El giro antiestadunidense de Echeverría era para agradar a los izquierdistas mexicanos. Kissinger minimiza el papel de la CIA en el derrocamiento de Allende y en el apoyo a Pinochet

WASHINGTON, DC.- Más de dos décadas después de salir del gobierno de Estados Unidos, Henry Kissinger sigue siendo una figura mundial controvertida. La detención de Augusto Pinochet en Londres el año pasado, por ejemplo, recordó los esfuerzos de Kissinger para deponer al gobierno de Salvador Allende, y nuevos documentos estadunidenses desclasificados están arrojando luz sobre sus relaciones cercanas con el dictador chileno en los años setenta. Ahora, en exclusiva para Proceso, Peter Kornbluh adelanta fragmentos del volumen final de las memorias del poderoso exconsejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado en los gobiernos de Richard Nixon y Gerald Ford. En el libro, de mil 230 páginas, titulado Years of Renewal (Años de renovación), Kissinger ofrece su versión sobre las relaciones de Estados Unidos con México, Chile y otras naciones latinoamericanas.

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“¡México!”, exclamaba con coraje el secretario de Estado, Henry Kissinger, quejándose en privado del presidente Luis Echeverría. “Hay una causa izquierdista anual que Echeverría usa para agradar a su ala de izquierda”, dijo Kissinger a sus asesores, en enero de 1975.
“Y siempre tiene un giro antiestadunidense. Podríamos reconocer a Castro mañana –continuó Kissinger– y, con Echeverría, el gusto duraría exactamente tres semanas. Y luego se conseguiría otra causa de izquierda. La necesita. En todo caso, él cree que la necesita.”
En Años de renovación, Henry Kissinger da a conocer su opinión sobre los líderes latinoamericanos con los que trató cuando fue secretario de Estado del presidente Gerald Ford, entre 1974 y 1977.
“Después de pagar sus cuotas a la izquierda –comenta–, los presidentes mexicanos, incluyendo a Echeverría, rara vez insistieron en su retórica (antinorteamericana).”
Kissinger explica que la “petulancia ocasional de México” hacia Washington surgía de “su resentimiento sobre injusticias previas” en la historia de las relaciones con Estados Unidos.
Esto provocaba que las relaciones interhemisféricas, como la Conferencia de Tlatelolco, fueran difíciles:
“Nuestros huéspedes mexicanos no promovieron exactamente la idea estadunidense de comunidad”, se queja Kissinger en su descripción de la conferencia. “Todo estaba arreglado para crear la impresión de que la conferencia no era un diálogo, sino una confrontación entre América Latina toda y Estados Unidos.”
Dedica varias páginas al “Nuevo Diálogo” que, según Kissinger, era su idea de “establecer y simbolizar una nueva relación especial con América Latina”.
En una reunión previa a la de Tlatelolco, con funcionarios del Tesoro y del Departamento de Estado en Washington, Kissinger expresó su temor ante la posibilidad de que los latinoamericanos “se unan más y más con los no alineados” si no se creaba una “relación especial con nosotros”.
Revela que existía un “afecto mutuo” con el secretario de Relaciones Exteriores de México, Emilio Rabasa –descrito como “altamente inteligente, un poco áspero y gran conocedor de Estados Unidos”–, el cual trató de cerrar la brecha entre la retórica de Echeverría y “los límites de la tolerancia estadunidense”. Sobre el Nuevo Diálogo, México era “símbolo del reto, una prueba interesante para la posibilidad de su solución”.
A final de cuentas, el “diálogo” fracasó en temas como el embargo multilateral contra Cuba, el comercio hemisférico y la intervención estadunidense en la región, particularmente en el caso de Chile.

