 68 conocí y traté al obispo (de Cuernavaca) Sergio Méndez Arceo, le platiqué mi inquietud. Y él me dijo que la gente confunde los esquemas con la realidad, que Dios no es esa imagen o ese crucifijo que está en una iglesia; que Dios somos nosotros mismos y que aquel que ayuda, que apoya a sus semejantes está más cerca de Dios que los que se dicen cristianos. Me dijo que dejara de preocuparme, que él sentía que Heberto era más cristiano que muchos que se ostentan como tales. Y sí, ahora pienso: Heberto era un cristiano en la práctica”.
–¿Ideológicamente, cómo se definía?
–Siempre, siempre decía que era un hombre de izquierda, nada más. Porque ubicaba a la izquierda como esa fuerza ciudadana que lucha por eliminar privilegios, a partir de que todos al nacer tenemos los mismos derechos. Aunque tampoco aceptaba que sólo por el hecho de haber nacido tiene uno derecho a cosas por las que no ha trabajado.
“A Heberto le molestaban las ‘capillitas’, como él les llamaba, de los comunistas. Decía: `Si me voy a quedar con una Iglesia, prefiero la Iglesia católica, porque tiene mejor música, mejor arquitectura, mejor pintura, cosas más agradables que las de los comunistas, porque ahí el dogma es una verdad que no se discute’. Nunca aceptó dogmas de nada. Tenía que llegar a deducir por sí mismo para afirmar algo.”
–Cuando sus hijos eran niños, ¿cómo era el trato de Heberto con ellos?
–Jugaba mucho con ellos. Les enseñó a jugar beisbol, a jugar canicas. Teníamos un jardín grande donde los niños podían practicar algo de beisbol. A él le apasionaba el beisbol. Les compró las manoplas y luego los inscribió en la liga Olmeca. Además de ser un aficionado fanático –su equipo favorito siempre fue el de los Tigres de México–, practicaba el beisbol, aún ya casado. Cuando los muchachos crecieron, entonces jugaban frontenis. Y se vanagloriaba de ganarles. Hasta dos meses antes de morir, jugaba frontenis con ellos. A mí me impresionaba su entrega, porque parecía capaz de morir en cada partido. Así era su temperamento: cuando hacía algo, se entregaba totalmente. También discutía mucho con ellos. Así los enseñó: todo se pregunta, todo se discute, todo se analiza. Una postura crítica, siempre. Y a veces tenían discusiones muy agrias.

La marca del 68

Aunque había participado en el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) a partir de su relación con el general Cárdenas, Heberto no era un militante político activo cuando se desencadenó el movimiento estudiantil de 1968.
En la estancia de la casa que compartieron en la etapa final de su matrimonio, rodeada de pinturas al óleo que el propio Heberto realizó durante su estadía en la cárcel, Tere recuerda:
“Él participaba en la Coalición de Maestros por Libertades Democráticas, pero de ninguna manera era líder del movimiento estudiantil, como lo manejó el gobierno cuando lo acusó junto con Elí de Gortari, José Revueltas, Fausto Trejo y otros de ser los instigadores. Él siempre lo dijo: ‘El movimiento fue exclusivo de los estudiantes y ellos nunca nos dieron autoridad para participar. Lo más que podíamos hacer era tomar la palabra y darles nuestra opinión, pero nunca intervinimos en las decisiones’. Achacarles la dirección del movimiento fue una mentira absoluta.”
Luego de escapar de Ciudad Universitaria por los pedregales y de esconderse durante meses en casas de diversos amigos –”Si te agarran te van a matar”, le previno el general Cárdenas en esos días aciagos–, Heberto fue recluido en Lecumberri el 13 de mayo de 1969. Permaneció preso justamente dos años, hasta el 13 de mayo de 1971.
Fue en la cárcel, dice su viuda, donde Heberto entendió que hacía falta en México un instrumento de lucha que fuera realmente de los mexicanos, con raíces nacionalistas, que se identificara con el ideario de Hidalgo, Morelos, Villa, Zapata, Madero, Lázaro Cárdenas.
“En la cárcel empieza a estudiar historia de México. Y publica un libro que no tiene mayores pretensiones, sobre la Revolución Mexicana. Entiende entonces, por la formación científica que tiene, que si no se analizan las raíces de nuestro pueblo, de nuestras luchas, de nuestra idiosincrasia, no nos vamos a entender. Y piensa que es necesario que exista en México apertura para un partido político diferente del PRI, del PAN –que representaba a la clase media alta, a los empresarios–, del PPS –que tenía la extracción de los socialistas europeos–, y también a las catacumbas de los grupitos comunistas que nunca actuaban a la luz pública porque no podían, no se les permitía. Entiende que falta algo que sea realmente atractivo para la mayor parte de los mexicanos. Y por eso al salir de prisión se decide hacer un llamamiento para auscultar, recorrer el país y llamar a organizarse.”
Emociona a Tere el recuerdo de aquellos años:
“Hoy esto puede sonar ridículo, porque ya hay una apertura; pero en aquel momento, ir a la calle, a los pueblos y gritar con un magnavoz: ‘Vengan, vengan, vengan, júntense, organícense’, era una proeza. La gente empezaba a asomarse con mucha cautela, con miedo. Los primeros en acercarse eran los niñitos. Y ya poco a poco, cuando los adultos entendían el mensaje, que les hablaban en el mismo idioma, que les llegaban al estómago y al corazón, empezaban a acercarse. Pero se recibían muchas agresiones. Y hasta a la cárcel fuimos a dar, en Sonora.
“A larga distancia no se piensa que era una lucha verdaderamente de románticos. No se entendía cómo un puñado de ciudadanos sin dinero –viajes en segunda, hoteles de quinta, comidas en fondas– recorrían el país con el ideal de organizar a los mexicanos.”
El esfuerzo cristalizó en septiembre de 1974 con la fundación del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT).

