Bellancille Bagirinka: Escapar a la muerte

NTARAMA, RUANDA.- Bellancille Bagirinka podría ser protagonista de una novela escrita a cuatro manos por Fiódor Dostoievski y Gabriel García Márquez. Empezaría a finales de los treinta en una de las mil colinas de Ruanda cerca de la ciudad de Butare, no muy lejos de la frontera con Burundi: una minúscula parcela, una familia campesina menesterosa y el destino implacable al acecho.

“Aún estaba en el vientre de mi madre cuando murió mi padre. Mi hermana mayor tenía un año y medio. Mi madre se mudó con la familia de su marido porque una viuda no podía quedarse sola. Nací en casa del abuelo, donde vivían también los hermanos de mi padre, sus esposas y sus hijos. Éramos muchos. Había mucha miseria y hambre.

“Murió el abuelo. La madre se volvió a casar. Nos llevó a mi hermana y a mí a la choza del nuevo marido. Era demasiado pobre también. Pronto la madre tuvo un hijo, luego otro. A mi hermana y a mí nos tocaba ir a buscar agua, leña, guardar las vacas de los vecinos, trabajar en el campo y en la casa. El marido de la madre no era mal hombre. Trabajaba mucho. Todos trabajamos mucho. No había tiempo para ir a la escuela. Por eso no sé leer, tampoco puedo escribir. Me gustaría saber leer para leer la Biblia. Pero sé contar y aprendí a reconocer algunos letreros para ubicarme.”

Bellancille se expresa en kinyaruanda, un idioma cantarín. Habla lentamente pero sin parar. Aloys, el intérprete, no se atreve a interrumpirla. Sabe que Bellancille no suele rememorar su pasado y que sólo accedió a hacerlo porque se lo pidieron personas de su confianza.

Mientras Aloys traduce, Bellancille sigue hablando. Le rogamos que nos dé tiempo. Calla un instante pero no resiste y retoma la palabra. Aloys opta por traducir en forma simultánea y eso lo lleva a apegarse más literalmente a su relato.

“Es difícil para una muchacha muy pobre encontrar un marido. Por eso mi hermana se casó con el primero que se le declaró. Pensó que iba a ser el único. Se fue a vivir con él cerca de nuestra casa y yo me quedé con su quehacer y el mío. Me sentí muy sola. En mi vida no había cariño. Mi hermana era la única persona gentil conmigo. Los demás no eran malos, pero no me veían. Sólo mi hermana me veía. Nos pusimos muy contentas cuando se embarazó. Pero murió pariendo. Lloré. Esa vez sí lloré. Rezé y lloré.”

Bellancille guarda silencio. Mira el piso.

Estamos sentados en la sala de su pequeña casa de ladrillos y techo de lámina acanalada. La pieza es monacal: dos sillones, una mesita y dos bancos de madera, todo muy rudimentario; paredes pintadas de amarillo adornadas con un calendario y un cartel con la foto del presidente Paul Kagame.

Hace sólo un año que Bellancille vive en esa colonia de la localidad de Ntarama, una hora al sur de Kigali, la capital de Ruanda. En realidad es un conjunto de 30 casas, todas iguales, construidas en medio del campo por Solace International, una ONG estadunidense. Un camino de tierra rojiza bordeado de platanales lleva al lugar, cuyas calles son también de tierra roja.

Todas las casas albergan a sobrevivientes del genocidio: viudas que se quedaron sin familia, huérfanos sin recursos y abuelas hundidas en una soledad absoluta. Bellancille vive sola pero ayuda a sus vecinas. Otras abuelas se juntaron con huérfanos; grupos de huérfanos se organizaron alrededor del joven más maduro que se convirtió en “jefe de familia”; madres con pocos hijos sobrevivientes acogieron a huérfanos.

Desde hace 15 años el Estado se hace responsable de la educación de los muchachos hasta acabar la secundaria. Únicamente los que tienen calificaciones altas se benefician de una beca para estudiar en la universidad. Ese modesto condominio de supervivientes es el lujo más extraordinario que la vida le regaló a Bellancille.