Con Pinochet

“Nosotros fijamos los límites de la diversidad”, explicó Kissinger a sus asistentes mientras se llevaban a cabo los esfuerzos del gobierno norteamericano para deponer al presidente Salvador Allende en Chile. Ese punto de vista está presente en la mayoría de las páginas que tienen que ver con América Latina.
Kissinger dedica la mayor parte de su capítulo sobre Latinoamérica a presentar de manera favorable el papel de las políticas de Nixon y Ford hacia el gobierno de Allende y el régimen militar de Augusto Pinochet.
El exsecretario de Estado, que supervisó la acción encubierta contra Allende, afirma que las operaciones de “desestabilización” de la CIA son “un mito”; que los programas encubiertos concluyeron después de la toma de posesión de Allende, el 3 de noviembre de 1970.
Pero en un documento desclasificado de la CIA se puede leer: “La reunión terminó con la petición de Kissinger de que la Agencia debía mantener la presión sobre cada punto débil de Allende que esté a la vista; ahora, después del 25 de octubre, después del 3 de noviembre y en el futuro”.
En un esfuerzo extraordinario para tratar de minimizar las atrocidades en materia de derechos humanos que tuvieron lugar después del golpe de Estado contra Allende, Kissinger argumenta en sus memorias que “las brutalidades en Chile eran las de una continua guerra civil”, de la cual culpa a la “izquierda radical”.
Sin embargo, documentos desclasificados sobre “ejecuciones chilenas”, preparados para Kissinger dos meses después del golpe –que no son mencionados en sus memorias–, muestran que estaba muy bien enterado de que el régimen militar estaba asesinando a sus opositores de manera sistemática.
Lo anterior se comprueba al comparar lo que dice Kissinger sobre lo que sucedió durante la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), realizada en Santiago de Chile en junio de 1976.
Cuenta en sus memorias que Estados Unidos y México disentían respecto del general Pinochet, pues mientras el gobierno estadunidense lo aceptaba, México se distanció del dictador y, según Kissinger, por ello boicoteó la reunión.
Dice que el 8 de junio, un día antes de pronunciar un discurso sobre derechos humanos, se reunió en privado con Pinochet. En sus memorias, afirma que “un tiempo considerable de mi diálogo con Pinochet fue dedicado a los derechos humanos, que eran, de hecho, el principal obstáculo para que hubiera relaciones cercanas entre Estados Unidos y Chile. Yo le di a conocer los principales puntos de mi discurso ante la OEA, que pronunciaría al día siguiente”.
Pero de acuerdo con un memorándum desclasificado el otoño pasado, cuando fue obtenido por la organización no gubernamental National Security Archive, en efecto, Kissinger usó la reunión para informar a Pinochet por anticipado sobre lo que iba a decir, pero también le ofreció disculpas por la presión que ejercía el Congreso de Estados Unidos sobre el tema de los derechos humanos en Chile.
Según ese memorándum, Kissinger dijo a Pinochet:
En Estados Unidos, como usted sabe, simpatizamos con lo que usted está tratando de hacer aquí. Creo que el gobierno anterior iba rumbo al comunismo. Deseamos lo mejor para su gobierno. Al mismo tiempo, tenemos muchos problemas internos, en todas las ramas del gobierno, particularmente en el Congreso, pero también en el Ejecutivo, respecto del tema de los derechos humanos. Como usted sabe, el Congreso está debatiendo nuevas restricciones a la ayuda a Chile. Estamos en contra. Pero, básicamente, no queremos intervenir en sus problemas internos. No podemos ser precisos en nuestras propuestas sobre qué debe usted hacer. Pero éste es un problema que complica nuestras relaciones y los esfuerzos de quienes son amigos de Chile (…) Sería muy benéfico si usted nos hiciera saber cuáles son las medidas que está tomando en el campo de los derechos humanos. Nada de lo que digo tiene por objeto socavar su gobierno. Quiero que usted tenga éxito y que mantenga la posibilidad de la ayuda (…)
Pinochet: Estamos regresando a la institucionalidad paso a paso. Pero somos constantemente atacados por los demócrata cristianos. Tienen una voz fuerte en Washington. No con la gente del Pentágono, pero sí llegan al Congreso. Gabriel Valdez tiene acceso. También Letelier.
Kissinger: No he visto a un demócrata cristiano en muchos años.
Pinochet: (…) Letelier tiene acceso al Congreso. Sabemos que están dando información falsa. Como ve, no tenemos experiencia en el gobierno. Nos preocupa nuestra imagen (…)
Kissinger: (…) Mi discurso y nuestra posición están diseñados para poder decirle al Congreso que estamos hablando con el gobierno chileno y que, por lo tanto, el Congreso no tiene por qué actuar. Escogimos entre que yo viniera o que no viniera. Y decidimos que era mejor para Chile si yo venía. Mi discurso no es ofensivo para Chile. Noventa y cinco por ciento de lo que digo es aplicable a todos los gobiernos del hemisferio. Incluye cosas que su propia gente ha dicho.
Recibimos con beneplácito el derrocamiento del gobierno de inclinación comunista que se dio aquí (…)
Ayudaría mucho si se hicieran progresos en el tema de derechos humanos, que podrían anunciarse en paquete. Los más importantes son las garantías constitucionales. El número preciso de prisioneros es secundario. El derecho a habeas corpus es también importante. Y si nos diera información precisa sobre sus esfuerzos en materia de derechos humanos, lo podríamos usar. En cuanto a los demócrata cristianos, no los estamos usando. No he visto uno desde 1969. Queremos quitar las armas de las manos de nuestros enemigos. Es un fenómeno que tratemos con especial severidad a nuestros amigos. Quiero que nuestras relaciones y nuestra amistad mejoren. Yo exhorté a la OEA para que celebrara su Asamblea General aquí. Sabía que le daría prestigio a Chile. Por eso vine. Tenemos sugerencias. Queremos ayudarlo, no socavarlo. Usted hizo un gran servicio a Occidente con el derrocamiento de Allende. De otro modo, Chile habría seguido a Cuba. Entonces no hubiera habido derechos humanos.
En Años de renovación, Kissinger concluye su sección sobre Chile haciendo la inferencia de que su “persuasión moral” funcionó:
“En Chile, las violaciones de los derechos humanos se redujeron, especialmente después de que Pinochet desmanteló, en 1978, la agencia de inteligencia antiterrorista responsable de la mayor parte de ellas.”
Y no menciona para nada que tres meses después de su reunión con Pinochet, en septiembre de 1976 fueron asesinados en Washington el exembajador chileno Orlando Letelier y su secretaria Ronni Moffitt. Y ese atentado fue cometido, mediante un cochebomba, precisamente por la policía secreta terrorista de Chile, la DINA. (Traducción de Pascal Beltrán del Río)

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