Ruanda: Después del horror

Detrás de las sonrisas, la tragedia: sobrevivientes del genocidio y víctimas de violación, estas mujeres reaprendieron a vivir.

KIGALI.- Ruanda tiene dos nombres. Uno oficial: República de Ruanda. Otro poético: El País de las Mil Colinas. Se encuentra en el corazón de África oriental, en la región de los Grandes Lagos.

Rodeado por Tanzania, la República Democrática del Congo, Burundi y Uganda, tiene casi la misma superficie que Nayarit pero alberga alrededor de 10 millones de personas, mientras que la entidad mexicana sólo tiene un poco más de 1 millón de habitantes.

Ese país, el tercero más pequeño de África, fue colonizado por los alemanes a finales del siglo XIX y puesto bajo mandato belga por la Sociedad de Naciones en 1922 tras la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial.

Fueron las autoridades belgas las que atizaron la rivalidad entre hutus y tutsis al favorecer a los segundos, que representaban 15% de la población. En 1934 obligaron a todos los ruandeses a portar identificaciones en las que se mencionaba la etnia a la que pertenecían.

Esa medida nada tenía que ver con la realidad que prevalecía en Ruanda. La división entre hutus y tutsis era más social y económica que étnica. La gran masa hutu cultivaba la tierra y vivía modestamente, mientras los tutsis eran ganaderos, tenían más dinero y eso les daba prestigio. Pero si un hutu lograba escalar socialmente y se hacía ganadero o prosperaba como comerciante, se volvía tutsi. Y a la inversa: un tutsi se volvía hutu si hacía malos negocios y perdía su estatus. Eran frecuentes los matrimonios entre hutus y tutsis.

La mayoría de los tutsis tenía acceso a la educación, por lo que los “mandatarios” belgas los consideraron más “listos” que los hutus y les dieron responsabilidades y prebendas.

La frustración de los hutus creció, se sublevaron en 1959 y asesinaron a miles de tutsis. Los sobrevivientes huyeron en masa a los países vecinos. Dos años después los hutus acabaron con la monarquía tutsi y crearon la República de Ruanda, que proclamó su independencia en 1962.

Entre 1963 y 1966 los exiliados tutsis lanzaron acciones armadas para deses­tabilizar el régimen hutu. Cada vez fueron rechazados y los tutsis que aún vivían en Ruanda padecieron duras represalias. Muchos huyeron. En 1973 el general hutu Juvenal Habyarimana tomó el poder con un golpe militar y provocó otro éxodo tutsi.

Los exiliados no se dieron por vencidos. En 1987 crearon en Uganda el Frente Patriótico Ruandés (FPR) y su brazo armado, el Ejército Patriótico Ruandés, que multiplicó los ataques guerrilleros en Ruanda a partir de 1990. La represión aumentó.

La presión internacional obligó a Habyarimana a renunciar al régimen del partido único que había institucionalizado en la Constitución en 1978 y a instaurar un sistema multipartidista. También debió negociar con los líderes del FPR en pláticas que se llevaron a cabo en la ciudad de Arusha, Tanzania.

Pero mientras daba señales de paz y apertura, el gobierno ruandés planeaba la “solución final” al “problema” que le planteaba la existencia misma de los tutsis.

Holocausto étnico

El 4 de agosto de 1993 los rivales firmaron los Acuerdos de Arusha, según los cuales hutus y tutsis se comprometían a compartir el poder. Sólo cuatro días después se creó la radioemisora Mil Colinas, que jugó un papel capital en el genocidio al instar a los hutus a que masacraran a los tutsis.

La Minuar (Misión de las Naciones Unidas de Asistencia a Ruanda) se desplegó en el país para observar la aplicación de los Acuerdos de Arusha. En vano. Habyarimana y el ala extremista de su partido, el Movimiento Revolucionario Nacional para el Desarrollo (MRND), hacían oídos sordos.

A las ocho de la noche del 6 de abril de 1994 el avión en el que viajaban Juvenal Habyarimana y Cyprien Ntaryamira, presidente de Burundi, fue derribado por un misil mientras se aprestaba a aterrizar en Kigali, la capital ruandesa.
Hasta la fecha no se sabe con certeza quiénes fueron los autores del atentado. Dos versiones se oponen. Según la primera el operativo fue planeado por Paul Kagame, tutsi y actual presidente de Ruanda y líder del FPR, para deshacerse de su enemigo y acelerar “la reconquista” del país. La segunda asegura que el ataque sería obra de la corriente ultranacionalista del MRND, opuesta a los Acuerdos de Arusha y ansiosa de desatar un conflicto para eliminar en definitiva a los tutsis.

Sea como sea, el 7 de abril empezó el genocidio. Fue atroz. En sólo tres meses más de 1 millón de tutsis fueron aniquilados con una violencia que rebasa el entendimiento. También murieron hutus moderados opuestos a la barbarie. El 4 de julio el FPR tomó la ciudad de Kigali. Se calcula que alrededor de 2 millones de hutus huyeron a los países vecinos, mientras que casi 1 millón de tutsis regresaron del exilio a una Ruanda en ruinas, con cadáveres por doquier.

Al inicio del genocidio todos los países occidentales repatriaron a sus ciudadanos y dejaron que soldados, milicias y los hutus persiguieran a los tutsis. La ONU no hizo nada. El papel de Bélgica, y sobre todo de Francia, fue más que turbio.