“¿Vivió su sobrino?”, arriesga la reportera para retomar el hilo del relato.

“Sí”, contesta Bellancille. “Yo estaba con mi hermana cuando murió. Tomé al bebé en mis brazos y le di de mamar. Lo crié. Fue como mi hijo. Me quedé en casa del marido, que me tomó como esposa”.
Nuevo silencio.

Aloys explica: “Así pasa en el campo. Tu hermana se muere, pues te encargas de sus hijos y, si no estás casada, acabas siendo mujer del viudo. En las familias no está bien visto que una mujer de fuera se haga cargo de los hijos de una difunta”.

“Yo tenía 18 años”, sigue contando Bellancille. “Después tuve 10 hijos. Dos veces Dios me regaló gemelos”.

Se endereza y ahora sonríe con orgullo. En Ruanda es sumamente importante ser “una mujer fértil”. Tener hijos varones es más importante aún. De sus 10 hijos, ocho fueron hombres.

“No pude darles oportunidad de estudiar a los mayores”, confia. “Los necesitábamos en el campo. Pero los últimos gemelos pudieron estudiar. Uno acabó de maestro y otro de enfermero. Ayudaron a la famila y a sus hermanos menores, que también pudieron ir a la escuela. Gracias a ellos mejoró un poco nuestra economía. Vivíamos casi todos en el mismo pueblo. Fue justo cuando nuestra vida empezaba a ser menos difícil que se dio el genocidio.”

La matanza

Nuevo silencio. Bellancille se queda pensativa. Toma su tiempo antes de volver a hablar. Finalmente se lanza. No habla de las primeras matanzas que aterrorizaron la región y cuyos ecos llegaban a los pueblos más retirados. No menciona a los primeros “cortados” que vio. El término “cortados” se refiere a los tutsis que los hutus masacraban con machetes o hachas y a los que se empeñaban en cortar en pedazos. Se limita a evocar su última experiencia del genocidio: los días apocalípticos que vivió en la iglesia de Imbisi.

“Los interahamwe (milicianos hutus especialmente entrenados para la eliminación de los tutsis) nos juntaron y nos obligaron a caminar hacia la iglesia y la escuela. No queríamos ir allá. Desconfiábamos. Pero no nos dejaron. Nos golpeaban con palos y garrotes para hacernos correr. Yo corría con mis hijos, sus mujeres y los nietos. Sólo faltaban mi sobrino y mi hijo mayor. Estaban con los combatientes del Ejército Patriótico de Ruanda. Había interahamwe muy violentos que empezaron a cortar a la gente en el camino. Mataron a niños chiquitos que lloraban y no podían correr. A los pequeños no los cortaban. Los arrojaban contra las rocas. Así me mataron a un nieto.”

El ritmo del relato de Bellancille se acelera. Su voz se altera. Su rostro se tensa. Mira fijamente la pared. La voz, el rostro y la mirada de Aloys también cambian bruscamente. Las dos voces se mezclan.

“Éramos como rebaños de cabras asustadas. Los interahamwe nos empujaban cada vez con más violencia, un rebaño hacia la escuela y otro hacia la iglesia. A los ricos los encerraron en las aulas de la escuela. A los pobres los dejaron fuera y a los demás nos encerraron en la iglesia. Éramos tantos que no podíamos sentarnos. Nos quedamos de pie, apiñados, pegados unos a otros sin poder movernos. Una sola vez, el primer día, nos dieron de comer. Después nada. Ni comida ni agua. Pasamos cinco días así. Muchos se desmayaban pero quedaban de pie a fuerza. Empezaron a morir niños. Rezábamos. Rezábamos mucho. Y le cantábamos muy fuerte a Dios, cada vez más fuerte.”

Las manos de Bellancille tiemblan. La mirada es cada vez más fija y la voz se torna ronca. También la de Aloys.