Más fuerte que el amor

“Cuando sale de prisión me dice: ‘¿Sabes qué?: que ya no voy a regresar a la Universidad. Ya no voy a dar clases, ya no me interesa la ingeniería; lo que quiero es hacer un trabajo político’. Aunque, por otro lado, sí le interesó la ingeniería, porque rescató su patente de la tridilosa, y esa inquietud por la investigación en ingeniería siguió. Y qué bueno, porque de alguna manera de ahí vivíamos, ya que el trabajo político siempre fue para dar, no para recibir. Cuando era diputado en la LIII Legislatura, todo su sueldo lo entregaba al PMT. También gran parte de lo que ganaba con sus contratos.
“A la postre, también entendió que eso fue un error, porque muchas veces la gente se molesta por esos rasgos, ya que puede pensar que son protagónicos. En realidad, no teníamos dinero ni existían las prerrogativas del IFE que ahora tienen los partidos. Así, la participación de la familia fue muy importante en la construcción del PMT, porque la familia trabajaba, recibía el dinero, lo administraba y lo entregaba al partido. Fue un trabajo conjunto. Yo nunca fui secretaria de Finanzas, pero llevaba los libros, llevaba las cuentas, vendía los libros, organizaba las cenas, los festivales musicales, las subastas de cuadros. Y en todo ese trabajo cooperaban mis hijos.”
–¿Además del mero apoyo al esposo, al padre, se fueron involucrando en el proyecto del PMT?
–Formaba ya parte de nuestra vida. Es como un órgano: usted no puede vivir si le falta el hígado o los riñones. Llegó a penetrar de tal forma dentro de la familia, que todos nos sentíamos parte de ese PMT. Claro que, al mismo tiempo, siempre fuimos muy discriminados, porque los líderes son propiedad de la gente, de sus seguidores. No les gusta que les quiten ni un pedacito de su líder: es de ellos.
“Y también muchas veces engrandecen a los personajes, les aumentan cosas. Por ejemplo, el hecho de que el trabajo tan intenso que hicimos nosotros nunca haya sido reconocido: era exclusivamente Heberto. Era imposible que Heberto, viajando por todo el país, pudiera atender todos los demás aspectos de la organización. Ni que fuera Supermán… Pero la gente así lo consideraba.
“Se necesitaba un equipo, y el equipo lo tenía en casa. Claro que no nada más era ése: En el partido había gente que también lo apoyaba mucho y le entregaba mucho. No es trabajo de un solo hombre. Sí, tiene el mérito de haberlo encabezado, porque no siempre hay quien quiera encabezar un trabajo así, con sus riesgos.”
–¿Nunca lo vio quebrado?
–No, menos en esa época. Era un hombre que se cansaba y que llegaba muchas veces a desesperarse. Tenía un carácter violento. Aquí en casa, ya sabíamos. Le decía que era como la música que va in crescendo; entonces, antes de que empezara el in crescendo, a tranquilizarlo. Pero algunas veces sí tuvo discusiones fuertes en el partido. En la política se dan pasiones más fuertes que en el amor. Son unos odios espantosísimos. Un odio pasional amoroso no es nada junto a eso. Y a todos los niveles de la política se dan: se ponen piedras, se dan golpes bajos…
Tere, reflexiva:
“El desanimarse y pensar que su vida la había desperdiciado, nunca. Se hubiera muerto. Decía que era como el oxígeno, que el día en que a él lo sentaran en una banca y le dijeran: ‘Tú ya no puedes andar recorriendo el país, ni en los mítines ni en las protestas’, se moría. Por eso pienso que, como se agravó al final, de haber sobrevivido, habría sobrevivido con muchas limitaciones. Creo que fue lo mejor, porque no hubiera podido soportar una vida sedentaria, tranquila, ‘normal’. ¿Qué mejor que hasta el último momento haya estado viajando, activo, en la Cocopa? Me decía que tenía muchas preocupaciones por Chiapas. Con esa pena sí se fue. La otra fue su acervo: le preocupaba que quedara por ahí regado o fuera mal utilizado por alguien.
–¿Heberto era un hombre difícil?
–Para algunas personas debe haber sido difícil el trato con Heberto; pero en general creo que no. Fricciones debe haber tenido muchas con Vallejo, por ejemplo. Ese señor era muy difícil; aunque muchos me dicen: ‘También Heberto era muy difícil’. Tal vez. Yo le decía: ‘No me voy a quedar callada’. Y cuando a mí no me parecía algo, llegamos a tener discusiones fuertes en relación a táctica política o a decisiones políticas. ‘Mi visión puede ser la del pueblo, no soy líder ni visionario’, le decía.
Tere, enternecida:
“Era muy cariñoso. Esa ventaja tenía. Sumamente cariñoso. Por eso se ganaba mucho a la gente, porque transmitía afecto; pero también era violento, muy exigente a veces… Pienso que como ser humano tenía defectos, pero eran más sus virtudes…”
–¿Cuáles fueron los momentos más difíciles?
–Políticamente siempre está uno en el filo de la navaja. En noviembre de hace tres años, me aventaron un balazo al salir de Plaza Loreto. Fuimos a merendar a Sanborns. Nos estaban esperando. A la salida estaba una Suburban. Cuando salimos empezaron a gritar, mentadas de madre. Y se oyó un balazo y cayó en la camioneta, de mi lado, él manejando. Debe haber sido mi ángel de la guarda, porque el balazo pegó en el poste de la camioneta: por diez centímetros… Y en Chiapas, cuando él era candidato a la Presidencia, me apuntaron los militares con los rifles, a mí.
“Sin embargo, lo que más me angustió ocurrió en el 68, cuando yo andaba huyendo con los niños. Y el momento más crítico, cuando los Halcones entraron a la casa, en 1971: fue un episodio espantoso. Heberto logró escapar por la azotea.”