Diecisiete años después de los hechos el tema sigue siendo tabú en Francia. En cambio, en 1998 Bill Clinton reconoció la responsabilidad global de la comunidad internacional en el genocidio y presentó sus disculpas al pueblo ruandés por no haber respondido a sus pedidos de ayuda. El mismo año Kofi Annan, entonces secretario adjunto para los Operativos de Paz de la ONU en Ruanda, expresó su arrepentimiento por la pasividad de la organización internacional.

El 7 de abril de 2000, Guy Verhofstadt, entonces primer ministro de Bélgica, en una ceremonia en Kigali para recordar el genocidio, ofreció disculpas por la responsabilidad militar de su país en la tragedia de los tutsis.

En noviembre de 1994 la ONU creó el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Esa instancia, con sede en Arusha, lleva 17 años juzgando a altos responsables hutus acusados de crímenes de lesa humanidad.

El periodo posgenocidio fue caótico en Ruanda. El país estaba devastado, la población traumada y los refugiados hutus en la República Democrática del Congo (RDC) se movilizaban para reconquistar el poder. Además, crisis internas sacudieron al gobierno del presidente Pasteur Bizimungu y del vicepresidente Kagame, al tiempo que se desataron guerras entre la RDC, por un lado, y Ruanda apoyada por Uganda, por otro.

Otros siete países de la región de los Grandes Lagos se involucraron en el conflicto. Sólo la intervención de Sudáfrica en 2002 permitió que Ruanda y la RDC firmaran la paz. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras ONG internacionales denunciaron matanzas de refugiados hutus perpetradas en el Congo por las fuerzas armadas de Ruanda.

El 25 de agosto de 2003 Kagame fue electo presidente para un periodo de siete años. En 2010 fue reelecto con 92.9% de los votos. Ese militar austero e inflexible dirige el país con mano de hierro y ejerce un control total sobre todas las instancias nacionales.

Casi dos décadas después del genocidio las heridas distan de haber cicatrizado. La salud mental de los ruandeses es uno de los grandes problemas que el gobierno, a instancias de las Naciones Unidas, un amplio abanico de ONG y asociaciones nacionales e internacionales, enfrentan con una voluntad de hierro pero con medios económicos y humanos insuficientes.

En una investigación publicada en 2009, dos psiquiatras de Kigali, los doctores Naason Munyandamutsa y Paul Mahoro Nkubanugishu, revelaron que 79.4% de la población de Ruanda vivió un acontecimiento traumático, 28.4% sufre desórdenes psíquicos causados por estrés postraumático y 53.93% padece depresión; de ellos, 20.49% tiene depresiones mayores.

El estudio, que se llevó a cabo a pedido del Ministerio de Salud de Ruanda y con ayuda de la Organización Mundial de la Salud, hace hincapié en la situación particular de las mujeres.

Munyandamutsa y Mahoro afirman: “Los traumas psíquicos afectan a 66.07% de las mujeres y a 33.93% de los hombres. Esa diferencia se explica en parte porque muchas más mujeres que hombres sobrevivieron al genocidio. Pero también porque todas fueron víctimas y testigos impotentes de la violencia de los hombres. La mayoría sufrió violaciones, ya que esa forma de ataque fue utilizada como arma de guerra”.

Según datos más recientes manejados por asociaciones de mujeres, 80% de las sobrevivientes del genocidio fueron violadas.

Durante dos semanas en Ruanda la reportera tuvo la oportunidad de conocer a mujeres que vivieron ese infierno. Algunas describieron su suplicio en forma directa y sobria. Otras no quisieron ser explícitas al hablar sobre las crueldades a las que fueron sometidas. Ninguna se quejó. Nunca. Todas contaron cómo lograron reconstruirse después de haber tocado fondo. Hoy muchas dedican su vida a ayudar a las que aún se debaten con traumas, problemas afectivos, económicos y sociales.

Unas participan inclusive en procesos de acercamiento entre víctimas y verdugos que ya salieron de la cárcel. Más asombroso aún: una de ellas incluso fue a realizar una intervención a una cárcel con algunos de los hutus que perpetraron esa violencia.

Todas estas heroínas anónimas de distintos orígenes sociales y edades merecían ser retratadas en esta Edición Especial. Fue necesario elegir sólo a cinco: Bellancille, Rose, Illuminée, Béatrice y Jeanne. Una sexta, Esther, fue entrevistada en Dusseldorf, Alemania, donde radica y espera con ansia su regreso a Ruanda.

Dos entrevistas se realizaron en kinyaruanda (lengua principal de Ruanda) con intérprete. Las demás se hicieron en francés. Cada una duró varias horas.

El tiempo ruandés es muy distinto del occidental y los rituales de comunicación son lentos y muy sutiles.

Una vez iniciada la entrevista surge otra sorpresa: la fuerza de la tradición oral en el modo de expresarse de todas las entrevistadas. En Ruanda no se cuenta lo que pasó en estilo indirecto. Se recrean siempre diálogos y conversaciones e inclusive monólogos interiores. La narradora interpreta su propio papel y el de los demás en un relato teatralizado. En la medida de lo posible, la reportera buscó transcribir esa oralidad.

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