“Después del quinto día, el 18 de abril (de 1994), decidieron matarnos. Empezaron a lanzar granadas por las ventanas de la iglesia, luego por la puerta. Si estabas de cara a la ventana, la granada te arrancaba el rostro… Fue… Lanzaron muchas granadas. La gente aullaba. Se debatía. Pero estábamos tan pegados… Otra gente seguía rezando… Muchos le pedíamos a Dios que se acabara todo de una vez. Finalmente nos echaron gasolina encima, mucha gasolina y prendieron fuego. Después no sé… Perdí el conocimiento. Desperté en un hospital de Burundi. Pasé cinco años sin recuerdos, sin saber quién era…”

Aloys está agotado. Mira detenidamente a Bellancille, que sigue con los ojos fijos en el muro amarillo de su sala.

“Toda mi famila murió quemada, más de 30 personas”, murmura. “Sólo yo sobreviví. Mucho tiempo después entendí que gente de la Cruz Roja sacó a 18 heridos de entre los muertos. Sólo sobrevivimos dos mujeres. La otra murió de cáncer poco después.”

Bellancille se encierra de nuevo en su silencio.

Memoria histórica

En toda Ruanda se dieron numerosos casos de exterminación masiva de tutsis en iglesias y escuelas durante los tres meses que duró el genocidio. Varias de ellas hoy están convertidas en monumentos conmemorativos. La iglesia del pueblo de Ntarama, donde vive actualmente Bellancille, es uno de ellos.

Visitarlo es desgarrador: cinco mil personas fueron aniquiladas en ese modesto templo de ladrillo. Los interahamwe tenían armas de fuego y los campesinos hutus del lugar —vecinos y amigos de las víctimas— estaban armados con machetes, palos reforzados con clavos, hachas, palas, cuchillos.

Todos se desataron. Primero atacaron con granadas desde afuera, también dispararon por las ventanas contra la multitud amontonada en la iglesia. Luego entraron al templo. Se abrieron paso entre la gente a palazos y machetazos y la masacraron. Es lo que cuentan los supervivientes. Uno de ellos guía a la reportera. Habla un francés salpicado de inglés.

Al fondo de la iglesia centenares de cráneos de niños y adultos están alineados en anchos estantes metálicos. En muchas de las calaveras se ven las huellas de los machetazos, impactos de balas o golpes.
Huesos humanos están amontonados en otros estantes metálicos. Ropas descoloridas y polvorientas de las víctimas cuelgan de las paredes. Al lado del altar están reunidos objetos humildes: rosarios, lentes, credenciales, plumas, cepillos, relojes, biblias, pipas. Todo está colocado sin escenificación alguna, y esa falta absoluta de orden museográfico es casi insoportable de tan impactante.

En una de las paredes se ven grandes manchas rojo oscuro.

“Contra ese muro azotaban a los bebés para matarlos”, comenta impávido mi guía. “Los vi”.

Sin embargo el memorial más agobiante es el de Murambi, en el sur del país. Era una escuela cuya construcción estaba casi acabada. Contaba con largos edificios de una sola planta con numerosas aulas para centenares de alumnos. La escuela se encontraba en la cima de una colina, a dos kilómetros de la pequeña ciudad de Gikongoro.
Damascene tenía ocho años cuando ocurrió el exterminio. El 19 de abril de 1994, unos 50 mil tutsis perseguidos por los interahamwe y los campesinos hutus fueron acorralados en el lugar. Unos se amontonaron en las aulas. Otros quedaron fuera.

“Dos días después llegaron los genocidas”, dice Damascene. “Somos muy pocos sobrevivientes”. Enseña una larguísima cicatriz en la pierna derecha: “Un machetazo”, confía escueto mientras nos lleva hacia las aulas.

En las primeras aulas hay cráneos y huesos tan golpeados como los de Ntamara. Pero en otras, esqueletos enteros yacen en largos estantes. Están cubiertos con cal, petrificados en sus últimos gestos de terror, de desesperanza o de agotamiento. Muchos tienen las quijadas demasiado abiertas. Sus alaridos mudos cuentan lo que las palabras de los sobrevivientes no alcanzan a expresar.