Hacia el PRD

En febrero de 1987, el PMT, el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y otras fuerzas menores deciden fusionarse; nace el Partido Mexicano Socialista (PMS). Y se plantea luego la participación en las elecciones presidenciales de 1988. Heberto es elegido candidato en una contienda interna en la que participan también Antonio Becerra, Heraclio Zepeda y Jesús Hernández Delgadillo.
“Antes de iniciar su campaña –en octubre o noviembre de 1987–, Heberto invita al ingeniero Cárdenas a que encabece la candidatura, pero Cuauhtémoc no acepta. Creo que es cuando hace su última lucha por ser el candidato del PRI. No lo logra y de pronto decide tomar las siglas del PARM y lanzarse como candidato del Frente Democrático Nacional.
–¿Por qué pensó Heberto en Cuauhtémoc Cárdenas?
–Pensó en él, en primer lugar, porque consideraba que coincidía con las propuestas. Conocía a Cuauhtémoc desde que fue su alumno, muy joven, en Ingeniería; lo había tratado después en el MLN, y luego cuando fue gobernador de Michoacán. Sabía perfectamente que Cuauhtémoc es una persona honorable, que tiene la formación que le dio el general Cárdenas, y que coincidía con las aspiraciones y los planteamientos del PMS. Creyó que además podía tener el carisma que el pueblo estaba buscando y que no aparecía desde que el general murió. Sin embargo, en aquel momento, el ingeniero no aceptó y cada uno emprendió su propia campaña electoral.
–Y la decisión de declinar, ¿qué tanto la pensó, qué tanto le costó?
–Al final, casi al final de la campaña –declinó un mes antes de las elecciones, en junio–, estaba plenamente convencido de que juntando las simpatías que tenía Cuauhtémoc y las que tenía él –mucha gente le había sugerido la unión con el argumento de que pensaban igual– había altas posibilidades de una victoria en las elecciones.
–Sin embargo, hubo también opiniones en contra, gente que no estuvo de acuerdo y le recriminó esa decisión.
–Efectivamente, la hubo. Heberto les hacía ver después a esos inconformes cómo efectivamente Cuauhtémoc había ganado la elección; que el pueblo había votado por él y que el gobierno había tenido que recurrir a un gran fraude. Y que a él, Heberto, la gente del PST no lo habría apoyado, como apoyó a Cárdenas; la gente del PPS, tampoco, ni la gente del PARM. Y que esos sectores también eran importantes para la votación. Había que ver –decía– que sólo en Cuauhtémoc se daba un candidato que aglutinaba a diversos sectores, porque en él no se daba. Si bien había sido una persona recta, con una trayectoria limpia, con 40 años de lucha, con cárcel, con represión, con sufrimiento, con un trabajo constante y permanente, no tenía la simpatía de muchos grupos que se requiere para un triunfo electoral.
–¿Usted qué piensa?
–Creo que es una de las actitudes más generosas que puede tener un ser humano. Tenía la suficiente inteligencia para percibir muchas cosas que otros no percibían. Pienso que fue un acierto de enorme lucidez política, que cambió el rumbo de este país.