Un experto chileno supervisó la exhumación de 26 mil cadáveres en 1997. Luego se encontraron miles más. Se perdió la cuenta de las decenas y decenas de fosas comunes que se descubrieron en todo el país. Y hoy se siguen encontrando nuevas. Está prohibido tomar fotos en los memoriales. Son lugares de recogimiento y homenaje a los difuntos. Son huellas del genocidio que el tiempo no debe borrar.

Bellancille nunca ha ido a visitar la iglesia-memorial que está cerca de su casa.

“Nadie pensaba que yo iba a sobrevivir”, confía con voz átona. “Estaba hecha una nada, toda rota, quemada, sin dientes… No podía sentarme. Estar acostada me hacía sufrir. Me operaron varias veces. Pasé mucho tiempo con aparatos para aprender de nuevo a mover los brazos, las piernas. No sabía quién era. Sólo sabía que estaba viva y sufría demasiado.

“La gente de la Cruz Roja quería saber mi nombre y mi dirección. Pero no los recordaba. Había como un hueco negro en mi cabeza. Me preguntaban: ‘¿Te gusta Ruanda?’. Yo contestaba: ‘¿Ruanda? ¿Qué es eso?’.”

Vuelta al pueblo

Todos los esfuerzos de los médicos para sacar a Bellancille de su amnesia fracasaron. Fue la iniciativa de un enfermero, hijo de una exiliada ruandesa, lo que la salvó. Le presentó a su madre, que también se llamaba Bellancille, tenía la misma edad que ella y era oriunda de los alrededores de Butare. Su tocaya le habló en el kinyaruanda de su aldea, de su colina y de su gente. Paulatinamente Bellancille recobró la memoria.

La Cruz Roja la devolvió a su pueblo en 1999, después de cinco años de “hueco negro”.

“Cuando llegué al pueblo todos se espantaron. Me veían como un fantasma… Me contaron que sólo habían sobrevivido dos hijos míos: el adoptado y el mayor de mis propios hijos. No quedaba una sola piedra de mi casa. Los hutus habían destruido todas las casas de los tutsis. Entonces hice como todo el mundo. Me instalé en la casa de un vecino que había huido al Congo igual que todos los hutus del pueblo. Recuperé mi parcela y empecé a cultivarla. Mi hijo mayor se vino a vivir conmigo. Pensé: ‘Por fin Dios me tiene compasión’.”

Pasaron 10 años así. Su sobrino, que radicaba en la Provincia Oriental, en la frontera con Burundi, la visitaba de vez en cuando. En 2002 se mudó cerca de su casa. Bebía mucho. Peleaba. Armaba broncas. La gente del pueblo estaba harta. “Si no se larga lo van a matar”, dijo alguien a Bellancille. El sobrino y su mujer se fueron en 2003.

La vida retomó su curso y se iluminó cuando su hijo le dijo que se iba a casar. Bellancille empezó a soñar con nietos. Dios ya había decidido consentirla… Su hijo se casó en 2005.

“Murió la misma noche de su boda. De repente le dolió el vientre. Se torció de dolor. Y se murió. Lo envenenaron.”

¿Quién? ¿Por qué? ¿Se investigó el caso? ¿Cómo reaccionó la gente del pueblo?

Bellancille no contesta. Saca la Biblia, la abre. Vemos una foto. Es de su hijo. La entrega a la reportera. Dos lágrimas manchan la página de la Bibila. Quiere hablar. Pero sólo se oye un largo estertor.
Nos quedamos mirando el retrato. Afuera se oyen risas de niños. Aloys ofrece disculpas por esa herida que volvimos a abrir.

“Hay muchas más”, dice Bellancille y vuelve a guardar la foto de su hijo entre las páginas de la Biblia.

“Así lo quiso Dios”, comenta mirando al techo y más allá del techo.

Le preguntamos si quiere interrumpir la entrevista. Se endereza. Nos desafía con la mirada y abre un nuevo capítulo de su vida. Se expresa con rabia. Lo que cuenta la indigna. Aloys traduce, indignado también.

El sobrino vino al entierro del hijo de Bellancille. Habló largamente con los ancianos del pueblo. Ella se había hundido en la depresión. No quería ver a nadie. Tenía abandonados sus cultivos, no cuidaba su casa, se rehusaba a comer, sólo pensaba en su hijo envenenado. El sobrino convenció a la comunidad de que debía hacerse cargo de ella y llevársela a su pueblo.

Bellancille recobró energía para rechazar la propuesta. No confiaba en su sobrino alcohólico. Éste insistió. Juró a los ancianos que había cambiado. Se mostró cariñoso con su tía. Creció la presión de la comunidad. Con la muerte en el alma, Bellancille vendió su tierra y dejó su casa.

“Escondí el dinero debajo de mi ropa. Tomé un camión. Nunca había ido a la Provincia Oriental. Me sentí perdida. Todo me sabía a desgracia. Me dolía la cabeza. Nada me parecía normal. Tenía un mal presentimiento. Le pregunté varias veces a Dios: ‘¿Por qué me llevas allá?’. Pero Dios no me contestó.”

Apenas llegada a casa de su sobrino, éste le confiscó el dinero so pretexto de ponerlo en un lugar seguro. La vida con él y su mujer se tornó insufrible. Bellancille se mudó a una casa abandonada. Todos los días la pareja pasaba delante de su casa para ir a un cabaret de mala muerte y regresaba ebria en la madrugada. Se paraban en su puerta y se burlaban de ella. Finalmente Bellancille —que ya no tenía un solo centavo para comer— se armó de valor. Fue a ver a su sobrino y le pidió que le devolviera lo que quedaba de su dinero. Quería comprar una parcela y volver a trabajar para sobrevivir.

“Mi sobrino pegó alaridos. Todos los vecinos lo oyeron. Dijo: ‘¿¡Estás loca!? ¿De qué dinero me estás hablando? ¡No es culpa mía si perdiste tu dinero! ¡Sal de aquí. Nunca más te quiero volver a ver!”

Aloys no aguanta y le pregunta algo en kinyaruanda. Hablan unos minutos. Luego confiesa:

“No le podía creer. Es muy raro que se trate así a una abuelita que sufrió tanto. Pero me dijo que el sobrino regresó muy cambiado de la guerrilla.”

Bellancille mira a Aloys a los ojos y más desafiante que nunca sigue su relato. Aloys traduce impactado:

“Entonces empecé a hablar muy seriamente con Dios. Le dije: ‘En Burundi te prometí que te iba a servir toda mi vida si me devolvías las piernas. Volví a caminar y te serví. Rezo. Voy a la iglesia. Trabajo. No le hago daño a nadie. Ayudo a todos. Pero ya no puedo más. No tengo hijos. No tengo marido. No tengo hermanas. No tengo hermanos. Mi sobrino que crié como hijo me robó. Me quedé sin nadie, sin nada. La gente piensa que estoy loca. ¿Qué es esta vida? ¿Qué hago con esta vida?’.”

De repente Bellancille se acurruca. En apenas unos segundos la mujer altanera que peleaba con Dios se repliega sobre sí misma. La voz enojada se hace gemido:

“Empecé a caminar hacia el lago Nasha. Tenía todas mis pertenencias en un mantón grande que había amarrado alrededor de la cintura. Era pesado. Llegué a la orilla del lago y me quedé un buen rato viendo el agua. Después volví a hablar con Dios. Le dije: ‘Mi buen Dios, me diste muchos hijos. Hoy no me queda ninguno. Entonces te devuelvo mi vida’.”

Bellancille se tapa el rostro con las manos. Todo su cuerpo tiembla pero no llora. Después de unos segundos nos mira a los dos y cuenta en tono más firme:

“Oí una voz que me regañó: ‘¡Es el colmo! Tú resististe a todo y ahora andas flaqueando por un problema de dinero. ¿Eso qué es? ¿Te dejas tumbar por un pequeño momento de infortunio? ¡Perder tu dinero es nada al lado de lo que viviste! ¿No puedes aguantar eso?’.