El 5 de mayo de 1989 ocurre la nueva fusión y nace el PRD. “Desgraciadamente, cuando eso se da, el PMS todavía no acaba de conformarse, de consolidarse internamente. Prevalecen grupos no integrados. En esas condiciones entra en fusión con grupos muy poderosos, los que vienen del PRI, los que vienen del PFCRN (antes PST) y otros; pero sobre todo los expriístas, encabezados por el propio Cuauhtémoc y por Porfirio (Muñoz Ledo). Esto ha tenido consecuencias hasta la fecha”.
–¿No tuvo Heberto reservas ante esos expriístas?
–Cuando lo cuestionaban sobre cómo era posible que se sentara y uniera con compañeros que venían del PRI, y le preguntaban: “¿Qué no le hicieron a usted esto y lo otro?”, él respondía: “Es que yo no les pregunto a esos compañeros de dónde vienen, sino a dónde van. Y si vamos todos para el mismo camino, es mejor ir unidos para tener más fuerza”.
“Muchos compañeros –incluso los que estuvieron con él desde el PMT– que se sentían con derecho a un espacio de poder y a una mayor representatividad se desanimaron o frustraron, e incluso guardaron cierta distancia, con cierto malestar. Es entendible, porque es condición humana.”
Se pone seria Teresa Juárez:
“Cuando todos esos compañeros, ya en el PRD, le decían que debían formar un grupo, una corriente dentro del partido, Heberto –esa es otra de las cuestiones que siempre le censuraron– nunca quiso. Siempre dijo que la filiación no debe ser corporativa, y que esas corrientes eran perjudiciales.
“Ahora que ha transcurrido un tiempo de que se formó el PRD (hace nueve años), se ve que muchas veces es importante tener no precisamente una corriente, pero sí un grupo, porque da más fuerza a los planteamientos y a la lucha dentro del partido, en lugar de estar completamente aislados; pero Heberto nunca lo aceptó, y siempre defendió su postura. Y cuando los compañeros se molestaban y decían: ‘No, hay que salirse de este partido, del PRD, y crear nosotros nuestro partido otra vez’, Heberto les decía: ‘Sí, volver a ser un partidito chiquitito, un PMT, nuestra capillita, nosotros los más puros, los más buenos, los más santos, los más inteligentes, los perfectos. ¿Y qué vamos a lograr? ¿Qué es lo que queremos? ¿Transformar el país?: tenemos que tomar el poder. Hay que ser realistas’.”
–¿Era Heberto un hombre realista, o un romántico?
–Era romántico en todo. Era tan romántico, que escribió desde muy joven: escribía versos. Al final, una vez le dije: “¿A que ni sabes qué tengo?: tus poemas’. Se emocionó mucho.
“Siempre dijo que su lucha era por amor. Su lucha política es más grande por amor, porque el amor es más grande cuando se lucha por amor a la gente, dando amor.”
–Esencialmente, ¿qué le queda de su vida con Heberto?
–Eso: una vida, unos hijos; el haber compartido tantas cosas, el haber participado en una lucha que a él le permitió trascender. Hay gente que no tiene la oportunidad de trascender, y ni modo; como yo. No importa: tampoco me voy a frustrar por no trascender. Tengo esa conciencia, y por eso vivo muy a gusto.

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