“Era una voz muy nítida. Miré para todos lados pero no vi a nadie. Me aparté muy poquito del agua y me senté debajo de un árbol. Le dije a Dios: ‘Mi buen Dios, entendí que no puedo suicidarme. Sé que suicidarse es un pecado. Perdóname’.”

Sin embargo Bellancille no había renunciado a su decisión de deshacerse de la vida. Intentó engañar a Dios:

“El lago Nasha se encuentra cerca de un parque (el Akagera, donde vive Mutware, un elefante agresivo muy famoso por haber atacado a varios turistas en 1995). Pensé: Mutware viene a veces a refrescarse al lago. Si tengo suerte me aplastará. También hay muchos cocodrilos e hipopótamos en el lago. Es seguro que uno de ellos me atacará y me matará.

“Me quedé sentada. No me moví. Cerré los ojos y esperé la muerte. Esperé. Esperé cuatro, quizás cinco días. Sin comer. Sin beber. Sin moverme.”

Pero Dios no se dejó burlar. Mutware se fue a bañar a otro lago. Hipopótamos y cocodrilos la ignoraron. Sólo la hostigó una bruma nocturna malsana que le helaba los huesos.

“Empecé a tener visiones. No tengo palabras para contarlas. Pero vi cosas muy raras. Pensé: ‘Ya me voy a morir. Seguramente es así como la gente se muere de hambre y sed’. Me sentí tranquila.

“De repente, otra vez oí la misma voz. Me dijo: ‘Intentaste librarte de tu vida ofreciéndola a la muerte. Pero, ¿ves?, no es posible hacer trampa. ¡Órale! ¡Levántate!’. Le contesté: ‘Mi buen Dios, no sé qué hacer con esta vida’. La voz dijo: ‘Vas a vivir mucho tiempo. Vas a tener buena salud. Vas a acabar por ser feliz’. Intenté levantarme. Me caí. Intenté otra vez. Me arrastré. Después de mucho tiempo llegué a la casa de una viuda…”

A Kigali

Aloys necesita salir para respirar. Bellancille nos sirve agua. Unas vecinas se asoman por su ventana. Bellancille les pide que vuelvan más tarde. Intercambiamos sonrisas. Regresa Aloys. Y sigue la novela:

La viuda tenía que ir a Kigali. Bellancille quiso ir con ella. No podía vivir un día más en la Provincia Oriental. No quería regresar a su pueblo natal, donde ya no tenía nada ni a nadie. Había decidido probar suerte en la capital.

La viuda se rehusaba a cargar con ella pero Bellancille se le pegó. Acabaron peleándose en la calle y un transeúnte tuvo que intervenir para que no llegaran a los golpes. Buscó entender lo que les pasaba. Cuando se enteró de lo que le había ocurrido a Bellancille, le pagó el pasaje del camión para Kigali. Bellancille se sentó al lado de la viuda y no la soltó. Sabía que su compañera de viaje se iba a quedar en casa de un sobrino. Estaba determinada a dormir en esa casa por lo menos las primeras noches. Y lo logró. Se impuso. Era eso o perderse en la capital.

Fue efímera la hospitalidad del sobrino. Empezaron entonces meses de errancias, de encuentros con viudas desesperadas, abandonadas que habían caído en el acoholismo, y se sirvieron de ella para sacarle dinero a asociaciones caritativas. La capital tiene unos códigos implacables que Bellancille, campesina de 70 años, no manejaba. No tardó mucho en asimilarlos.

“Decidí arreglármelas sola. Conseguí qué comer pero me quedé sin techo. No quería dormir en la calle. No podía caer tan bajo. Me salvé con las iglesias que tienen baños.”

Se burla de nuestro asombro.

“Hay muchas iglesias que tienen baños. Me dejaba encerrar en ellos cuando caía la noche.Y ahí dormía. Por la mañanita iba a misa y rezaba. Acabé conociendo a señoras que venían temprano a misa. Platiqué mucho con una de ellas. Su madre estaba muy enferma en el hospital. Necesitaba a alguien para estar con ella todo el día. Me dio ropa limpia. Me llevó al hospital y cuidé a la viejita durante cinco meses. Tenía cama y comida. Engordé.”

Por primera vez desde que empezó a contar su vida, Bellancille se ríe.

“Se curó la señora, pero cuidé a otra enferma, primero en el hospital, luego en su casa. La hija de esa señora me regaló un teléfono celular y me enseñó cómo usarlo para avisarle si pasaba algo grave.”

Bellancille se levanta. Va a su recámara y regresa con un celular viejo. Pide el número de Aloys y lo llama. Cuando oye el timbre esboza una sonrisa de triunfo. El celular es su tesoro.

Se murió la enferma que cuidaba. Se acabó su trabajo y se cerró ese paréntesis de un año de “bienestar”.

Sus ahorros le permitieron alquilar un lugar donde dormir: se trataba de una letrina convertida en cuarto. Al cabo de un tiempo no le alcanzó el dinero para la renta. El dueño le propuso un mes de alquiler a cambio de su celular. Bellancille, ofendida, despreció su propuesta y volvió a dormir en los baños de las iglesias con su teléfono bien escondido.

Finalmente acudió a una ONG ruandesa, Solace, que tomó su caso.

“Decidieron ayudarme. Primero me alquilaron una casita en un barrio humilde. Luego me entregaron esta casa. Cuando llegué aquí me puse muy feliz. Pero pronto me di cuenta de que tener un techo no bastaba. Necesitaba ganarme la vida. Le recordé a Dios que me había dicho que no me iba a faltar nada. Me oyó.”

Jeanne Mukamusoni, psicóloga del Centro para Sanar las Heridas de la Vida, se interesó en el caso de Bellancille. Su energía vital la impactó.

“Es uno de los ejemplos de resiliencia más extraordinarios que conozco”, explica a la reportera. “Se reconstruyó sola. Sin ayuda psicológica. A fuerza de voluntad. Cuando la conocí estaba desesperada por trabajar… ¡a los 70 años! No quería depender de un programa de asistencia alimentaria. Una pequeña asociación francesa, Ruanda Mano en la Mano, me contactó. Le señalé el caso de Bellancille. La ayudaron a alquilar una tierra. Fue fantástico.”

Cuenta Bellancille: “Soy una mujer del campo. Necesito la tierra. Sé trabajarla y me rinde”.

Se levanta. Le pregunta a Aloys dónde está estacionado su coche. Nos quiere llevar a ver su parcela. Recorremos una pista de arena arcillosa. Bajamos del coche. Nos abrimos paso entre platanales y desem-bocamos en un campo perfectamente cuidado en el que crecen camotes, cacahuates, sorgo… Bellancille camina por su tierra. Nos regala camotes. Se ríe. Desaparecen las largas cictarices que la hoguera de la iglesia dejó en sus brazos. Se desvanecen las huellas de sus años de infortunio, se esfuma su edad. Se ve feliz, simplemente feliz.

“Dios no me mintió”, dice con mirada pícara. “Soy fuerte. Tengo techo, comida y gente que se preocupa por mí. Dejo el pasado donde está. Hoy hablé de todo esto porque me lo pidieron ustedes, pero no suelo dar vuelta hacia atrás. ¿Para qué?”

Desentierra otro camote. Se endereza y nos encara con su magnífica mirada desafiante.

“Se me olvidó decirles algo: hace poco vino mi sobrino a visitarme.”

Nos quedamos atónitos.

“¿Qué pasó?”, preguntamos al mismo tiempo en francés y kinyaruanda.

“Se asombró cuando vio mi casa, el jardín y sobre todo la parcela. Me pidió perdón. Se veía sincero, acabado, bastante mal. Lo perdoné. Pero entendió que nunca más me podrá engañar. No creo que nos volvamos a ver.”

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